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Relatos Ardientes

Lo que Sofía me pidió antes de cerrar los ojos

4.1(17)

Llevaba casi media hora sentado en la silla cuando Sofía empezó a moverse. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una lámpara en el rincón y una vela que ardía sobre la mesa. El único sonido era el de su respiración, lenta y regular, que ya empezaba a cambiar de ritmo.

Sofía estaba colgada del techo con las muñecas atadas a ambos extremos de una barra de metal. Sus tobillos, sujetos a una base de madera en el suelo, los mantenían separados casi un metro. No llevaba ropa. Eso también lo había pedido ella.

Era una mujer de esas que hacen que resulte difícil no mirarlas. Caderas anchas que contrastaban con una cintura estrecha, una melena larga y oscura que caía sobre su hombro izquierdo. Sus tetas eran grandes y redondas, y en esa posición colgaban con su propio peso, moviéndose ligeramente con cada respiración, los pezones oscuros y ya semierectos aunque nadie los hubiera tocado todavía. Más abajo, el vello oscuro y recortado que apenas velaba los labios hinchados de su coño.

Parpadeó. Primero una vez, después dos. Su cuerpo se tensó en cuanto notó las ataduras.

***

Nos conocíamos desde hacía dos años. Formábamos parte del mismo grupo de amigos, ese tipo de grupo que se reúne los viernes porque ya nadie recuerda bien por qué empezó la costumbre. Sofía era de esas personas que llenan los espacios sin proponérselo: hablaba demasiado alto, se reía en el momento justo, y siempre tenía algo que decir. Conmigo, sin embargo, ese «algo» siempre tenía un filo particular.

Empezó poco después de que le propusiera salir. Me dijo que no, lo cual era completamente su derecho, pero la manera en que lo hizo dejó claro que no se trataba solo de un rechazo. Desde entonces, cada reunión se convertía en una oportunidad. Mi forma de vestir, mi altura, la película que había visto la semana pasada, el trabajo que tenía. Ella encontraba siempre el ángulo, y lo hacía con una sonrisa que hacía difícil protestar sin quedar como el susceptible del grupo.

La noche que me mandó el mensaje, yo estaba ya a punto de dormirme. Solo decía: «Quiero hablar contigo. Sin los demás». Le respondí que de acuerdo, puse el teléfono en la mesilla y tardé bastante tiempo en conciliar el sueño.

Nos vimos tres veces antes de llegar a ese punto. En la primera, me dijo que llevaba tiempo pensando en esto, que había leído, que tenía claro lo que quería explorar. No lo dijo de manera suave ni vacilante, sino con la misma seguridad con la que decía todo, pero sin el filo habitual. En la segunda, hablamos de límites con una concreción que me sorprendió: lo que estaba sobre la mesa, lo que no, las palabras de seguridad, la escala de colores, los ritmos de pausa y los tiempos de descanso. En la tercera, acordamos la fecha y los detalles prácticos. Ella eligió el día. Ella eligió la hora. Cuando llegó esa noche, trajo una botella de vino tinto y se sentó en el sofá como si esto fuera lo más natural del mundo.

Se dejó atar sin decir nada. Solo señaló la barra del techo con un gesto y esperó a que yo terminara los nudos. Después se quedó quieta unos minutos, con los ojos abiertos, probando las ataduras con movimientos pequeños y calculados. Luego los cerró.

Yo me senté a esperar.

***

—¿Qué me has hecho? —dijo, con la voz todavía ronca. Su tono era exactamente el que habíamos acordado para empezar.

—Lo que acordamos —respondí, sin moverme de la silla.

—Suéltame. Ahora mismo.

Me levanté despacio y empecé a rodearla sin prisa, mirándola. Ella me siguió con los ojos. Todavía tenía esa expresión que yo conocía bien, esa mezcla de seguridad en sí misma y algo más que me había costado tiempo aprender a leer correctamente.

—Hoy te enseñaré a ser un poco más amable —dije.

—No lo creo —respondió ella.

—Tú misma lo pediste.

—Eso no significa que vaya a ser fácil.

Me coloqué a su espalda. Mis manos encontraron sus caderas y empezaron a subir despacio por sus costillas. Ella bajó la cabeza con rapidez, como si fuera a morderme, pero no llegó a alcanzarme.

—Eso no estaba en el acuerdo —dije.

—Podría haber hecho una excepción.

—Los dientes quedan fuera. Tú misma pusiste esa regla.

Silencio breve. Luego, casi en voz baja:

—Qué inconveniente.

