El fuego que su marido no podía apagar
Cuando la vi bajar por las escaleras envuelta en gasas de colores, con esa mirada de hambre, supe que aquella tarde iba a cambiar muchas cosas.
Cuando la vi bajar por las escaleras envuelta en gasas de colores, con esa mirada de hambre, supe que aquella tarde iba a cambiar muchas cosas.
Él salió del baño y la encontró como la había dejado: rendida sobre la sábana, marcada con sus huellas. Las nalgas enrojecidas eran su firma en ella.
Los conocía de cuando salía con su hija. Años después los encontré en la costa y algo en la mirada de Valeria me dijo que ese verano sería diferente.
Entré a su despacho para hablar y terminamos follando sobre su escritorio mientras el resto de la oficina almorzaba sin saber nada.
Había entrado a buscar el baño y se quedó parado en el umbral mirándome. Veinte años, cara de nervios, y una pregunta que no esperaba.