Siete días sin él y mi cuerpo ya no aguantaba más
La sala de llegadas del aeropuerto El Dorado tenía ese olor mezcla de café y desinfectante que siempre me ponía nerviosa. Llevaba cuarenta minutos parada frente a las puertas automáticas, ignorando las miradas de la gente, con el teléfono en la mano aunque no lo miraba. No necesitaba distracciones. Solo necesitaba que esas puertas se abrieran.
Matías llevaba siete días en Medellín por trabajo. Siete días que se habían sentido como siete semanas. Y mi cuerpo —sin pedirme permiso— había decidido celebrar su ausencia con la llegada del período. Lo que normalmente era un inconveniente menor se había convertido, en esos días de espera, en algo distinto: una presencia constante, un recordatorio físico del deseo que no tenía dónde ir. Me había masturbado tres veces en esos siete días y ninguna me había servido de nada. Mis dedos no eran su verga. Mi lengua fantasma no era su boca. El coño me latía con un hambre que ningún vibrador me había podido calmar.
Me había puesto el vestido negro. El que él siempre pedía. Corto, ajustado, con un escote que dejaba poco a la imaginación. Debajo llevaba lencería que no era para el aeropuerto, sino para lo que venía después: un tanga de encaje empapado desde antes de salir del apartamento, y un sostén que se abría por delante para que él no tuviera que pelear con broches. Cada vez que me movía sentía el roce de la tela contra los pezones ya duros y pensaba en sus manos, en su boca, en cómo me iba a follar apenas cerráramos la puerta.
Las puertas se abrieron y apareció él.
Lo reconocí antes de verle la cara. La manera de caminar, los hombros anchos, la maleta que arrastraba con esa calma suya que a veces me desesperaba y otras me resultaba la cosa más tranquilizadora del mundo. Cuando por fin me vio, sonrió de ese modo que hace que se me olvide cómo funciona el lenguaje.
—Dios mío —fue lo primero que dijo cuando me tuvo cerca—. Qué bien estás.
No respondí con palabras. Lo abracé primero y lo besé después, sin importarme que había gente alrededor. Le metí la lengua en la boca sin pudor, y sentí sus manos en mi espalda, bajando despacio hasta agarrarme el culo por debajo del vestido, apretándome contra él con una firmeza que me dijo todo lo que necesitaba saber sobre cómo había pasado él esa semana también. Le sentí la polla dura contra el vientre, gruesa incluso a través de la tela del pantalón, y se me escapó un gemido bajito contra su boca.
—Nos vamos —dije contra su boca.
—Sí —respondió, y fue lo único necesario.
***
El trayecto hasta Chapinero fue una negociación silenciosa de manos y miradas. Yo manejaba. Él tenía la mano en mi muslo desde que salimos del parqueadero, y en algún punto entre la calle 26 y la carrera séptima había subido lo suficiente como para que yo tuviera que concentrarme activamente en no desviar el carro. Sus dedos rozaron el borde del tanga y ahí se quedaron, jugando, mientras yo trataba de respirar normal.
—Semana larga —dijo.
—Muy larga —confirmé.
—¿Cómo estás?
—Con el período.
Hubo una pausa de dos o tres segundos.
—¿Y? —preguntó.
—Y nada. Lo que oíste.
Sentí cómo sus dedos apretaban suavemente mi muslo y después subían, hasta apartar el encaje del tanga y pasarme un dedo por encima del clítoris. Ahogué un gemido y apreté el volante.
—Estás empapada —murmuró.
—Llevo siete días empapada, hijueputa.
Se rió y me metió el dedo hasta el fondo, sin sacarlo, moviéndolo despacio mientras yo intentaba no chocar contra un bus. No dijo más. Tampoco hizo falta.
Cuando llegamos al apartamento apenas cerré la puerta y ya tenía sus labios en el cuello y una mano metida bajo el vestido. Lo solté todo —el bolso, las llaves, la compostura— y me giré para enfrentarlo. Lo besé con esa hambre de siete días acumulada, sin pausa, sin protocolo, mordiéndole el labio, buscando su lengua con la mía. Le bajé la mano hasta la bragueta y le apreté la verga por encima del pantalón. Estaba dura como una piedra.
—Te voy a follar hasta que no puedas caminar —le dije al oído.