Volví a mi posición y tomé el flogger de cuero que descansaba sobre la mesa. No era un látigo de caballos sino uno de varios extremos trenzados, el mismo que ella había elegido en una tienda especializada y enviado a mi dirección con un mensaje que decía: «Para cuando llegue el momento». Lo hice chasquear en el aire, lejos de ella. Solo para que oyera el sonido.

El primer golpe cayó sobre sus nalgas con la fuerza justa, calibrada.

—¡Ah! —exhaló. No era exactamente un grito de dolor.

—¿Color? —pregunté.

—Verde —respondió, sin dudarlo.

Seguí. Medía cada golpe, observaba su piel enrojecerse gradualmente, dejaba tiempo suficiente entre uno y otro para que la sensación se asentara antes del siguiente impacto. Ella mantenía la cabeza baja, el pelo tapándole parte de la cara, la respiración más honda y más lenta al mismo tiempo, como si su cuerpo estuviera aprendiendo a procesar algo que hasta entonces solo había conocido en teoría.

—Llevas dos años metiéndote conmigo delante de todos —dije, mientras el flogger volvía a abrirse sobre su piel.

—Era solo que me resultabas fácil de provocar —respondió, con la voz algo menos firme que antes.

—¿Y ahora?

No respondió.

Alternaba los golpes entre sus nalgas y la parte alta de sus muslos, respetando los límites que habíamos acordado. Ella se movía con cada impacto, pero sin luchar contra las ataduras. El cuero contra su piel hacía un sonido seco y definido que llenaba la habitación con una cadencia casi regular.

—¿Color?

—Verde —repitió, aunque ahora con un tono ligeramente diferente. Más abierto.

Me acerqué y pasé los dedos suavemente por la piel que acababa de trabajar. Sus nalgas estaban calientes al tacto y mostraban ya el resultado de los últimos veinte minutos. Bajé la mano y le rocé el coño con dos dedos, apenas un roce por encima de los labios exteriores. Estaban resbaladizos, mojados de una manera que no dejaba lugar a discusión. Ella dejó escapar un sonido que no era queja ni placer sino algo exactamente en el espacio entre los dos.

—Mírate cómo estás —dije, subiéndole los dedos húmedos hasta la boca para que se viera obligada a olerse—. Empapada de solo unos azotes.

—Cállate —murmuró, pero sin fuerza.

—¿Qué tal? —pregunté, cerca de su oído.

—Como esperaba —admitió, después de una pausa.

—¿Mejor o peor?

Una pausa más larga.

—Mejor —dijo, en voz muy baja.

***

Volví a tomar el flogger. Esta vez los golpes fueron más espaciados, más lentos, casi rituales. Ya no se trataba de vencer su resistencia sino de mantenerla en ese estado particular, suspendida entre la anticipación y la satisfacción, sin dejar que ninguna de las dos ganara del todo.

Sofía había dejado de mantener la postura desafiante de las primeras rondas. Su cuerpo colgaba con más peso de sus muñecas, la cabeza inclinada ligeramente hacia adelante, los hombros caídos de una manera que en otro contexto habría parecido agotamiento pero que en este era algo completamente distinto.

Los golpes seguían. Entre uno y otro, me acercaba, le pasaba las manos por las caderas, rozaba apenas su vientre, me detenía justo antes de llegar más abajo. Cada vez que lo hacía, ella contenía un instante la respiración. Un movimiento involuntario de caderas, pequeño y preciso, que no pasaba desapercibido.

—Andrés —dijo.

Era la primera vez que usaba mi nombre desde que había llegado.

—Dime.

—Por favor.

—Más claro que eso.

Otro golpe. Suave. Preciso.

—Por favor, Andrés. Tócame las tetas.

Me moví hasta quedar frente a ella. Su cara me miró directamente, sin esconderse detrás del pelo. Había en sus ojos algo que no le había visto nunca en dos años de coincidir todos los viernes. Una apertura que le costaba más esfuerzo que cualquier otra cosa que hubiera hecho esa noche.

Alcé las manos y le envolví las tetas con las palmas abiertas, apretando la carne caliente con cuidado, sopesándolas antes de empezar a trabajarlas. Su piel ardía y sus pezones estaban completamente duros, dos puntas oscuras que se me clavaban en el centro de la mano. Ella cerró los ojos.

