Vivir enjaulada: la sumisión que siempre soñé
Me llamo Sofía y tengo veinte años. Lo que voy a contar no es algo que comparto fácilmente: es la fantasía que cargo desde que tengo memoria, la que describe con exactitud cómo me gustaría que fuese mi vida. Sé que a muchos les parecerá incomprensible. A otros, no tanto.
Quiero ser la mascota de una familia.
No en sentido figurado. Una mascota de verdad: vivir en una jaula, obedecer órdenes, caminar a cuatro patas, no tener más voluntad que la que mi amo me permita tener. En mi fantasía, esa familia existe. Llevan meses recibiéndome en el sótano de su casa unifamiliar, dentro de una jaula amplia con cama de espuma, una manta polar y un tazón de agua fresca que cambian cada día.
Así empieza el día que quiero contarles.
***
El sótano huele a madera y a algo dulce que nunca he logrado identificar del todo. La tela semitransparente que cubre los barrotes de mi jaula deja pasar la luz del amanecer en franjas finas y doradas. Llevo puesto un collar de cuero negro con una argolla plateada. Durante la noche el Amo me dejó dos vibradores encendidos en ciclos intermitentes, uno metido a fondo en el coño y otro más pequeño apretado contra el clítoris con un arnés de correas finas. Tengo la boca ocupada con un mordedor de silicona. No dormí más de tres horas seguidas: cada vez que estaba por caer del todo, el vibrador del coño arrancaba a máxima potencia y me sacudía entera, y yo mordía el silicona hasta que se me acalambraba la mandíbula. Tengo los muslos pegajosos de flujo seco y de baba, y la vulva hinchada de estar horas al borde sin poder terminar. La incomodidad es parte del trato, y yo lo acepté con todos sus términos.
Escucho pasos en la escalera.
La puerta del sótano se abre y la luz me golpea de lleno. Quien baja no es el Amo Rafael, sino Tomás, su hijo mayor, de veinticuatro años.
—Buenos días, perrita —dice con una sonrisa tranquila, metiendo la mano entre los barrotes para presionar levemente los juguetes—. ¿Cómo pasaste la noche?
Empuja el vibrador del coño con dos dedos, hundiéndolo un centímetro más, y siento cómo mi carne mojada lo abraza sin resistencia. Suelta una risita corta al ver el hilo de flujo transparente que le queda en los nudillos cuando retira la mano.
—Estás empapada, perra. Toda la noche encendida y todavía sin correrte.
No puedo responder con el mordedor puesto. Solo me muevo, y eso basta.
—Vamos, sal. Ya es hora de desayunar.
Abre la reja y salgo a cuatro patas. Las rodillas ya conocen el frío del piso de cemento. Tomás engancha una correa a mi collar y me guía hacia la escalera. Cada paso que doy presiona los vibradores un poco más hacia adentro, y tengo que concentrarme para seguir el ritmo sin perder el equilibrio. En los últimos escalones el vibrador interno arranca de golpe y me hace temblar los brazos; la lengua me late detrás del mordedor y siento cómo la corrida se me acumula en el bajo vientre como una bola caliente que no puede salir. Tomás no se molesta en quitarlos. No es su decisión.
***
El comedor tiene ventanas grandes que dan al jardín. La familia ya está sentada: el Amo Rafael en la cabecera, leyendo el teléfono con el café en la mano; Beatriz, su esposa, frente a un plato de tostadas; Elena, la hija menor de veintiún años, con los auriculares colgando del cuello y la vista en su tableta.
—Ya traje a la perra para el desayuno —anuncia Tomás.
El Amo Rafael levanta los ojos y me llama con un gesto breve. Me acerco a gatas y espero. Él toma su taza vacía, la posiciona debajo de mi pecho y con la otra mano trabaja uno de mis pezones con calma y eficiencia, tironeando, girándolo entre el pulgar y el índice hasta que la primera gota blanca cae en el fondo de la porcelana. Hace varios meses que me administra ciertos suplementos hormonales, y desde entonces las tetas me quedaron pesadas, pesadas y siempre tibias, con los pezones tan sensibles que basta un roce para que me tiemble el coño. No mucha leche, pero suficiente para su café y para los tazones de cereal de sus hijos, que exigen desayunar con ella cada mañana y no aceptan otra cosa.
