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Relatos Ardientes

El amo que me ahogó hasta perder el sentido

Damián la había dejado sin aire tres veces con la garganta. En la tercera, Carmen sintió que el glande estaba más hinchado que antes, presionando cada curva que su garganta intentaba enderezar. Hizo una seña a Camila para cambiar de posición, y la joven dejó de devorarle el sexo.

Por enésima vez, Carmen se arrepintió de no haberse depilado. Llevaba semanas de turnos extenuantes en las que ella y Aarón no habían coincidido en el gimnasio, que era cuando aprovechaba para rasurar la jungla en la que se convertía su pubis. Ella nunca había sido demasiado sociable. Más allá del trabajo, apenas mantenía relaciones; las pocas veces que había intentado ligar con hombres en bares o por internet, terminaba mal. Le iba algo mejor con las mujeres, suponía que por la educación recibida, pero tampoco forzaba la situación. Ni siquiera se depilaba para sus vídeos como Lady Vex en su perfil de pago, por mucho que su mánager se lo rogara. Las otras sumisas, ya lo había notado, iban completamente lampiñas. Un desastre, pensó.

Damián la penetró de un solo envite, sin asomo de suavidad. Eso bastó para llevarla al primer orgasmo, gestado en la asfixia previa o tal vez en la fantasía cumplida de tener al amo dentro de su garganta. Apenas le quedó concentración para inhalar antes de que Camila le tapara la boca con su sexo y la nariz con la curva de las nalgas.

Sabía que podía quitársela de encima. Camila pesaba la mitad que Damián. Pero al amo no le iba a gustar. Intentó tomar aire. La joven era eficaz, y los envites cada vez más profundos del hombre en su vagina poco usada la dejaban indefensa. Hacía mes y medio que no follaba con Aarón. Le faltaba el aire. Notó cómo la asfixia se transformaba en pulsaciones nuevas en su sexo, pero seguía prefiriendo respirar. Damián tiró del vello púbico, y el dolor la puso al borde del clímax. Camila se incorporó. Carmen inhaló a fondo, concentrada en controlar el orgasmo, pero la culminación se apagó casi sin flujo, abortada por una nueva inspiración que la joven volvió a cortar.

Nunca había sido multiorgásmica con un hombre. Tampoco con mujeres, salvo cuando le hacían daño. Y aparte de Aarón y ahora de Damián, nunca había permitido que ningún tío le hiciera daño. Apretó los dientes contra el sexo de la joven. Camila aguantó pese al dolor. La asfixia, la presión y la fricción la empujaron por segunda vez al borde. Damián volvió a tirar del vello, y el pinchazo disparó la energía hacia su clítoris. Su boca quedó libre un instante. Algunas gotas le cayeron sobre la cara.

¿Se está corriendo Camila si yo apenas le he pasado la lengua?

Una gota se acercó a la comisura de sus labios. Sacó la lengua y la atrapó. Sabía a metal.

Esta vez Carmen sí intentó quitársela de encima. Sus pulmones reclamaban oxígeno desde el primer momento. Pero, sorprendentemente, cuando empujó, Camila presionó hacia abajo con una fuerza desmedida, mucho mayor que su propio peso. Carmen mordió con más rabia. Si la asfixia era cosa de la joven y no del amo, no aguantaría semejante mordida, salvo que fuera tan masoquista como ella. Los dientes apretaron más. Camila aguantó.

Se le acababa el tiempo. Damián tiró otra vez del vello, arrancando algunos pelos, y el dolor fue intenso. Después le golpeó el estómago. No pudo controlarlo. Por primera vez desde sus tanteos lésbicos con Lucía en la adolescencia, su cuerpo le ganó la batalla a su voluntad. El orgasmo la arrasó, mucho más fuerte que ninguno antes. Y mientras el placer recorría cada célula, la falta de oxígeno apagaba el cerebro.

Vale la pena morir por algo así.

Carmen perdió el sentido.

***

Damián se quedó perplejo. El flujo había manado en abundancia, pero no en chorro compacto, sino en un vaciado largo y lento. Hizo a Camila la señal de emergencia leve que Iryna les había enseñado. Apoyó dos dedos sobre el muslo de Carmen y comprobó el pulso en la pulsera. Latía rápido, dentro de los márgenes. Camila colocó la mascarilla de oxígeno sobre el rostro desmayado. Aun inconsciente, el cuerpo seguía respondiendo: las paredes vaginales apretaban con más fuerza. Cuando la saturación volvió a valores normales, Camila guardó la mascarilla en su caja.

—¿Sigo asfixiándola, amo? —preguntó en un susurro.

Damián negó con la cabeza. Camila volvió a la posición, agachada pero sin tapar boca ni nariz.

—¡Ahora chupa! —ordenó la joven, seca, como Damián le había indicado—. ¡Venga, puta estúpida, que tienes que hacer que me corra!

