El brasileño del Tresor que no he podido olvidar
Berlín me había absorbido del todo: las noches sin fin en Friedrichshain, los U-Bahn vacíos a las cinco de la mañana, el olor a cerveza barata y kebab en cada esquina de Kreuzberg, y sobre todo esa sensación de no tener que rendir cuentas a nadie. Venía de una vida tibia en Valencia y allí todo era más áspero, más vivo. Esa noche había una sesión techno en Tresor que mis compañeros del Erasmus llevaban semanas comentando en el grupo. «Set oscuro, productor de Leipzig, hasta las nueve de la mañana o más». Decidí ir sola porque mis amigas preferían algo más comercial en Mitte; yo quería disolverme en el subgrave y los flashes blancos.
Llegué sobre las tres y media. La cola se enroscaba a lo largo de Köpenicker Straße, gente de negro impecable: cazadoras de cuero, botas militares, cabezas rapadas o teñidas de violeta y verde ácido. Yo llevaba un crop top negro ajustado que dejaba al aire el ombligo y el piercing que me había puesto dos sábados antes, leggings de cuero sintético que se me pegaban a las piernas como una segunda piel, y unas zapatillas viejas porque ya sabía que iba a bailar hasta no sentir los dedos. Pelo suelto, eyeliner negro corrido por el calor, labios rojo mate. Me sentía expuesta y a la vez intocable.
Bajé al sótano y el sonido me embistió como un muro de hormigón. Techno industrial, kicks que vibraban en el estómago, hi-hats afilados, sintetizadores que sonaban a metal arañado. Niebla densa, luces estroboscópicas en rojo y azul, cuerpos moviéndose en oleadas casi tribales. Me metí en la pista y empecé a bailar sola, ojos cerrados, brazos arriba, dejando que la cadencia me poseyera. El sudor empezó a bajarme por la espalda casi al instante.
Lo noté primero por el olor: una mezcla de colonia limpia, sudor reciente y algo más animal por debajo. Después por la presencia: alguien bailando cerca, sin invadir, pero lo bastante próximo como para que sintiera su calor en la piel. Abrí los ojos y allí estaba.
Alto, joder, altísimo —metro noventa fácil—, piel de un tono chocolate con leche perfecto, suave y con un brillo casi de aceite bajo las estroboscópicas. Pelo corto rizado, barba recortada, camiseta negra sin mangas que dejaba ver brazos musculados con tatuajes geométricos en los hombros y los antebrazos. Tenía veintidós años, era brasileño de Salvador, estudiaba arquitectura, pero todo eso lo supe después. Se llamaba Bruno. Bailaba con una soltura felina, las caderas marcando el compás como si la música le saliera de dentro.
Al principio solo nos rozábamos en la pista: un brazo contra otro, una cadera que pasaba demasiado cerca de la mía. Nuestras miradas se cruzaban cada pocos segundos. Él sonreía de medio lado, yo le devolvía un asentimiento mínimo. Poco a poco se fue acercando. Sus manos encontraron mis caderas desde atrás, guiándome sin pedir permiso, pero con una presión que no dejaba lugar a dudas. Bailamos pegados durante tracks enteros, mi espalda contra su pecho, sintiendo cómo su respiración se aceleraba contra mi nuca.
En un cambio de tema más lento y más profundo, se inclinó hacia mi oído.
—Você dança bonito —dijo con una voz grave, ronca por el humo y la música.
No entendí del todo al principio. Mi portugués era prestado, mitad escuchado en Erasmus, mitad sacado de canciones. Me giré un poco y fruncí el ceño.
—¿Qué?
Él rio bajito y repitió, esta vez más despacio.
—Você dança muito bem. Está gostando?
Asentí, pero la barrera del idioma ya estaba ahí. Intenté responderle en mi portugués torpe.
—Sim… muito. E você?
—Adoro. Mas agora… adoro mais com você.
Sonreí, nerviosa. Nos besamos entonces, en mitad de la pista. Fue lento, exploratorio: sus labios carnosos, su lengua entrando con calma. Sentí su erección presionando contra mi culo mientras nos movíamos, dura, grande, insistente. El beso se volvió más hambriento; sus manos bajaron por mis muslos, apretando con posesión. Cuando nos separamos, jadeando, me miró fijo.
—Vem comigo. Agora.
No era una pregunta. Me agarró de la muñeca con firmeza y me sacó de la pista hacia los baños del fondo. El pasillo estaba en penumbra, gente apoyada en las paredes fumando o besándose. Entramos en una cabina grande con lavabo y un espejo casi de cuerpo entero. Cerró la puerta de un golpe y echó el pestillo. El bajo de la sala seguía retumbando a través del hormigón, pero ahora solo se oía nuestra respiración agitada.
Me empujó contra la pared con un control que me desarmó, besándome con rudeza. Sus manos subieron por debajo del crop top, agarrándome los pechos con fuerza, pellizcándome los pezones hasta que se me escapó un gemido alto. Bajé la mano a su bragueta y la abrí con dedos temblorosos. Cuando se la saqué, se me cortó el aliento.
