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Relatos Ardientes

El castigo de mi vecina empezó con una zapatilla

Supongo que todos los fetiches nacen de un instante concreto, un segundo que se graba a fuego en algún rincón del cerebro y ya no se borra jamás. El mío tiene nombre, textura y olor: una zapatilla de andar por casa. De mujer. De un tipo muy específico.

Tendría trece años cuando lo vi por primera vez. Mi amigo Óscar se había portado mal con algo del colegio, no recuerdo qué, y su madre le dio una tunda memorable delante de mí. Yo estaba a menos de dos metros, paralizado, con los ojos muy abiertos mientras aquella mujer descargaba su mano armada de zapatilla sobre el trasero de su hijo. El sonido seco, la cara enrojecida de Óscar, el gesto firme de Lucía. Algo se activó dentro de mí aquel día y ya no se apagó nunca.

Lucía era la vecina del segundo piso. Cuarenta y pocos, pelo castaño siempre recogido en un moño flojo, caderas anchas y una forma de caminar que hacía que sus zapatillas arrastraran ligeramente por el suelo de terrazo. Esas zapatillas. Eran de felpa azul oscuro, con un escote en forma de corazón sobre el empeine, forro interior rojo y suela de goma amarilla que ella mantenía siempre impecable.

Después de aquella tarde, mi cabeza no podía pensar en otra cosa. Pero con una particularidad: en mis fantasías, el que recibía los zapatillazos no era Óscar. Era yo.

Empecé a buscar excusas para entrar en su piso cuando no había nadie. Conocía sus horarios, sabía cuándo bajaba a hacer la compra y cuándo llevaba al crío a fútbol. Me colaba por la puerta trasera que daba al patio, entraba en el cuartito donde guardaba el calzado y me quedaba allí, con el corazón golpeándome las costillas. Me ponía sus zapatillas, las olía, las apretaba contra la cara. El interior conservaba su calor, su forma. Llegué a pasar la lengua por la suela amarilla. Al principio me pareció repugnante, pero el asco duró menos que la excitación.

Aquello se prolongó durante meses. Cada incursión me daba más confianza y menos prudencia, que es la peor combinación posible cuando haces algo que no debes.

Un jueves de marzo me pilló.

Estaba en el cuartito junto al patio, con una zapatilla puesta a modo de chancla y la otra pegada a la nariz, pasándole la lengua a la suela, cuando levanté la vista y la vi en el marco de la puerta. Su expresión era una mezcla perfecta de sorpresa y espanto, y yo en aquel instante deseé que la tierra me tragara.

—¿Se puede saber qué estás haciendo, Adrián?

Tenía esa costumbre de pronunciar mi nombre separando las sílabas, como si lo partiera en tres. No sé por qué lo recuerdo con tanta claridad, pero así fue.

—Nada. Tonterías. Lo siento mucho.

—¿Lo sientes? ¿Y ahora qué hago yo, se lo digo a tu madre?

—No, por favor. Por favor no.

—Deja las zapatillas donde estaban.

Las dejé con las manos temblando, me calcé mis deportivas y me quedé ahí plantado sin saber dónde mirar. Entonces sentí un azote a mano abierta en el trasero que me hizo dar un respingo. Me había golpeado con rabia, con fuerza de sobra para que me picara a través del pantalón.

—¿Te gustan las zapatillas o que te pegue con ellas?

—Las dos cosas —dije tragando saliva, tan avergonzado que la voz me salió rota.

En ese momento sonó el timbre. Alguien la reclamaba en la puerta y la conversación se cortó en seco.

—Esto no va a quedar así. Ya hablaremos tú y yo. Ahora vete a tu casa y reza para que no se lo cuente a tu madre.

Salí disparado. Por un lado, aquel «ya hablaremos tú y yo» me sonó a promesa. Por otro, la amenaza de contárselo a mi madre me revolvía el estómago. Pasé semanas en un estado de ansiedad permanente, vigilando cada vez que Lucía y mi madre coincidían en el portal, buscando señales de que me hubiera delatado. Pero no ocurrió nada.

***

Hasta las vacaciones de Semana Santa.

Llegaron unos cuantos amigos de la capital que pasaban esos días en el pueblo, y se organizó una de esas tardes en las que no hay mucho que hacer salvo juntarse. Alguien propuso ver una película y Lucía ofreció su salón. No solo lo ofreció, sino que se quedó a verla con nosotros. Éramos ocho: cinco chicos y tres chicas, todos de edades parecidas. El hijo de Lucía era el menor; yo, el mayor.

