La primera noche en que aprendió a obedecer
Me llamo Rodrigo. Tengo cuarenta años, metro ochenta y dos, complexión robusta. Trabajo como consultor y llevo una vida que muy poca gente sospecharía que esconde lo que voy a contarles.
Valeria llegó a mi vida a través de una aplicación de citas. Su foto mostraba una mujer de piel clara, ojos oscuros y una sonrisa que decía más de lo que pretendía. Mide un metro sesenta, no más. Lo que la foto no captaba era la manera en que sus caderas se mueven cuando camina, ni lo que esas curvas hacen en la cabeza de un hombre cuando está a treinta centímetros de ella. Senos grandes, cintura marcada, ese tipo de figura que hace que la ropa siempre parezca pequeña.
Empezamos como siempre: cafés, mensajes a medianoche, conversaciones que se extendían más de lo planeado. Ella era directa. Más que la mayoría. En algún momento, sin que ninguno de los dos lo forzara, la conversación derivó hacia lo que cada uno buscaba en la intimidad.
—He leído sobre BDSM —me dijo un jueves por la noche—. Siempre tuve curiosidad. Nunca encontré a alguien que supiera lo que hace.
No respondí de inmediato. Dejé que el mensaje quedara en pantalla mientras terminaba mi café.
—¿Y qué es lo que crees que quieres? —le pregunté finalmente.
—No sé exactamente. Quiero que alguien tome el control. De verdad. No de juguete.
Guardé el teléfono. Sabía exactamente lo que eso significaba y lo que implicaba hacerlo bien.
Quedamos para el viernes siguiente, cuando yo terminara de trabajar. Le dije que preparara solo lo necesario para pasar la noche. Que el resto lo traería yo.
Esa tarde, antes de ir a buscarla, revisé la mochila dos veces. Cuerdas de algodón de seis metros, un pañuelo de seda para los ojos, una mordaza de tela, una fusta de cuero. En una bolsa aparte, un consolador de silicona mediano y un plug anal de metal, pequeño pero del peso justo. También lubricante. No llevé nada que ella no pudiera manejar la primera vez. Primera noche es primera noche.
La recogí a las nueve. Subió al auto con un bolso pequeño y esa sonrisa de siempre. Hablamos de cualquier cosa durante el trayecto —el trabajo, una serie que ninguno había terminado— sin mencionar adónde íbamos ni para qué. Ese silencio implícito sobre lo que estaba por pasar era parte de la tensión. Ella lo sabía. Yo también.
Llegamos a un hotel pequeño a las afueras. Nada llamativo. Habitación en el segundo piso, cama ancha, buena penumbra.
Cerré la puerta con llave. Dejé la mochila sobre la silla sin abrirla todavía. Me quedé de pie mirándola unos segundos.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí —dijo. Su respiración ya era ligeramente más corta de lo normal.
—Cuando quieras parar, dices «pausa». Sin explicaciones ni negociaciones. ¿Entendido?
Asintió.
—Con palabras.
—Entendido.
Me acerqué y empecé a desvestirla despacio. Primero el botón superior de su blusa, luego el siguiente, sin apuros. Quería ver cómo reaccionaba a ese ritmo deliberado, a la idea de que yo decidía cuándo avanzar y cuándo no.
Cuando le quité la blusa, me detuve. La observé. Tenía un sujetador negro, sencillo. Debajo de él, dos senos grandes que se notaban incluso a través de la tela.
—Termina de quitarte la ropa —le dije—. Después espérame en la cama, boca abajo.
La vi dudar un momento. No porque no quisiera, sino porque no estaba acostumbrada a recibir instrucciones de ese tipo.
—¿Entendiste? —repetí, sin levantar la voz.
—Sí.
Me di una ducha rápida. Cuando salí del baño, ella estaba en la posición indicada. La ropa doblada con cuidado sobre la silla. Eso me dijo bastante sobre cómo sería la noche.
Me tomé el tiempo de recorrer su cuerpo con las manos antes de hacer cualquier otra cosa. Seguí la línea de su columna, las curvas de sus caderas, la redondez de sus nalgas. Ella no se movió, aunque podía sentir cómo la tensión le recorría cada músculo.
Bajé hasta su entrepierna. Me coloqué debajo de ella y pasé la lengua despacio, sin urgencia. Quería conocer qué le hacía bien antes de pasar a lo siguiente.
