Cinco alumnos, un aula vacía y ninguna salida
Tenía veintiséis años cuando empecé a dar talleres de desarrollo comunitario en la Facultad de Ciencias Sociales. No era docente ni investigadora: llegué ahí gracias a Gonzalo, un amigo que militaba en el centro de estudiantes y me consiguió un espacio en el subsuelo, un aula chica con paredes descascaradas y sillas de plástico que nadie usaba entre semana. A mí me daba lo mismo el lugar. Me importaba el trabajo.
Los primeros meses asistían tres o cuatro personas cuando todo iba bien. No me desanimaba. Me gustaba la sensación de estar construyendo algo, aunque fuera pequeño. Era más de lo que el trabajo de inglés particular me daba en ese sentido.
En marzo aparecieron Rodrigo, Tomás, Sebastián, Martín y Diego. Llegaron juntos, se sentaron en la última fila y, contra todo lo que esperaba de un grupo de universitarios un jueves a la tarde, prestaron atención. Al taller siguiente trajeron a más gente. Al otro, todavía más. En dos meses el subsuelo se había quedado chico y me asignaron un aula vieja en el ala norte, con capacidad para treinta personas, que también se fue llenando semana a semana.
Los cinco se convirtieron en mis ayudantes sin que nadie lo formalizara. Distribuían materiales, moderaban los grupos pequeños, se quedaban a ayudarme a ordenar cuando el resto ya se había ido. Yo confiaba en ellos más de lo que debería haberlo hecho.
***
Un jueves de abril llegué y había muy poca gente: no más de ocho personas, además de los cinco. La lluvia y la época de parciales vaciaban las aulas con más eficiencia que cualquier excusa razonable. Tomás sacó el mate antes de que yo terminara de acomodar los materiales sobre el escritorio.
—La lluvia hace eso —dijo Tomás—. La gente se convence de que el mundo puede esperar un jueves más.
—Mejor —respondí—. Hoy podemos trabajar en grupos más chicos. La discusión se hace más fácil.
Estaba por arrancar cuando la alarma de incendio explotó sobre nuestras cabezas. El sonido era agudo y continuo. Me levanté de la silla sin saber bien qué hacer.
—¿Nos vamos? —pregunté.
Sebastián ya estaba de pie.
—Seguime —dijo—. Me sé el protocolo de evacuación del subsuelo de memoria.
Nos llevó por un pasillo que no reconocí, más al fondo, lejos de las escaleras que daban a la calle. Pensé en decir algo, pero el sonido de la alarma seguía y el grupo caminaba con confianza. A veces uno confía porque es más cómodo que dudar.
Abrió la puerta de un aula que olía a humedad y madera vieja. Las ventanas estaban tapadas con afiches doblados y no entraba luz natural. Las mesas y sillas estaban apiladas contra las paredes. Los demás asistentes del taller no estaban con nosotros. Solo éramos los cinco y yo.
—Esperen —dije—. Acá no hay ninguna salida a la calle.
—No hace falta —respondió Sebastián—. Este sector está aislado del edificio principal. Si hay un derrumbe o el fuego avanza, aquí no llega. Es el punto de seguridad de esta ala. Cuando pase todo, salimos sin problema.
Era una explicación convincente. O yo quería que lo fuera.
Miré el celular: sin señal. Habían pasado veinte minutos desde que quería arrancar el taller. La alarma ya no sonaba.
—¿Cuándo terminó el sonido? —pregunté.
—Hace un rato —dijo Martín—. Era solo la primera parte del simulacro. Todavía hay una charla informativa. Son dos horas en total, más o menos.
Rodrigo estaba sentado sobre una mesa apilada, con los brazos cruzados, mirándome de una forma que no me gustó.
—¿Tu novio sabe que estás acá? —preguntó.
La pregunta me tomó por sorpresa. Me reí para no mostrar la incomodidad.
—No —respondí—. Y si lo supiera, me armaría una escena. Así es él, celoso de más. Pero ya estoy acostumbrada.
—¿Siempre fue así? —dijo Tomás.
