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Relatos Ardientes

El reencuentro que tiñó nuestras sábanas de rojo

Esa noche en Lima se sentía pesada y eléctrica, y yo lo esperaba en el aeropuerto Jorge Chávez con la espalda recta y la respiración corta. Llevaba una semana entera sin Tomás. Una semana de mensajes a deshoras, de fotos que se quedaban cortas, de despertarme buscándolo del lado equivocado de la cama. Y la regla había llegado dos días antes, justo a tiempo para complicar lo que ya era urgente.

No había sido un impedimento. Al revés. Cada cólico se había convertido en un recordatorio físico de lo vacío que tenía todo por dentro, y mi cuerpo respondía con una intensidad que no entendía del todo. Había decidido no decirle nada. Quería ver qué hacía él cuando lo descubriera.

Me había puesto un vestido rojo carmesí, ajustado, hasta arriba de la rodilla. Tacones negros. El sostén de encaje que él me regaló antes del viaje. Cuando pasé por delante del cristal del duty free me vi y sonreí: nadie iba a notar nada hasta que él me bajara la ropa interior.

Tomás apareció empujando su maleta con esa caminata segura que siempre me desarmaba. Traje azul oscuro, camisa blanca arrugada por las horas de avión, dos días sin afeitarse. Cuando me vio, soltó la maleta y abrió los brazos.

—Te extrañé tanto —le susurré contra el cuello.

—No te imaginas cuánto —respondió él, y me apretó con una fuerza que me hizo arquearme contra su cuerpo.

Lo besé sin pensar en quién nos miraba. Mis manos viajaron por su espalda, bajaron por la cintura, y lo sentí ya duro contra mí. Él entendió. Sonrió de medio lado, agarró la maleta y caminamos hacia el estacionamiento sin soltarnos.

—Vámonos a la casa —le dije con la boca seca—. No aguanto.

El trayecto de vuelta fue una tortura preciosa. Lima estaba mojada por la garúa, las luces de los autos se reflejaban en el asfalto, y yo no podía dejar de pasarle la mano por encima del pantalón. Cada semáforo era una excusa para inclinarme y morderle el labio. Le dejaba el rojo del labial pintado en la boca y él se reía sin limpiárselo.

—Te juro que llevo una semana pensando en esto —me dijo en una curva—. Cuando lleguemos no voy a tener piedad.

—No te la pido.

Le desabroché el primer botón del pantalón antes de salir de la carretera. Él se rio y me agarró la muñeca.

—Después —dijo—. En diez minutos estás en la cama.

Llegamos a la casa de Miraflores y la maleta se quedó tirada en la entrada. Salté sobre él en el pasillo, le pasé las piernas por la cintura, y subimos las escaleras a tropezones, riéndonos, besándonos como si lleváramos años sin vernos en lugar de una semana.

Me dejó sobre la cama con cuidado, lo cual era irónico, porque acto seguido se sacó la camisa de un tirón y se me echó encima. Me bajó las tiras del vestido a mordiscos. Sus dedos encontraron mis pezones por encima del encaje, y al primer apretón se me escapó un sonido que no era ni gemido ni queja, sino algo más urgente.

—Eso —murmuró contra mi cuello—. Quiero oírte así toda la noche.

Me arrancó el sostén casi sin tocar los broches. Su boca encontró mi pezón derecho y empezó a chuparlo con esa mezcla suya de paciencia y hambre que siempre me ponía a mil. El otro lo apretaba con la mano. Yo le hundí los dedos en el pelo y empujé.

—Más fuerte —le pedí—. No te detengas.

Me hizo caso. Cambió de pezón, mordió, lamió, sopló. Su mano libre bajó por mi cintura, me agarró el muslo, me lo abrió. Yo me dejé hacer. Sentí cómo me deslizaba el vestido hasta la cadera y luego, despacio, hasta los tobillos.

—Mírate —dijo cuando se separó un momento—. Una semana fuera y vuelvo a esto.

Bajó por mi vientre besando cada centímetro, y yo cerré los ojos. Sabía exactamente a dónde iba. Sabía que iba a encontrarse con mi pequeña sorpresa. Una parte de mí quería avisarle, pero otra mucho más grande quería ver qué hacía si no lo hacía.

Cuando llegó entre mis piernas, lo sentí dudar un segundo. Apenas. Después su lengua se hundió en mí y la usó como sabía usarla. Subió, bajó, dibujó círculos, succionó. Yo arqueé la espalda y se me escapó un grito.

Y entonces se detuvo.

Levantó la cabeza despacio. Lo miré. Tenía la boca y la barbilla manchadas de rojo oscuro, y por un instante pensé que se iba a apartar, que iba a poner cara de asco, que se iba a ir al baño. No hizo nada de eso. Me miró fijo. Y se rio.

—No me lo dijiste a propósito —dijo.

—A propósito.

Solté una carcajada que me sacudió el vientre.

—Tienes el «beso del payaso» —le dije—. No te lo limpies.

No se lo limpió. Volvió a bajar la cabeza con más ganas que antes. Esta vez no dudó en nada. Su lengua se metió en todos los rincones, su boca se cerró sobre mí entera, sus dedos me abrieron sin pedir permiso. Sentía el calor subiéndome por las piernas, la tensión acumulándose en algún punto del bajo vientre, y cuando finalmente cedí, lo hice con un grito que tuvo que oírse hasta en la calle.

Me quedé un momento jadeando, con los ojos cerrados, sintiendo la cama girar. Pero él no había terminado, y yo tampoco. Me incorporé, le empujé el pecho, lo tumbé de espaldas y me senté encima.

