La guardaespaldas que aprendió a obedecer
La tercera vez que Marcos le cortó la respiración, Valeria entendió que aquello era diferente a todo lo que había experimentado antes. No era solo el ahogo. Era la presión de él dentro de ella, empujando hacia arriba con cada embestida, mientras sus pulmones comenzaban a reclamar aire con una urgencia que no podía ignorar. Su cuerpo procesaba esa ecuación de una manera que su mente se negaba a aceptar del todo.
Hizo la señal acordada y Nadia cambió de posición, retirando la boca de entre sus muslos. Marcos se detuvo un momento.
Por enésima vez, Valeria se arrepintió de no haberse depilado. Llevaban semanas sin coincidir en el entrenamiento, que era cuando tenía tiempo para esas cosas. Los turnos de Eduardo. Los viajes. La acumulación de trabajo que había consumido todas las tardes libres del último mes y medio. Ahora estaba aquí, ante Marcos, con toda esa negligencia a la vista. Se había fijado en que las demás iban siempre perfectamente arregladas. Ella no. Era un detalle menor que, de algún modo, la hacía sentir peor en el peor momento posible.
Marcos la penetró de un solo envite, sin suavidad, sin aviso. El impacto la llevó directamente al borde. No había calculado esa intensidad, o quizá sí, y por eso había dejado de prepararse, porque prepararse habría arruinado exactamente lo que sentía ahora. Trató de concentrarse para controlar la respuesta de su cuerpo, pero entonces Nadia le bloqueó la boca y la nariz con su peso, con una precisión que Valeria reconoció como entrenada.
Sabía que podría quitársela de encima. La joven pesaba considerablemente menos. Pero Marcos no lo querría. Así que aguantó, con los pulmones comenzando a quejarse y las embestidas volviéndose más profundas, más insistentes, sin pausa entre ellas.
La falta de aire se transformaba en algo que no era exactamente dolor. Era una señal que su cuerpo enviaba en la dirección equivocada, mezclada con la presión dentro de ella, con el ritmo de Marcos, con la consciencia de estar a punto de perder el control. Intentó moverse. Nadia se elevó un instante y volvió a bajar sin dejarla inspirar. Marcos estiró del vello de su pubis con brusquedad y algo se rompió en algún lugar de su disciplina.
No lo pudo detener.
El orgasmo llegó completo, sin aviso, sin el protocolo de respiración que siempre la sostenía. Era mucho más intenso que cualquier otro que recordara. Y al mismo tiempo, la falta de oxígeno apagaba su cerebro como una vela que se extingue desde dentro. Vale la pena, pensó, o creyó pensar, antes de perder el sentido.
***
Marcos reaccionó antes de que Nadia pudiera preguntar. Puso dos dedos en el muslo de Valeria: el corazón latía rápido pero estable, tal como marcaba el monitor en la mesilla. Le hizo la señal de protocolo leve. Nadia aplicó la mascarilla de oxígeno sobre la cara inconsciente de Valeria con una eficiencia que demostraba que lo habían practicado.
El cuerpo de Valeria seguía respondiendo. Sus músculos se contraían con más fuerza ahora que la consciencia no los gobernaba. Marcos terminó mientras Nadia vigilaba los valores en la pantalla del pulsioxímetro.
—Ya está en niveles normales —susurró Nadia.
Marcos asintió. Guardaron la mascarilla. Esperaron.
Valeria parpadeó. Tardó varios segundos en ubicarse. Cuando lo hizo, no dijo nada. Se limitó a respirar, despacio y profundo, con los ojos fijos en el techo, recuperando el mundo de a poco.
***
Los tres entraron en la ducha. Era amplia, de dos por dos metros, con múltiples chorros laterales que Marcos activó desde el panel. El vapor empezó a llenar el espacio. Valeria tomó la esponja de la repisa, la cargó de jabón y comenzó a frotarse los brazos.
—Dame la esponja —dijo Nadia, que acababa de entrar.
—Te la paso cuando termine —respondió Valeria sin mirarla—. Las cosas se piden por favor.
—No entiendes nada —replicó Nadia—. Puta estúpida.
—Dale la esponja —intervino Marcos, colocándose entre Valeria y el chorro central—. Puta estúpida. Y después sal de la ducha, apoya los puños cerrados en el suelo del baño y haz cien flexiones completas. Quiero que los pezones queden a cinco centímetros del suelo cuando estés abajo. Cuentas hasta quince y subes con los brazos extendidos. El cuerpo siempre recto.
—Perdón, Amo —dijo Valeria bajando la cabeza. Extendió el brazo para entregar la esponja a Nadia—. Yo no pretendía...
—Ahora —dijo Marcos, sin elevar el tono.
Valeria salió de la ducha y se tendió en el suelo de mármol del baño.