—Esa era mi frase —respondió, y me levantó como si no pesara, con mis piernas alrededor de sus caderas y su polla apretada contra mi coño a través de la ropa, llevándome hacia el dormitorio con esa facilidad que todavía me sorprende después de cuatro años.
Me depositó sobre la cama y se quedó de pie mirándome. Se desabrochó el cinturón sin apuro, mirándome como si me estuviera desnudando con los ojos primero.
—¿Puedo? —preguntó.
—Matías —le dije—. Llevamos cuatro años juntos. Pregúntame eso otra vez y te juro que te echo.
Se rió, y se quitó la camisa.
***
Lo que siguió fue esa mezcla de urgencia y lentitud que solo pasa cuando hay demasiado tiempo sin verse. Sus manos eran impacientes pero sus labios eran lentos, y esa contradicción me tenía completamente deshecha. Me sacó el vestido con una atención casi exagerada, como si no quisiera romper nada, aunque yo hubiera preferido que me lo arrancara. El sostén lo abrió por delante y se le escapó un gruñido cuando me vio las tetas. Bajó la boca directo a un pezón y lo chupó fuerte, mordiéndolo justo hasta el punto en que dolía y era exactamente lo que yo necesitaba.
—Te he pensado mucho —dijo, con la boca a un centímetro de mi pecho.
—Demuéstralo —respondí.
Lo hizo.
Pasó un rato largo con la boca en mis tetas, alternando entre una y otra, chupando, mordisqueando, lamiendo alrededor del pezón sin tocarlo hasta que yo le agarraba la cabeza y se lo empujaba a la boca. Con una mano me apretaba el otro pecho y con la otra empezó a bajar por el vientre, arañándome apenas con las uñas, dejando el rastro exacto de por dónde iba a ir su boca después. Sentía el calor acumulándose entre las piernas, esa tensión específica que la espera había estado construyendo durante días, el coño mojado y pulsando de ganas. Cuando por fin bajó, besando el abdomen, los costados, el borde del tanga, yo ya no tenía mucho vocabulario disponible. Solo abría las piernas y le agarraba el pelo.
Retiró el tanga con los dientes, tirándolo a un costado de la cama. Sé exactamente en qué momento lo entendió, porque hizo una pausa. Breve. Solo un segundo, para mirarme el coño empapado y ensangrentado.
Levanté la cabeza para mirarlo.
—Si quieres paramos —dije.
—¿Quién ha dicho eso? —respondió, y se hundió de cara entre mis muslos.
Su lengua entró primero, larga y ancha, lamiéndome desde el culo hasta el clítoris con una pasada que me hizo levantar las caderas de la cama. Se quedó ahí, jugándome el clítoris con la punta de la lengua, chupándolo, dándole vueltas, mientras dos dedos me entraban al coño hasta los nudillos. Estaba tan mojada que se le hundían sin resistencia, y el sonido —ese chapoteo obsceno de dedos entrando y saliendo— me tenía al borde en cuestión de segundos. La combinación del deseo acumulado con esa hipersensibilidad particular que trae el período me llevó al límite antes de lo que esperaba.
—Así, así, no pares, hijueputa, no pares —le gemí, con los muslos temblando alrededor de su cabeza.
Él aumentó la presión de la lengua sobre el clítoris y curvó los dedos dentro de mí, presionando ese punto que me conoce de memoria. Me aferré a su cabeza con las dos manos y me dejé ir, gritando sin importarme los vecinos, apretándole los dedos con las paredes del coño en oleadas que no terminaban nunca. Se tomó el orgasmo como el mejor de los cumplidos, sin sacar la boca, lamiéndome todo mientras yo seguía temblando.
Cuando levantó la vista hacia mí, la imagen era inequívoca. Tenía la boca y el mentón manchados de sangre y flujo, y me miraba con una expresión entre satisfecha y divertida, con la barbilla brillante.
—Tenés algo en la cara —le dije, con la respiración todavía cortada.
Se pasó el dorso de la mano por la boca y se miró. Luego me miró a mí.
—Parezco extra de película de terror —dijo.
—O de película de terror erótica —corregí.
Se rió más fuerte. Yo también. Eso es lo que más me gusta de él: que puede estar en medio de algo completamente intenso y seguir siendo él mismo, sin poses ni actuaciones.
Se levantó a buscar una toalla del baño, y volvió con la polla al aire, dura, roja, apuntándome. Cuando me miró de esa manera que conozco bien, yo ya me estaba abriendo las piernas otra vez.
—¿Seguimos? —preguntó.
