Fui a La Guarida a escoger un esclavo nuevo
Llevaba semanas con esa idea fija. No pensaba en un cuerpo concreto ni en un rostro particular, sino en algo más abstracto y más urgente: la posibilidad de tener cerca a alguien completamente vaciado de voluntad propia. Un ser que no hablara si no se lo ordenaba, que no se moviera sin permiso, que no existiera más que para lo que yo decidiera en cada momento. Cuando llegó el correo de La Guarida anunciando la liquidación anual, supe que había llegado el momento.
La Guarida era un complejo privado a las afueras, tan discreto que ni siquiera figuraba en ningún directorio público. Una vez al año, durante un fin de semana, los amos que se habían cansado de sus sumisos los cedían allí. No era una compraventa. Los sumisos no tenían precio asignado. Eran, en términos prácticos, sobras: cuerpos que alguien había tenido, usado y descartado, y que ahora podían ser recogidos por quien los quisiera. Los que no encontraban nuevo dueño pasaban a formar parte del personal permanente del complejo, a disposición de los huéspedes durante las estancias regulares. Para quien no tenía otro destino, no era una mala salida.
Fui sola. Había dejado a mi Cachorro en casa con la jaula puesta y la radio apagada. No le gustó. Cuando me despedí, me miró con esa mezcla de rabia contenida y miedo genuino que a veces resulta encantadora y otras, simplemente agotadora. Su instinto posesivo tenía su momento oportuno, pero había otros en que cruzaba una línea que yo no estaba dispuesta a tolerar. Que no era imprescindible era algo que convenía que recordara de vez en cuando. El fin de semana sin noticias mías le vendría bien para reflexionar sobre eso, encerrado con la polla apretada en el acero y sin nadie que le tocara ni un pelo.
Llegué a las instalaciones a última hora de la mañana. Marc me esperaba en la entrada principal, como siempre. Era un francés de poca estatura, voz grave y gestos amplios, que dirigía el complejo con la eficiencia de alguien que llevaba demasiados años disfrutando demasiado de su trabajo. Detrás de él, a un paso exacto de distancia, iba uno de sus esclavos de confianza: un hombre alto, de constitución poderosa, completamente desnudo y evidentemente excitado. La verga se le sostenía dura contra el vientre, con la punta brillante de una gota espesa que le colgaba del glande sin llegar a caer. Seguía a Marc como una sombra sin hacer nada para disimular su estado.
—Valeria. —Marc me dio dos besos con la efusividad de rigor.— ¿Cómo ha ido el viaje? Pensé que quizás traías compañía esta vez.
—Esta vez no. Dejé a mi Cachorro en casa rumiando. Le viene bien recordar cuál es su lugar.
Marc chasqueó la lengua con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos.
—Eres demasiado generosa con ese. Deberías cedérnoslo una temporada. Tenemos un programa de reacondicionamiento con muy buenas reseñas. Los amos que nos los dejan un par de meses siempre dicen que es como volver a estrenarlos desde el principio.
—No te digo que no para más adelante. Pero esta vez vine por la liquidación. Quiero algo manejable, que no me dé problemas, que esté cerca sin que se note demasiado. Sin preferencias en cuanto al resto, vengo con la mente completamente abierta.
Marc asintió despacio y señaló con la cabeza al hombre que tenía detrás.
—¿Qué te parece este? Llevo dos años con él y me he aburrido. Obedece demasiado bien para mi gusto, y cuando no hay resistencia, castigarlos no me pone. Le falta chispa. Dicho eso, tiene buena anatomía, vasectomía, y aguanta sin quejas lo que le eches. Puedo cederte también la jaula de castidad que le mandé hacer a medida: la primera le quedaba demasiado pequeña y era un engorro. El único inconveniente es que el castellano lo entiende a medias, así que hay que guiarlo más con gestos que con palabras.
—Te agradezco el ofrecimiento. Pero busco algo más discreto, algo que esté en un rincón y no ocupe demasiado espacio. —Hice una pausa.— Aunque si no te importa, esta tarde me lo prestas un rato. Tengo ganas de moverme después de tanto tiempo en el coche y tiene buena pinta.
