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Relatos Ardientes

Cuando su antiguo amo tocó la puerta de Valeria

3.8 (5)

Valeria vivía con sus padres a cincuenta metros de mi casa. Tenía veintitrés años recién cumplidos y llevábamos unos meses en algo que ninguno de los dos sabía cómo nombrar. La mayor parte de las mañanas se quedaba sola en el departamento, y yo aprovechaba para cruzar la calle y quedarme hasta la tarde con la excusa de que así nos hacíamos compañía. No era del todo mentira, pero tampoco era toda la verdad.

Con el tiempo habíamos construido nuestra propia dinámica. Ella era directa, sin rodeos, con una claridad sobre lo que quería que nunca dejó de sorprenderme. Yo aprendí a seguirle el ritmo. Empezamos a explorar cosas que ninguno había intentado con otras personas, y cada vez íbamos un poco más lejos sin que nadie lo hubiera decidido en voz alta.

Recuerdo una tarde que me llamó desde la habitación de sus padres. La encontré en cuatro patas sobre la cama de matrimonio, la espalda arqueada, completamente desnuda. Sus muslos pálidos y la curva de su columna contra la luz que entraba por la persiana entornada. Me quedé en el umbral unos segundos antes de entrar. Después bromeamos sobre las manchas que dejamos en aquellas sábanas. Era esa clase de relación: con espacio para el humor incluso en los peores momentos.

Lo que ocurre es que Valeria tampoco era sencilla. Tenía un carácter que hacía difícil seguirle el ritmo fuera del dormitorio. Discutíamos por tonterías y nos distanciábamos por días. Esa semana en particular llevábamos siete días sin cruzar una sola palabra, y yo pasaba las mañanas fingiendo que adelantaba materias de la facultad mientras miraba de reojo la ventana de su cuarto.

La noche anterior la había visto pasearse con sus amigas en la vereda de enfrente. Después llegaron unos chicos. Ella coqueteó sin disimulo, con esa facilidad de quien sabe exactamente el efecto que produce en los demás. Yo lo observé desde mi cuarto con una envidia que no quería reconocer ni a mí mismo.

***

El viernes a las diez de la mañana me llegó su mensaje.

—No sé si quieres saber de mí ahora mismo, pero quiero avisarte algo: Bruno me escribió esta mañana. Lleva meses sin dar señales y quedó en venir ahora para charlar.

Me quedé con el teléfono en la mano sin saber qué hacer con él.

Bruno era el ex de Valeria. Le llevaba diez años. Había sido su primer amo —esa fue la palabra exacta que usó ella la primera vez que me habló de él— y habían estado juntos durante cinco años. Yo lo conocía solo por los relatos que Valeria me hacía en voz baja, tumbados en la cama después de estar juntos, con esa franqueza que tienen algunas personas cuando ya no tienen nada que perder. Me había contado cómo Bruno la había iniciado en todo aquello. Cómo la había llevado al límite de lo que ella creía tolerable y cómo, año tras año, ese límite fue retrocediendo. Me había contado también que algunos de esos recuerdos le volvían solos en los peores momentos, y que no siempre era fácil decidir si eso era una ventaja o un problema.

Los relatos de Valeria sobre Bruno eran de una precisión que dejaba poco espacio para la imaginación y demasiado para la fantasía. Las citas en lugares semipúblicos que siempre terminaban igual. La manera en que él la dejaba sin habla con un solo gesto. Los meses en que le prohibió que se tocara sola y cómo Valeria encontró en esa prohibición algo que no supo nombrar hasta mucho después.

—Si lo que quieres es disfrutarlo, al menos cuéntame qué va a pasar —le escribí.

Tardó tres minutos en responder. Me llegó una foto.

Estaba delante del espejo del baño, recién duchada. Llevaba la ropa interior que habíamos comprado juntos en noviembre: un sujetador de encaje negro semitransparente que dejaba ver el rosa de su piel por debajo, y una tanga de hilo que cubría apenas nada. Tenía el pelo mojado y la expresión tranquila de alguien que ya tomó una decisión y no necesita que nadie se la valide.

—Te voy informando —escribió.