—Salimos desde el último año del secundario. Siempre nos gustamos, pero formalizamos tarde. Y sí, siempre fue celoso. Yo no soy muy santa tampoco, así que a veces le doy motivos, no voy a mentirles.
Rodrigo sacó el celular con calma y me lo mostró. Tenía un video de los últimos dos minutos: yo hablando de Nicolás, de sus celos, de que no era muy santa. La calidad era buena. La voz se escuchaba perfecta.
—¿Qué es eso? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—Un problema tuyo —dijo Rodrigo—. O no, dependiendo de lo que decidas.
Se bajó de la mesa y se acercó despacio. Los otros cuatro se fueron acomodando alrededor sin apuro, como si ya lo hubieran ensayado.
—Gonzalo es más amigo de Nicolás que tuyo. Siempre lo fue. Si esto llega a él, el taller se cierra esta semana y tu novio recibe el video el mismo día. Todo junto, en el mismo mensaje.
Hizo una pausa breve.
—No queremos plata. Solo que estés de acuerdo con lo que tenemos en mente. Un sí. Nada más.
Las piernas no me respondieron bien por un momento. Pensé en Nicolás. Pensé en el taller, en las personas que venían cada semana, en Gonzalo, que efectivamente era más amigo de Nicolás que mío desde hacía años. Todo eso era real.
Y también pensé, aunque no me gustaba admitirlo, que Rodrigo y Tomás llevaban semanas mirándome de una forma que no era exactamente hostil. Que yo lo había notado. Que no siempre lo había ignorado del todo. Que más de una noche, en la cama con Nicolás, había cerrado los ojos y pensado en cómo sería tener a uno de los cinco encima. O a dos. O a todos.
—Bien —dije.
***
Diego fue el primero en acercarse. Era el más callado de los cinco y también, me di cuenta en ese momento, el que más me había mirado durante los talleres sin que yo lo registrara del todo. Me tomó de la barbilla con dos dedos y me besó despacio, metiéndome la lengua hasta el fondo de la boca sin apuro, como si supiera que tenía todo el tiempo del mundo. Me mordió el labio inferior al retirarse y me dejó los pezones tirantes debajo del corpiño. Los otros cuatro se quedaron donde estaban, observando en silencio, pero ya escuchaba a alguno respirar más hondo.
Diego me metió las manos por debajo de la remera y me subió el corpiño de un tirón, dejándome las tetas al aire. Me las agarró con las dos manos, las apretó fuerte, se agachó a chuparme un pezón mientras con la otra mano me pellizcaba el otro. Le clavé los dedos en la nuca sin darme cuenta. Escuché una risa corta de Rodrigo desde atrás.
—Mirá cómo se pone —dijo alguien—. Ya está mojada, seguro.
Me llevó hacia el escritorio de a poco, con una mano en la espalda y otra en la cadera, como si conociera el camino de antemano. Cuando llegamos, me giró y me dejó apoyada contra el borde. Me bajó la remera del todo, me sacó el corpiño y me lo tiró a un rincón. Escuché el sonido de un celular sacando fotos detrás mío y algunos comentarios en voz baja.
—Desde el primer día sabíamos que iba a pasar esto —dijo alguien.
—Desde que llegaste con esa remera blanca y los jeans —agregó otro—. Se te marcaba todo. Nos íbamos con la pija dura cada jueves.
Diego me tomó de los hombros y fui bajando hasta quedar arrodillada en el suelo frío. Se desabrochó el pantalón, se lo bajó junto con el bóxer y me puso la polla enfrente. La tenía dura, gruesa, con una vena marcada del lado izquierdo. Me la agarré con las dos manos, la miré a los ojos y me la fui llevando a la boca despacio, primero la punta, chupándola como un caramelo, después más adentro, hasta que sentí que me tocaba la garganta. Él cerró los ojos un instante y exhaló.
—Así —dijo en voz baja—. Chupala toda, no seas vaga.
Me clavó una mano en la nuca y empezó a moverme la cabeza a su ritmo. Yo me dejaba, con los ojos aguados, tragando saliva y sacando la lengua para lamerle los huevos entre embestida y embestida. Se escuchaba el ruido húmedo de la boca, mis arcadas ahogadas cada vez que me la metía hasta el fondo, y a los otros cuatro comentando por lo bajo mientras se desabrochaban los pantalones.
