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Relatos Ardientes

Mi jefa madura quiso ponerme en mi lugar

El vuelo de vuelta desde Singapur fue largo, y yo sabía desde que me subí al avión lo que me esperaba al llegar. La bronca, las explicaciones, el papelón de tener que justificar que no podía resistirme a la mujer del director regional. No la culpo. Tampoco me culpo a mí. Pero las consecuencias fueron las que fueron.

Me recibió Amparo, la misma mujer que me había dado el briefing antes de viajar. Cruzó los brazos en cuanto me vio entrar por la puerta.

—Rodrigo. Rodrigo, Rodrigo... Tu trabajo allí fue impecable, eso nadie lo discute. Pero la bragueta, tío. La bragueta te va a matar algún día. Menos mal que él prefirió callarse el asunto, supongo que para que no trascienda.

Intenté decir algo. Levantó la mano.

—Ni una palabra. No me cuentes nada que no te pregunté. Solo escucha: ¿te gusta la costa mediterránea? Es retórica. Pues para allá vas. Y que Dios te coja confesado.

Me entregó un sobre cerrado con una sonrisa que no auguraba nada bueno. Dentro: nueva ciudad, nueva oficina, mismo sueldo. Lo último era lo único positivo del asunto.

***

La oficina nueva estaba en un edificio gris de cuatro plantas a dos calles del paseo marítimo. Cuando entré a conocer al equipo, vi lo que ya esperaba: cinco hombres de entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco años, con el aspecto cansado de quienes llevan demasiado tiempo en el mismo sitio. Me miraron con una mezcla de curiosidad y compasión.

—Vienes de número dos en el escalafón, ¿no? —dijo el de más edad, un tipo con bigote canoso que se presentó como Bernal—. Pues ya te adelanto que eso aquí no sirve de mucho. La jefa no traga a los hombres. A ninguno, por igual, sin distinción.

—Es una mujer amargada —añadió otro, más bajo y con gafas—. Se quedó viuda hace tres años y desde entonces es como si quisiera hacérnosla pagar a todos nosotros.

—Dicen que se ha hecho lesbiana —terció un tercero, bajando la voz como si hubiera micrófonos—. Que tiene una «amiga especial». Pero yo no sé nada, que conste.

Con todo eso en la cabeza, me imaginé a una mujer de cincuenta y tantos años, con el ceño permanentemente fruncido y ropa de funcionaria. Lo que vi al rato fue otra cosa.

Valeria entró a la oficina sin avisar. Alta para lo que yo esperaba, pelo rubio hasta los hombros con un flequillo que le llegaba a las cejas, ojos de un azul casi gris. Una figura que el traje negro no conseguía disimular del todo. Cuarenta años, quizás algo menos. El tacón le alargaba las piernas hasta donde la imaginación quería llegar, y tenía uno de esos andares que hacen que la gente gire la cabeza sin darse cuenta. Yo me concentré en no abrir la boca.

Me vio en cuanto entró.

—¿Rodrigo? —preguntó sin acercarse.

—El mismo.

—Diez minutos y te llamo.

Fue exactamente lo que dijo. Diez minutos después, me senté frente a ella en un despacho ordenado, con poca luz natural y demasiado silencio.

—Bienvenido. Voy al grano porque no tengo tiempo para rodeos: sé por qué estás aquí y lo que pasó antes. No me importa. Lo que sí me importa es que aquí eso no ocurre. Ni con compañeros, ni con clientes, ni conmigo, que eso ya ni lo pienses. Vienes con buen número, así que tienes despacho propio. No me des problemas y todo irá bien.

Abrí la boca para decir algo.

—Si tienes dudas, las resuelve Sofía, mi secretaria. Si tienes algún problema, será problema tuyo.

Sesión cerrada. Ni siquiera levantó los ojos del escritorio cuando salí.

***

Sofía apareció dos días después. Treinta y ocho, quizás cuarenta. Pelo castaño oscuro siempre recogido, ojos verdes claros, una sonrisa que contrastaba con el resto del ambiente de la oficina. Se acercó a mi puerta el primer día.