Empecé a moverme despacio, pellizcando los pezones entre el pulgar y el índice, tirando ligeramente hacia afuera y hacia abajo, aumentando la presión de manera gradual hasta que ella exhaló un sonido largo que duró varios segundos y que no intentó disimular. Me incliné y le tomé uno con la boca, chupando fuerte, dejando que la lengua girara alrededor del pezón antes de mordisquearlo con cuidado. Sofía se arqueó todo lo que las ataduras le permitieron, empujando el pecho contra mi boca.

—Así —murmuró—. Así, joder.

Cambié al otro. Le chupé el pezón hasta que la sentí temblar, mientras con la mano libre le pellizcaba el que acababa de abandonar. Sus caderas empezaron a buscar algo que todavía no estaba ahí, un movimiento pequeño y rítmico contra el aire.

—¿Color?

—Verde —murmuró—. Verde.

Bajé una mano por su vientre, muy despacio, y le rocé el coño otra vez. Estaba más mojada que antes. Deslicé un dedo entre los labios, sin llegar a meterlo, solo trazando la línea empapada de arriba abajo, evitando el clítoris a propósito. Ella empujó las caderas hacia adelante, buscando presión, y yo retiré la mano.

—Todavía no —dije.

—Hijo de puta —dijo, casi riéndose—. Verde. Muy verde.

***

Retrocedí y tomé el flogger de nuevo.

—Todavía no hemos terminado —dije.

Ella abrió los ojos y me miró. En su expresión ya no quedaba nada del desafío del principio. Solo quedaba anticipación, y algo que se parecía bastante a la impaciencia.

Los golpes siguientes fueron espaciados e intercalados con acercamientos en los que pasaba las manos por sus caderas, rozaba su vientre, me detenía justo antes del límite. Cada dos o tres impactos, me arrodillaba detrás de ella y le pasaba la lengua por la parte interior de los muslos, subiendo hasta rozarle apenas los labios del coño antes de retirarme. La sentía temblar cada vez, un espasmo pequeño que se le corría por toda la espalda.

La cuarta vez que lo hice, no me retiré. Le abrí los labios con dos dedos y le pasé la lengua entera de abajo arriba, lento, saboreándola. Ella gimió sin filtro, un sonido gutural que no había escuchado antes. Volví a hacerlo. Otra vez. Le clavé la lengua adentro y la moví en círculos, chupándole todo lo que soltaba, mientras con el pulgar le trazaba círculos alrededor del clítoris sin llegar a tocarlo del todo.

—Andrés, por favor —dijo, con la voz quebrada—. Por favor.

Me aparté. Le di otro golpe de flogger en las nalgas rojas, más suave que los anteriores.

—Por favor qué.

Un largo silencio. Otro golpe.

—Por favor, Andrés. Quiero que me folles. Que me metas la polla y me folles duro. Es lo que quiero desde que llegué.

Se inclinó hacia adelante todo lo que las ataduras le permitían, separando las piernas un poco más, ofreciendo el culo hacia atrás con un ángulo que no dejaba lugar a ninguna interpretación.

Me moví hacia la mesa, tomé el lubricante y me desabroché el pantalón. Me la saqué y me la agarré con la mano, ya dura como una piedra desde hacía rato, la punta brillando. Desde atrás, me coloqué contra ella y deslicé dos dedos primero, hasta el fondo, con cuidado. Estaba completamente empapada, tanto que los dedos entraron sin ninguna resistencia y salieron cubiertos hasta los nudillos. Se los enseñé por encima del hombro.

—Mira cómo estás.

—Mételo ya —jadeó—. Ya.

—Color —dije.

—Verde —respondió. Y esta vez lo dijo como si llevara horas esperando decirlo.

Le apoyé la punta de la polla en la entrada del coño y empujé. La penetración fue lenta, milímetro a milímetro, sintiendo cómo se me abría paso apretándome por todos los lados. Ella emitió un sonido largo que empezó como algo cercano a la queja y terminó siendo completamente otra cosa cuando la tuve entera adentro, apoyado contra sus nalgas rojas.

Me quedé quieto unos segundos, solo para sentirla apretar. Después me retiré casi hasta la punta y volví a hundirme entero de una sola embestida. Sofía gritó.

—Otra vez —dijo—. Así.

Le rodeé la cintura con las manos y empecé a moverme en serio, saliendo casi del todo y entrando entero, con embestidas largas y calibradas que le hacían chocar el cuerpo contra las ataduras. El sonido de nuestros cuerpos, piel golpeando piel mojada, llenó la habitación. Ella se movía conmigo, todo lo que las ataduras le permitían, ajustando las caderas para encontrar cada embestida. Sus tetas se mecían con el ritmo y yo podía verlas desde atrás, ese movimiento pesado que añadía algo al conjunto imposible de articular con precisión.