Los chorritos caen en la taza con un ruido finito. Él ordeña sin apuro, apretando la teta con toda la palma cuando quiere sacar más, y cada apretón me manda una descarga hasta el clítoris que se junta con la vibración que sigue trabajándome adentro. Aprieto los muslos.
—Quieta —murmura sin mirarme.
A mí eso me genera una mezcla extraña de vergüenza y de orgullo que todavía no termino de resolver.
Cuando llena la taza el Amo me suelta. Un hilo de leche me queda colgando del pezón y me cae por la barriga. Espero detrás de su silla con la cabeza baja. Beatriz me llama a la cocina desde la puerta.
—Rápido, perrita. Los chicos tienen universidad.
En la cocina me pongo en posición y ella exprime mis tetas sobre los tazones de Tomás y Elena con la eficiencia de quien ordeña un animal. Me agarra una teta con cada mano y las estruja hacia abajo en pases largos, haciendo saltar chorritos blancos que se mezclan con los copos. Cuando alguno de los pezones se le escurre, lo vuelve a atrapar sin ceremonia y sigue.
—Vamos, saca todo, no quiero que me protesten después —dice, y me da una palmada seca en la teta derecha que me deja el pezón latiendo.
Cuando termina me indica que los lleve a la mesa. Los sirvo con cuidado, con las tetas todavía goteando, y vuelvo a mi lugar.
—Ahora tú —dice el Amo señalando mi cuerpo—. Desayuna.
Me inclino sobre mi propio pecho lo suficiente para alcanzar los pezones con la boca y extraer lo que queda. Chupo primero uno, después el otro, sintiendo mi propia lengua girar alrededor de mi carne hinchada, y trago mi propia leche tibia mientras Elena me mira por encima de la tableta con una sonrisa apenas visible. El Amo observa con esa expresión suya de satisfacción tranquila, como alguien que ve funcionar correctamente algo que diseñó. El vibrador de adentro se enciende otra vez y me hace temblar; una gota de leche se me escapa por la comisura de la boca. Cuando decide que es suficiente asiente con la cabeza y se levanta de la mesa.
***
Beatriz me lleva al patio para el baño de la mañana. No tiene nada de íntimo: agua fría de la manguera, jabón aplicado con una esponja de cocina, enjuague con la misma manguera. El chorro helado me golpea las tetas y me arranca un jadeo; me pone la piel de gallina de la nuca hasta las corvas. Beatriz me hace abrir las piernas en cuatro patas y me dirige el chorro directo a la vulva para "sacar lo pegajoso de la noche". El agua entra a presión y hace saltar los vibradores dentro; siento cómo el plástico se me mueve adentro con cada empuje del chorro y aprieto los dientes para no gemir. Después me hace levantar la cola y enjuaga alrededor del plug con la misma indiferencia con la que enjuagaría un balde.
El frío ya no me sorprende. Me he acostumbrado a él como me acostumbré a todo lo demás.
Cuando termina me deja extendida sobre el pasto al sol y entra sin decir nada. Mi piel es sensible y el sol de esa hora puede dejarme muy roja. Beatriz lo sabe. Aun así me deja. El Amo dice que son sus travesuras y que no las castigará.
Antes de que pase demasiado tiempo escucho la puerta del garaje. Tomás aparece con la mochila al hombro y un frasco de protector solar en la mano. Se agacha junto a mí y me lo aplica con movimientos rápidos y descuidados por la espalda, los hombros y las piernas. Se demora un poco más en las tetas, embadurnándolas con la palma abierta hasta dejármelas brillantes, y pasa dos dedos untados por la raya del culo, rodeando el plug con paciencia, "para que no se queme el borde", dice, riéndose bajito. Cuando termina me da un beso en cada pezón, con lengua, y me chupa el derecho unos segundos hasta hacerme arquear la espalda contra el pasto. Después se para y se va a su clase sin decir nada más.
Es lo más rápido del mundo y lo más amable que alguien hace por mí en esta casa.
***
El Amo Rafael aparece en el patio cuando el sol ya calienta bien.
—Hoy salimos —dice—. Hora de vestirte.
