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Relatos Ardientes

El fuego que su marido no podía apagar

Llevaba tres meses viviendo en el barrio cuando me apunté al gimnasio de la calle Loreto. Además de las máquinas y los pesos, ofrecían clases de jiu-jitsu que daba un tipo llamado Hassan. Poco a poco fui cogiendo el ritmo y no se me daba mal. Entre los alumnos habituales destacaba Saud, también marroquí, delgado y musculoso, de metro sesenta y algo, moreno, con el español tan bien hablado que costaba creer que no era su lengua materna. Había pasado varios años en Zaragoza de joven. Cuarenta y tantos, aunque era difícil saberlo.

Nos fuimos haciendo amigos. Después de cada sesión tomábamos un café largo y hablábamos. Saud siempre volvía al mismo tema: las diferencias entre las culturas. Cómo se come aquí y allá. Cómo se educa a los hijos. Qué papel juega la religión en la vida cotidiana. Un día, cuando ya nos conocíamos bien, metió el asunto de la sexualidad en la conversación. No lo hizo torpemente, sino como quien abre una ventana para dejar entrar el aire fresco.

Contó que en Marruecos las relaciones entre personas del mismo sexo eran ilegales, que la virginidad femenina seguía siendo una cuestión de honor familiar en muchos ambientes, que el abismo entre lo público y lo privado era enorme. Yo le respondía con sinceridad. No tenía nada de qué avergonzarme.

***

Llevábamos unos seis meses entrenando juntos cuando un día me esperó en la puerta del gimnasio antes de entrar. Tenía cara de haber dormido poco. Fuimos al bar de siempre y me contó lo que le estaba pasando. Saud quería a su mujer, Yasmin, con una intensidad que no admitía dudas. El problema era ella, o más bien lo que le pasaba a ella.

Su esposa padecía hipersexualidad. Así lo habían llamado los médicos. Él ya no podía más. Llegaba a casa y Yasmin se le echaba encima, mañana, tarde y noche, sin descanso. Alargaba las sesiones en el gimnasio para retrasar el momento de volver.

—Ya sé lo que estás pensando —dijo, mirando su taza—. Por qué te cuento todo esto.

—La verdad es que me lo estaba preguntando —respondí.

—Porque necesito que me ayudes. He escuchado que eres un hombre con mucho... vigor. Y te he visto en los vestuarios.

Le aclaré que no hiciera caso a los rumores. En meses allí había estado con una mujer, solo una. Él apretó los labios como si se contuviera.

—Mejor todavía —dijo—. Así llegarás más descansado.

Le expliqué que en situaciones similares siempre había exigido que la mujer estuviera al tanto y de acuerdo. Él respondió que Yasmin no sabía nada, que había estado rumiándolo solo, que era una solución práctica para un problema real. Le insistí en que eso no funcionaría. Saud me miró con esa tranquilidad suya que a veces me ponía nervioso.

—Conozco a Yasmin —dijo—. Cuando te vea, lo sabrá sola.

Le propuse que quedáramos los tres a tomar algo, para conocernos sin presión. Él se negó. Dijo que para qué esperar, que podíamos ir a su casa en ese momento, sin obligaciones. Era un ruego, no una propuesta. Pensé que no perdía nada con conocerlos.

***

De camino intenté convencerlo de que llamara a Yasmin para avisarle que llegaba con compañía. No quiso. Vivían en un adosado al final de una calle tranquila. Cuando entramos, escuché su voz desde el piso de arriba, en árabe, con ese tono que no necesita traducción: ven, que te estoy esperando. Saud respondió en inglés que había traído a un amigo. Silencio total.

Me sacó una cerveza sin alcohol. Nos sentamos. Escuché pasos en la escalera.