***

Lo vi llegar desde mi ventana.

Bruno era exactamente como lo había imaginado a partir de las descripciones de Valeria: complexión atlética, cabeza rapada al ras, barba cerrada sin arreglar. Camiseta oscura con manchas de sudor en los costados. Caminaba con la parsimonia de quien sabe adónde va y sabe también que lo que va a encontrar al llegar no requiere de ningún tipo de preparación.

Valeria abrió la puerta antes de que él llamara. Llevaba una falda vaquera corta y una blusa blanca de tirantes. Desde mi posición podía ver el contorno del encaje negro a través de la tela fina. Bruno la miró de arriba abajo sin decir nada. Entró.

La puerta se cerró.

Llamé cuatro veces seguidas. Mandé mensajes que se quedaron en entregado durante más de una hora. Me quedé de pie frente a la ventana mirando la fachada de su casa como si eso fuera a revelarme algo. No reveló nada.

***

Lo que pasó dentro me lo contó Valeria esa misma tarde, con una precisión que solo tienen quienes quieren que lo imagines bien, que quieren que estés presente aunque no hayas estado.

Cuando cerró la puerta, Bruno no la saludó. Le puso una mano bajo la mandíbula, le levantó la cara y la estudió un momento. Valeria sintió el olor a sudor y a colonia barata mezclados, y algo en ella respondió antes de que su cabeza tuviera tiempo de procesar qué estaba sintiendo. No había visto a Bruno en casi un año, pero el cuerpo tiene una memoria más corta que la mente y más honesta que las dos.

Bruno se volcó sobre sus pechos sin preámbulos. Bajó los tirantes de la blusa, deshizo el sujetador con una mano y cubrió cada uno con una atención que tenía más de hambre que de ternura. La saliva y el calor de su boca sobre la piel. Valeria me dijo que fue ese momento exacto —el de la boca de Bruno abierta sobre ella— el que había estado imaginando durante meses sin querer admitirlo. Que en cuanto lo sintió supo que iba a recordarlo durante mucho tiempo más.

La empujó hacia el sofá.

Bruno se sentó al borde y se desabrochó el cinturón sin apresurarse, con la misma calma de antes. Puso una mano en la nuca de Valeria y la guió hacia abajo. Ella intentó marcar su propio ritmo, empezar despacio, pero Bruno no le dio margen. Le enredó los dedos en el pelo y apretó hasta que Valeria no tuvo opción. Me dijo que en ese momento no pensó en resistirse, sino todo lo contrario: que dejarse llevar le produjo una sensación de alivio que no había esperado encontrar ahí. Los ojos se le llenaron de agua. La falda se le subió hasta la cintura. El sonido que llenó la sala fue seco y constante.

—Era exactamente como lo recordaba —me dijo después—. No me sorprendió. Me sorprendió que no me sorprendiera.

***

Bruno la levantó del sofá tomándola del pelo.

La llevó así por el pasillo, haciéndola gatear, deteniéndose cada tanto para apoyarla contra la pared. Valeria me contó que cada vez que él volvía a moverla le fallaban las piernas y que la cabeza se le quedaba en blanco de una manera que le costaba describir: como estar muy despierta y muy lejos al mismo tiempo. Sin dolor real, solo presión y calor y una certeza extrañamente clara de que ese era exactamente el lugar donde quería estar.

En el baño se colocó detrás de ella frente al espejo. Le rodeó el cuello con una mano, no con fuerza suficiente para hacerle daño, solo la justa para mantenerla quieta y presente. Con la otra le levantó la falda. Valeria me dijo que lo que sintió en ese momento no era miedo ni vergüenza, sino algo parecido a reconocerse a sí misma: el espejo le devolvía una imagen suya que hacía tiempo no veía y que no había sabido que extrañaba.

—¿No te arrepentiste en ningún momento? —le pregunté.

—En ninguno —dijo. Sin dudar.

***

El castigo llegó de pie, contra la pared del pasillo.

Bruno la colocó con las palmas apoyadas en el yeso y empezó. La falda enrollada en la cintura, las nalgas descubiertas. Valeria me dijo que contó los golpes hasta el séptimo y que después dejó de contar porque ya no le importaba el número, solo el calor que se acumulaba y la manera en que ese calor se iba extendiendo hacia adentro con cada impacto.