Me guía al sótano, donde tengo ropa guardada en cajones. Esta vez elige para mí una falda corta color fucsia, un top blanco muy ajustado que deja los pezones marcados con claridad, y zapatos de tacón plateado. Antes de vestirme me retira los juguetes de la noche. Primero el del clítoris, que me despega con cuidado porque tengo la carne inflamada y roja de estar horas presionada; después el vibrador del coño, que sale con un ruido húmedo obsceno y un chorro de flujo espeso que le mancha la mano. Se lo lleva a la nariz sin comentarios, sonríe apenas y se limpia en mi muslo.
—Bien mojada —dice—. Como te gusta estar.
Me limpia con una toalla húmeda entre las piernas, me abre las nalgas y me lubrica el ano con dos dedos que gira despacio hasta que el músculo cede. Después me mete el plug anal nuevo, uno con adorno de cristal rosado más grande que el habitual. Lo empuja de a poco, sin apuro, y en el último tramo me da una palmada firme en el culo para que lo trague de una. Grito con la boca cerrada y las rodillas me tiemblan.
—Adentro se queda —dice—. Y también esto.
Me coloca un vibrador inalámbrico con forma de mariposa entre los labios del coño, sujeto por un elástico fino que se pierde en la raya del culo bordeando el plug. Prueba el control desde su teléfono: un pulso corto que me hace clavar las uñas en su antebrazo.
—Funciona —dice, satisfecho.
Luego me ayuda con la ropa con esa eficiencia suya que no deja espacio para nada que no sea obediencia.
Cuando estoy lista recorre mi figura con los ojos durante un segundo. Después pasa sus dedos por mi entrepierna por encima de la falda, apenas rozando la superficie sobre el vibrador, retirándose justo antes de que yo pueda responder del todo. El calor se queda.
—Maquíllate como muñeca. Cola de caballo alta.
Lo hago frente al espejo del baño del sótano. Cuando termino él revisa el resultado, asiente una vez y toma mi correa.
—Bien. Vamos.
***
El auto tiene asientos de cuero beige y huele a ambientador de madera. Me siento en el copiloto y él arranca sin anunciar el destino. A las tres cuadras de salir del barrio me da la instrucción del trayecto:
—Piernas abiertas. Sube la falda. Tócate sin llegar al orgasmo. Si necesitas parar, subes el top.
Me levanto la falda hasta la cintura y abro las piernas contra el cuero. Empiezo por el clítoris, con dos dedos en círculos lentos por encima del vibrador. La mariposa arranca al primer minuto y me hace saltar la cadera contra el asiento. Bajo la mano y me abro los labios con el índice y el medio, dejando la yema del dedo del corazón trabajando directo sobre el capullo. El coño me chorrea sobre el cuero; siento el goteo tibio bajarme por la raya del culo hasta chocar contra la base del plug.
El trayecto dura casi cuarenta minutos. Paso la mitad con los dedos entre las piernas, buscando el borde sin cruzarlo, y la otra mitad con el top levantado mientras el aire del ventilador me pasa por encima y espero que el calor ceda lo suficiente para seguir. El vibrador se activa en ciclos que no anticipo: diez segundos fuerte, treinta segundos nada, cinco segundos suave.
Cuando me acerco demasiado le aviso, con la voz temblando.
—Amo, voy a correrme, por favor.
—Para —dice sin apartar los ojos de la ruta.
Levanto el top de un tirón. Las tetas quedan al aire, los pezones duros como piedras, gotitas de leche asomando. El sol entra por el vidrio y me las calienta. En un semáforo el conductor del auto de al lado gira la cabeza, me ve, y no vuelve a mirar al frente hasta que arrancamos. El Amo se ríe bajito y me pellizca el pezón izquierdo hasta que sale un hilo blanco que me baja hasta el ombligo.
—Que miren —dice—. Para eso te tengo así.
Espero, sudando, con dos dedos todavía brillantes de mi propio flujo apoyados en la falda.
Cuando estacionamos en el estacionamiento de un centro comercial, el top tiene dos manchas donde la leche empezó a salir sola y el asiento de cuero brilla con un charquito debajo de mi culo.
—Eso te pasa por ser una vaca descuidada —dice sin enojo, casi con humor—. Así van a ver tus pezones mucho mejor. Y ahora bajas y caminas con eso goteándote.
