La noche que le pedí que me envolviera en film
Mateo y yo nos conocíamos desde la universidad, aunque en los últimos años la amistad se había reducido a cenas esporádicas y mensajes de voz que respondíamos cuando podíamos. Esa noche había venido a su departamento sin ningún plan en particular: una botella de Malbec, sobras de algo que él había cocinado, la televisión apagada porque ninguno de los dos la enciende cuando hay conversación real.
Fue después de la segunda copa cuando el tema cambió de rumbo.
—¿Alguna vez escuchaste hablar del fetiche del packaging? —preguntó, con la misma naturalidad con la que podría haber preguntado si me gustaba el queso.
—No —dije—. Explícame.
Y lo hizo.
Mateo tenía una forma muy específica de describir las cosas: sin rodeos, con detalle, como si estuviera dando instrucciones técnicas. Mientras hablaba, yo asentía y bebía vino y cruzaba y descruzaba las piernas debajo de la mesa, porque el coño ya me latía sin permiso.
Lo que describía era simple en concepto y complejo en práctica. Film industrial transparente, del tipo que usan las empresas de mudanza. La idea era envolver a la otra persona completamente: empezando por los pies, subiendo capa sobre capa hasta los hombros, luego la cabeza, dejando libre solo la nariz y un espacio para respirar por la boca. El resultado era una inmovilización total sin ataduras, sin nada rígido ni cortante, solo capas de plástico que convertían el cuerpo en algo estático y completamente disponible.
—¿Y qué pasa después? —pregunté.
—Después se hacen los agujeros —respondió—. Solo donde se necesitan. Uno para cada teta, uno para la boca si tengo ganas de que me la chupen, y otro atrás para follar sin que la otra persona pueda mover un músculo.
Bebí lo que quedaba en mi copa de un trago.
—Voy un segundo al baño —dije.
Dentro, con la llave girada y el grifo abierto para disimular, me apoyé contra los azulejos fríos, me subí la falda y metí la mano derecha entre los muslos. La bombacha estaba empapada, pesada de humedad, y cuando la corrí a un lado los dedos se me hundieron sin resistencia en un coño hinchado y resbaladizo. No fue algo meditado ni elegante: fue una necesidad concreta que no admitía postergación. La imagen era clara y nítida en mi cabeza: yo, inmovilizada, envuelta en film transparente, con el calor acumulándose bajo las capas de plástico, los brazos pegados al cuerpo, las tetas asomadas por dos huecos precisos, y Mateo decidiendo dónde meterme la verga.
Me froté el clítoris con dos dedos en círculos rápidos mientras con la otra mano me apretaba un pezón por encima del sostén. Me mordí el labio para no gemir. La corrida me llegó en menos de un minuto, muda, con las rodillas temblando y el chorrito de flujo bajándome por la cara interna del muslo. Me limpié con papel higiénico, respiré hondo tres veces, me acomodé la ropa.
Me lavé las manos, me recompuse frente al espejo y volví a la sala con cara de que había ido al baño y nada más. Mateo seguía donde lo había dejado, con su copa y su expresión tranquila. Conversamos otro rato sobre otras cosas. Cuando se fue, pasada la medianoche, me fui a la cama.
Y volví a pensar en eso. Me masturbé dos veces más antes de dormirme, con la cara hundida en la almohada y tres dedos metidos hasta los nudillos.
***
Al día siguiente, a las doce del mediodía, le escribí. Estuve un buen rato mirando el teclado antes de mandarlo, pero lo mandé: «Quiero probar lo que me contaste anoche.»
Los puntos de que está escribiendo aparecieron casi de inmediato. Respondió con una sola palabra: «¿Cuándo?» Le dije que esa noche. Me dijo que estaría listo a las nueve.
Guardé el teléfono y pasé el resto de la tarde pensando qué ponerme, lo cual era bastante absurdo dado el destino obvio de mi ropa. Pero igual me importaba. Saqué y guardé tres opciones antes de decidirme. Terminé con un conjunto de lencería de encaje en color marfil que hacía tiempo que no usaba, y encima una chaqueta de cuero fino y larga que me llegaba hasta los muslos. Solo eso. Sin pantalón, sin falda, solo la chaqueta sobre la lencería, que me pareció el equilibrio justo entre elegante y directo.