Era enorme. Larga como mi antebrazo, gruesa como una muñeca, curvada un poco hacia arriba. El mismo tono chocolate con leche que el resto de él: más claro en la base, más oscuro hacia la cabeza hinchada y rosada, ya goteando. Venosa, palpitante, caliente al tacto. Mis dedos no se cerraban del todo a su alrededor.
Me quedé paralizada un segundo, mirándola.
—Caralho… —murmuré.
Él rio, posesivo, y me agarró la barbilla para obligarme a mirarlo a los ojos.
—É meu. E agora é seu. De joelhos.
Me arrodillé sin pensarlo. El suelo estaba frío y pegajoso, pero no me importó. La sostuve con las dos manos y empecé a lamerla despacio: desde la base hasta la punta, saboreando ese sabor salado y dulce. Abrí la boca y la metí lo más profundo que pude; solo entraba la mitad, la garganta se me contraía, los ojos se me llenaban de lágrimas por el esfuerzo. Él gruñó, me agarró el pelo con fuerza y me guio sin piedad.
—Mais fundo, porra. Toma tudo.
Se la chupé con avidez, alternando con lamidas largas, besándole los testículos pesados. Él empujó suave al principio, después más fuerte, follándome la boca con un control que me hacía perder el equilibrio. En un momento oí ruido fuera: pasos, voces bajas, alguien golpeando la puerta preguntando en alemán si estaba ocupado. Bruno no paró; solo me miró con una sonrisa oscura.
—Deixa eles ouvirem. Que saibam que você está sendo fodida.
La idea de que alguien pudiera estar escuchando —o incluso mirando por la rendija de la puerta, si no cerraba bien— me puso más cachonda todavía. No me importó; al contrario, me excitó saber que había gente al otro lado.
***
Me puse de pie, me bajé los leggings y las bragas de un tirón. Me giré, me apoyé en el lavabo y abrí las piernas. En el espejo nos veíamos: yo con el top subido por encima de los pechos, la cara enrojecida, el rímel ya destruido; él detrás, esa cosa enorme apuntándome.
Se la frotó primero, cubriéndola con lo que ya me corría por los muslos. Después empujó. Despacio, pero sin parar. La cabeza entró abriéndome de una manera brutal; jadeé, mordiéndome el labio inferior hasta casi sacarme sangre. Centímetro a centímetro me fue llenando, hasta tocar fondo. Me quedé quieta, temblando, intentando que mi cuerpo se adaptara.
—Es demasiado grande… me estás partiendo —susurré.
—Calma. Você vai aguentar tudo. Você é minha agora.
Empezó a moverse: salidas lentas, embestidas profundas. Cada vez que entraba hasta el fondo me recorría una corriente que me cerraba los ojos. Aceleró, me agarró las caderas con fuerza y me clavó los dedos en la piel. El sonido de carne contra carne era obsceno, mezclado con mis gemidos y sus gruñidos.
—Diz que é minha. Diz.
—Sou tua… me fode mais forte…
Me folló con posesión total, tirándome del pelo hacia atrás, obligándome a mirarme en el espejo mientras me partía en dos con cada embestida. Me corrí la primera vez apretándolo dentro, temblando, y un chorro tibio me bajó por las piernas hasta los tobillos. Él no paró; siguió, más duro.
Me giró, me subió encima del lavabo y me penetró de frente, cara a cara. Me besaba con rudeza mientras me follaba lento y profundo. Volví a correrme, agarrándome a sus hombros, arañándole la espalda por encima de la camiseta.
Al final me puso a cuatro patas en el suelo sucio del baño. Me agarró del pelo como si fueran riendas y me embistió con brutalidad, sus testículos golpeándome el clítoris a cada estocada. Oí más ruido fuera —risas, alguien diciendo en alemán algo que sonaba a «esos están follando ahí mismo»—, pero no me importó. Solo quería más.
Se corrió con un rugido, empujando hasta el fondo, vaciándose dentro de mí en chorros calientes y abundantes. Sentí cada pulsación, cómo me llenaba hasta rebosar. Cuando salió, el semen me goteó por los muslos, espeso y blanco contra mi piel.
Nos quedamos jadeando los dos. Él me besó la nuca con una ternura repentina que contrastaba con todo lo anterior.
—Boa menina. Boa.
Nos limpiamos rápido con papel, salimos como si nada hubiera pasado. En el pasillo había un par de chicos mirándonos con sonrisas cómplices, pero pasé de largo, las piernas todavía temblando, el coño aún palpitando, llena de él. Volví a la pista con su sabor en la boca y su semen empapándome las bragas que me había vuelto a poner. Bailé otra hora más, sola otra vez, sintiendo cómo me chorreaba por dentro a cada paso. Cuando lo busqué con la mirada para despedirme, ya no estaba.