La noche que le pedí que me envolviera en film
Mateo y yo nos conocíamos desde la universidad, aunque en los últimos años la amistad se había reducido a cenas esporádicas y mensajes de voz que respondíamos cuando podíamos. Esa noche había venido a su departamento sin ningún plan en particular: una botella de Malbec, sobras de algo que él había cocinado, la televisión apagada porque ninguno de los dos la enciende cuando hay conversación real.
Fue después de la segunda copa cuando el tema cambió de rumbo.
—¿Alguna vez escuchaste hablar del fetiche del packaging? —preguntó, con la misma naturalidad con la que podría haber preguntado si me gustaba el queso.
—No —dije—. Explícame.
Y lo hizo.
Mateo tenía una forma muy específica de describir las cosas: sin rodeos, con detalle, como si estuviera dando instrucciones técnicas. Mientras hablaba, yo asentía y bebía vino y cruzaba y descruzaba las piernas debajo de la mesa.
Lo que describía era simple en concepto y complejo en práctica. Film industrial transparente, del tipo que usan las empresas de mudanza. La idea era envolver a la otra persona completamente: empezando por los pies, subiendo capa sobre capa hasta los hombros, luego la cabeza, dejando libre solo la nariz y un espacio para respirar por la boca. El resultado era una inmovilización total sin ataduras, sin nada rígido ni cortante, solo capas de plástico que convertían el cuerpo en algo estático y completamente disponible.
—¿Y qué pasa después? —pregunté.
—Después se hacen los agujeros —respondió—. Solo donde se necesitan.
Bebí lo que quedaba en mi copa.
—Voy un segundo al baño —dije.
Dentro, con la llave girada y el grifo abierto para disimular, me apoyé contra los azulejos fríos y me toqué. No fue algo meditado ni elegante: era una necesidad concreta que no admitía postergación. La imagen era clara y nítida en mi cabeza: yo, inmovilizada, envuelta en film transparente, con el calor acumulándose bajo las capas de plástico, los brazos pegados al cuerpo, esperando que alguien decidiera dónde hacer los cortes. Solo esa imagen me bastó.
Terminé deprisa, con los dientes apretados para no hacer ruido.
Me lavé las manos, me recompuse frente al espejo y volví a la sala con cara de que había ido al baño y nada más. Mateo seguía donde lo había dejado, con su copa y su expresión tranquila. Conversamos otro rato sobre otras cosas. Cuando se fue, pasada la medianoche, me fui a la cama.
Y volví a pensar en eso.
***
Al día siguiente, a las doce del mediodía, le escribí. Estuve un buen rato mirando el teclado antes de mandarlo, pero lo mandé: «Quiero probar lo que me contaste anoche.»
Los puntos de que está escribiendo aparecieron casi de inmediato. Respondió con una sola palabra: «¿Cuándo?» Le dije que esa noche. Me dijo que estaría listo a las nueve.
Guardé el teléfono y pasé el resto de la tarde pensando qué ponerme, lo cual era bastante absurdo dado el destino obvio de mi ropa. Pero igual me importaba. Saqué y guardé tres opciones antes de decidirme. Terminé con un conjunto de lencería de encaje en color marfil que hacía tiempo que no usaba, y encima una chaqueta de cuero fino y larga que me llegaba hasta los muslos. Solo eso. Sin pantalón, sin falda, solo la chaqueta sobre la lencería, que me pareció el equilibrio justo entre elegante y directo.
Llegué a las nueve y veinte. Mateo abrió la puerta y me miró de arriba abajo con una sonrisa que no decía nada explícito pero lo implicaba todo.
—Pensé que vendrías en algo más cómodo —dijo.
—No soy tan práctica —respondí.
Entró para cerrar la puerta y yo, en ese segundo exacto, solté el cinturón de la chaqueta y la dejé caer al suelo. Cuando se dio vuelta, sus ojos tardaron un momento en procesar lo que veían.
—Esto está mejor —dijo, con una voz ligeramente diferente a la de siempre.
Se acercó. Me tomó por la cintura y me besó sin vacilaciones, con la certeza de alguien que tiene un plan claro. Sus manos recorrieron lo que quedaba de ropa con una eficiencia que me hizo soltar una carcajada nerviosa, y en un momento no quedó nada entre su mirada y yo.
—¿Tienes el film? —pregunté.
—Lo compré esta mañana. Fui especialmente —dijo.
Eso me gustó más de lo que esperaba: que se hubiera levantado temprano a buscarlo porque yo le había dicho que sí.
Buscó el rollo en el armario del pasillo y volvió con uno grande y pesado, del tipo industrial. Me pidió que me pusiera de pie en el centro de la sala. Empezó por los tobillos.