—Eso también es una pregunta innecesaria —dije, y lo jalé hacia mí.
***
Lo empujé para tirarlo de espaldas sobre la cama y le agarré la verga con las dos manos antes de montarlo. Se la lamí desde la base hasta la punta, chupando el glande manchado por mi propia sangre, y bajé hasta metérmela toda en la boca, gimiendo con la garganta llena. Él soltó una puteada larga y me agarró del pelo.
—Como sigas así te corro en la boca —me advirtió, con la voz ronca.
—No —le dije, soltándosela con un pop húmedo—. Te vas a correr donde yo decida.
Lo monté. Necesitaba ese control después de una semana sin tenerlo. Le agarré la polla y me la fui metiendo despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cada vena, cada milímetro, sentándome hasta que la tuve enterrada hasta los huevos. Me quedé quieta un momento con él dentro, solo sintiendo cómo el coño me palpitaba alrededor de su verga, sin moverme, y vi en su cara el esfuerzo que le costaba no tomar las riendas y empezar a embestirme.
—Para —le dije—. Deja que lo haga yo.
Cerró los ojos y obedeció, con las manos apretándome las caderas pero sin moverme.
Empecé despacio. Me levantaba hasta dejar solo la punta dentro y bajaba de golpe, sentándome entera, aplastándole los huevos contra el culo. El ángulo desde arriba es diferente, más completo, y después de siete días cada sensación tenía un peso adicional. Su verga me tocaba adentro, contra la pared del fondo, y con cada bajada me arrancaba un gemido que no me molestaba en disimular. Las sábanas blancas ya llevaban rastros del color de mi período, manchones rojos que se extendían con cada movimiento, y lejos de molestarme había algo en eso que sentía honesto. No teníamos nada que disimular ni esconder. Solo dos cuerpos follando como funcionan los cuerpos, sin teatro, sin filtros, con sangre y sudor y flujo mezclados en la cama.
Me llevé una mano al clítoris y empecé a frotármelo mientras cabalgaba, aumentando el ritmo gradualmente, rebotando sobre él con las tetas saltándome delante de la cara. Sus manos apretaron mis caderas pero no me dirigieron, solo acompañaron. Escuché su respiración cambiar, volverse más corta, más rápida, sentí su verga hincharse un poco más dentro de mí, y supe que si no frenaba llegaríamos al final demasiado pronto. Me detuve, sentada sobre él con la polla clavada hasta el fondo, apretándole con el coño a propósito.
—Todavía no —dije.
Abrió los ojos. Tenía esa expresión de concentración total que me descoloca desde el primer día.
—Eres terrible —dijo.
—Ya lo sé —respondí, y me bajé despacio, dejando un rastro de fluidos rosados por su vientre y sus muslos.
***
Lo que siguió fue distinto. Más crudo, más directo. Me puse en cuatro sobre la cama, con el culo levantado y la cara contra el colchón, y lo dejé tomar el control que yo había sostenido hasta ese momento. Sentí sus manos abrirme las nalgas y su verga rozarme el coño de atrás para adelante antes de meterse de una embestida entera que me arrancó un grito ahogado contra la sábana.
—Puta madre —gimió.
Sus manos en mis caderas esta vez sí marcaron el ritmo, tirándome hacia atrás con cada embestida para clavarme entera, y era exactamente el ritmo que yo quería. Duro. Profundo. Sin miramientos. El que no se puede pedir con palabras exactas pero que él conoce después de cuatro años de aprenderme de memoria. Me follaba con la polla entrando y saliendo empapada, chorreando por los muslos, y con cada embestida los huevos me golpeaban el clítoris. Oía el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando, el chapoteo obsceno de mi coño ensangrentado tragándose su verga entera.
—Más fuerte —le pedí, con la voz rota contra la almohada—. Rómpeme.
Me agarró del pelo con una mano y del culo con la otra y me embistió como yo se lo había pedido, más rápido, más fuerte, hasta que la cama chocaba contra la pared. Sus dedos encontraron el camino hacia el otro lugar, usando como guía lo que ya había entre nosotros —tenía los dedos rojos y viscosos—, y me metió primero uno y después dos en el culo mientras seguía embistiéndome el coño con la verga. La sensación de estar llena en los dos sitios al mismo tiempo hizo que me mordiera el brazo para no gritar demasiado fuerte. Los vecinos ya nos habían mandado un mensaje una vez. No queríamos repetir la experiencia, aunque en ese momento me importaba una mierda.