Carmen tardó en reaccionar, no porque le disgustara comer un sexo joven y firme, sino porque acababa de asfixiarla. Camila bajó un poco más y le tapó la boca y la nariz.

—¡Lame, puta estúpida, sin parar hasta que me corra o te dejo otra vez sin aire!

Era una jugada arriesgada: a Carmen le había gustado el desmayo, podría aceptar la amenaza, y entonces Camila se vería obligada a asfixiarla otra ronda sin permiso del amo. Por suerte, a la guardaespaldas no le había convencido del todo la experiencia, y comenzó a pasar la lengua desde el perineo hasta el clítoris con un ritmo lento. Camila se incorporó. Carmen aumentó la cadencia, aunque la boca se le llenaba con el sabor metálico de la sangre que sus dientes habían arrancado.

***

Damián bombeaba sin tregua. Ni para Carmen ni para sí mismo. El sudor le caía por la cara. Si no fuera por la cantidad de fluido que ella había soltado, ambos tendrían la piel irritada. Pero él necesitaba más. Sería su quinta culminación del fin de semana.

Pasaron quince minutos desde la marea orgásmica de Carmen hasta que Camila se corrió en medio de agradecimientos e insultos a la mujer. Y como si ese trato la encendiera, la guardaespaldas siguió poco después, apretando el miembro de Damián con contracciones casi estranguladoras. Esa fue la gota que permitió al amo descargar.

Decidió que se ducharan los tres juntos antes de hablar. Carmen tomó la esponja, la cargó de jabón y empezó a frotarse.

—Dame la esponja —pidió Camila al entrar la última—, puta estúpida.

—Las cosas se piden por favor —replicó Carmen—. Te la paso cuando termine. Y no me llames así, que ya no te estoy lamiendo ahí.

—No entiendes nada —la increpó Camila—, puta estúpida.

—Dale la esponja —intervino Damián interponiéndose entre Carmen y el agua—, puta estúpida. Y después túmbate en el suelo del baño. Cien flexiones. Brazos estirados arriba, pezones a cinco centímetros del suelo abajo, cuentas hasta quince y subes. El cuerpo siempre recto.

—Perdón, amo —respondió Carmen bajando la cabeza—. Yo… yo no…

—¡Ahora! —gritó Damián adelantando un paso.

***

Carmen salió de la ducha y empezó las flexiones. Camila enjabonó al amo con cuidado de no cruzar la línea del agua, hasta que él la enjabonó a ella con una insistencia particular en los pezones y en el sexo. Cuando ambos estaban limpios, Damián le susurró nuevas órdenes al oído.

Camila se mojó la cabeza, salió de la ducha, se calzó unas zapatillas de rizo y se colocó entre los brazos de Carmen, justo cuando esta estaba arriba en la flexión sesenta y nueve. La obligó, al bajar, a apoyar los labios sobre el empeine derecho. Al subir, Camila dio un paso atrás y se inclinó, escurriéndose el pelo sobre la cabeza de la guardaespaldas. El agua fría cayó sobre Carmen, sumándose a la incomodidad del jabón seco que aún le cubría parte del cuerpo. Después, la joven se ocupó de secar al amo con un ritual minucioso, besándole los pies, las nalgas y los pezones entre toalla y toalla. Carmen miraba de reojo cada movimiento. Conforme la joven se desplazaba, fue tomando conciencia de los fallos cometidos.

Damián y Camila salieron del baño hacia la habitación.

—Puta estúpida —ordenó el amo cuando Carmen estaba abajo en la flexión ochenta y ocho—, no te levantes y avanza así hasta la habitación. Si has recibido entrenamiento militar serás capaz. Y apoyas mal los pies.

Carmen resopló. Siempre se había arrastrado apoyando los codos, no con los brazos en posición de flexión. Le costó moverse. Cuando llegó, Damián y Camila estaban sentados en la cama.

—Te has movido —la riñó él—. Empieza de nuevo. Y añade diez flexiones por no apoyar bien el pie.

Mientras Carmen completaba sus ciento diez repeticiones, los otros dos hablaban en voz baja sobre la posibilidad de cederla a otro hombre. A Camila parecía agradarle la idea. Cuando terminó, se incorporó y se dirigió a la ducha.

—¿Adónde vas, puta estúpida? —preguntó Damián.

—A ducharme, amo.

—Has perdido ese derecho con tu actitud. Arrodíllate a los pies de la cama.

Carmen obedeció, tiesa sobre las rodillas.

—¿Eres consciente de tu fallo? ¿Has visto cómo se comportaba Camila?

—No, amo —respondió mintiendo—. Estaba ocupada con las flexiones.

—Si quieres ser mi esclava no eres nada. Y eso debe reflejarlo tu actitud. —Pulsó el intercomunicador—. Vega, pon la grabación de la ducha en pantalla.

—Sí, amo —respondió una voz distorsionada.

