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Relatos Ardientes

La noche que compartí a mi amante con mi compi de piso

Finales de octubre de 2017 y el aire de Oporto ya arrastraba ese frío húmedo del Atlántico que se te mete hasta los huesos de madrugada. Había pasado un mes desde la noche con Mateus en el Subterrâneo, y aunque intentaba comportarme como antes en la facultad y en el piso, mi cabeza volvía siempre a la misma imagen: esa polla enorme abriéndome, la mezcla de vergüenza y deseo, la sensación de haber cruzado una línea que no iba a poder desandar. Ya no era la misma chica que aterrizó en Portugal con la maleta llena de ilusiones de intercambio. Ahora quería más. Quería sentirme desbordada.

Mi compañera de piso se llamaba Celia. Canaria, de Tenerife para ser exactos. Veintidós años, piel morena tostada, melena negra lisa hasta media espalda, ojos grandes y pensativos que siempre parecían estar calculando algo que no decía en voz alta. Era delgada, casi frágil de figura: cintura estrecha, piernas largas pero finas, pecho pequeño y firme que apenas llenaba una copa B. Vestía casi siempre con ropa holgada y oscura, como si prefiriera pasar desapercibida. Hablaba poco. Observaba mucho. Cuando reía lo hacía bajito, tímida, pero cuando se soltaba de verdad, se soltaba entera. Había roto con su novio de toda la vida tres meses antes y desde entonces vivía en una especie de modo espectador: miraba Tinder, miraba a los chicos en la calle, pero nunca se atrevía a dar el paso. Hasta que le conté lo de Mateus.

Aquella noche, en el balcón del piso en la Ribeira, con el Duero negro allá abajo y dos botellas de Super Bock entre las manos, se lo solté todo sin filtro. Cómo me había follado la boca en el baño del club, cómo me había partido contra el lavabo, cómo había sentido cada chorro caliente dentro como un castigo que yo misma había pedido. Celia me escuchaba en silencio, mordiéndose el labio inferior, con las mejillas ardiendo. Cuando terminé, tardó un rato en hablar. Al final dijo, con la voz muy baja:

—Joder… yo nunca he sentido algo así. Te tengo una envidia que no es sana.

La miré fijo.

—Pues vente conmigo esta noche. Hay una rave en un almacén de Matosinhos. Dark techno, gente rarísima, hasta que amanezca. Si aparece Mateus, te lo presento. Y si no aparece, ya nos apañaremos las dos.

Se quedó callada un buen rato, mirando el reflejo del puente en el agua. Después asintió despacio.

—Vale. Pero no me dejes sola mucho tiempo, ¿eh?

Nos arreglamos en el piso. Yo fui directa: body negro de encaje transparente que dejaba ver los pezones y el piercing del ombligo, minifalda vaquera deshilachada que apenas me tapaba el culo, botas altas por encima de la rodilla y el eyeliner corrido a propósito desde casa. Celia dudó un buen rato frente al armario. Al final se decidió por un vestido negro ajustado pero largo hasta medio muslo, cuello alto, manga larga, con la espalda casi al aire para lucir la piel morena. Tacones bajos, melena suelta, un poco de brillo en los labios. Parecía una versión tímida y elegante de una chica dispuesta a devorar la noche sin que nadie se lo esperara.

Llegamos al almacén pasadas las tres. La cola era corta pero intensa: máscaras de látex, chaquetas de vinilo, piercings, olor a hachís y a sudor. Entramos y el bajo nos aplastó. Dark techno industrial, bombos que te masajeaban el estómago por dentro. Nos metimos en la pista. Yo bailaba sin vergüenza, los brazos en alto, las caderas sueltas. Celia al principio se quedó medio paso atrás, moviendo solo las caderas, mirándolo todo con esos ojos enormes. Pero poco a poco se fue soltando. Terminamos bailando pegadas, su cuerpo delgado contra el mío, riéndonos bajito como dos adolescentes con un secreto.

No tardó en aparecer Tiago. Portugués, veintiséis años calculados a ojo, pelo largo recogido en un moño alto, tatuajes en el cuello y en los nudillos. Empezó a bailar cerca de mí, rozándome sin invadir, dejándome decidir. Le seguí el juego. Celia se apartó un poco, pero no se fue. Se quedó mirando, mordiéndose el labio otra vez.