Yasmin apareció en el salón. Lo primero que vi fue su cara: cejas bien trazadas, labios de un rojo oscuro, ojos negros con una mirada que pesaba. Un pañuelo de seda color arena cubría completamente su cabeza. Llevaba una túnica larga de color burdeos, suelta, que no dejaba adivinar nada del cuerpo. Sonrió con dientes perfectos y le dijo a su marido en voz baja que tendría algo preparado de haber sabido que venía visita. Sus manos eran largas, con manicura elaborada. Trabajaba como coordinadora en una clínica privada. Rondaba el metro sesenta.

Mi primera impresión fue sencilla: quería acostarme con ella. Solo por esa cara y esos labios que concentraban toda la luz de la habitación.

La tensión en el salón era palpable. Ella no entendía qué hacía yo allí. Saud intentaba leer en nuestras caras si nos gustábamos lo suficiente. Yo palpaba la situación y pensaba en cómo retirarme con dignidad, cuando Saud se levantó, se acercó a ella y, con una suavidad calculada, le quitó el pañuelo de la cabeza. Yasmin se quedó paralizada. Con las dos manos se recolocó el pelo, una melena oscura y ondulada que le caía hasta los hombros.

Le habló en árabe, con tono respetuoso pero serio. Saud le respondió que hablara en español, que no íbamos a ser maleducados. Ella me pidió disculpas con una sonrisa incómoda.

Saud se sentó a su lado y empezó a acariciarle los hombros, el cuello, la nuca. Cada vez que lo hacía, la expresión de Yasmin cambiaba. Un placer que trataba de contener y que se le escapaba de todos modos.

—En cualquier momento puede explotar —me dijo en español, mirándome, mientras ella parecía no escuchar—. ¿Estarás preparado?

Yasmin lo miraba con ojos suplicantes. Le dijo algo en árabe. Él respondió en inglés: —No, querida. No se va a ir. Va a ser quien apague todo tu fuego.

Ella lo miró con una incredulidad que no era fingida. Entonces Saud llevó la mano al centro de sus muslos, por encima de la tela, y ella contuvo un suspiro que le cortó la respiración. Le dijo algo en árabe, en tono firme. Los ojos de Yasmin se abrieron de golpe. Lo miró, le respondió algo. Él le dijo que fuera a ponerse como lo hacía siempre que lo esperaba, y que bajara.

Ella subió las escaleras sin decir nada más.

***

Tardó bastante. Saud me explicó que Yasmin nunca aparecía sin estar perfecta. Que era así.

Empezó a sonar música desde arriba, algo que no reconocí. Y entonces la vi bajar.

El maquillaje era distinto, mucho más intenso. Los labios más rojos. La melena suelta como la de alguien que acaba de despertar de algo largo. Llevaba capas de gasa traslúcida de varios colores, superpuestas, que lo mostraban todo al moverse y no dejaban ver nada del todo cuando estaba quieta. El cuerpo que había intuido debajo de la túnica era mejor de lo que esperaba.

Se dirigió hacia su marido. Saud la redirigió hacia mí con una sola palabra y un gesto. Ella dudó, me miró a los ojos y dio un paso. Extendió la mano. La tomé. Tiró de mí para que me pusiera de pie.

Lo que vino después fue directo. Me empujó suavemente hacia el sofá. —Siéntate —susurró, y en su voz había un filo que no estaba antes. Me senté. Ella se arrodilló frente a mí con una lentitud deliberada, sus ojos oscuros fijos en los míos. Me desabrochó el cinturón. El sonido del metal en el silencio de la habitación fue el único ruido aparte de nuestra respiración. Cuando me vio en plena erección, un sonido bajo y grave escapó de su garganta. No fue de sorpresa. Fue de hambre.

Su lengua trazó una línea desde la base hasta la punta. Me tomó en su boca con una confianza que no tenía nada de timidez. Me miraba mientras lo hacía, los ojos brillando. Cada movimiento era una declaración. Sus manos exploraban mis muslos mientras su cabeza marcaba un ritmo que no admitía interrupciones.