Mientras hacía las flexiones, observó de reojo el ritual que ocurría en el interior. Nadia enjabonó a Marcos con una atención metódica y pausada, mojándose solo cuando la posición lo requería. Cuando Marcos terminó de aclararse, vertió jabón en la palma de la mano y lo pasó por los senos de Nadia con lentitud, y después por entre sus piernas, separando los labios para llegar a todos los rincones. Metió dos dedos adentro. Nadia aceptó todo sin moverse un centímetro, con la mirada fija en algún punto detrás de la cabeza de Marcos.
Valeria llegó a la flexión cincuenta y tres y se obligó a mirar hacia el suelo.
***
Cuando llegó a la habitación arrastrándose, Marcos y Nadia ya estaban sentados en la cama. Nadia tenía el pelo mojado pero el cuerpo seco. Marcos también. A Valeria le habían quedado las toallas húmedas y apenas había podido secarse la cabeza para no dejar rastro de agua en el pasillo.
—Puta estúpida —dijo Marcos cuando ella estaba en la flexión ochenta y ocho y contaba ocho—. No te levantes. Avanza así hasta la habitación. Si has recibido parte del entrenamiento militar de tu novio, serás capaz. Además, apoyas mal los pies.
Valeria resopló y comenzó a moverse en posición de flexión. Siempre había aprendido a arrastrarse apoyando los codos, nunca con los brazos extendidos hacia abajo. Le costó varios intentos coordinarse.
—Te has movido mal —dijo Marcos cuando llegó junto a la cama—. Empieza de nuevo. Y añade diez más por apoyar el pie incorrectamente.
Mientras hacía las ciento diez flexiones, escuchó a Marcos y Nadia hablar en voz baja. Hablaban de la posibilidad de cederla a otro hombre. La voz de Nadia sonaba satisfecha con la idea.
Terminó. Se incorporó. Se dirigió hacia el baño.
—¿A dónde vas? —preguntó Marcos.
—A ducharme, Amo.
—Has perdido ese derecho con tu actitud. Arrodíllate a los pies de la cama.
Valeria lo hizo. Postura correcta, espalda recta, rodillas juntas. Eso pareció decepcionar levemente a Marcos, que había esperado poder corregirla también en eso.
—¿Sabes cuál fue tu error? ¿Viste cómo se comportaba Nadia?
—No, Amo —respondió Valeria. Mentía en la segunda parte de la respuesta, porque temía que hubiera algo más que no había captado del todo.
—Para empezar —dijo Marcos—, si quieres ser mi esclava, no eres nada. Eso debe notarse en cada gesto, en cada reacción, en cómo tratas a quien yo elija. —Pulsó un botón en el panel lateral—. Iris, pon la escena de la ducha en pantalla.
—Sí, Amo —respondió una voz distorsionada por el altavoz. El sistema necesitaba un altavoz nuevo.
—Cómo eres el Amo —le salió a Valeria sin pensar—, hasta la domótica te obedece.
Se calló en cuanto vio la cara de Marcos. La televisión se encendió.
Nadia se acercó al oído de Marcos y le susurró algo. Ambos se rieron.
En la pantalla aparecía el baño de unos minutos atrás: los tres entrando en la ducha, cada movimiento de Valeria registrado con la frialdad de una cámara fija. Marcos dejó que la escena corriese entera sin decir nada, mientras metía la mano entre las piernas de Nadia con despreocupación. Nadia le mordisqueó la oreja.
—Ya sabes —dijo Marcos cuando terminó el vídeo— que te has ganado un castigo por ese comentario. Y al amanecer veremos qué otros.
—Perdón, Amo —respondió Valeria. Su tono no era de súplica y los dos lo sabían—. Aceptaré el castigo que me imponga.
—Ten por seguro que lo harás. Pero no ahora, porque podría interferir con el trabajo. —Valeria sonrió, apenas—. Sin embargo, vas a explicar lo que pasó en la ducha. Antes de que te mandara a hacer las flexiones. Sin perífrasis. Llamando a las cosas por su nombre.
***
—Nadia me llamó... lo que me llama —comenzó Valeria—, lo cual me molesta mucho.
—Tienes un problema —la interrumpió Marcos.
—Sí, Amo. Es la falta de costumbre en relaciones de este tipo.
—Relaciones en las que follas —dijo Marcos—. ¿Con alguien más aparte de Eduardo? ¿Con otro hombre?
—Con hombres, no —respondió Valeria—. Con alguna mujer, sí. Se me da mal relacionarme con hombres fuera del trabajo.
—Ese es tu segundo problema, no el primero. Ahora dilo sin rodeos. Sin pronombres ni omisiones. Llamando a las cosas por su nombre.
—No entiendo, Amo.
—Graba, Nadia —ordenó Marcos.
Nadia tomó el móvil de la mesilla y lo apuntó hacia Valeria. Esta llevó un brazo al pecho y la mano libre entre las piernas instintivamente.
—Separa las rodillas un metro —dijo Marcos—. Manos en la nuca. En esa posición, siempre que estés desnuda y yo diga descanso, te pondrás así. Esté quien esté delante.