Llegué a las nueve y veinte. Mateo abrió la puerta y me miró de arriba abajo con una sonrisa que no decía nada explícito pero lo implicaba todo.
—Pensé que vendrías en algo más cómodo —dijo.
—No soy tan práctica —respondí.
Entró para cerrar la puerta y yo, en ese segundo exacto, solté el cinturón de la chaqueta y la dejé caer al suelo. Cuando se dio vuelta, sus ojos tardaron un momento en procesar lo que veían.
—Esto está mejor —dijo, con una voz ligeramente diferente a la de siempre.
Se acercó. Me tomó por la cintura y me besó sin vacilaciones, con la certeza de alguien que tiene un plan claro. La lengua me entró en la boca gruesa, insistente, y yo la chupé como si fuera otra cosa. Sus manos recorrieron lo que quedaba de ropa con una eficiencia que me hizo soltar una carcajada nerviosa: me desabrochó el sostén de un movimiento, me bajó la bombacha por los muslos con los pulgares y me la dejó caer a los tobillos. En un momento no quedó nada entre su mirada y yo.
Se agachó ahí mismo, en el recibidor, me abrió los muslos con las manos y me clavó la lengua en el coño de una. Me lamió de abajo hacia arriba, con toda la lengua plana, chupándome los labios, hundiéndose entre ellos y volviendo al clítoris con la punta. Le agarré la cabeza con las dos manos y le apreté la cara contra mi entrepierna. Estaba tan mojada de haber estado toda la tarde pensándolo que se me escuchaba el chapoteo cuando movía la lengua adentro. Aguantó ahí de rodillas dos o tres minutos, comiéndome sin darme tregua, hasta que se levantó con la barbilla brillante de mi flujo.
—¿Tienes el film? —pregunté, con la voz ronca.
—Lo compré esta mañana. Fui especialmente —dijo.
Eso me gustó más de lo que esperaba: que se hubiera levantado temprano a buscarlo porque yo le había dicho que sí.
Buscó el rollo en el armario del pasillo y volvió con uno grande y pesado, del tipo industrial. Me pidió que me pusiera de pie en el centro de la sala. Empezó por los tobillos.
El primer contacto del film fue extraño: frío, liso, con una ligera adherencia que no era desagradable sino simplemente nueva. Mateo lo enrollaba con movimientos lentos y metódicos, capa sobre capa, sin ningún apuro. Primero los tobillos, luego las pantorrillas, las rodillas. A medida que subía, yo perdía movilidad por debajo y, en compensación, la piel sin cubrir se volvía más sensible, más consciente de cada corriente de aire en el departamento.
—¿Estás bien? —preguntó cuando llegó a los muslos.
—Sí —respondí. Y era cierto, aunque mi corazón llevaba un buen rato latiendo más rápido de lo habitual y el coño me chorreaba abiertamente por la cara interna del muslo, justo donde el film todavía no llegaba.
Él lo notó. Pasó un dedo por el reguero, se lo llevó a la boca sin decir nada y siguió envolviendo. Continuó. Las caderas, el abdomen, la cintura. Rodeó cada zona varias veces antes de subir a la siguiente. Cuando llegó a los pechos los dejó fuera por el momento y siguió por los brazos, pegándolos al cuerpo con cuidado, luego los hombros y el cuello. La temperatura bajo las capas empezaba a subir de manera perceptible.
Antes de cubrirme los pechos me los tomó uno en cada mano, me los amasó, me pellizcó los pezones hasta ponerlos duros como piedras, y recién entonces empezó a enrollar el film por encima, sellándolos apretados contra las capas de plástico.
La cabeza fue lo último. Me avisó antes de cada paso. Cubrió el cabello, las mejillas, la frente. Dejó libre la nariz y un espacio a la altura de los labios para respirar.
Quedé completamente envuelta.