La escuché exhalar con fuerza.
—No te muevas —le dije, con la boca todavía cerca.
Lamí cada parte de su sexo durante varios minutos, siguiendo el ritmo que yo marcaba, no el que ella pedía con las caderas. Cuando intentó moverse una vez, le apreté los muslos sin decir nada más. Obedeció.
Cuando la sentí suficientemente tensa y húmeda, la jalé del pelo hacia atrás con firmeza. No con brutalidad, pero sin suavidad falsa tampoco. La hice arrodillarse en el suelo frente a mí.
Tiré de su cabello para que me mirara desde abajo. Con la otra mano me agarré y le acerqué la cara.
—Abre la boca.
Lo hizo. Lentamente.
—Más.
Empujé despacio hasta el fondo. Sentí cómo su garganta se tensaba. La mantuve así unos segundos, luego la dejé respirar, luego volví a entrar. Así durante bastante tiempo, marcando el ritmo yo, sin que ella pudiera anticipar cuándo podría respirar.
Cada vez que intentaba cambiar de posición o apartar la cabeza, apretaba un poco más el agarre en su pelo. Sin brusquedad innecesaria. Con la firmeza suficiente para que entendiera quién decidía.
Podría haberme corrido ahí mismo.
Pero no era ese el plan.
Cuando vi sus ojos húmedos de tanto esfuerzo, aflojé el agarre.
—Ahora hazlo a tu manera.
Lo que hizo entonces valía la pena. Tenía razón en lo que me había dicho por mensaje: sabía exactamente lo que hacía.
La ayudé a levantarse y la senté en el borde de la cama. Entonces abrí la mochila.
La vi observar mientras sacaba el pañuelo de seda. No dijo nada, pero tragó saliva.
Le cubrí los ojos y até el pañuelo con cuidado en la parte trasera de su cabeza. Noté cómo su respiración se aceleró en cuanto perdió la visión. Privarle de un sentido lo amplifica todo.
La puse de pie. Tomé la cuerda de algodón y coloqué sus manos detrás de la espalda. Le até las muñecas con un nudo que no cortaba la circulación pero que tampoco cedía. Pasé la cuerda hacia adelante, rodeando su pecho, ciñendo sus senos con cada vuelta. Los vi tensarse, quedar prominentes, casi fuera de sí.
Le apoyé los pulgares en los pezones. Los apreté. Los estiré un poco. Ella contuvo el aliento.
Sin avisar, le metí tres dedos de golpe.
Dio un respingo y emitió un sonido ahogado.
Le di una bofetada seca en la nalga. No demasiado fuerte, pero suficiente para que se callara.
—Las putas no se quejan —le dije en voz baja—. Hacen lo que se les dice. ¿Entendido?
Silencio.
Le di otra, un poco más fuerte.
—Cada vez que te pegue, me dices «gracias, señor». ¿Entendido?
Un momento de pausa.
—...Gracias, señor.
Le di una tercera. Más fuerte que las dos anteriores.
—Gracias, señor —repitió, sin dudar esta vez.
Cogí el consolador de la mochila. Lo introduje despacio. Se deslizó con facilidad: estaba completamente húmeda. Lo dejé adentro y saqué el plug anal de metal.
Lo sostuve bajo el agua caliente del grifo hasta que alcanzó una temperatura agradable. Le apliqué lubricante. Me coloqué detrás de ella.
Sin previo aviso, lo presioné contra su entrada trasera y lo introduje con un movimiento continuo y firme.
Se quejó. Un sonido corto, involuntario.
Le di un golpe seco en el pezón derecho.
—Gracias, señor —dijo, con la voz ligeramente quebrada.
Vi que una lágrima le recorrió la mejilla. No me detuve.
Pasé la cuerda por entre sus piernas, asegurando ambos objetos en su lugar. Comprobé que no pudiera expulsarlos. Quedaron firmes.
La guié hasta la pared y la coloqué de frente a ella, con los senos presionados contra la superficie fría. Le ordené que separara las piernas. Le coloqué un separador entre los tobillos.
—¿Qué me vas a hacer? —preguntó.
—Enseñarte lo que pediste.
Apreté sus nalgas con ambas manos. Le di varios golpes suaves con la palma para que su cuerpo empezara a familiarizarse con la sensación antes de sacar la fusta.