Valeria adoptó la postura. El calor le subió por el cuello hasta las mejillas.
—Ahora te daré una frase de ejemplo. La digo yo y tú la repites a la cámara. Pero antes de cada frase dirás: «Soy una puta estúpida que no sabe follar y por eso digo mal:». Después repetirás la frase. Elige entre lo que acabas de decir, lo de la ducha, y lo primero que dijiste cuando te pedí que relataras lo ocurrido.
—La primera, Amo —pidió Valeria, usando el vocativo en el tono correcto.
—Bien. Cuando acabe bajo la mano, esa es la señal para Nadia. Contarás hasta quince y empezarás. La frase correcta es: «Con más tíos no follo. Solo jodo con alguna puta, como yo. Se me da mal buscar tíos para chingar fuera del trabajo». ¿Entendido?
Valeria asintió con la cabeza.
Marcos bajó la mano. Nadia empezó a grabar.
Valeria contó hasta quince.
—Soy una pu... pu... puta estúpida que no sabe fo... fo... follar —cada sílaba le costaba como arrancar algo que llevaba décadas clavado en algún lugar muy profundo—. Y por eso digo mal: con más tíos no fo... follo. Solo jo... jodo con alguna pu... puta, como yo. Se me da mal buscar tíos para chi... chin... chingar fuera del trabajo.
Estaba completamente roja. No era vergüenza exactamente. Era algo más antiguo que eso, algo que venía de más atrás.
Marcos movió la mano de derecha a izquierda.
—¿Cuál va ahora? —preguntó Valeria, todavía recuperando la respiración.
—La de la ducha —dijo Marcos—. Y eso te acaba de costar otro castigo.
Valeria cerró los ojos un momento.
—Soy una pu... puta estúpida que no sabe fo... fo... follar. Y por eso digo mal: ¿dame la esponja?
—Esa no. Tu respuesta. Y con este ya llevas tres castigos. Vuelve a empezar por tu introducción.
—Lo siento, Amo. Aceptaré cualquier castigo que tenga a bien imponerme.
»Soy una pu... puta estúpida que no sabe fo... follar. Y por eso digo mal: ¿pídemelo por favor?
Marcos hizo un gesto para que continuase. Valeria captó la frase que faltaba. El rojo de sus mejillas volvió a intensificarse.
—No me llames... pu... puta estúpida que no te estoy co... comiendo el co... coño.
—Bien —dijo Marcos—. Vas captando la idea. Ahora sin cacarear. Si dices lo que toca, no habrá castigo aunque tropieces.
—Gracias, Amo.
»Soy una puta estúpida que no sabe follar. Y por eso digo mal: Nadia me llamó puta estúpida, lo cual me molesta mucho porque en mi educación esas palabras no existían. También me cuesta hablar de todo lo que tiene que ver con el se... sexo.
***
—Mis padres —continuó Valeria tras una pausa breve— son miembros de una comunidad religiosa muy particular. Los Siervos Contemplativos, los llaman. Forman parte de la Iglesia Católica, pero con una historia que muy poca gente conoce: descienden de misioneros que permanecieron aislados durante generaciones en zonas remotas de Sudamérica. Cuando retomaron el contacto con Roma, negociaron mantener sus costumbres propias a cambio del reconocimiento formal. Y así siguieron, en comunidades pequeñas y discretas, sin llamar demasiado la atención.
—¿Y en lo que respecta al sexo? —preguntó Marcos.
—Muy estrictos. En mi casa no se decían ciertas palabras. Ni siquiera las más neutras. Todo se manejaba con pronombres, circunloquios, silencios estratégicos. Me educaron con que «hacer eso con los chicos es malo», que «una chica no puede estar sola con un chico», que «lleva cuidado porque pueden meterte eso y hacerte un bebé».
»Mi madre se escandalizó cuando, ante esa última advertencia, le pregunté si incluso mis hermanos. Tengo cinco hermanos mayores y uno menor, y cuatro hermanas repartidas entre mayores y menores. Soy la séptima de diez hijos.
—Eso explica bastantes cosas —dijo Marcos.
—Mis hermanos eran muy tranquilos —continuó Valeria—. Nunca hablaban de nada que no debieran. La violencia, en cambio, estaba directamente prohibida y se nombraba sin ningún reparo, siempre para decir que no se practicaba. Es otra de las particularidades de la comunidad: predican la mansedumbre absoluta en cualquier circunstancia, sin excepción. Eso me valió mi primer gran castigo cuando era joven. Y también el mayor descubrimiento sobre mí misma.
Marcos la miró en silencio durante unos segundos. Nadia había dejado el móvil sobre la cama y también la miraba, con una expresión que Valeria no supo descifrar del todo.
—Eso —dijo Marcos finalmente— lo hablaremos mañana.
Valeria asintió con la cabeza, todavía arrodillada a los pies de la cama, todavía con las mejillas encendidas, sin saber con exactitud cuántos castigos la esperaban al amanecer.