El primer contacto del film fue extraño: frío, liso, con una ligera adherencia que no era desagradable sino simplemente nueva. Mateo lo enrollaba con movimientos lentos y metódicos, capa sobre capa, sin ningún apuro. Primero los tobillos, luego las pantorrillas, las rodillas. A medida que subía, yo perdía movilidad por debajo y, en compensación, la piel sin cubrir se volvía más sensible, más consciente de cada corriente de aire en el departamento.
—¿Estás bien? —preguntó cuando llegó a los muslos.
—Sí —respondí. Y era cierto, aunque mi corazón llevaba un buen rato latiendo más rápido de lo habitual.
Continuó. Las caderas, el abdomen, la cintura. Rodeó cada zona varias veces antes de subir a la siguiente. Cuando llegó a los pechos los dejó fuera por el momento y siguió por los brazos, pegándolos al cuerpo con cuidado, luego los hombros y el cuello. La temperatura bajo las capas empezaba a subir de manera perceptible.
La cabeza fue lo último. Me avisó antes de cada paso. Cubrió el cabello, las mejillas, la frente. Dejó libre la nariz y un espacio a la altura de los labios para respirar.
Quedé completamente envuelta.
***
Hay cosas que no se pueden anticipar con la imaginación, por más vívida que sea.
La inmovilización no era exactamente lo que había pensado. No había pánico ni la angustia que vagamente había imaginado que podría sentir. Era algo más parecido a una concentración forzada: sin poder moverme, sin poder hacer nada con las manos, sin poder ajustar la postura, mi atención se volvía completamente hacia adentro. La presión pareja del film en toda la piel a la vez. El calor que se acumulaba sin escape. La textura de las capas contra el abdomen y los muslos.
El departamento estaba caliente a propósito. Me di cuenta demasiado tarde, cuando el sudor ya empezaba a formarse bajo el plástico sin ningún lugar adonde ir.
Mateo me levantó en brazos y me llevó hasta la mesa del comedor, que había despejado y cubierto con una toalla. Me recostó boca arriba con cuidado.
—Ahora quieta —dijo—. Esta parte requiere pulso.
Sacó unas tijeras pequeñas de costura y trabajó con concentración. El primer corte fue a la altura del pecho izquierdo: dos pequeños agujeros circulares que dejaron salir los pezones al aire frío del departamento. El contraste fue inmediato e intenso. Me los lamió, uno y luego el otro, despacio, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me giró boca abajo después. La superficie de la mesa contra los pezones fue una presión constante y difusa que me mantuvo en un estado de atención permanente durante todo lo que siguió.
Escuché las tijeras nuevamente. Un corte solo, pequeño y preciso, en el centro de los glúteos.
Me cargó y me llevó al sillón.
No podía moverme. No podía cambiar de postura, ajustar el ángulo ni hacer nada más que estar ahí y reaccionar. Empezó con las manos, tomándose el tiempo que quiso, explorando sin apuro. Cuando entró por detrás, mi cuerpo ya llevaba bastante tiempo en ese estado de calor acumulado y tensión sin escape que lo hizo directo e inmediato: no hubo adaptación ni pausa, solo la sensación sin filtro de cada movimiento ampliado por la inmovilidad total.
El primer orgasmo llegó antes de que pudiera anticiparlo. El segundo fue más largo y más profundo. El tercero me hizo gritar sin importarme en absoluto el volumen.
Cuando terminó, me dejó recostada en el sillón y fue a buscar agua. Yo miraba el techo, incapaz de reconstruir exactamente cuánto tiempo había pasado, sin ganas de moverme aunque pudiera.
***
Volvió, se sentó a mi lado y empezó a cortar el film desde los pies, tira por tira, con las mismas tijeras de costura. La piel, al quedar expuesta, estaba enrojecida y húmeda de sudor. Me envolvió en una manta grande mientras yo recuperaba el uso de las piernas y el sentido del tiempo.
Estábamos en ese silencio que existe entre personas que ya no necesitan llenar el espacio con palabras cuando vibró su teléfono sobre la mesita. Él lo miró. Vi el cambio sutil en su expresión.
—Es Romina —dijo—. Dice que ya está subiendo.
Dos segundos de silencio absoluto.
—Mierda —añadió, con la misma calma con la que había dicho todo lo demás esa noche.
Me miró. Yo lo miré. Yo no tenía ropa, tenía el cabello húmedo y la piel marcada con el patrón de las capas del film.
—El cuarto del fondo —dijo—. Solo un momento, te lo juro.
Me cargó porque mis piernas todavía no estaban del todo operativas, me llevó por el pasillo hasta una habitación pequeña llena de cajas y herramientas, me dejó sobre una silla tapizada, me arropó con la manta y cerró la puerta con mucho cuidado.
Desde adentro escuché el sonido del intercomunicador. La puerta principal abriéndose. Pasos sobre el parquet. Una voz femenina preguntando por qué hacía tanto calor ahí adentro.
—Tenía frío —respondió Mateo.
Sonreí sola en la oscuridad del cuarto de herramientas, envuelta en la manta, con el cuerpo todavía temblando levemente.
Continuará.