No cabíamos en los sillones, así que algunos nos sentamos en el suelo. Yo me coloqué a la izquierda de Lucía, que ocupaba su butaca favorita. Estaba un poco lejos de la pantalla, pero muy cerca de sus pies. De sus zapatillas. Las mismas de siempre: felpa azul, corazón en el empeine, suela amarilla.

A mitad de la película, el sol entraba por la ventana y molestaba. Lucía se levantó, bajó la persiana y el salón quedó en penumbra. Al sentarse de nuevo, dejó caer su pie izquierdo de forma que la zapatilla rozó mi muslo derecho. Apenas un contacto, casi imperceptible. Pero después de lo que había pasado entre nosotros, aquel roce tenía un peso enorme.

No la miré. No hacía falta. Apreté ligeramente mi muslo contra la zapatilla y esperé. Ella respondió moviendo los dedos del pie arriba y abajo, un gesto lento, sinuoso, que podía pasar por un simple tic nervioso pero que ambos sabíamos que no lo era.

Me excité tanto que la erección se volvió incontrolable. El chándal no disimulaba nada. Moví mi muslo hasta que su zapatilla quedó debajo, y entonces sentí con toda claridad el movimiento de sus dedos presionando contra mí. La felpa suave, el calor de su pie, el ritmo pausado. Cada segundo era una descarga eléctrica que me subía desde la ingle hasta la nuca.

Entonces uno de los chicos se quejó de que estaban apretados en el sofá y se bajó al suelo. El movimiento me empujó más hacia Lucía. Ella hizo sitio echando su pie izquierdo hacia atrás, y de pronto me encontré sentado entre sus piernas, con sus pantorrillas a ambos lados de mi torso.

Estábamos más atrás que los demás. Nadie podía vernos.

Su pie izquierdo se deslizó bajo mi muslo hasta tocarme el trasero. Con el derecho me masajeaba el otro muslo, subiendo y bajando con una lentitud calculada. Si existe el paraíso, estaba ahí, en aquella penumbra que olía a palomitas y a colonia barata, con una película que nadie recordaría sonando de fondo.

Levanté un poco el cuerpo para que su pie izquierdo se acomodara mejor. Ella aceptó la invitación y lo colocó justo en la hendidura entre mis nalgas, presionando a través del chándal fino. Sentí la felpa de la zapatilla contra esa zona tan sensible y se me escapó un gemido que pude disimular gracias a una escena ruidosa de la película.

Yo ronroneaba como un gato. Frotaba mi espalda contra sus piernas intentando contener lo que me estaba pasando, pero cuando creí que ya no podía más, Lucía levantó su pie derecho con cuidado y lo posó directamente sobre mi erección. Mi trasero apoyado en una zapatilla, mi bulto bajo la otra. Empezó a mover el pie en un vaivén lentísimo, arriba y abajo, rozando toda la longitud a través de la tela.

Fue demasiado. Me puse a llorar. Coincidió con el final de la película y pude disimularlo más o menos, pero mis amigos se rieron de mí un buen rato por mi supuesta sensibilidad. Lucía retiró los pies con una naturalidad pasmosa y puso orden.

—Venga, se acabó la risa. Todo el mundo a la calle, y cuidado con los coches. El que quiera agua, que venga a la cocina.

Como siempre, todos quisieron agua. Yo aproveché para ir al baño. Tenía tal erección que no podía orinar de pie, así que me senté y esperé a que bajara un poco. Me lavé la cara con agua fría. Respiré hondo varias veces. Cuando salí, los últimos rezagados estaban en la cocina y oí su voz con toda claridad.

—¿Tú no quieres agua, Adrián?

—Sí, ponme un poco.

Entonces, en un tono lo bastante alto para que los dos chavales que quedaban pudieran oírlo, añadió:

—Cuando acabes, necesito que me ayudes a mover una cosa en el armario de mi cuarto.

La excusa era débil, pero suficiente. Los otros se fueron sin sospechas y yo me quedé.

***

Cuando entramos en su habitación, cerró la puerta con firmeza. No tenía cerrojo, así que la empujó hasta que encajó bien en el marco. Se giró hacia mí y, sin decir una palabra, me agarró por encima del chándal. Apretó con decisión, sin delicadeza, y me miró directamente a los ojos.

—¿Te ha gustado, bribón?

—Más que nada en el mundo.

—Ya lo veo —dijo sin soltar—. Mira cómo te has puesto.