Tiago me cogió por la cintura.

—Olá, morena. Danças muito bem.

—Tú tampoco lo haces mal —le contesté, pegándome más—. ¿Quieres algo que no sea bailar?

Sonrió y me miró la boca.

—Quero tudo.

Le susurré a Celia al oído:

—Voy un rato con él. Quédate por aquí cerca, ¿vale? Si me necesitas, grita.

Ella asintió, nerviosa pero con los ojos encendidos. Tiago me llevó detrás de unas cortinas de plástico, a una zona de sofás viejos con los muelles rotos. Me sentó, me levantó la falda y me sacó las bragas despacio, como si estuviera abriendo un regalo al que llevara años dándole vueltas.

—Estás molhada… —murmuró, metiendo un dedo—. Caralho, molhada demais.

Me comió con hambre. Lengua plana sobre el clítoris, dos dedos dentro curvados buscando el sitio exacto. Me corrí rápido, apretándole la cabeza contra mí, ahogando el gemido en mi propio brazo. Después se puso de pie, se desabrochó los pantalones. Polla gruesa, venosa, cabeza hinchada y brillante. Me la metió en la boca sin prisa al principio, más hondo después, con la mano firme en mi nuca.

—Engole… assim… boa menina.

Me puso a cuatro patas en el sofá. Entró de una embestida. Dolió exquisito. Me folló duro, con las manos clavadas en mis caderas.

—Gostas? Diz-me.

—Sí… fode-me mais… —jadeé con el portugués roto que había ido aprendiendo en esas noches.

Se corrió dentro, gruñendo contra mi cuello. Salí del rincón con las piernas blandas y el semen bajando por el interior de los muslos. Celia me esperaba cerca de la barra, con una cerveza caliente en la mano y la cara de no saber dónde meterse.

—¿Bien? —preguntó bajito.

—Rápido y lleno —contesté riéndome—. ¿Tú?

—He estado mirando… —admitió, sonrojada hasta las orejas—. Me ha puesto mala verte salir así.

Sobre las cinco y media, cuando la fiesta ya olía a amanecer pero el bajo seguía latiendo, lo vi. Mateus. En el centro de la pista, bailando con esa soltura animal que tenía. Camiseta negra sin mangas, brazos tatuados llenos de sudor, piel color chocolate con leche brillando bajo las estroboscópicas. Nuestras miradas chocaron y sonrió de lado. Esa sonrisa que me deshacía.

Se acercó sin prisa.

—Olá, miúda. Voltaste —dijo grave, con la voz ronca por el humo y la noche.

—No podía olvidarte —contesté, acortando el último paso yo misma—. Y te traje compañía.

Se giró hacia Celia. La miró de arriba abajo despacio, apreciando cada centímetro.

—E tu és…?

—Celia —dijo ella muy bajito, sin apartar los ojos—. La amiga.

Mateus sonrió más ancho.

—Prazer, Celia. Gostas de dançar?

Ella tragó saliva.

—Un poco… sí.

La cogió de la mano con una suavidad que no parecía suya, luego me cogió a mí de la otra.

—Vem comigo. As duas.

***

Nos llevó a un rincón oscuro junto a unas columnas de hormigón sin pintar. La pared estaba fría. El humo se pegaba al techo. El bajo seguía retumbando al otro lado como si la fiesta fuera el latido de un animal muy grande.

Primero me besó a mí, profundo, con la lengua invadiéndome entera como si reclamara un territorio que le pertenecía. Después se giró hacia Celia y le levantó la barbilla con dos dedos.

—Posso? —preguntó en voz baja.

Ella asintió, temblando solo un poco. La besó despacio, exploratorio, dándole tiempo a decidir si quería quedarse. Celia gimió contra su boca y noté el momento exacto en el que se rindió.

Mateus me miró.

—Tira o vestido dela, loira. Quero ver.

Le bajé la cremallera trasera al vestido de Celia con dedos torpes por la prisa. La tela cayó al suelo y ella quedó en tanga negro y sujetador a juego, la piel morena perfecta, el cuerpo delgado vibrando bajo la luz intermitente.

Mateus se bajó la cremallera. Sacó la polla que yo llevaba un mes recordando en sueños: larga, gruesa, curvada hacia arriba, venosa, la cabeza oscura e hinchada.