Los otros cuatro se fueron acercando uno por uno. Rodrigo fue el segundo. Se puso al lado de Diego y me agarró del pelo con las dos manos.
—Turnate, gata —me dijo, y me giró la cara hacia su verga.
La suya era más larga y menos gruesa. Me la clavó en la boca sin cuidado y me la fue metiendo hasta hacerme llorar. Después me obligó a pasar de una a la otra, de Diego a él y de vuelta, alternando, mientras Sebastián se puso a un costado y también sacó la polla y me la puso contra la mejilla, contra los labios, esperando su turno. Terminé con tres cabezas rozándome la cara, mamando a una mientras acariciaba a las otras dos con las manos, la saliva chorreándome por el mentón y el pecho.
Luego Martín, luego Tomás. Fui pasando de uno al siguiente, mirándolos a los ojos como parecía gustarles. Eran distintos entre sí: Sebastián cerraba los ojos y apoyaba la cabeza contra la pared, sin decir nada; Martín me sostenía la cabeza con las dos manos y me la clavaba sin cuidado, gruñendo cada vez que le tocaba la garganta; Tomás se quedaba en silencio con la mandíbula apretada y me la iba metiendo de a poco, midiendo hasta dónde soportaba. Los cinco tomaron su tiempo. Yo tenía las rodillas raspadas contra las baldosas y las tetas al aire, con los pezones parados del frío y de algo más que no quería nombrar.
Rodrigo fue el que me levantó. Me giró, me apoyó los codos en el escritorio y me desabrochó el jean desde atrás. Me lo bajó hasta los muslos junto con la bombacha, y se quedó parado detrás sin moverse por un momento, como midiendo la situación. Sentí cómo me miraba el culo, cómo se lo mostraba a los otros. Alguien silbó bajito.
—No te hagas la desentendida —me dijo al oído, mientras me pasaba la palma abierta por una nalga y me la apretaba—. Sabés perfectamente de esto.
Pasó la mano entre mis piernas antes de continuar. Me metió dos dedos de un tirón y los sacó chorreando. Los levantó para que los otros los vieran.
—Miren cómo está la señorita del taller —dijo—. Chorreando como una perra.
Se pasó los dedos mojados por la polla, se la acomodó en la entrada del coño y empujó.
La primera embestida fue directa y sin preámbulos. Me la clavó hasta el fondo de una sola vez, con las dos manos en mi cadera, y el escritorio crujió debajo mío. Yo cerré los ojos y aguanté el aire. El dolor inicial se disolvió rápido en algo diferente, algo que el cuerpo procesa con su propia lógica, sin consultar al pensamiento. Empezó a cogerme fuerte, sin ritmo, tirándome del pelo hacia atrás con una mano mientras con la otra me agarraba la cintura. Cada embestida me hacía apoyar más el pecho contra la madera.
—Así te gusta, ¿no? —jadeó—. Decilo. Decí que te gusta.
No le respondí. Él me agarró del pelo más fuerte y me giró la cabeza para que Tomás me viera la cara. Tomás se colocó frente a mí y se ofreció a sí mismo sin palabras, poniéndome la verga contra los labios. Abrí la boca sin que me lo pidieran dos veces y me la tragué mientras Rodrigo me la seguía clavando por detrás.
Estar con dos a la vez era algo que había imaginado alguna vez, pero nunca en estas condiciones. El ritmo entre los dos no estaba coordinado, lo cual hacía todo más difícil de ignorar: cada vez que Rodrigo empujaba, la polla de Tomás me entraba más hondo en la boca; cada vez que Tomás me tiraba de la cabeza, yo me abría más el culo hacia atrás. Los sonidos del aula, el frío del suelo, la luz sucia de la única lámpara que funcionaba, las voces de los otros comentando en voz baja mientras filmaban. Los tres restantes se habían acomodado alrededor, cascándosela sin apuro, esperando su turno con paciencia de espectador.