***
La sexshop está en el tercer piso de un edificio que desde afuera parece una ferretería. Adentro hay vitrinas con luces cálidas y estantes bien organizados. Una pareja joven mira vibradores en el pasillo central. Dos empleados detrás del mostrador nos siguen con los ojos pero no dicen nada; uno de ellos se detiene abiertamente en las dos manchas transparentes de mi top y sonríe.
—Elige lo que quieras —dice el Amo—. Tienes permiso hoy.
Recorro los estantes de los dildos sin vibración. Siempre me han atraído los de formas poco convencionales, los que no intentan parecer reales. Me detengo frente a uno rosado con destellos internos y textura en espiral, de unos veinticinco centímetros y grueso como mi muñeca. Lo sostengo con las dos manos, calculando el largo. Me imagino la punta abriéndome, la espiral raspando cada centímetro de las paredes, y el coño me responde apretando el vacío.
—Vamos a necesitar lubricante para eso —dice el Amo cuando me ve llegar—. Eso está clarísimo.
Agarra también un frasco grande de silicona y un par de pinzas de pezones con pesos regulables que ni siquiera me consulta.
En la caja, mientras él busca los billetes, siento el vibrador encenderse de golpe a la máxima potencia. Tengo que aferrarme al borde del mostrador y mantener la cara en blanco, pero se me escapa una espiración larga entre los dientes y las rodillas se me aflojan un segundo. El plug se me clava contra la silla que tengo al lado. El cajero guarda los billetes sin contarlos y mira hacia otro lado. Debajo de mí, en el piso pulido, queda una pequeña gota transparente que me cae por el muslo. El Amo apaga el vibrador mientras recogemos la bolsa de papel.
—Bien —dice afuera—. Ahora a comer.
***
La hamburguesería está a dos cuadras. Pedimos mesa en el fondo, en el rincón más apartado. Él ordena por los dos sin consultarme, que es lo que siempre hace y lo que yo siempre espero. Mientras esperamos la comida me habla de los accesorios que compró, de cómo usaremos el dildo nuevo esta noche —"primero cinco minutos en la boca para que lo mojes bien, después de rodillas contra el borde de la cama y te lo meto hasta el fondo"— y en qué orden colgará las pinzas para que "las tetas se te pongan bien moradas antes de ordeñarte". Lo hace en voz baja y con la misma calma con la que hablaría de cualquier plan de fin de semana.
Cuando llega la comida, antes de que empiece a comer, se levanta y me señala con la cabeza.
—Baño. Conmigo.
En el baño de discapacitados me arrodillo frente a él sobre las baldosas frías. Él se abre el cinturón sin apuro, se baja la bragueta y saca la polla ya medio dura de tanto jugar conmigo en el trayecto. Yo la agarro con las dos manos y me la meto en la boca sin esperar la orden, chupándole primero la punta con la lengua plana, pasándole la saliva por todo el capullo, después bajando entera hasta que la sombra de vello me raspa la nariz. Él me deja hacer los primeros segundos, después me clava los dedos en la cola de caballo y toma el control. Me marca el ritmo, entrando y saliendo de mi garganta con embestidas cortas que me hacen tragar saliva y babear sobre mis propias tetas. Siento la punta chocar contra el fondo de la garganta una y otra vez; los ojos se me llenan de lágrimas y el rimel me empieza a bajar.
—Aguanta, perra —jadea—. Aguanta que ya casi.
Su respiración cambia, la polla se le hincha entre mis labios y descarga en el fondo de la garganta con tres empujes profundos que me obligan a tragar sin poder saborear. Cuando saca la verga se queda un segundo apoyada contra mi mejilla, dejando un hilo espeso que me pinta desde la comisura hasta el mentón. Me deja limpiarme con el papel higiénico y arreglarme la boca y el maquillaje frente al espejo. Tengo los ojos rojos, los labios hinchados y una mancha de semen que se resiste debajo del labio inferior. Él me la limpia con el pulgar y me la mete en la boca para que la chupe.
—Buena chica.
Volvemos a la mesa sin que nadie parezca haberlo notado. Comemos. La mesera nos trae la cuenta con una sonrisa profesional y los ojos correctamente en otro lado.
***
De vuelta en el auto, con las instrucciones del trayecto retomadas y el vibrador encendido otra vez, llegamos a un barrio que no reconozco. Edificios grises, tiendas pequeñas, una panadería con la persiana a medio bajar. El Amo estaciona frente a un local con un cartel pequeño y el logotipo de una aguja estilizada.