—Me voy a correr —le avisé—. No pares, no pares, no pares.
—Córrete en mi verga —me gruñó al oído, inclinado sobre mi espalda—. Empápamela toda.
Llegué de nuevo antes de que él lo hiciera, con un grito que salió amortiguado por la sábana, apretándole la polla con espasmos que le hicieron gemir del otro lado. Me quedé temblando con la frente apoyada en el colchón mientras él daba unas embestidas más, cada vez más erráticas, y terminaba también, vaciándose dentro de mí con un sonido que no era actuado sino completamente genuino, un gemido largo y ronco que me lo sentí en la nuca. Sentí su corrida caliente inundándome por dentro, mezclándose con todo lo demás.
Se quedó un momento inmóvil, todavía enterrado hasta el fondo. Yo también. Cuando se salió despacio, un hilo espeso de semen y sangre se me escurrió por el muslo hasta la sábana.
Silencio.
El tipo de silencio que no necesita llenarse con nada.
***
Me recosté sobre su pecho. Las sábanas eran un desastre absoluto —manchas rojas, oscuras, brillantes, algunas ya secándose en los bordes— que no me importaba absolutamente nada. Afuera, Bogotá seguía con su ruido constante de ciudad que no sabe callarse, pero adentro del cuarto era otra cosa.
—¿Cómo estuvo Medellín? —pregunté eventualmente.
—Aburrido —dijo—. Las reuniones se extendieron dos días. El hotel era frío. La comida era buena pero la comí solo.
—¿Extrañaste?
—¿Tú qué crees?
Le pellizqué el costado. Él se rió y me apretó más fuerte contra su pecho.
Quedamos un rato sin hablar, recuperándonos. Tenía los dedos entrelazados con los míos y de vez en cuando me apretaba la mano sin razón aparente. Es un gesto que tiene desde siempre, un tic de afecto que no creo que sea consciente. Me lo sé de memoria y todavía me mueve algo cuando lo siento.
—Hay que cambiar las sábanas —dijo.
—Mañana —respondí.
—Sí —concordó—. Mañana.
***
No sé cuánto tiempo pasó. En algún momento me quedé dormida sobre su pecho y en algún otro me desperté con ganas de volver a tocarlo. Lo encontré despierto, mirando el techo, con una mano detrás de la cabeza y la otra en mi cintura.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Estoy muy bien —dijo—. Estaba pensando.
—¿En qué?
—En que hay semanas en las que me pregunto para qué viajo si acá está todo lo que me importa.
No respondí con palabras. Me subí encima de él y lo besé con calma, sin la urgencia de antes. Este beso era diferente: más lento, más tranquilo, más de los que se dan cuando ya no hay nada que demostrar ni ningún apuro que cumplir. Sentí su polla despertándose otra vez debajo de mí, rozándome el coño todavía sensible.
Él respondió de la misma manera, con las manos en mi cara esta vez, sosteniéndome mientras yo bajaba las caderas y me lo metía de nuevo, entera, gimiendo bajito contra su boca.
Follamos por segunda vez esa noche, pero distinto: me dio la vuelta con cuidado y me quedé de espaldas, con él encima, mirándonos. Su peso encima de mí me daba esa sensación de estar completamente contenida. Me embestía despacio, hasta el fondo, sin sacarla del todo, moviendo las caderas en círculos que me tenían gimiendo por lo bajo. Le pasé las piernas por la cintura y le clavé los talones en el culo para tenerlo más adentro. Sin carreras. Con la luz apagada y el ruido de la ciudad de fondo como una música que ya no escuchamos, y con nuestras bocas pegadas la mayor parte del tiempo, respirando el mismo aire, gimiendo el uno dentro del otro.
Me corrí otra vez, más suave, más largo, apretándolo por dentro mientras él se venía también, quieto encima de mí, con la frente apoyada en la mía.
Cuando terminamos me quedé pegada a él hasta que sentí su respiración volverse pareja y profunda.
Pensé en los próximos viajes. En las próximas semanas de espera. En que el deseo sobrevive a la distancia y que hay algo raro y valioso en eso: que después de cuatro años todavía existe ese hambre cuando se va y ese alivio enorme cuando vuelve.
Las sábanas eran un desastre. Mañana las cambiaría.
Esa noche no me movía de ahí por nada del mundo.