—Tuyo está hasta que te canses. —Chasqueó los dedos hacia el esclavo, que avanzó de inmediato sin titubear.— También te he asignado a Sofía como servicio doméstico en tu suite. La recuerdas de la última visita, ¿verdad?
—Muy bien, sí.
—Está esperándote arriba. Esta noche, después de cenar, empieza la liquidación oficial. El fin de semana es para que puedas probar a los candidatos con calma y decidir. Sin ninguna obligación de llevarte a nadie.
Recorrimos el hall principal, que olía a madera oscura y a algo cálido que no sabría describir con precisión pero que era inconfundible para quien lo conocía: sudor limpio, cuero engrasado, un fondo agrio de semen seco sobre baldosa. El esclavo de Marc caminaba detrás de mí cargando mis dos bolsas, sin que nadie le hubiera indicado cuáles eran. Había prestado más atención de lo que su dueño daba a entender, o quizás llevaba tanto tiempo siendo invisible que había desarrollado un sentido especial para anticipar lo que se esperaba de él. La polla se le movía a cada paso, pesada, marcando el ritmo.
***
La puerta de la suite se abrió antes de que yo llegara a tocarla. Sofía tenía ese reflejo, o lo había desarrollado después de años de práctica sostenida. Era una pelirroja de treinta y pocos, de carnes generosas y expresión siempre concentrada. Llevaba el pelo recogido en un moño apretado que estiraba levemente los rasgos de su cara. Estaba completamente depilada, descalza y sin nada encima, como correspondía a su rango en el complejo. Las tetas le caían pesadas, con los pezones oscuros y anchos que se le habían endurecido nada más verme entrar. Entre los muslos, el coño desnudo brillaba mínimamente, no lo suficiente para llamar la atención de nadie que no supiera mirar. No era el tipo de esclava que participaba en las sesiones de los huéspedes como objeto de deseo directo. Era de servicio: masajes, atención continua, compañía silenciosa cuando hacía falta y presencia invisible cuando no. Extraordinariamente competente en las tres cosas.
—Adiós, Marc. Nos vemos esta noche. Te devuelvo al chico después. —Marc inclinó levemente la cabeza antes de desaparecer pasillo abajo sin decir nada más.
Entré. La habitación no era la más grande del complejo, pero tenía lo necesario: una cama ancha con cabezal reforzado del que colgar restricciones si hacía falta, y un jacuzzi en la esquina adyacente a un ventanal que daba a los jardines interiores. Sin cortinas. Sin intimidad. Aquí nada de eso se consideraba relevante, y a ninguno de los presentes parecía importarle lo más mínimo.
Le hice una seña a Sofía para que organizara las bolsas. La ropa al armario; los juguetes, sobre la mesa de centro. Lo hizo sin preguntar nada, con la eficiencia de quien ha aprendido a largo plazo que las preguntas no son bienvenidas. Salí a la terraza a tomar el aire.
***
Abajo, en el jardín, una sesión de entrenamiento grupal estaba en pleno desarrollo. Seis sumisos en fila india, desnudos, con un cinturón de argollas alrededor de la cintura. De cada cinturón colgaban cadenas que conectaban a cada sumiso con el que tenía delante, enganchadas a unas pinzas metálicas sobre los pezones. El entrenador, Luis, guiaba al primero de la fila a un ritmo constante y deliberado. La lógica era simple y despiadada: si alguien se retrasaba, la cadena tiraba hacia atrás y apretaba los pezones del que venía detrás. Si alguien aceleraba demasiado, hacía lo mismo en dirección contraria. Mantener el ritmo era el ejercicio. No perderlo, el único modo de evitar el dolor.
No era sencillo. Una de las sumisas, la tercera de la fila, llevaba varios minutos al límite del tirón. Cada vez que notaba la tensión acumularse detrás, aceleraba un paso, lo que trasladaba la incomodidad al sumiso que venía justo detrás de ella. Era un efecto dominó de dolor controlado que Luis observaba sin intervenir, esperando el momento exacto de mayor caos para entrar en escena.