***
Hay cosas que no se pueden anticipar con la imaginación, por más vívida que sea.
La inmovilización no era exactamente lo que había pensado. No había pánico ni la angustia que vagamente había imaginado que podría sentir. Era algo más parecido a una concentración forzada: sin poder moverme, sin poder hacer nada con las manos, sin poder ajustar la postura, mi atención se volvía completamente hacia adentro. La presión pareja del film en toda la piel a la vez. El calor que se acumulaba sin escape. La textura de las capas contra el abdomen y los muslos. Y en el centro de todo eso, el coño palpitando dentro de la funda de plástico, hinchado, mojado, sin poder abrirse ni cerrarse, esperando.
El departamento estaba caliente a propósito. Me di cuenta demasiado tarde, cuando el sudor ya empezaba a formarse bajo el plástico sin ningún lugar adonde ir.
Mateo me levantó en brazos y me llevó hasta la mesa del comedor, que había despejado y cubierto con una toalla. Me recostó boca arriba con cuidado.
—Ahora quieta —dijo—. Esta parte requiere pulso.
Sacó unas tijeras pequeñas de costura y trabajó con concentración. El primer corte fue a la altura del pecho izquierdo: dos pequeños agujeros circulares que dejaron salir los pezones al aire frío del departamento. El contraste fue inmediato e intenso, los pezones se me pusieron durísimos apenas tocaron el aire. Me los lamió, uno y luego el otro, despacio, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me los chupó fuerte, tirando con los labios hasta estirar la piel a través del hueco, mordiéndolos con los dientes y soltándolos para volver a chuparlos. Gemí bajo el film y el sonido salió amortiguado, ronco, casi animal.
Bajó las tijeras hasta la altura del pubis. Escuché el chasquido del corte y sentí el aire frío entrando de golpe. Había hecho un rectángulo perfecto que me dejaba el coño entero al descubierto, los labios ya hinchados y separados por la presión de las capas alrededor. Se agachó sobre la mesa y me metió la lengua sin preámbulo. Me lamió el clítoris con la punta, en círculos precisos, mientras dos dedos entraban y salían de mí con un ritmo constante. Yo no podía cerrar las piernas, no podía arquear la espalda, no podía hacer nada más que quedarme ahí y recibir. La corrida me llegó rápido, dura, y sentí el orgasmo apretarme los dedos adentro sin poder mover un solo músculo por fuera.
Me giró boca abajo después. La superficie de la mesa contra los pezones fue una presión constante y difusa que me mantuvo en un estado de atención permanente durante todo lo que siguió.
Escuché las tijeras nuevamente. Un corte solo, pequeño y preciso, en el centro de los glúteos, justo entre el coño y el culo, alineado con la entrada de ambos agujeros.
Me cargó y me llevó al sillón. Me dejó boca abajo, con las caderas al borde y las piernas colgando envueltas hasta los tobillos.
Escuché el ruido de su cinturón, del cierre, de la ropa cayendo al piso. Después el chasquido húmedo de saliva sobre la palma y el sonido inconfundible de una mano pajeándose sobre una polla dura.
No podía moverme. No podía cambiar de postura, ajustar el ángulo ni hacer nada más que estar ahí y reaccionar. Empezó con las manos, metiéndome dos dedos en el coño y el pulgar en el culo, tomándose el tiempo que quiso, explorando sin apuro. Me abrió los dos agujeros a la vez, los estiró, jugó con ellos, me hizo gemir contra el cuero del sillón.
—Vamos a ver por dónde entro primero —dijo, y sentí la punta de la verga apoyarse en la entrada del coño, resbalar por el flujo, subir hasta el culo y volver a bajar.
Me la metió en el coño de una sola embestida, hasta el fondo, y me arrancó un grito ahogado por el film. Era gruesa, más de lo que había imaginado, y el ángulo con el que entraba por detrás me la clavaba directo contra un punto que me hizo ver luces. Empezó a follarme despacio, sacándola casi entera y volviéndola a meter entera, con las manos apretándome las caderas envueltas en plástico. El sonido de sus muslos golpeando el film contra el mío era un chapoteo seco, repetido, obsceno.
