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Relatos Ardientes

Lo que hice con mis pies bajo esa mesa

Hacía exactamente tres meses desde aquella tarde de octubre en que nos conocimos en la cola del supermercado. Él había cogido el último bote de salsa de tomate y yo le había dicho, con toda la calma del mundo, que eso era exactamente lo que yo iba a comprar. Se rio. Me lo ofreció. Terminamos tomando una copa esa misma noche.

Para celebrarlo, elegimos un restaurante en el centro que ninguno de los dos conocía: uno de esos locales pequeños con mesas de madera oscura, velas de verdad y una carta que cambia cada semana. Sin pretensiones, pero con personalidad. El tipo de sitio donde la comida es buena de verdad y no tienes que gritar para hablar.

Yo llevaba un vestido negro de manga corta que me ajustaba en las caderas, medias finas casi transparentes y unos zapatos de tacón con correa al tobillo que me había comprado hacía meses y casi nunca había tenido ocasión de estrenar. Me los puse con la intención de que él los viera, de que notara el detalle.

Los notó.

—Estás preciosa —dijo cuando me vio llegar, y no fue un cumplido rápido. Se quedó mirando un segundo más de lo necesario.

Él vestía pantalones oscuros y una camisa color hueso con los dos primeros botones abiertos. Olía bien. Siempre olía bien.

Nos habían sentado en el fondo del local, en un rincón en forma de L con asientos tapizados en terciopelo granate. Una mesa rectangular pegada a la pared nos separaba del resto del mundo. Las luces colgaban bajas sobre cada mesa, creando un círculo de intimidad que hacía que el resto del restaurante pareciera muy lejos.

La cena empezó como siempre entre nosotros: bien. Demasiado bien, quizás, para ser solo tres meses. Hablamos de trabajo, de una serie que los dos habíamos visto por separado sin saberlo, de su madre que iba a venir a visitarle la semana siguiente. Reímos. Bebimos vino tinto, uno que el camarero nos recomendó sin que se lo pidiéramos y que resultó ser exactamente lo que necesitábamos.

Pero en algún momento entre el segundo plato y los postres, algo cambió en el ambiente.

No fue nada concreto. Fue la forma en que me miró cuando le dije algo sin importancia, como si lo que yo decía fuera secundario y lo que pensaba mientras lo escuchaba fuera lo único relevante. Fue la manera en que sus dedos rozaron mi mano sobre la mesa, despacio, sin propósito aparente.

Sentí ese calor conocido instalarse entre mis piernas.

Me acomodé en el asiento, crucé los tobillos por debajo de la mesa y lo miré con la misma calma con la que había cogido aquel bote de salsa tres meses atrás.

Que espere un poco más.

Seguimos hablando. Yo escuchaba, respondía, sonreía en los momentos correctos. Pero una parte de mí ya estaba calculando. El espacio bajo la mesa. La distancia entre nuestros asientos. El ángulo exacto.

Sin decir nada, apoyé la espalda en el respaldo y estiré la pierna derecha. Despacio. Con cuidado de no hacer ruido. Me desabroché la correa del zapato con el pie izquierdo y lo dejé caer al suelo sin que él lo oyera.

Levanté el pie en calcetín —bueno, en media— y lo apoyé suavemente en su pantorrilla.

Él no reaccionó de inmediato. Siguió hablando sobre el viaje que quería hacer en verano, algo sobre Lisboa o Oporto. Pero su voz titubeó un instante, apenas un segundo, y supe que lo había notado.

Empecé a subir.

Despacio. Sin prisa. Con la planta del pie apretando suavemente contra su pierna, siguiendo la línea del músculo hacia arriba. Él se aclaró la garganta. Continuó hablando, aunque ya no recordaba qué decía exactamente sobre Lisboa.

Cuando llegué a su rodilla, me detuve. Lo miré a los ojos.

—¿Lisboa o Oporto? —pregunté, como si me interesara mucho la respuesta.

—Oporto tiene mejor gastronomía —dijo él, con una voz que intentaba ser normal y no lo conseguía del todo.

—Interesante —respondí, y seguí subiendo.

Su respiración cambió en cuanto mi pie llegó a la parte interior del muslo. No de golpe, sino de manera progresiva, como si su cuerpo estuviera tomando una decisión lenta de abandonar el control que había tenido hasta ese momento. Lo vi apoyar las manos sobre sus propios muslos, un gesto pequeño que significaba que necesitaba agarrarse a algo.

Cuando llegué a su entrepierna, ya estaba respondiendo.

La tela del pantalón era fina y se notaba todo: el calor, la forma, el latido. Empecé a masajearlo con lentitud, moviendo el pie en círculos pequeños, apretando con la presión justa para que fuera placer y no otra cosa. Él dejó de hablar de Oporto.

—¿Todo bien? —le pregunté.

—Sí —dijo, y la palabra le salió un tono más baja de lo habitual.

Me gustaba eso. Me gustaba mucho ese momento exacto en que la persona que tienes delante deja de fingir que tiene el mando.

Nadie a nuestro alrededor podía ver nada. La mesa llegaba hasta la mitad del torso y las sillas en L nos protegían de los lados. Éramos invisibles. Eso era lo que hacía que todo se volviera más intenso: no el riesgo real, sino la conciencia de que existía.

Sin hacer ruido, me quité también el otro zapato. Ahora tenía los dos pies libres.

Lo miré un momento, calculando. Él me devolvió la mirada con esa mezcla de incredulidad y deseo que yo había aprendido a reconocer en él. Con un gesto casi imperceptible, se desabrochó el botón del pantalón por debajo de la mesa. No dije nada. Era lo que esperaba que hiciera.