Ese momento llegó cuando uno de los hombres al final de la fila perdió el ritmo y tropezó. La cadena se tensó con demasiada fuerza, las pinzas cedieron de golpe y el grito que salió de su boca fue seco, breve y genuino. Todo el grupo se detuvo en seco.
Luis dejó pasar unos segundos en silencio antes de hablar. Resultó más efectivo que si hubiera gritado.
—Llevamos toda la mañana con este ejercicio. No pido coordinación perfecta. Pido atención básica, y ninguno de vosotros está dando ni eso. —Señaló con la cabeza hacia el interior del edificio.— Todos a la sala de castigo. Si vuestros amos os dejaron aquí fue por algo, y creo que esta mañana me habéis demostrado exactamente cuál fue ese motivo.
Ninguno replicó. Se pusieron en movimiento en fila, con la cabeza gacha y los pezones enrojecidos, en dirección a las puertas del complejo. La sumisa del final tenía las mejillas húmedas, pero andaba derecha.
***
Marc apareció por el lateral del jardín con una fusta nueva en la mano y la expresión tranquila de quien ha oído exactamente lo que quería oír.
—Luis, ¿he escuchado bien? ¿Castigo general?
—Amo Marc, si quiere elegir a alguno, están todos a su disposición. Son igual de torpes los seis.
Marc los recorrió con la mirada uno a uno, sin ninguna prisa. Señaló con la fusta a la sumisa que había estado al límite durante todo el ejercicio, y al hombre que había perdido las pinzas.
—Estos dos.
Los otros cuatro siguieron adelante sin disimular el alivio. Los dos elegidos se arrodillaron sin necesidad de que nadie se lo repitiera: muñecas sujetas al cinturón, frente inclinada hacia el suelo, glúteos expuestos. Sabían que protestar solo empeoraba las cosas. Marc se arremangó la camisa despacio, con toda la calma del mundo.
Comenzó con la sumisa. No contó los golpes ni anunció cuántos iban a ser. La fusta cayó sobre su piel con un ritmo parejo, ni rápido ni lento, y entre golpe y golpe el único sonido era el cuero contra la carne y los pequeños quejidos que escapaban de ella sin que pudiera evitarlos. Las nalgas se le fueron marcando en líneas rojas paralelas, cruzadas, hinchadas. A cada latigazo se le abrían un poco las piernas por reflejo, y desde la terraza se veía perfectamente cómo el coño le brillaba entre los muslos, empapado, con un hilo de flujo que ya le bajaba hasta la rodilla. Al cabo de un rato, las rodillas le fallaron y se desplomó sobre un lado. Marc tiró de la cadena para recolocarla, y antes de retirar la mano pasó dos dedos entre sus piernas, los hundió sin miramientos dentro del coño de la sumisa hasta los nudillos y los sacó goteando. Los observó un momento con la misma expresión de siempre.
—Luis. —La voz de Marc era casi aburrida.— Esta noche, que esté cerca de mi suite. Ya sé por qué no seguía el ritmo. Está completamente empapada. La zorra se corría a cada fustazo.
Luis asintió sin comentar nada. Marc le acercó los dedos a la boca a la sumisa, y ella los chupó sin abrir los ojos, con esa aplicación torpe de quien está a punto de correrse otra vez solo por el gesto. Marc se volvió hacia el hombre, que mantenía los ojos fijos en el suelo aunque los hombros le temblaban de forma perceptible. Marc dejó la fusta sobre la hierba. Se desabrochó el cinturón sin apresurarse, se bajó los pantalones hasta medio muslo y se sacó la polla con una calma que hacía todo aún más humillante para el que la iba a recibir. La tenía gruesa, oscura, ya medio dura, y se la meneó dos veces contra la palma sin urgencia mientras estudiaba el culo que tenía delante.