—No te voy a mentir —dijo Saud desde su silla, con la voz ronca, masturbándose despacio—. Ella es un fuego. Y tú eres la gasolina.

Yasmin se detuvo de golpe, dejándome al borde. Se levantó y, con la misma lentitud, fue quitándose las gasas una a una. Cada capa que caía revelaba más de una piel dorada, pechos pequeños y firmes con los pezones oscuros y erectos, una cintura estrecha que se abría en unas caderas hechas para agarrar. Entre sus piernas, una franja de vello oscuro enmarcaba un sexo ya húmedo y tenso.

Se subió al sofá, una rodilla a cada lado de mis piernas, y se posó sobre mí sin penetrarse aún. Frotó su sexo contra mi erección, lenta y deliberadamente. —Saud dice que eres muy vigoroso —jadeó—. Demuéstramelo.

Y se hundió sobre mí. El calor fue inmediato y abrumador. Sus músculos me apretaban con fuerza. Comenzó a moverse despacio, sintiéndolo todo, y en pocos minutos el ritmo se aceleró solo, impulsado por algo que ya no era decisión sino necesidad. Sus caderas golpeaban las mías con una energía que me sorprendió, sus pechos se sacudían con cada embate, sus gemidos llenaban el salón.

Me agarró del pelo y me obligó a mirarla. —¡Mírame! —gritó—. ¡Mírame mientras te follo!

La cambié de postura. La puse boca abajo sobre el sofá y la penetré desde atrás. Su espalda se arqueó de golpe. Gritó cuando la volví a llenar, más hondo esta vez. Saud se había acercado, sentado en el borde de la silla, masturbándose al ritmo de mis embestidas, sin quitarle los ojos de encima.

Pasamos del sofá al suelo. La tuve boca arriba, las piernas sobre mis hombros, empujando con toda la fuerza que tenía. Sus uñas me arañaban la espalda y pedía más velocidad, más dureza. Cuando la llevé al límite, su cuerpo se tensó en un orgasmo largo que la dejó temblando en el suelo.

***

Fue entonces cuando tomé el control.

Me puse de pie frente a ella. La sonrisa de triunfo que tenía en los labios se congeló cuando vio mi expresión.

—La fiesta ha terminado, Yasmin —dije, con la voz baja—. A partir de ahora soy yo quien da las órdenes.

Le ordené que se arrodillara en el borde del sofá con las nalgas en el aire. Lo hizo, vacilando. Cogí del suelo el cinturón de cuero que se me había caído antes. El primer golpe la sorprendió: el sonido seco llenó la habitación. No fue un grito de dolor. Fue de liberación. Una línea roja y limpia apareció en su piel.

—¡Otra! —dijo—. ¡Más fuerte!

Seguí. Una y otra vez, hasta que su piel era un mapa de marcas rojas y su cuerpo entró en un orgasmo seco y brutal, sin que nadie la tocara directamente. El dolor la había llevado ahí.

Después pidió que la asfixiara. Saud, que estaba en el marco de la puerta, se acercó con un pañuelo de seda y se lo ofreció a su mujer. Ella me lo pasó. Lo rodé alrededor de su cuello desde atrás mientras la penetraba de nuevo, a cuatro patas sobre el sofá. La presión fue aumentando poco a poco. Su respiración se convirtió en un jadeo ahogado. Cuando sus manos se aferraron a mis antebrazos, no fue para detenerme: fue para sostenerse. Justo cuando vi que sus ojos empezaban a perder el foco, aflojé. El aire entró con un espasmo violento, y con él llegó un orgasmo que le sacudió todo el cuerpo.

Luego vino lo que ella más temía y más deseaba sin saberlo todavía. Usé la humedad de su sexo y empujé con calma contra su entrada trasera. Ella se resistió, gritó que no, que eso jamás. Lo hice con cuidado pero sin detenerme. Cuando cedió, el sonido que hizo llenó toda la casa. Y entonces algo cambió en ella. Entre los sollozos, el tono mutó. Su cuerpo comenzó a moverse hacia mí, no a alejarse.

