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Relatos Ardientes

Lo que quedaba de ella cuando él volvió

Marcos salió del baño con el vapor pegado al cuerpo y el olor de ella todavía en los dedos. El agua había estado fría al final, casi helada, porque había llegado un momento en que le dio igual lo que sintiera. Solo quería lavarse las manos, el cuello, la cara. Quitarse de encima el sudor y el calor y todo lo que habían hecho antes de volver a mirarla.

Entró al cuarto con la toalla en la mano. La dejó caer al suelo.

Ahí seguía Rebeca.

Boca abajo. Exactamente como la había dejado. Las piernas ligeramente separadas, los brazos extendidos a los costados, la cabeza girada hacia la derecha con el pelo oscuro tapándole la mitad de la cara. Cuarenta y cuatro años, el cuerpo firme, y sin embargo tendida sobre la sábana con la misma ausencia de tensión que tiene un guante cuando no hay mano adentro.

Las nalgas eran lo primero que veía. Rojas. Hinchadas. Marcadas con sus huellas: los dedos en las zonas donde había agarrado con fuerza, la palma abierta donde había golpeado, el filo de la mano en las líneas que cruzaban de un lado al otro. Su firma. Dos mitades calientes que latían con su propio pulso.

Caminó despacio hacia la cama.

La espalda de Rebeca era un registro de las últimas dos horas. Arañazos que bajaban desde los omóplatos hasta la cintura, rojos y limpios, algunos ya empezando a oscurecerse en los bordes. Un mordisco profundo en el costado derecho, cerca de las costillas flotantes. Tres chupetones en la zona lumbar, violetas y redondos como monedas. Los senos se le salían por los costados del cuerpo, aplastados contra la sábana, los pezones asomando duros, rozando la tela con cada respiración.

Marcos tenía cincuenta y un años y las rodillas le protestaban cada vez que se arrodillaba. Se subió a la cama despacio, con cuidado, y se arrodilló a su lado.

Agarró un puñado del pelo oscuro de Rebeca. Tiró hacia arriba.

La cara de ella subió.

Tenía los ojos entrecerrados y la mejilla marcada con los pliegues de la sábana. La boca abierta, el labio inferior ligeramente hinchado. No lloraba. No sonreía. Tenía la expresión de alguien que ha cruzado alguna frontera invisible y todavía no sabe bien desde qué lado la está mirando.

Él la sostuvo así un momento. La observó.

—Ahí estás —dijo.

Rebeca parpadeó. Una vez. Solo una vez. Los ojos tardaron en encontrarlo.

Marcos soltó el pelo. La cabeza de ella volvió a caer contra la sábana con la lentitud de algo que ha dejado de oponer resistencia al peso. El cuello primero, luego los hombros, luego la columna: todo se entregó hacia abajo, como una muñeca de tela cuando se le acaba la tensión interna.

Él se inclinó sobre el costado de ella. Bajó la boca hacia el pezón que asomaba aplastado y aun así duro contra la sábana. Lo tomó entre los labios. Lo lamió despacio, con la punta de la lengua, sintiendo cómo respondía, cómo se endurecía más aunque el resto del cuerpo siguiera completamente inmóvil. De la garganta de Rebeca salió un sonido. Bajo. Casi inaudible. Un sonido que venía de un lugar más hondo que la garganta.

Él levantó la cabeza.

—Hija de puta —dijo. No había insulto en su voz. Había orgullo. La misma satisfacción que siente el artesano cuando ve que la pieza le quedó exactamente como la pensó.

Se incorporó sobre las rodillas. Tenía la verga dura, apuntando hacia abajo. La agarró con una mano y se colocó detrás de ella. Con los pulgares separó las nalgas rojas y calientes, con una calma casi técnica.

El ano de Rebeca estaba abierto. Relajado después de todo lo que había pasado. Húmedo todavía con el lubricante que él había usado antes. Un hilo espeso resbalaba lento desde ahí hasta el borde de la sábana. Llevaba así desde antes de la ducha. Era parte de lo que lo había llevado a ducharse: verla en ese estado, saber que podía volver y que ella lo estaría esperando exactamente así, lo había sacado por un momento de la cabeza y necesitó el agua fría para poder ordenarse.

Apoyó la cabeza de su verga en la entrada. El calor era inmediato y completo.

Empujó.

Rebeca no se movió. No arqueó la espalda ni tensó las caderas. Simplemente lo recibió, toda la longitud de él, hasta el fondo, con la pasividad de algo que no opone resistencia porque ha decidido no oponerla. Las paredes interiores lo rodearon blandas, flexibles, rendidas.

Ella emitió un sonido. Más respiración que gemido.

Él se quedó quieto dentro de ella un momento, sintiendo el calor, sintiendo el pulso de ella alrededor de él. Después empezó a moverse.

Lento al principio. Las manos en las caderas de Rebeca, los pulgares hundidos en las marcas rojas, presionando apenas, recordándole sin palabras lo que eran y a quién pertenecían. Las nalgas se movían con cada empuje, un movimiento de ola, lento y regular, las líneas rojas temblando bajo la luz de la lámpara.

Después más firme. Más constante. El sonido de sus caderas contra ella llenando el cuarto.