—Hola, Rodrigo. Soy Sofía. Para lo que necesites, ya sabes dónde está mi mesa.

Cordial, tímida, pero no incómoda. Una presencia agradable en un entorno de poco encanto.

Esa noche llamé a una contacto que conocía desde hacía años, alguien que había trabajado en la empresa antes y que sabía más que nadie sobre su gente. Le pregunté por Valeria.

—Valeria es muy competente, eso es un hecho —me dijo—. Se quedó viuda hace tres años, el marido murió de golpe, y desde entonces cerró el chiringuito en lo personal. Dicen que tiene alguna relación con mujeres, pero yo no me fío de los rumores. Lo que sí te puedo decir es que Sofía no es lo que parece: es la cuñada de Valeria, hermana del marido difunto. Como se llevan bien y no dan explicaciones, la gente inventa cosas.

***

Durante las semanas siguientes fui leyendo el mapa. Valeria: siempre de negro o gris oscuro, esa melena suelta con el flequillo recto. Cortante en el trato, precisa en el lenguaje, sin un milímetro de margen para la informalidad. Sofía: colores cálidos, pelo recogido de distintas maneras según el día, discreta pero con una calidez que la otra no tenía.

Un día al mediodía me crucé con Sofía en el bar de abajo. Estaba con su marido, Ernesto: un tipo de su misma estatura, desgarbado, con un apretón de manos que decía todo lo que había que saber sobre él. Hablamos de poco y de nada hasta que salió el tema de los juegos de tablero. Los dos éramos aficionados. Quedamos en echar alguna partida.

Quedamos varias veces. Y Ernesto, que con un par de cervezas se volvía de lengua muy suelta, fue llenando los huecos que yo no había podido llenar por mí mismo. No tuve que preguntar nada. Solo escuchar y, de vez en cuando, soltar un «no me lo creo» para que siguiera.

Mis conclusiones después de cuatro sesiones: el marido de Valeria había sido un hombre de carácter fuerte, y la viudez la había dejado sin el único que sabía cómo tratarla. Sus «amigas especiales» eran reales, pero no le daban lo que necesitaba. En cuanto a Sofía, Ernesto dejó caer, sin darse cuenta, que ella había sido bastante más activa antes de casarse. Que al principio le había dado miedo. Que ya no era igual. Lo dijo sin profundizar, pero el mensaje era claro.

Con Sofía las cosas avanzaban despacio pero bien. Almorzábamos juntos con frecuencia. Su timidez se relajaba. Sus miradas duraban un poco más de lo necesario.

Un día, en el bar de abajo, se lo dije sin rodeos.

—Sofía, tienes un cuerpo estupendo. Es una pena que lo escondas tanto. Un escote te quedaría muy bien, te lo digo en serio.

Se puso colorada hasta las orejas. Murmuró algo incomprensible. Al día siguiente vino a trabajar con un vestido azul marino y un escote que dejó a más de uno sin palabras. A Valeria no le hizo ninguna gracia. Lo noté en cómo la miraba cuando cruzaba el pasillo.

***

La conversación llegó ese mismo viernes, cuando ya casi todos habían salido a comer. Valeria me llamó al despacho. Cerró la puerta.

—Sofía es mi cuñada. La hermana de mi marido. Y está casada. ¿Lo tienes claro? Llevas semanas rondándola y quiero que eso se acabe ahora mismo. Ella no necesita a un chico como tú metiéndole ideas en la cabeza.

Me la quedé mirando un momento. Luego le dije:

—Para. Mi vida privada no es competencia tuya. No acoso a nadie. Y que tú estés amargada no es razón para pretender que los demás también lo estemos.

Se quedó quieta. Era la primera vez que alguien le respondía así.

—Yo no estoy amargada. Soy una profesional responsable —dijo, pero con menos convicción de la que pretendía tener.

—Si tú lo dices. Aunque, ya que estamos siendo sinceros: lo que te pasa es que llevas demasiado tiempo sin que nadie te dé lo que necesitas. Y eso se nota, Valeria. Se nota mucho.