No dejaba de amasarme mientras hablaba. Su voz se había vuelto ronca, grave, y me provocaba casi tanto como sus manos.

—Pues a mí también me ha gustado. Mira cómo me has dejado. Toca.

Me agarró la mano y se la llevó bajo la falda. Cuando mis dedos tocaron la tela de sus bragas, la noté empapada. Un calor húmedo y denso que me hizo tragar saliva. Con la otra mano le rocé un pecho por encima de la blusa y ella respondió con un gemido bajo que me erizó la piel.

Intenté besarla. Apenas le había rozado los labios cuando me frenó en seco.

—No vayas tan rápido. Tú y yo todavía tenemos cuentas pendientes. Quítate las deportivas y túmbate en la cama. Boca arriba.

No me lo esperaba, pero obedecí al instante. Me tumbé sobre la colcha granate, que estaba fría y me hizo estremecerme. Entonces la vi descalzarse. Levantó la pierna derecha hacia atrás con un movimiento rápido, casi felino, y se sacó la zapatilla. La sostuvo en alto, mirándome.

—Levanta las piernas.

Las levanté juntas, rectas, formando un ángulo perfecto con el colchón. Ella me tiró del chándal y del calzoncillo hacia arriba con la mano libre, me sujetó las piernas con el brazo izquierdo a la altura de las rodillas, y mi trasero quedó completamente expuesto.

El primer zapatillazo me arrancó un grito. El segundo me hizo apretar los dientes. Al tercero ya estaba gimiendo con cada golpe, una mezcla de dolor y placer que no sabía que pudiera existir. La suela de goma impactaba contra mi piel con un sonido seco y contundente, y cada golpe dejaba una marca de calor que se expandía como una onda.

—¿Esto es lo que te gusta?

—Sí. Sí me gusta. Pero solo si eres tú la que me pega.

No sé por qué le dije eso. Quizá para halagarla, quizá porque era la pura verdad. Que ella me castigara con su zapatilla era la fantasía más secreta y más morbosa que había tenido jamás, y se estaba cumpliendo muy por encima de lo que nunca imaginé.

—Me gusta mucho. De verdad. Que me pegues con la zapatilla me gusta, pero tú también me gustas. Mucho.

Lucía soltó mis piernas. Me miró fijamente, con una expresión que no le había visto antes. Algo entre la ternura y el hambre.

—Lo que pase aquí es cosa nuestra. Nadie puede saberlo. ¿Entendido?

—Nunca le diré nada a nadie.

—Bien. Ahora quiero que disfrutes. Después disfruto yo.

Se inclinó sobre mí y me tomó en su boca. Empezó directamente con succiones firmes que me hicieron arquear la espalda. Ante mis gemidos, suavizó el ritmo: besos húmedos, lentos, la lengua recorriendo toda la longitud como si saboreara algo exquisito, para después volver a envolverme por completo. Combinaba la boca con la mano en un ritmo que me desarmó por completo. No duré mucho.

Me encantó que se lo tragara todo con avidez, con una expresión feroz que me intimidó un poco. Era mucha mujer para un chico sin experiencia, pero eso mismo me dio valor.

—Yo también quiero hacerte lo mismo.

Me besó compartiendo mi propio sabor. Fue el beso más intenso de mi vida, largo, profundo, intercambiando fluidos mientras sus manos me recorrían el pecho. Cuando le sugerí bajar entre sus piernas, negó con la cabeza.

—Eso otro día. No tenemos tanto tiempo. Ahora quiero que hagas otra cosa. ¿Vas a saber?

—Creo que sí —dije con la voz temblorosa.

—Claro que vas a saber, cariño. Déjame a mí.

Se metió la mano bajo la falda, se quitó las bragas y se montó sobre mí a horcajadas. Ella misma me guio para entrar en ella.

Esa sensación.

El contacto con su vello, el abrazo cálido de su interior recibiéndome, la humedad densa, el calor. Sentí todo eso antes de que se hubiera acomodado del todo. Cuando lo hizo, pensé que no podía existir nada mejor en el mundo. Y tenía razón. Aquel primer encuentro, precedido por la tunda con su zapatilla y todo lo que había pasado en el salón, fue algo irrepetible.

Cuando salí diez minutos después, el sol de abril me cegó. El aire olía a azahar y a tierra mojada. Caminé hacia mi casa sintiendo que algo había terminado para siempre, pero también que no había mejor forma de dejar atrás la infancia que aquella.

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