—Ay, hijo de puta, cómo la coge —dijo Martín, con la polla en la mano, mirando de cerca.
Rodrigo aceleró. Me clavó los dedos en las caderas, me embistió más rápido, más profundo, hasta que Tomás tuvo que sacarme la suya de la boca para no ahogarme. Rodrigo terminó primero. Lo anunció con un gruñido corto y no se retiró antes de terminar del todo. Sentí el chorro caliente adentro, embestida tras embestida, y cómo me lo dejaba dentro mientras se sacudía. Al salir, me dio una nalgada seca y se hizo a un lado.
—Servida —le dijo al que seguía.
Me giré para ver quién seguía. Sebastián ya estaba detrás. Sentí su polla acomodándose entre mis nalgas, no contra el coño.
—El culo no —dije.
—¿Por qué no? —preguntó, como si fuera una pregunta completamente razonable.
—Porque no. Lo conservo para quien quiero.
—Para Nicolás —dijo Sebastián—. Que todavía no sabe lo que estás haciendo acá.
Eso cerró la discusión.
Sebastián tomó tiempo. Se agachó primero y me abrió las nalgas con las dos manos. Sentí la lengua tibia recorriéndome el ojete de arriba abajo, ensalivándome sin pausa, metiéndose apenas al principio y después más adentro, mientras un dedo me entraba y salía del coño chorreando la corrida de Rodrigo. Cuando consideró que estaba lo suficientemente mojada, se paró, se pasó saliva por la polla y empezó a entrar.
—Aflojá —me dijo—. Aflojá, boluda, que si te tensás es peor.
Fue entrando despacio, de a tramos, sin apuro. Los primeros minutos fueron los más difíciles: un dolor sordo, quemante, que me hacía apretar los dientes y anclarme en cualquier otro pensamiento. Me agarré del borde del escritorio con las dos manos y aguanté. Sebastián me pasaba la palma por la espalda mientras me la metía más, murmurándome cosas al oído como si estuviera haciéndome un favor.
—Ya está, ya casi. Aflojá el culo. Así. Así.
Cuando la tuvo entera adentro, se quedó un momento sin moverse. Después empezó a moverse despacio, apenas medio centímetro cada vez, ganando lugar de a poco. Detrás mío escuchaba a los otros cuatro murmurando, uno diciendo "mirá cómo se lo mete", otro pidiéndole que le pasara el celular para grabar mejor. El dolor quedó debajo de otra cosa, una sensación distinta que el cuerpo empezó a procesar por su cuenta. Sin quererlo, empecé a mover la cadera hacia atrás. El cuerpo es más adaptable de lo que uno cree, y también más traicionero.
Sebastián aceleró. Me lo clavaba hasta el fondo y me lo sacaba casi entero, y yo apretaba los ojos y me mordía el labio para no gemir, pero se me escapaba igual. Diego, que estaba a un costado, me metió dos dedos en el coño mientras Sebastián me cogía el culo, y me los movió despacio, buscándome adentro.
—Está por acabar —dijo Diego, sin mirar a nadie en particular—. La perra está por acabar con la pija en el culo.
Y acabé. Me sacudí sobre el escritorio con la boca abierta, sin ruido, apretando la madera hasta clavarme una astilla en la palma que iba a descubrir horas después. Sebastián terminó a los pocos segundos, adentro también, y me dejó ahí colgada del borde, con el semen de los dos chorreándome por los muslos.
Cuando terminó, me sostuve del borde del escritorio y no dije nada.
Los cinco se turnaron como quisieron y en el orden que eligieron, sin consultarme. Me indicaban con gestos, me movían, me ubicaban en distintas posiciones. Encima del escritorio, boca arriba, con las piernas abiertas y una polla en la boca mientras otra me entraba en el coño. De rodillas en el suelo, con tres alrededor, chupando una y masturbando otras dos. De pie contra la pared con los brazos extendidos, con Martín levantándome una pierna para clavármela de costado. Doble penetración con Diego debajo mío en el suelo y Tomás detrás, tan hondo los dos que sentía que se tocaban dentro y me faltaba el aire.