Lo que siguió fue directo y sin ceremonias. Marc lo preparó con dos dedos y saliva: se escupió en la mano, se untó la verga y luego escupió otra vez, esta vez directamente en el agujero del sumiso, empujando la saliva hacia adentro con el pulgar hasta que el aro se abrió un poco. Con dos dedos rectos se metió sin previo aviso hasta la segunda falange y giró la muñeca. El sumiso soltó un gruñido y arqueó la espalda por instinto. Marc esperó tres segundos exactos, sacó los dedos, le separó los glúteos con ambas manos y se introdujo de un solo golpe sostenido, hasta que las ingles chocaron contra las nalgas rojas. El sonido que salió del sumiso fue largo y confuso, mitad protesta, mitad otra cosa para la que no existía un nombre claro. Marc lo tomó por el cinturón de argollas para tener palanca y comenzó a moverse con un ritmo constante, sacándola casi entera y volviendo a hundirla hasta el fondo, sin perder en ningún momento la compostura ni el gesto levemente aburrido que llevaba puesto desde que había llegado al jardín. Cada embestida hacía que el culo del sumiso rebotara y que un jadeo apagado se le escapara contra la hierba. La polla del sumiso, atrapada bajo su vientre, colgaba pesada y goteaba en silencio sobre el césped, un charco pequeño que crecía con cada movimiento de Marc.
—Aprieta —le ordenó Marc entre dientes, y le dio una palmada seca en la nalga izquierda—. Aprieta el culo o te lo dejo tan abierto que no lo cerrarás en una semana.
El sumiso obedeció como pudo, contrayendo el aro alrededor de la verga que lo estaba abriendo. Marc soltó un suspiro corto de satisfacción y aceleró el ritmo unos segundos, folládoselo con embestidas más cortas y duras, hasta que le apeteció volver a la cadencia lenta de antes. Le gustaba estirar el momento.
Luis, mientras tanto, había avanzado hacia el otro extremo. Se había desabrochado el pantalón sin bajárselo y le había sacado la polla al sumiso por delante, agarrándolo del pelo con una mano y guiándose la verga con la otra. El sumiso lo atendía con la boca, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada, tragando cada vez que Luis le empujaba la cabeza contra la ingle. Se ahogaba, se le saltaban las lágrimas, hacía ese ruido húmedo de garganta forzada, y Luis no aflojaba. Cuando el sumiso conseguía respirar por la nariz, Luis lo hundía otro dedo más profundo, hasta que la barbilla le tocaba los huevos y la cara se le ponía roja. Un hilo denso de saliva le colgaba del mentón y le caía sobre el pecho.
Las cuatro sumisas restantes permanecían inmóviles a unos metros, con los ojos al frente como les habían enseñado. Pero tenían las piernas apretadas y los muslos brillantes de humedad. A dos de ellas se les veían los pezones goteando de la tensión de las pinzas, endurecidos hasta el dolor. Sus cuerpos hablaban solos.
Marc terminó sin aviso previo. Se hundió una última vez hasta el fondo, se quedó quieto un instante con la mandíbula tensa y descargó dentro con un gruñido corto y grave. Se mantuvo así unos segundos, respirando por la nariz, mientras el semen le llenaba el culo al sumiso. Luego se retiró con calma, viendo cómo el aro rojo y abierto dejaba escapar un chorro espeso que le bajaba al sumiso por el perineo hasta los huevos. Recogió con dos dedos lo que quedaba, raspando alrededor del agujero, y lo acercó a la boca del sumiso, que lo aceptó sin resistencia, todavía rojo y respirando de forma entrecortada.
—Todo —dijo Marc—. Chúpalos limpios y trágatelo.
El sumiso obedeció. Lamió los dedos uno a uno, con la lengua plana, tragó y abrió la boca para que Marc comprobara que estaba vacía. Luis, un metro más allá, se la había sacado de la garganta y estaba terminando encima de la cara del otro, con la mano firme en la base y los primeros chorros golpeando la mejilla y el párpado cerrado. El sumiso mantuvo la boca abierta como le habían enseñado y no se movió hasta que Luis le pasó el glande por los labios para que le limpiara la última gota.