Adentro nos recibe un hombre de unos cuarenta años con los brazos cubiertos de tinta hasta los codos. Mi Amo ya había hablado con él antes, eso queda claro desde el primer segundo.
—Ella es Sofía —dice el Amo—. Ya sabes lo que necesito.
El tatuador, que se presenta como Ernesto, me hace pasar a una sala pequeña con una camilla y una lámpara articulada. Me explica los dos diseños sin mirarme a los ojos: uno bordeando cada pezón, otro sobre el hueso del pubis con una flecha que apunta hacia abajo, hacia el coño. Me pide que me saque todo, que me acueste y que no me mueva. Cuando ve el plug de cristal y la mariposa vibradora entre las piernas no dice nada, se limita a acomodar la lámpara.
La aguja dura casi cuatro horas en total. El dolor es constante y cambiante: a veces agudo y preciso, a veces sordo y difuso, a veces tan localizado que no puedo evitar tensar todo el cuerpo de golpe. Cuando trabaja alrededor de los pezones se me endurecen tanto que le complican el trazo, y él me los sostiene con dos dedos, apretándolos hasta hacerme escupir un hilo de leche que le mancha el guante de látex. No se disculpa; sigue tatuando por encima. Para no morderme los labios uso el dildo nuevo que sigue en la bolsa de papel. Lo sujeto entre los dientes con los ojos cerrados y cuento hasta diez una y otra vez. Cuando la aguja baja al hueso del pubis y raspa hueso pelado, el cuerpo entero se me sacude y el plug de cristal se me clava más adentro.
Cuando Ernesto apaga la máquina y dice que terminó por hoy, el alivio es casi físico.
—El cobro lo arreglo con ella —le dice al Amo, señalándome con la barbilla.
El Amo asiente y sale de la sala cerrando la puerta.
Ernesto no tarda en decirme cómo pago. Se baja el pantalón sin ceremonia, se saca la polla ya dura y me hace ponerme en cuatro sobre la camilla, con las rodillas al borde. Me arranca la mariposa de un tirón y me deja el coño al aire, empapado y palpitando. La punta de su verga me tantea la entrada, resbala una vez sobre el flujo que me chorrea, y entonces me la mete de una sola estocada hasta el fondo. Grito contra la camilla de cuero. Me agarra las caderas con las dos manos y me folla con embestidas duras, secas, que me hacen chocar la piel recién tatuada del pubis contra el borde acolchado. Cada empujón me arde, cada empujón me manda una descarga hasta el cuello.
—Estás rota adentro, perrita —jadea—. Tu amo te tiene bien abierta.
Me agarra la cola de caballo y me tira la cabeza hacia atrás. El plug de cristal se le mete a él también en cada empuje, apretándole la polla contra la pared de adelante, y siento cómo se hincha más y más adentro. Me da diez, quince embestidas rápidas y descarga adentro mío, apretándome tan fuerte las caderas que sé que voy a tener las marcas de sus dedos mañana. Cuando saca, un hilo de semen mezclado con mi flujo me chorrea por el muslo hasta la rodilla.
—Estamos —dice, subiéndose el pantalón—. Bien pagado.
Cuando termina me baja la falda por encima del coño mojado, sin limpiarme, me señala la salida y dice que mi amo está afuera. O eso entiendo.
***
Salgo a la vereda y el auto no está.
El sol ya está bajo y el aire tiene ese frío seco de la tarde que cala de a poco. El barrio me es completamente desconocido. Tengo dolor en los sitios donde trabajó la aguja, tengo el coño abierto y goteándome por el muslo, tengo el plug clavado y las tetas latiendo bajo la tela del top. El vibrador que quedó adentro sigue puesto pero apagado. En el bolsillo de la falda no hay nada, porque las mascotas no llevan teléfono ni dinero.
Me quedo parada en la vereda sin moverme. Siento el semen resbalarme otro centímetro por la pierna.
Esto es parte de la fantasía, me digo. Tiene que ser parte de la fantasía.
Los autos pasan. La gente pasa. Nadie se detiene. Quizás nadie me mira, o quizás todos me miran y ya no distingo la diferencia.
Sigo esperando.
Siempre sigo esperando.