Eran metódicos y tenían tiempo de sobra. En algún momento Martín encontró en el bolso que yo había dejado en una silla el mango del paraguas plegable y lo usó de formas que arrancaron risas de los demás. Me lo metió en el coño despacio primero, después más adentro, mientras Rodrigo me la clavaba en la boca y me decía que abriera bien los ojos para la cámara. Sebastián acabó por segunda vez, esta vez en la cara, y Diego siguió su ejemplo un minuto después. Terminé con el pelo pegado por la corrida de dos, las tetas manchadas, los muslos empapados.
Pensé varias veces que debía sentirme humillada. En algún nivel lo estaba. Pero el cuerpo no siempre sigue las instrucciones del pensamiento, y esa tarde el mío había decidido no obedecerme. Acabé dos veces más antes de que terminaran. La segunda, con Tomás la polla en el culo y los dedos de Rodrigo dentro del coño, gritando contra el escritorio de una forma que no me reconocía.
Cuando terminaron, me dejaron vestirme mientras Rodrigo me mostraba cómo borraba el video del celular. El borrado llevó unos segundos. Me lo mostró dos veces para que pudiera verlo. Luego salimos al pasillo y el edificio estaba funcionando con normalidad: gente caminando, alumnos con carpetas, el bar del primer piso abierto. Era exactamente como si nada hubiera pasado.
No di el taller ese día. Esa semana tampoco.
***
Estuve dos meses sin volver. Le dije a Gonzalo que tenía problemas personales, que necesitaba tomar distancia. Él lo aceptó sin preguntas y el taller quedó suspendido. Nicolás nunca supo nada. Yo volví a mis clases de inglés y seguí con mi vida como si ese jueves de abril hubiera sido cualquier otro jueves.
Pero no lo fue. Algunas noches, cuando Nicolás me cogía, cerraba los ojos y volvía a estar en esa aula, y acababa antes de lo habitual, y él me miraba sorprendido y me preguntaba qué me pasaba, y yo le decía que nada, que él, que era él.
El último mes decidí retomar. No sé bien por qué. Tal vez porque el taller me importaba genuinamente y era una lástima dejarlo morir. Tal vez porque una parte de mí quería saber qué pasaba si volvía.
El día que volví, el aula estaba casi vacía. De los cinco, solo quedaban Sebastián y Diego. Los demás habían dejado de venir sin dar explicaciones. Cuando el taller terminó y los últimos asistentes se fueron hacia el pasillo, los dos se quedaron sin moverse de sus sillas.
Sebastián tenía el celular en la mano.
—Resulta que el video no era el único —dijo.
Miré la pantalla. Había fotos que yo no recordaba que sacaran, capturas de esa tarde en el aula del fondo tomadas desde ángulos que no había notado en su momento. En una estaba de rodillas con tres pollas alrededor de la cara. En otra, apoyada sobre el escritorio con el semen chorreándome de las nalgas. Las miré un segundo y levanté la vista.
—¿Cuánto tiempo piensan hacer esto? —pregunté.
—Esta vez somos solo dos —respondió Diego—. Más manejable.
Me reí. No sé si fue un reflejo nervioso o algo genuino.
Sabía lo que seguía. Me pregunté si me importaba tanto como debería. El aula del fondo era la misma de siempre: las mismas ventanas tapadas con afiches, el mismo olor a madera húmeda, el mismo frío en las baldosas. Esa vez habían traído más cosas —una manta, una botella, dos frazadas apiladas en una silla— y teníamos la noche entera, porque el edificio cerraba tarde y nadie pasaba nunca por ese corredor.
Sebastián fue el primero en tomarme. Me empujó contra la pared con una mano en la nuca y la otra en la cadera, sin preguntas ni preámbulos. Me subió la pollera hasta la cintura, me arrancó la bombacha de un tirón —la escuché romperse— y se la guardó en el bolsillo del jean como si fuera un trofeo. Después me abrió las piernas con la rodilla, se acomodó contra mí y me la clavó de pie, con mi espalda contra la pared fría y mis manos apoyadas en su pecho para sostenerme. Cada embestida me subía unos centímetros del piso.