La tensión en el despacho era densa. Ella abrió la boca para responder y no le salieron las palabras. Tenía el pecho agitado, los brazos cruzados, los nudillos blancos.

—Fanfarrón —dijo al final, con una mezcla de desprecio y algo que no era desprecio en absoluto.

—No es fanfarronería. Es un hecho.

Sin pensarlo demasiado, desabroché el cinturón. Lentamente, sin prisa. Ella me miraba sin moverse, los ojos fijos en mis manos. Cuando la saqué, abrió los ojos de una manera que no podía fingir.

—¿Quieres tocarla? —pregunté, tranquilo—. O seguimos discutiendo. Tú eliges.

Pasaron tres segundos. Cinco. Levantó la mano despacio, como si no fuera ella quien la movía. El contacto fue suave al principio, solo las puntas de los dedos sobre la piel caliente. Cerró los ojos. Un sonido muy bajo le escapó de la garganta, algo que llevaba mucho tiempo guardado.

La otra mano se unió a la primera. Sus movimientos eran torpes, inseguros, los de alguien que había olvidado cómo se hace esto. Pero fue encontrando el ritmo. Me miró desde abajo, y en sus ojos azules ya no había dureza. Había hambre.

—Así —dije, en voz baja—. Sin órdenes, sin mando. Aquí quien decide soy yo.

Se levantó sin soltarme. Los tacones sonaron en el suelo y se arrodilló frente a mí como si lo hubiera decidido antes de pensarlo. Abrió la boca y me envolvió con los labios. El calor fue inmediato. Chupó con una necesidad que no podía disimular, las manos aferradas a mis muslos, la cabeza moviéndose con un ritmo que fue creciendo hasta que le puse la mano sobre la melena y le marqué yo el compás.

La melena rubia, antes impecable, se deshacía. El flequillo le caía sobre la frente, húmedo. Valeria, la jefa intocable, estaba de rodillas en su propio despacho, y los sonidos que hacía eran los de alguien completamente rendida.

La levanté. La senté en el borde del escritorio, barriendo de un golpe lo que había encima. Le desabroché la blusa despacio, botón a botón, mientras ella se dejaba hacer sin decir nada. Pecho firme, pezones ya tensos. Me los tomé con calma, mordiéndolos despacio, escuchando cómo su respiración se cortaba en pequeños jadeos.

Bajé la falda negra ajustada hasta sus tobillos. No llevaba nada debajo. Estaba empapada. Le separé los muslos con las manos y la encontré caliente, tensa, lista.

—Por favor —susurró. Solo eso.

La penetré de un solo golpe. Su cuerpo se arqueó con un grito que contuvo a tiempo, los dientes apretados, las manos aferrándose al borde del escritorio. Empecé a moverme. Lento primero, luego con más fuerza, sintiendo cómo respondía a cada empuje. Sus piernas me rodearon la cintura sin que yo se lo pidiera.

—¿Así? —le dije al oído—. ¿Así es como lo necesitabas?

No respondió con palabras. Respondió clavándome las uñas en la espalda y mordiéndome el cuello. La giré, la puse de espaldas sobre el escritorio y la tomé desde atrás, más profundo, más duro, hasta que el escritorio arañó la pared y sus gemidos llenaron el despacho vacío.

El orgasmo llegó con una intensidad que la dejó sin habla. Su cuerpo entero se contrajo, un grito ahogado, y después solo el jadeo y el temblor. Me retiré y me corrí sobre sus nalgas, marcándola.

Nos quedamos en silencio un momento. Solo el sonido de la respiración y el ventilador del techo.

Me vestí despacio. Ella seguía apoyada en el escritorio, sin moverse.

Me acerqué a su oído.

—Esta noche te paso a buscar. Dame la dirección.

Ella levantó la cabeza. Tenía el maquillaje corrido y el pelo deshecho. Me miró unos segundos con los ojos todavía vidriosos.

—¿Esta noche? —repitió.

