La esposa del amigo de mi novio me invitó esa tarde
Aquella tarde de calor cambió todo entre nosotras: ella me miraba la cola junto a la pileta y, dos días después, abrió la puerta vestida solo con una bombacha negra.
Aquella tarde de calor cambió todo entre nosotras: ella me miraba la cola junto a la pileta y, dos días después, abrió la puerta vestida solo con una bombacha negra.
Llega, me da la vuelta y me baja el pantalón. Sin decir nada. Así empezó todo, y así sigue funcionando desde entonces.
Cuando le pedí que me lo contara otra vez, sus ojos se cerraron, su voz bajó hasta convertirse en un susurro mojado contra mi cuello, y supe que aún la quemaba por dentro.
Compartíamos cuarto en un hotel barato y un partido en la tele. Bastaron cuatro cervezas para que el otro me sacara una verdad que jamás pensé decir en voz alta.
Lucía nunca quiso saber nada con un hombre. Camila era una bomba que volvía locos a los huéspedes. Yo solo tenía una pregunta que no podía guardarme.
Andrés sabía exactamente lo que hacía con sus manos. Yo llegué con dolor de espalda y salí con algo que no tenía nombre, algo que todavía pienso cuando me duermo.
Llevaba quince años deseando a Marta. Aquella noche, en la puerta de su dormitorio, descubrí que ella sabía exactamente qué precio estaba dispuesto a pagar.
Marqué su número con las manos temblando. Tres tonos. Cuando atendió, supe que ya no había vuelta atrás aunque colgara antes de hablar.
La chimenea ardía, la lluvia golpeaba los cristales y los dos me miraban con esa mezcla de curiosidad y vértigo que aparece justo antes de cruzar una línea.
Cuando subí a su departamento impecable, no sabía que estábamos a una mano de cartas de algo que ninguna de las dos había hecho jamás.
Lo vi solo dos filas más abajo y, antes de levantarme del asiento, ya sabía que esa noche íbamos a llevárnoslo al baño con nosotros.
Llevaba tres semanas hablando con él. Cuando abrí la puerta del hotel y lo vi llenando todo el marco, supe que esa noche no se la iba a contar a nadie. Hasta hoy.
Llegué al parque diez minutos antes y pensé en huir tres veces. Cuando los vi acercarse de la mano supe que iba a decir que sí a todo.
Habían pasado tres días desde la primera vez. Tres días de imaginarlo, de sentir ardor cada vez que cerraba los ojos. Esa tarde el club estaría vacío.
Cuando Lucía se sentó a mi lado y se le puso la cara blanca, supe que la excusa de la gripe no alcanzaba. Lo que me contó esa tarde todavía me duele.
Cuando el capitán apagó los motores en aquella cala escondida, entendí que la reunión estratégica había sido una excusa y el verdadero plan apenas empezaba.
Me la encontré en la cocina de una fiesta y me dijo al oído que llevaba la noche entera mirándome. Esa noche cambió todo.
Llegó al salón con un vestido negro y una sonrisa que sabía lo que hacía. Mi mujer la miraba igual que yo. Los tres sabíamos que aquella tarde no terminaría con el café.
Llevaba semanas mirándole los brazos. La noche del concierto, entre cervezas y penumbras, decidí acercarme. Lo que pasó después cambió todas las reglas.
Subí al taller con el sobre en la mochila, los anteojos negros y la pollera al viento. Esa mañana yo no sabía que iba a salir de ahí siendo otra.