—¿Extrañabas esto? —me preguntó al oído, mientras me la seguía metiendo—. Decime la verdad. Yo sé que sí.
No le respondí. Le clavé las uñas en la espalda a través de la remera y él se rió bajito.
Diego se quedó mirando desde una silla, con los brazos cruzados y la bragueta abierta, con la polla afuera cascándosela sin urgencia, esperando su turno. En esa dinámica también había una forma de dominación: la del que observa y decide cuándo entra.
Sebastián me hizo acabar contra la pared antes de sacármela. Me clavó la mano entre las piernas mientras me la seguía metiendo, me buscó el clítoris con el pulgar y me lo frotó al mismo ritmo de sus embestidas hasta que me temblaron las rodillas y tuve que morderle el hombro para no gritar. Cuando terminé, me sacó la polla y me miró la cara todavía dura.
—Ahora Diego —dijo.
Esa noche fue distinta a la primera vez. Con cinco personas hay urgencia, hay ruido, hay caos. Con dos hay otra cosa: más concentración, más lentitud, más atención en cada detalle. Diego me llevó hasta la manta que habían tendido en el suelo. Me terminó de desvestir despacio, prenda por prenda: la pollera, la remera, el corpiño. Me acostó boca arriba y me abrió las piernas él mismo, con las dos manos, hasta lo que aguantaba. Se agachó y me metió la lengua entre los labios del coño, sin apuro, lamiéndome despacio, chupándome el clítoris hasta que arqueé la espalda. Me hizo acabar así, con la boca, mientras Sebastián me apretaba las tetas desde arriba y me pellizcaba los pezones.
Después me montó. Diego se la sabía más larga que Sebastián: me la metió despacio primero, buscando cada movimiento, cambiando de ángulo hasta que encontró uno que me hizo abrir los ojos. Se quedó ahí, cogiéndome lento, profundo, mirándome fijo a la cara mientras yo me mordía la mano para no hacer ruido. Después me giró boca abajo, me levantó de la cadera y me la clavó desde atrás, más fuerte, mientras Sebastián se acomodaba delante mío para ofrecerme la polla otra vez. Se la chupé con la boca abierta y los ojos cerrados, dejándome mover al ritmo de Diego, sintiendo cómo la corrida de Sebastián me llenaba la garganta cuando terminó por segunda vez.
Se turnaron durante horas y en ningún momento me preguntaron qué quería, pero tampoco necesitaron hacerlo. En un momento estaba entre los dos, con Diego debajo y Sebastián detrás, los dos adentro al mismo tiempo, moviéndose alternado, tan hondo que perdí la cuenta de las veces que acabé. En otro estaba de cuatro en el suelo con Diego cogiéndome por atrás y Sebastián sentado contra la pared mirando y guiándolo, diciéndole "más despacio", "así", "clavásela toda", como si me estuvieran aprendiendo.
A las dos de la mañana estaba sentada en el suelo del aula con la espalda contra el escritorio, el pelo suelto pegado a la frente y los zapatos en algún rincón que no recordaba. Tenía las piernas abiertas todavía, el coño hinchado, semen seco en el vientre y los muslos. Diego me pasó una botella de agua sin decir nada. La tomé.
—¿Vas a volver el mes que viene? —preguntó Sebastián desde el otro lado del aula.
No respondí de inmediato. Pensé en Nicolás, en el taller, en Gonzalo, en todo el peso de ese año. Pensé también en que había llegado ahí esa noche sabiendo perfectamente lo que iba a pasar. En que me había puesto una bombacha de encaje esa mañana. En que me había afeitado.
—No lo sé —dije finalmente.
Salimos a las tres de la mañana.
Fue el último taller que di en esa facultad. Después me dediqué a otras actividades, en otros lugares, con otras personas. Pero si hay algo que aprendí en esos meses es que el deseo no siempre se deja encuadrar en lo que uno tiene planificado para sí mismo, y que hay ciertos momentos que uno recuerda con más exactitud de la que le gustaría admitir, incluso años después.