—Cómo eres, amo —se le escapó a Carmen—. Si hasta has reconfigurado al asistente…

Se calló al ver la cara de Damián, pero también al ver encenderse la pantalla. Camila empezó a reír y le susurró algo al oído al amo, que también se rio. La grabación mostraba la ducha completa hasta que los tres salieron. Damián la dejó correr sin decir nada, entreteniéndose en manosear a Camila mientras esta le lamía la oreja.

***

—Sabes —afirmó él cuando terminó el vídeo— que te has ganado un castigo por el trato. Al amanecer ya veremos qué otros.

—Perdón, amo —suplicó Carmen, aunque su tono no era de súplica—. Es la costumbre. Aceptaré cualquier castigo.

—Ten por seguro que te lo impondré. Pero antes relata lo que pasó en la ducha.

—Sí, amo. Camila me llamó eso que me molesta…

—Tienes un problema —la interrumpió Damián.

—Sí, amo, lo sé. Es la falta de costumbre con relaciones de este tipo.

—Relaciones en las que follas. ¿Te tiras a alguien más aparte de Aarón? ¿A algún otro tío?

—No, amo. Con más hombres no. Solo con alguna mujer. Se me da mal relacionarme con tíos fuera del trabajo.

—Bien. Ese es tu segundo problema, no el primero. Ahora dilo como corresponde, sin perífrasis ni omisiones. Llamando a las cosas por su nombre.

—No entiendo.

—Graba, Camila —ordenó él. La joven tomó el móvil y apuntó a Carmen, que se llevó un brazo a los pechos y la otra mano al sexo—. Separa las piernas. Las rodillas un metro abiertas, manos en la nuca. —Carmen adoptó la postura mientras se sonrojaba—. La frase es: «Soy una puta estúpida que no sabe follar y por eso digo mal: con más tíos no follo, solo jodo con alguna puta como yo, se me da mal buscar tíos para chingar fuera del trabajo». ¿Entendido?

Carmen asintió, la cara escarlata. Damián bajó la mano y Camila empezó a grabar.

—Soy una pu… pu… puta… estúpida que no sabe fo… fo… follar. Y por eso digo mal: con más tíos no fo… fo… follo. Solo jo… jo… jodo con alguna pu… puta estúpida, como yo. Se me da mal buscar tíos para chi… chin… chingar fuera del trabajo.

Damián sonreía. Movió la mano de derecha a izquierda.

—La de la ducha. Y con esta llevas otro castigo.

—Soy una pu… pu… puta estúpida que no sabe fo… fo… follar. Y por eso digo mal: no me llames pu… puta estúpida, que no te estoy comiendo el co… co… coño.

—Bien. Ahora explica por qué te cuesta tanto.

Carmen tomó aire. Mantuvo las manos en la nuca, las rodillas separadas, el rojo todavía en las mejillas.

—Mis padres son cristianos tomistas pentecostales. No es un grupo protestante, aunque el nombre lo parezca. Es una rama antigua dentro de la Iglesia Católica que conservó sus particularidades a cambio del reconocimiento de Roma. A mí me educaron con la norma de no decir ciertas palabras consideradas sucias, con pronombres y circunloquios para los actos más inocentes. Y, por supuesto, con la idea de que «hacer eso con los chicos es malo», «una chica no podía estar a solas con un chico» y «los chicos pueden meterte eso y hacerte un bebé».

Hizo el gesto de las comillas en el aire.

—Mi madre se escandalizó cuando, ante esa última frase, le pregunté si incluso mis hermanos. Tengo cinco hermanos mayores y uno menor, dos hermanas mayores y otras tantas menores. Soy la octava de once.

—Así se explica tu carácter combativo —comentó Damián—. Por educación, seguro que no es.

—Ni por mis hermanos. Eran muy modositos. Ni se peleaban ni hablaban de cosas sucias. Perdón, amo, de seeexo. Esa fue otra de las contradicciones de mi infancia: la violencia estaba prohibida sin tabú, pero mencionar el sexo era pecado. Y eso me valió mi primer gran castigo. Y también mi mayor autoconocimiento.

Damián miró a Camila. La joven entendió la mirada sin necesidad de palabras. La grabación seguía activa. La noche todavía no había terminado.

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Comentarios (7)

Pablox99

tremendo!!! me dejo sin palabras

NocheBA_22

Por favor hacé una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como termina todo esto

MarcelaH

se me hizo cortisimo, queremos mas!!

curiosa_del_sur

Lo que mas me gusto es como describe ese conflicto interno, se siente muy real. Sigue asi!

GordoBA99

No suelo leer este tipo de relatos pero este me atrapo desde el principio, hay que reconocer el talento. Muy bien escrito

lectora_noc

increible, espero el proximo relato

BrunoMza22

Llevo meses siguiendo esta pagina y este relato me parecio de los mejores que lei. La tension esta muy bien manejada de principio a fin. Gracias por compartirlo

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