Me incliné un poco hacia adelante, apoyé los codos sobre la mesa como si fuera a contarle algo confidencial, y con los pies lo rodeé por completo.

La textura de las medias contra su piel era diferente a la de las manos: más suave en algunas partes, más envolvente. Lo sentí estremecerse la primera vez que apretaron de verdad. Empecé a moverme: arriba y abajo, con un ritmo constante, apretando con fuerza en la subida y aflojando ligeramente al bajar.

La media hacía que el movimiento fuera suave y resbaladizo a la vez. No necesitaba más que eso.

Él tenía los ojos fijos en mí, pero de vez en cuando los cerraba un segundo. Apretaba la mandíbula. Ponía toda su energía en no moverse, en no hacer ningún sonido, en mantener la apariencia de dos personas que están cenando tranquilamente en un restaurante un martes por la noche.

Yo, en cambio, estaba perfectamente cómoda. Bebí un poco de vino. Le pregunté si quería los postres o si prefería pedirlo todo para llevar.

—Para llevar —dijo entre dientes.

Sonreí.

Aceleré un poco el ritmo. No mucho. Lo suficiente para que notara la diferencia.

—Bien —respondí, y llamé al camarero con la mano.

Un chico joven, simpático, que apareció con su bloc en la mano y una sonrisa profesional.

—¿Les apetece algo más? ¿El postre, quizás, o un café?

No detuve los pies. Seguí con el mismo ritmo, más lento ahora, pero sin parar. Nicolás —que así se llamaba, aunque en ese momento no lo parecía— apoyó ambas manos sobre la mesa con una firmeza que habría parecido completamente natural para cualquiera que no supiera lo que estaba ocurriendo debajo.

—¿Podría traernos el resto en cajas para llevar? —pregunté con voz tranquila—. Nos hemos dado cuenta de que se nos ha hecho tarde.

—Por supuesto, enseguida.

El camarero recogió los platos y se alejó.

En cuanto desapareció entre las mesas, aceleré.

Tenía prisa ahora. Sabía exactamente cuánto tardaba ese proceso: recoger los platos, buscar las cajas, empaquetar, volver. Había trabajado en hostelería dos años durante la universidad y ese tiempo se me había quedado grabado en el cuerpo.

Cinco minutos, quizás seis.

Mis pies trabajaban con urgencia, apretando y soltando, subiendo y bajando, sintiendo cómo él crecía más bajo esa presión. Lo oía respirar con dificultad, intentando que el sonido no llegara a las mesas vecinas. Una mano se aferró al borde de la mesa.

—Mírame —susurré.

Lo hizo. Tenía los ojos oscuros y la mirada de alguien que ha dejado de resistirse.

—Quiero que te corras ahora —dije en voz muy baja, articulando despacio cada palabra—. Antes de que vuelva.

Y lo hizo.

Lo sentí todo: el primer espasmo, la tensión que se rompía de golpe, el calor que llegaba contra la planta de mi pie y se extendía lentamente entre los dedos a través de la tela. Apretó los dientes con fuerza. Sus nudillos sobre el borde de la mesa se pusieron blancos por un segundo. Los ojos, a pesar de todo, no se apartaron de los míos.

Bajé los pies justo cuando el camarero reaparecía con las bolsas.

—Aquí tienen todo. El postre también está dentro. ¡Que disfruten!

—Gracias —dije—. Ha sido una cena estupenda.

***

Pagamos en efectivo porque era más rápido. Nos limpiamos como pudimos con las servilletas de tela que quedaban sobre la mesa, sin prisa aparente, sin mirarnos demasiado. Me calcé los zapatos con cuidado. Me puse el abrigo. Recogí el bolso.

Cuando salimos a la calle, el aire de la noche era frío y olía a lluvia reciente. Caminamos en silencio hasta el coche, uno al lado del otro, sin tocarnos.

Condujo despacio. No dijo nada durante los primeros minutos, y yo tampoco. La ciudad pasaba por las ventanas en bloques de luz y oscuridad.

—Sabías exactamente lo que hacías —dijo al final, con la vista en la carretera.

—Sí —respondí.

Silencio.

—¿Desde cuándo lo tenías planeado?

—Desde que elegí los zapatos esta mañana.

Giró la cabeza un momento para mirarme. Luego volvió a mirar la carretera y aceleró un poco.

Aparqué en su calle, bajé del coche con los zapatos en la mano, los pies todavía húmedos dentro de las medias. El frío del asfalto llegaba a través de la tela pero no me importó. Caminé hasta su portal sintiéndome exactamente como quería sentirme: en control absoluto, con el calor todavía vivo entre los dedos y la certeza de que lo que venía después iba a ser mucho mejor que lo que acabábamos de dejar atrás.

—Date prisa con la llave —dije.

Él buscó en los bolsillos más rápido de lo que nunca le había visto hacer nada.

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Comentarios (7)

pampero_73

jajaja la tensión de esa escena es tremenda, me imagino la cara del tipo tratando de no delatarse

Renata

Dios mio que bueno!! quede con ganas de saber como termino todo

LectorCba

Muy bien escrito, se siente la tension desde el principio. Sigue publicando!

CamiloBaires

El detalle de la sonrisa inocente lo dice todo jaja. Excelente

SilvinaM_ok

Me encanto!! corto pero intenso, eso es lo que mas me gusta de este tipo de relatos. Esperando el proximo :)

toni_lectura

Buenisimo. Se hizo cortisimo, queremos mas

MarcosRio

Muy picante la situacion, me recordo a algo parecido que paso en una reunion de trabajo jajaja. Gracias por compartirlo

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