Marc se abrochó el cinturón, recogió la fusta del suelo y le dedicó a Luis un gesto breve de satisfacción antes de desaparecer por donde había llegado, sin mirar atrás ni una sola vez.
***
Entré de nuevo en la habitación. Sofía había terminado de organizarlo todo. Mis juguetes estaban sobre la mesa de centro, alineados con una precisión que nadie le había pedido pero que yo agradecí en silencio: el arnés con el consolador negro grueso a la izquierda, el más fino junto a él, la fusta corta, el plug de acero, el frasco de lubricante abierto, las mordazas de cuero. El jacuzzi estaba lleno y el agua todavía humeaba cerca del ventanal. La luz de la tarde entraba sin filtros y pintaba el suelo de franjas largas y cálidas.
El esclavo de Marc seguía arrodillado junto a la puerta, con las manos sobre los muslos y la vista baja, exactamente en la misma posición en que lo había dejado. Había escuchado todo lo que había ocurrido en el jardín. Se notaba en la forma en que controlaba la respiración: regular, demasiado regular, el tipo de control que solo se ejerce cuando hay algo que contener. La polla lo delataba: la tenía apuntando al techo, gruesa, con el glande morado, y una gota nueva le colgaba del extremo. Estaba preparado para lo que viniera a continuación, y lo sabía, y yo sabía que lo sabía.
Me senté en el borde de la cama y los miré a los dos durante un momento. Sofía aguardaba de pie, cerca del armario, sin moverse. El esclavo seguía sin levantar la vista del suelo, aunque su postura lo decía todo.
—El jacuzzi puede esperar —dije—. Acércate.
Sofía avanzó hacia mí sin hacer ruido, las tetas balanceándose despacio a cada paso. El esclavo no levantó la vista, pero la tensión en sus hombros cambió de forma perceptible. Había aprendido a escuchar con todo el cuerpo. Le hice una seña con dos dedos y él se arrastró de rodillas hasta quedar frente a mí, con la cabeza a la altura de mis muslos.
Me abrí la falda hasta la cintura y separé las piernas sin levantarme de la cama. No llevaba nada debajo. El esclavo entendió sin necesidad de que se lo dijera y bajó la cara hacia mi coño, pero paró a dos dedos de tocarme, esperando permiso. Bien entrenado. Me gustó.
—Con la lengua plana. Despacio. De abajo arriba —le dije.
Empezó exactamente como se lo pedí. Una lamida larga desde la entrada del coño hasta el clítoris, y otra, y otra, sin apretar, sin buscar atajos, sin meter todavía la punta. La lengua era ancha y caliente y sabía moverse sin prisa. A Sofía le hice un gesto para que se acercara al otro lado y le agarré una teta con la mano libre, apretándole el pezón entre el pulgar y el índice hasta que soltó un suspiro contenido.
—Súbete a la cama, ponte a horcajadas encima de mi cara.
Sofía obedeció sin decir palabra. Me tumbé del todo, se colocó sobre mí con las rodillas a cada lado de mi cabeza, y yo la agarré por las caderas y la bajé hasta que tuve el coño depilado justo encima de la boca. Estaba tan mojada como me lo había imaginado desde el minuto en que me abrió la puerta. Le clavé la lengua entre los labios sin ceremonias, buscándole el clítoris, y ella dejó escapar un gemido corto que trató de callar mordiéndose el interior de la mejilla.
—No te aguantes —le dije contra el coño—. Aquí gimen las que sirven bien.
Sofía se soltó. Se soltó de verdad. Empezó a mover las caderas contra mi cara, a frotarse el clítoris contra mi lengua con una desesperación que no había mostrado antes, y por primera vez desde que había entrado en la suite se le rompió la compostura. Debajo, el esclavo me estaba comiendo el coño con más ganas también, y ya había pasado de las lamidas largas a la punta insistente, sacudiéndola contra el clítoris con un ritmo constante que empezaba a ponerme al límite.