Él se tomó su tiempo. Alternaba los golpes con pausas largas en las que simplemente la dejaba ahí, quieta, esperando el siguiente. Esas pausas eran las peores, o las mejores; todavía no había terminado de decidirlo, me dijo. La incertidumbre era parte del placer.

Cuando Bruno la penetró, el sonido que hizo Valeria le salió solo, sin que pudiera controlarlo. Llegó hasta la calle, me dijo después con una sonrisa que no era de vergüenza. Las manos de Bruno le sujetaban la espalda y la embestía con un ritmo que fue subiendo de intensidad de manera gradual. Valeria se apretaba contra la pared buscando más fricción, más presión, más de lo que fuera que él le estaba dando. Sus dedos se aferraron al yeso. Los golpes secos de sus cuerpos llenaron el pasillo estrecho.

La intensidad fue creciendo de manera sostenida y después, de golpe, dejó de ser gradual. Los golpes, el olor a sudor, el sonido de los dos en ese espacio angosto. Los dedos de Bruno explorando sin pedir permiso. Valeria me dijo que en esos minutos finales no estaba pensando en nada concreto. Solo en no moverse del sitio donde estaba.

***

Cuando Bruno terminó, Valeria se arrodilló en el suelo.

No porque él se lo pidiera. Porque era lo que quería hacer.

Él le enredó una mano en el pelo y Valeria abrió la boca y lo miró. Me dijo que en ese momento se sentía entera de una manera que le costaba explicar con palabras: como si algo que llevaba tiempo un poco desalineado hubiera vuelto a su lugar. Cuando todo terminó se quedó en el suelo un momento, quieta, con la espalda recta y la respiración lenta, sin sentir ninguna urgencia de levantarse.

Bruno se vistió sin apresurarse. En la puerta se detuvo un momento y la miró.

—La próxima vez que desaparezcas tanto tiempo —le dijo Valeria—, avísame antes.

Él no contestó. Esbozó una sonrisa y salió.

***

Desde mi ventana lo vi cruzar la calle.

Pasó por delante de mi casa sin mirar hacia arriba y dobló en la esquina. Me quedé un momento más junto a la ventana, con el teléfono en la mano y la sensación extraña de haber pasado toda la mañana del lado equivocado de la calle. Una mezcla de cosas que no tenían nombre fácil y que tampoco me urgía ponerle uno.

Dos minutos después vibró el teléfono.

«Ven. Quiero contártelo todo.»

Me cambié la camiseta, me peiné sin demasiado convencimiento y crucé la calle. Valeria me abrió la puerta descalza, con el pelo todavía revuelto y la ropa interior de encaje negro asomando por el cuello de la blusa que se había puesto a medias. La expresión en su cara no era culpa ni triunfo. Era la calma tranquila de alguien que acaba de hacer exactamente lo que necesitaba.

Me senté en el sofá.

Ella empezó a hablar, y yo la escuché sin interrumpirla una sola vez.

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3.8 (5)

Comentarios (9)

Pablin77

Dios mio que tension!!! no pude parar hasta el final. Muy buen relato

FernandoTuc

La foto del principio ya te engancha y despues no soltás la lectura. Excelente como siempre!!

CuriosaBA77

Quede con muchisimas ganas de saber que paso despues... hay segunda parte? Por favor decime que si jajaja

martin1010

Lo que más me gustó es cómo describe los sentimientos del que espera afuera. Se siente demasiado real, muy bueno

Monika40

Increible, te atrapa desde el primer parrafo y no te suelta. Sigan subiendo cosas asi!!!

RobertoMx85

jaja la situacion del que queda mirando la puerta... eso me mató. Tremendo relato

DiegoCba22

Que intenso. Me recordó a algo que viví hace un tiempo y pensé que tenía olvidado. Muy bien contado, de verdad

PatriciaLectora

Excelente!!! se nota el talento. Esperando mas relatos asi. Saludos desde Buenos Aires

MarceloR88

Se hizo corto, queremos mas :) muy buen trabajo

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