—Estás apretadísima —murmuró—. Con el plástico apretándote todo el cuerpo tenés el coño como un puño.
Aceleró. Las embestidas se hicieron más cortas y más duras, y yo sentía cada centímetro entrar sin poder acomodarme, sin poder relajarme, con el cuerpo entero convertido en un solo punto de recepción. Cuando entró por detrás, mi cuerpo ya llevaba bastante tiempo en ese estado de calor acumulado y tensión sin escape que lo hizo directo e inmediato: sacó la polla del coño chorreando de mi flujo, se escupió en la mano, se la untó y me la fue metiendo en el culo de a poco. No hubo adaptación ni pausa larga, solo la sensación sin filtro de cada milímetro forzándose adentro, ampliado por la inmovilidad total.
—Respirá —dijo, y siguió empujando hasta que la tuvo entera adentro.
Se quedó quieto un momento, con la verga alojada hasta la base en el culo, y me pasó dos dedos al coño vacío. Me llenó los dos agujeros a la vez y empezó a moverse. Yo aullé contra el film. No había manera de procesarlo: el culo estirado alrededor de la polla, el coño lleno de sus dedos, los pezones raspando contra el cuero, el plástico apretándome cada centímetro que no estaba siendo follado.
El primer orgasmo llegó antes de que pudiera anticiparlo, y me sacudió sin poder sacudirme, contenido dentro de la funda de plástico como una descarga que no tenía adónde ir. El segundo fue más largo y más profundo, con él bombeándome el culo sin parar y los dedos torciéndoseme adentro del coño buscando el punto justo. El tercero me hizo gritar sin importarme en absoluto el volumen, mientras él sacaba los dedos, me agarraba las dos caderas y aceleraba el ritmo hasta que lo sentí tensarse, hundirse hasta el fondo una última vez y correrse adentro con un gruñido largo. Sentí los chorros calientes llenándome el culo y algunos escapándose alrededor de la polla cuando la sacó, bajándome por el corte del film hasta los muslos envueltos.
Cuando terminó, me dejó recostada en el sillón y fue a buscar agua. Yo miraba el techo de reojo, con el semen todavía escurriéndoseme entre las nalgas envueltas, incapaz de reconstruir exactamente cuánto tiempo había pasado, sin ganas de moverme aunque pudiera.
***
Volvió, se sentó a mi lado y empezó a cortar el film desde los pies, tira por tira, con las mismas tijeras de costura. La piel, al quedar expuesta, estaba enrojecida y húmeda de sudor y de semen. Me envolvió en una manta grande mientras yo recuperaba el uso de las piernas y el sentido del tiempo.
Estábamos en ese silencio que existe entre personas que ya no necesitan llenar el espacio con palabras cuando vibró su teléfono sobre la mesita. Él lo miró. Vi el cambio sutil en su expresión.
—Es Romina —dijo—. Dice que ya está subiendo.
Dos segundos de silencio absoluto.
—Mierda —añadió, con la misma calma con la que había dicho todo lo demás esa noche.
Me miró. Yo lo miré. Yo no tenía ropa, tenía el cabello húmedo, la piel marcada con el patrón de las capas del film y las piernas todavía pegajosas de corrida.
—El cuarto del fondo —dijo—. Solo un momento, te lo juro.
Me cargó porque mis piernas todavía no estaban del todo operativas, me llevó por el pasillo hasta una habitación pequeña llena de cajas y herramientas, me dejó sobre una silla tapizada, me arropó con la manta y cerró la puerta con mucho cuidado.
Desde adentro escuché el sonido del intercomunicador. La puerta principal abriéndose. Pasos sobre el parquet. Una voz femenina preguntando por qué hacía tanto calor ahí adentro.
—Tenía frío —respondió Mateo.
Sonreí sola en la oscuridad del cuarto de herramientas, envuelta en la manta, con el cuerpo todavía temblando levemente y el semen escurriéndoseme entre los muslos.
Continuará.