Alargué la mano hacia la mesa, agarré el frasco de lubricante y se lo tiré al esclavo a los pies sin dejar de tener a Sofía sobre la cara.
—El plug. Ponte el plug. Grande.
Lo oí despegarse de mí un segundo, embadurnarse el metal y meterse el plug sin quejarse. Cuando volvió a la boca contra mi coño lo hizo con la respiración cambiada, más corta, más entrecortada, y con la lengua todavía más aplicada, como si el peso del acero en el culo le hubiera recordado exactamente qué era y para qué estaba allí.
Sofía se corrió primero. Se le empezaron a temblar los muslos alrededor de mi cabeza, luego el vientre, luego todo. Se echó hacia adelante agarrándose al cabezal de la cama, chorreó contra mi barbilla y ahogó el grito contra su propio brazo. Yo no la dejé bajarse. Le mantuve las caderas contra la boca y le lamí el coño mientras se corría otra vez, más corto, más agudo, un temblor que le recorrió toda la espalda. Solo entonces la dejé caer a un lado, exhausta y roja.
Al esclavo lo aparté con la rodilla, me incorporé, agarré el arnés y me lo ajusté a las caderas sin mirarlo. Elegí el consolador grueso.
—Boca abajo, en la cama. Culo arriba.
Se movió al instante. Se subió, apoyó la frente contra el colchón y arqueó la espalda hasta dejarme el culo levantado con el plug todavía dentro. Le tiré del plug y lo saqué de un movimiento firme, sin cuidado. El agujero le quedó abierto unos segundos, dilatado, brillante de lubricante. Me acomodé detrás, apoyé la punta del consolador contra el aro y empujé hasta el fondo de una sola pasada. El esclavo gruñó contra el colchón y las manos se le cerraron sobre las sábanas.
Empecé a follármelo con embestidas largas, agarrándolo por las caderas, mirándome en el espejo del armario abierto. La imagen valía la pena: yo detrás, vestida todavía de cintura para arriba, moviéndome contra él con el arnés apretado, y Sofía tumbada de costado sobre la cama, con una mano entre las piernas, mirándonos sin disimulo mientras se acariciaba.
—Sofía —le dije sin dejar el ritmo—, ponte delante. Que te coma el coño mientras me lo follo.
Sofía se colocó de rodillas frente a la cara del esclavo. Él levantó la boca del colchón y se metió entero entre sus muslos sin que nadie tuviera que explicárselo. Se lo comió con la misma aplicación con la que me lo había comido a mí, y cada vez que yo empujaba fuerte, su cara se hundía más contra el coño de Sofía y ella soltaba un gemido nuevo.
Aceleré. Me olvidé del gesto contenido, le clavé los dedos en la cintura y me lo follé hasta oír cómo se le empezaba a escapar la voz, cómo pasaba de los gruñidos apagados a los jadeos completos, cómo el cuerpo entero se le tensaba entre mi arnés y la boca de Sofía. La polla se le había puesto tan dura y goteaba tanto contra las sábanas que apenas hizo falta tocársela.
—Ahora —le dije—. Córrete sin manos. Así, contra la cama.
Le di dos embestidas más, secas, hondas, y él se corrió. Chorreó contra la sábana en varios latigazos gruesos, sin dejar de tener la cara enterrada entre las piernas de Sofía, y el ronco de la garganta se mezcló con el gemido nuevo de ella, que se corrió contra su boca casi al mismo tiempo. Yo me quedé dentro unos segundos más, presionando hasta el fondo, disfrutando el temblor que le recorría todavía. Luego me retiré despacio, dejando el agujero rojo y abierto.
Me quité el arnés, lo dejé caer al suelo y miré a los dos cuerpos tirados sobre la cama, respirando fuerte, brillantes de sudor y semen y saliva. El plug seguía sobre la sábana. Sofía todavía tenía la mano entre las piernas. El esclavo no se había movido de la postura en la que se había corrido.
La liquidación oficial no empezaba hasta después de la cena. Tenía toda la tarde por delante, y pensaba aprovecharla.