—Más fuerte —jadeó—. Fóllame más fuerte.

Le agarré del pelo, no muy duro, y tiré hacia atrás para hacerle arquear el cuello. Cambié el ángulo, embistiendo hacia arriba, buscando el punto que la hiciera perder el control. Lo encontré a los pocos golpes: ella soltó un grito ahogado y empezó a apretarme por dentro con espasmos rítmicos.

—Ahí, ahí, ahí —repitió—. No pares.

Le pasé una mano por delante y le bajé los dedos hasta el clítoris. Empecé a frotárselo en círculos rápidos mientras seguía embistiéndola desde atrás, manteniendo el mismo ángulo. A los pocos segundos la sentí tensarse entera, todos los músculos apretándose a la vez, y después estallar. Se corrió con un grito largo que le salió del fondo, contrayéndose sobre mi polla en oleadas que casi me hicieron acabar ahí mismo.

Me obligué a parar. Le dejé el orgasmo, esperando quieto adentro, sintiéndola temblar.

—Todavía no acabé —le dije al oído—. Vas a aguantar otro.

—Dios —murmuró—. Sí.

Volví a moverme, más lento al principio, dejándole recuperar el ritmo. Después aceleré de nuevo, con embestidas duras y hondas, agarrándola de las caderas con las dos manos. Le mordí el hombro sin dejar marca. Le pellizqué los pezones desde atrás, uno con cada mano, tirando de ellos al ritmo de las embestidas.

Duré más de lo que esperaba. Había algo en los cuarenta minutos anteriores de tensión controlada que había calibrado mi cuerpo de una manera que no reconocía del todo. Cuando la sentí tensarse por segunda vez y empezar a apretarme otra vez con espasmos, la solté. Me clavé hondo, hasta el fondo, y me corrí adentro con las manos apretadas en sus caderas y la frente apoyada entre sus omóplatos, respirando contra su piel caliente mientras la corrida me salía en chorros largos que sentía derramarse dentro de ella.

Me quedé así, hundido hasta el fondo, hasta que los dos dejamos de temblar. Cuando finalmente me retiré, un hilo espeso de semen le corrió por la cara interior del muslo. Le pasé el dedo por encima, recogiéndolo, y se lo llevé a la boca. Ella lo chupó sin abrir los ojos.

***

El silencio que siguió era diferente al de antes. Más quieto. Más honesto.

Le desaté primero las muñecas, después los tobillos. Sofía no habló durante unos minutos. Se quedó de pie, moviéndose despacio para recuperar la circulación, mientras yo traía una manta del dormitorio y la dejaba a su alcance.

La ayudé a sentarse en el sofá. Le traje agua y me senté a su lado sin decir nada. Ella bebió la mitad del vaso, apoyó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

—¿Cómo estás? —pregunté.

—Bien —dijo. Y después, tras una pausa—: Mejor que bien.

Nos quedamos en silencio un rato. Afuera, la ciudad seguía con sus ruidos habituales, completamente ajena a lo que había pasado aquí adentro.

—Llevo dos años tratándote así delante de todos —dijo Sofía, sin abrir los ojos— porque me daba miedo que dijeras que sí.

—¿A qué?

—A esto.

No respondí. No hacía falta.

—¿La próxima vez puedo elegir yo el flogger? —preguntó, con un tono que era casi el de siempre pero no del todo.

—Ya tienes uno —dije—. Lo elegiste tú.

Sofía sonrió. Era la primera vez que la veía sonreír así, sin segunda intención, sin la distancia que siempre ponía entre ella y el resto del mundo. Como si finalmente hubiera dejado de cargar con algo que pesaba más de lo que parecía.

—Es verdad —dijo.

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4.1(17)

Comentarios(9)

Popo

excelente!!!

bersuit

Tremendo relato!! Me dejo sin palabras de verdad

LauraM22

Por favor segunda parte! Quede con ganas de mas, no puede terminar asi

NicoDeviante

El comienzo te atrapa de inmediato. Muy buena apertura, bravo

Manu1987

Me recordo algo que vivi hace unos años jaja. Gracias por compartirlo

Deepcore

Hay segunda parte? Espero que si porque asi no puede quedar

SrMaduro

Muy bien narrado, se siente todo muy creible. Segui publicando por favor

RoxanaLeC

Me encanto como planteas la situacion sin caer en lo burdo. Muy bien logrado

Aguante79

Buenisimo, de los mejores que lei en mucho tiempo. Gracias

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