—¡Sí! —aulló—. ¡Más! ¡No pares!

Saud estaba en el marco de la puerta, masturbándose en silencio con los ojos vidriosos. Presenciaba cómo su mujer recibía lo que él no le había dado nunca. Cuando el orgasmo de ella llegó, fue tan violento que su cuerpo se desplomó sobre el sofá.

***

Fue Yasmin quien rompió el silencio. Se incorporó lentamente, apoyándose en los codos, y miró a su marido.

—Arrodíllate —le ordenó.

Él obedeció al instante, al lado del sofá, la cabeza gacha. Yasmin le acarició la mejilla con una ternura que era tan cruel como cualquier golpe. —¿Viste lo que puede hacer un hombre de verdad? ¿Viste cómo me hizo sentir?

Saud asintió, apenas perceptible.

—Entonces dale las gracias. Con la boca.

El silencio pesó un segundo. Vi el miedo y el deseo peleando en su cara. Le dije en voz baja que obedeciera a su esposa. Él vaciló. Luego se inclinó hacia delante.

Yasmin observaba con una mano entre sus piernas, masturbándose despacio, con una autoridad que era fría y absoluta. Cuando me corrí, le ordenó que se lo tragara todo. Saud obedeció. Ella se levantó, lo besó en los labios, y le dijo que se fuera a la habitación de invitados. Que esa noche dormiría solo.

***

Tres días después quedamos los tres en la salida de la clínica donde trabajaba Yasmin. Salió impecable: traje oscuro, maquillaje discreto, el pañuelo perfectamente colocado. Me trató con cordialidad distante, la sonrisa educada de quien conoce a alguien poco. Pero vi cómo apretaba el bolso cuando yo hablaba. Vi el temblor leve en su labio inferior cuando le dirigí la palabra. Era una actuación brillante, y su único público era su marido.

Dijo que su familia iba a visitarlos esa tarde. La excusa perfecta para irse. Sin que nadie lo dijera en voz alta, los tres acabamos en mi coche, y luego frente a la puerta de mi piso.

Saud se quedó en el rellano. Yasmin se giró hacia él antes de que pudiera entrar y le arrojó el bolso al pecho. —Espera aquí. Los adultos vamos a hablar.

En cuanto cruzamos el umbral, la máscara se cayó. Me rodeó el cuello con los brazos y tiró de mí hacia ella. —He estado muerta estos tres días —siseó contra mi boca—. He estado con mi marido con los ojos cerrados imaginando que eras tú. He estado en reuniones con el cuerpo entero recordando lo que me hiciste.

La empujé contra la mesa del salón. El cristal tembló bajo el impacto. Ella gimió.

La penetré de pie, sin más preámbulos, levantando su falda con una mano. Sus gritos llenaron el piso. Sabía que Saud estaba al otro lado de la puerta, escuchando cada palabra. Ella también lo sabía. Y eso la excitaba todavía más.

Cuando terminamos, Yasmin se recompuso con la misma eficiencia con que se había desarreglado. Abrió la puerta. Saud estaba allí, pálido, con una erección mal disimulada bajo el pantalón. Ella lo miró con una sonrisa breve, se pasó el dedo por el muslo interior y se lo mostró.

—Así es como se queda una mujer bien follada, Saud —dijo—. Venga, que tenemos familia a las siete.

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Comentarios (4)

MartaZ76

Tremendo relato!!! me encantó de principio a fin.

DiegoMar_87

Por favor seguí con esta historia, quede con ganas de mas!!

claudia_bsas

Me recordó a cierta vecina que tuve hace años jajaja. Muy bien escrito, se siente real.

Fede_Cba

Buenisimo!!!

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