Celia abrió mucho los ojos.

—Dios… —susurró—. ¿Eso… eso entra?

—Vai entrar —dijo Mateus, riéndose bajito—. Vem cá.

Me arrodillé primero. Lo lamí despacio, saboreando el precum salado que ya conocía. Celia se arrodilló a mi lado, tímida durante los primeros segundos. Lamimos juntas: nuestras lenguas se rozaban, nos besamos alrededor de la polla como dos niñas compartiendo un helado demasiado grande. Mateus gruñó por encima de nuestras cabezas.

—Foda-se… as duas… assim…

Luego me puso a mí contra la pared, me levantó una pierna sobre su cadera y me penetró despacio. Gemí alto.

—Joder… otra vez… me partes…

—Calma… aguentas tudo —susurró, empezando a moverse profundo—. Já sabes.

Celia se acercó por detrás suyo, me besó el cuello, me pellizcó los pezones a través del encaje. Después se arrodilló en el suelo y empezó a lamer donde nos uníamos: mi clítoris, sus huevos, la piel donde se mezclaba todo.

—Sabe… a los dos —murmuró con la voz ronca.

Mateus me folló más fuerte. Me corrí temblando, con las uñas clavadas en sus hombros, todo el cuerpo vibrando entre la pared y su pecho.

Después le tocó a ella. La puso a cuatro patas contra la columna. Se frotó primero, cubriéndose de lo que yo había dejado. Empujó despacio.

Celia jadeó.

—Es… es demasiado… despacio…

—Respira, miúda. Vais gostar —dijo Mateus, entrando centímetro a centímetro, dándole el tiempo que nadie le había dado antes.

Cuando estuvo del todo dentro, ella soltó un gemido largo, casi un quejido de alivio.

—Joder… me llena… me llena entera…

Mateus empezó a moverse. Yo me puse delante, le metí la lengua en la boca a él mientras la follaba a ella por detrás. Después me senté en el suelo delante de Celia, con las piernas abiertas para que pudiera alcanzarme sin dejar de estar a cuatro patas. Ella entendió sola. Me comió el coño mientras Mateus la embestía, y cada empujón suyo era un golpe en mi clítoris a través de la lengua de ella.

—Diz que és minha… as duas —gruñó Mateus.

—Sou tua… —jadeó Celia con el portugués prestado, aprendiéndolo en tiempo real—. Fode-me… mais…

Se corrió apretándolo, temblando entera, con los gemidos ahogados contra mi coño. Mateus aceleró y se vació dentro de ella con un rugido grave.

Al final volvió conmigo. Me levantó del suelo, me puso las piernas alrededor de la cintura y me folló contra la pared mientras Celia lamía desde abajo lo que iba goteando. Me corrí gritando, él se corrió dentro otra vez, con los chorros calientes rebosando por los bordes.

***

Salimos al amanecer los tres pegados, oliendo a sexo y a sudor ácido. Caminamos por el muelle del Duero con la luz gris entrando por encima de los tejados. Celia me cogió la mano sin mirarme, con la voz muy bajita.

—Gracias… por traerme.

Mateus nos miró a las dos, una a cada lado.

—Próxima vez… na minha casa. Cama grande. Sem pressa.

Yo sonreí, con el cuerpo dolorido y lleno, sin saber todavía que aquella frase iba a ordenar todos nuestros fines de semana hasta que terminara el curso.

—Hecho —dije.

Y Celia, a mi lado, apretó un poco más fuerte.

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Comentarios (8)

fercho_noc

Que historia tan buena, me la lei de un tiron. Mas asi por favor!

DulceJulieta

jajaja la envidia de la compi termino jugandole muy bien al final. Tremendo giro, me encanto!!

MarcoRivera

Las raves tienen algo especial, siempre pasa algo interesante. Te lo digo por experiencia jaja. Muy bien narrado todo

ClaraMdq

Me encanto el detalle de la confesion de la compañera, le da mucha realidad al relato. Seguí escribiendo asi de bien!

Lector4990

buenisimo!!!

ViajeroNocturno

No me dejés asi!! Segunda parte por favor, quede con mucha intriga

NandoPlaya

Confieso que lo lei dos veces jaja. Se nota que es real, muy buena situacion

Rulo_BA

Cuantos años tenias cuando paso esto? Me quede con la duda, el relato la vale

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