Rebeca movió el pelo hacia un lado. Solo eso. Sin abrir los ojos, sin mover ninguna otra parte del cuerpo. Solo la mano arrastrada perezosamente, apartando el pelo de la cara para que la mejilla quedara limpia contra la sábana.

Marcos la miró. El perfil de su cara presionado contra la tela, la boca entreabierta, la mandíbula suelta. Dejó caer un hilo de saliva desde su boca. Cayó en la comisura de los labios de ella y resbaló por la mejilla hasta la sábana.

Rebeca no se limpió.

No podía. No estaba ahí.

***

Rebeca estaba flotando sobre ellos.

Era la única manera que tenía de describírselo a sí misma después, cuando volvía, cuando el cuerpo se hacía suyo otra vez y las palabras recuperaban su peso. Flotaba. Miraba desde arriba. Veía el cuarto entero, la lámpara de la mesita, las sábanas revueltas, la ventana con la persiana a medio bajar.

Veía su propio cuerpo extendido en la cama. Las nalgas rojas. La espalda llena de marcas. Los senos aplastados contra la sábana. Sus propias manos inertes junto al cuerpo, los dedos levemente curvados hacia adentro, sin agarrar nada.

Veía a Marcos detrás de ella. Las manos de él en sus caderas, los pulgares hundiéndose en las marcas. La cara de él concentrada y oscura, la mandíbula apretada, los ojos entrecerrados. La veía moverse con cada empuje de él, un movimiento pasivo, el movimiento de algo que recibe y no actúa.

Desde arriba veía todo. Y desde arriba se sentía en paz.

Era una paz que le costaba explicar cuando lo intentaba, en los pocos momentos en que lo había intentado. Porque sonaba a rendición total, a pérdida, a algo que el resto del mundo llamaría de otra manera y no con buenas palabras. Pero no era eso. No exactamente.

Rebeca había pasado cuarenta y cuatro años siendo la persona más presente en cualquier habitación. La que organizaba, la que sostenía, la que recordaba lo que había que hacer y cuándo. En el trabajo, en la familia, en las relaciones anteriores. Siempre activa. Siempre pendiente de algo. Siempre cargando con alguna versión de sí misma que estaba en alerta.

Con Marcos había aprendido que existía la posibilidad de soltar todo eso.

No de golpe. Les había llevado meses llegar hasta aquí. Meses de conversaciones largas, de límites puestos en voz alta y respetados sin excepción, de esa mezcla extraña de confianza y miedo y deseo que se necesita para llegar a este punto sin que nadie salga lastimado de una manera que no quería. Marcos no era un hombre impaciente. Había esperado hasta que ella estuvo lista. Había parado cuando ella lo pidió, y en más de una ocasión había parado antes de que ella lo pidiera, porque supo leer en el cuerpo de ella lo que ella misma todavía no sabía decir.

Y luego habían ido más lejos.

Desde arriba, Rebeca se veía feliz. No alegre. No excitada. Feliz de una manera más básica, más antigua que cualquiera de esas dos cosas. La paz de quien ha dejado de sostener nada. De quien ha convertido todo su peso, toda su atención, toda su conciencia, en algo simple: un cuerpo que recibe y siente y no piensa. Un lugar donde alguien más puede depositar lo que tiene. Nada más que eso.

Y eso era exactamente lo que necesitaba.

***

Marcos sintió que ella se apretaba.

No fue un movimiento que ella decidiera. Era el cuerpo haciendo lo que el cuerpo hace cuando llega a cierto umbral: cerrar el puño alrededor de lo que tiene adentro, un reflejo que viene de más abajo que cualquier pensamiento. Apretó las nalgas de Rebeca con ambas manos. Los dedos se hundieron en las marcas rojas, en el calor acumulado de esa piel castigada.

Empujó hasta el fondo. Se quedó ahí.

—Así —dijo, con la voz rota a la mitad—. Así te quiero.

Terminó dentro de ella sin moverse. Los músculos del abdomen agarrotados, los pulmones vaciándose de golpe. Cuando todo pasó se quedó apoyado sobre ella un momento, el pecho contra la espalda marcada de Rebeca, la boca cerca de su nuca, respirando.

Después se separó despacio. Se tumbó a su lado. Miró el techo.

Estuvo así un rato, sin hablar, mirando la mancha de humedad en el yeso de arriba que llevaba meses sin arreglar. Después extendió el brazo. Lo pasó por debajo de los hombros de Rebeca y la acercó hacia él.

Ella no opuso resistencia. Se dejó mover, apoyó la cabeza en el pecho de él, y respiró hondo por primera vez en mucho rato.

El silencio del cuarto era distinto al de antes. Antes tenía tensión adentro. Ahora era simplemente silencio.

Rebeca, desde arriba, vio cómo él miraba hacia el techo. Justo hacia donde ella estaba. Justo hacia ella, sin saberlo.

Sonrió.

Y empezó a bajar.

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Comentarios (5)

NocheOscura33

tremendo!!!

RosaLuz

Hermoso relato, me llegó al alma. Pocas veces me pasa eso leyendo acá

DamianRio

Se me hizo cortisimo pero que bueno estuvo jaja. Mas por favor

TangoViejo_ok

Seguí escribiendo, hay algo en como describís las cosas que no es común. Muy bueno

NoraCba_lect

Exactamente lo que necesitaba esta tarde. Gracias

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