—Quieto —le dije.

Él levantó las manos como rindiéndose, sin borrar la sonrisa.

Lo guié dentro de mí con una mano. Estaba tan resbaladizo entre mi sangre y mis propios fluidos que entró de un solo movimiento, y al sentirlo hasta el fondo se me escapó un sonido grave, casi animal. Empecé a moverme. Despacio al principio, ajustándome. Después más fuerte. Apoyé las manos en su pecho, le clavé las uñas, y empecé a cabalgarlo con una furia que ni yo me reconocía.

—Así —jadeaba—. Así, así.

Él me agarró por las caderas y me ayudó a moverme, empujando hacia arriba cada vez que yo bajaba. Sentí que el segundo orgasmo se construía rápido, más rápido que el primero, y cuando llegó me eché hacia adelante, mordí su hombro, y dejé que me recorriera entera. Las sábanas debajo de nosotros ya estaban manchadas. Ninguno de los dos pensó en eso.

Me bajé temblando. Él se incorporó, me besó la boca con la suya todavía pintada de rojo, y me dio la vuelta. Me puso de rodillas, las manos sobre la cabecera. Sentí sus dedos preparándome con calma, untándose con mi propia sangre.

—¿Sí? —me preguntó al oído.

—Sí —contesté sin pensarlo.

Lo sentí presionar y entrar despacio. Hubo un momento de tensión, casi de dolor, y después el placer se mezcló con todo lo demás y dejé de saber qué era qué. Empezó a moverse. Despacio, hasta que entendí el ritmo, y después con todo. Yo agarrada a la cabecera, los pechos balanceándose con cada empuje, gimiendo cosas que no recordaría después.

—Acábame dentro —le pedí.

Él me obedeció. Un par de embestidas más profundas y se vino con un gruñido que sentí vibrar contra mi espalda. Nos derrumbamos los dos sobre la cama, jadeando, sudados, completamente manchados.

Me quedé mirando el techo unos segundos. Sentía los latidos en las sienes, en el cuello, en el bajo vientre. Tomás me pasó el brazo por encima y me atrajo hacia su pecho. Olía a sudor, a colonia rancia de viaje y un poco a mí.

—Me encantó este «sexo vampiro» —le dije riéndome, pasándole el dedo por la barbilla—. Lo deberíamos hacer más seguido.

Él se rio bajo, todavía sin abrir los ojos.

—Cuando quieras.

Me besó en la frente, después en la sien, después en la boca, y se quedó callado. Yo escuchaba su respiración aflojándose, su corazón yendo más lento, y por un momento pensé que se había dormido. Iba a dejarlo descansar. De verdad iba a dejarlo.

—Tomás —murmuré después de un rato.

—¿Mm? —respondió, casi dormido.

—Todavía te quiero encima.

Abrió los ojos despacio y me miró sin decir nada. Sabía exactamente qué le estaba pidiendo. No era el segundo round salvaje. Era otra cosa. Era el misionero, el peso de su cuerpo sobre el mío, mirarlo a los ojos mientras se movía. La postura que siempre me hacía sentir más vulnerable y, al mismo tiempo, más cerca.

—Como quieras —dijo en voz baja.

Se puso encima sin prisa. Yo abrí las piernas, le rodeé la cintura con los muslos, y lo dejé entrar. Esta vez fue distinto. No había urgencia, no había una semana de espera empujándonos. Solo nosotros dos, en una cama desordenada, manchada, calientísima.

—Te amo —le dije sin pensarlo.

—Te amo —me contestó.

Empezó a moverse despacio, con todo el peso, con todo el cuerpo. Cada empuje me hundía un poco más en el colchón. Sentía la sábana empapándose debajo de mí, y nos miramos las pieles manchadas en silencio. No me dio asco. Tampoco a él. Era nuestro y ya está.

—Eres preciosa así —me susurró—. Toda mía, toda roja.

Algo dentro de mí se rompió con esa frase. No fue un orgasmo violento como los otros. Fue largo, profundo, y se me escaparon las lágrimas sin saber muy bien por qué. Él me siguió poco después, con la cara enterrada en mi cuello y los dedos enredados en mi pelo.

Nos quedamos ahí, encimados, sin movernos. Lo abracé contra mí mientras le sentía la respiración volver a su sitio. Miré el techo otra vez, después miré las sábanas, después miré nuestras manos enredadas. Nos habíamos manchado los dos. La cama, las almohadas, los muslos, el abdomen. Daba lo mismo. Mañana se lavaba.

—No vuelvas a irte una semana —le dije al oído.

—No pienso —respondió.

Afuera la garúa de Lima seguía cayendo, los autos pasaban por la avenida, y la noche continuaba sin enterarse de nada. Me acurruqué contra él, cerré los ojos, y por primera vez en siete días sentí que respiraba completa.

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Comentarios (8)

MarcelaT

Dios mio que historia!! me quede sin palabras

fer_noche

Por favor escribi una segunda parte, quede con ganas de mas

RubioBsAs

Hay que tener agallas para animarse a tanto jaja. Muy bueno el relato.

Estefania_M

Me recordo a una situacion que creia imposible y despues sucedio igual. Muy autentico todo.

SilencioYNoche

¿Cuanto tiempo sin verse? Se nota la tension desde el principio. Buenisimo

Tere_BA03

genial!!! sigue escribiendo

LorenaZ22

Me gusto mucho como lo contaste, directo y sin vueltas. De los mejores de esta categoria.

pablito_noc

increible. de los mejores que lei en mucho tiempo

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