Tomé la fusta y la recorrí con el cuero sin golpear todavía, siguiendo cada curva de su espalda y sus nalgas. Sentí cómo cada músculo se tensaba ante el contacto.
El primer golpe fue suave. En la parte baja de las nalgas.
El segundo también. Un poco más hacia el centro.
Fui aumentando el ritmo de forma gradual, sin prisa. Una fusta no es un instrumento de crueldad; es de precisión. Quien la usa mal no entiende para qué sirve.
La trabajé durante casi una hora, variando los tiempos, dejando pausas largas y cortas, pasando la mano por las zonas enrojecidas entre series. Sus quejidos se habían vuelto demasiado frecuentes a mitad de la sesión, así que le coloqué la mordaza. No como castigo, sino como condición.
Cuando la piel quedó del color que buscaba, detuve todo.
Pasé los dedos entre sus piernas. El consolador chorreaba.
***
Le desaté las muñecas. Le quité la cuerda de los senos. Retiré el separador.
—Si te quitas la mordaza, empezamos de nuevo —le aclaré.
Un movimiento de cabeza afirmativo.
La puse boca abajo en la cama. Le saqué el plug anal con cuidado.
Apoyé la punta contra su entrada trasera. Hice presión y entré con un movimiento continuo y firme.
Sentí cómo su cuerpo entero se tensó. El calor que había adentro era distinto a cualquier otra cosa.
Me quedé quieto unos segundos, esperando a que se ajustara.
Empecé a moverme. Despacio al principio, profundo. Luego más rápido, con más fuerza. La escuché gemir a través de la mordaza, primero con un tono de esfuerzo y luego con algo completamente diferente.
—¿Quieres la boca también ocupada? —le pregunté.
Asintió varias veces seguidas.
Ya no fingía que no disfrutaba esto.
La cogí con fuerza hasta que sentí las contracciones previas al orgasmo. En ese momento me detuve completamente y salí.
Exhaló con frustración a través de la tela.
Tomé el plug más grande que había traído y lo introduje despacio.
—De ahora en adelante, siempre lo tendrás así.
Cuando le quité la mordaza por un momento para que respirara, su expresión era una mezcla de enojo y algo más difícil de nombrar.
—El que decide aquí soy yo —dije—. Solo tendrás un orgasmo cuando yo lo diga.
Le volví a poner la mordaza.
Le retiré el pañuelo de los ojos. Le saqué el consolador. La ayudé a sentarse y le señalé que se pusiera encima de mí.
Se montó. Empezó a moverse. Cada vez que la sentía llegar al borde, yo cambiaba el ángulo o me salía. Tres veces. Cuatro. Sin excepción.
Agarré sus pezones y tiré de ellos con fuerza cada vez que se acercaba al límite.
Sus ojos me miraban con una mezcla de súplica y rendición que hacía que todo lo anterior valiera el doble.
Cuando decidí que había esperado suficiente, me coloqué encima y la cogí fuerte, del modo que ya sabía que le funcionaba.
—Ahora —le dije.
Se corrió de una manera que empapó las sábanas. Su cuerpo entero se sacudió durante varios segundos. La sostuve mientras duró.
Cuando terminó, me arrodillé junto a su cara. Le saqué la mordaza.
Le metí hasta el fondo. Le tapé la nariz con dos dedos y me descargué por completo en su boca, obligándola a tragarlo todo.
***
Nos tumbamos. La abracé. Dejé que se hundiera contra mi pecho sin decir nada durante unos minutos.
Cuando su respiración volvió a ser normal, le besé la frente.
—¿Cómo estás? —le pregunté.
Se quedó callada un momento antes de responder.
—Nunca nadie me había hecho algo así. Nadie había tomado el control de esa manera. —Hizo una pausa—. Quiero más.
La miré.
—Me alegra escucharlo —respondí—. Porque esto fue solo el comienzo.
Más tarde, mientras ella dormía, tomé algunas fotos. Sus nalgas enrojecidas. La posición en que había quedado su cuerpo exhausto sobre las sábanas. Cada imagen era un recordatorio de lo que quedaba por hacer, de todo lo que faltaba por enseñarle.
Este fue el primer encuentro. El adiestramiento apenas había empezado.