—Esta noche. Sin ropa interior. Y abre la puerta cuando llame.

***

El piso era grande y estaba en una de las mejores calles de la ciudad. Llamé al timbre a las diez. La puerta se abrió.

Valeria estaba de rodillas sobre el mármol frío del recibidor, completamente desnuda. El cuerpo iluminado por la luz tenue del pasillo. La miré desde arriba durante un buen rato sin decir nada.

—Levántate —dije—. Ve al salón y ponte a cuatro patas en el sofá.

Obedeció sin dudar. El sofá era de cuero claro, y ella era un contraste oscuro y cálido sobre él. Las nalgas en el aire, la cabeza baja, el pelo cayéndole sobre la cara. Saqué la fusta de cuero que había comprado de camino y la dejé que la sintiera rozar su piel, desde la espalda baja hasta las nalgas. Se tensó de inmediato.

—¿Esto es lo que necesitabas, Valeria? ¿Que alguien te tratara como mereces?

—Sí —dijo, la voz apenas audible—. Por favor.

El primer golpe llegó sin aviso. Una línea roja apareció sobre la piel pálida. Gimió con la cara enterrada en el cojín. Di otro, y otro más. La castigué despacio, sin rabia pero sin piedad, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba a cada golpe con una intensidad que no dejaba lugar a dudas. Se estaba deshaciendo.

Dejé la fusta en el suelo. La preparé despacio con los dedos, notando cómo se abría y se tensaba al mismo tiempo. Cuando entré en su culo, el grito que soltó llenó el salón. Era estrecho, increíblemente apretado, y ella jadeaba entre el dolor y algo más que no sabía cómo nombrar.

—Di quién manda aquí —ordené, moviéndome dentro de ella con un ritmo constante.

—Tú —jadeó—. Tú mandas. Solo tú.

—Bien. Y así va a ser.

La cambié de posición. Boca arriba en el sofá, las piernas sobre mis hombros, los ojos abiertos mirándome fijo mientras la penetraba en el coño esta vez, profundo y directo. No apartó la mirada ni un segundo. Cuando llegó al orgasmo fue con todo el cuerpo, sacudiéndose en convulsiones que le hacían doblar los dedos de los pies y agarrarse al cojín con las dos manos.

Me corrí sobre su vientre. Me quedé de pie mirándola mientras recuperaba el aliento. Ella tenía los ojos cerrados y una expresión que no tenía nada que ver con la que ponía en la oficina.

—Ve a limpiarte —dije—. Y prepara la cama.

Asintió sin abrir los ojos. Se levantó con cuidado, caminando un poco doblada, y desapareció por el pasillo. Me senté en el sofá y miré las fotos enmarcadas en la repisa de la chimenea: la boda, un viaje con montañas al fondo, Valeria joven con una sonrisa que ya no tenía.

Apagué la luz del salón y fui al dormitorio.

Ella ya estaba en la cama, tapada hasta la cintura, mirando el techo. No dijo nada cuando entré. No hacía falta. Al día siguiente, en la oficina, tendría que actuar como si nada. Sonreírle a Sofía y preguntarle qué tal su noche. Y yo estaría mirando desde el fondo del pasillo, esperando que Sofía me mirara con esa timidez suya que poco a poco se estaba convirtiendo en otra cosa.

Pero eso sería mañana.

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Comentarios (6)

LuisVal88

Increible relato, me tuvo pegado hasta el final. El ambiente de oficina le da un morbo especial jajaja

MarcelaCBA

Muy bueno!! Hay segunda parte??

Pibe_del_sur

Exelente, de esos relatos que te dejan con ganas de mas. Espero que sigas subiendo cosas asi

JorgeMdq

La verdad que las jefas maduras tienen algo especial, esto lo sabe cualquiera que haya trabajado en una oficina jaja. Muy buen relato, muy creible

NadiaMqz

me encanto!! sigue asi por favor

andrespaz22

Bien escrito y con buen ritmo, no se hace largo en ningun momento. El detalle del horario de almuerzo le da realismo. Saludos

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