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Relatos Ardientes

Mi amante me obligó a salir a la calle vestida así

Me desperté con sus dedos recorriéndome la espalda desnuda, despacio, como si dibujara un mapa que solo él conocía. Me giré y ahí estaba Sergio, ya despierto, ya duro, ya con esa mirada que no pedía permiso. El sexo de la mañana tuvo otro sabor: a complicidad sucia, a intimidad que no nos pertenecía. Por unos minutos me sentí deseada de verdad, no como una pieza más del mobiliario doméstico, no como la esposa que era en mi otra vida.

Desayunamos con hambre, recuperando las fuerzas que la noche anterior nos había quitado. Cuando volvimos a la habitación, algo cambió en el aire. Sergio cerró la puerta y su expresión adquirió esa dureza de amo que me encendía y me aterraba en partes iguales.

—Hoy vas a pagar por los incumplimientos de ayer —anunció con un tono que no admitía réplica—. Voy a enseñarte hasta dónde puedes llegar, zorra mía. He estado buscando en internet y esta mañana, en lugar de turismo, la vas a dedicar a ser puta de la calle. Con todas las de la ley.

Me quedé paralizada. ¿En la calle? En privado, en nuestros juegos, entre cuatro paredes, todo tenía sentido. Pero ahí fuera era distinto.

—Mi señor, ¿puede explicarme algo más? —balbuceé mientras un sudor frío me bajaba por la columna—. Ya soy su puta.

—Sí —dijo acercándose—. Pero esta mañana vas a exhibirte cerca de aquí. Buscarás al menos dos clientes. Te ofrecerán dinero y serás de su propiedad durante esos minutos.

La propuesta me heló la sangre. Con mi edad, después de haber visto a las chicas que trabajaban en las calles cercanas al cine Astoria, ¿qué podía ofrecer yo? Pero lo peor no era eso. Lo peor era la exposición. No estábamos en mi ciudad, era sábado, y cualquier conocido podía aparecer.

—¿Y si me reconoce alguien?

—No te va a reconocer nadie —respondió Sergio con una calma que me pareció obscena—. Cuando te pongas lo que te voy a preparar, ni tú misma vas a reconocerte.

***

Me cambié en el baño del café que había frente al cine. Dejé mi ropa de Lucía —así me llamaba en mi vida real— dentro de una bolsa, y me puse lo que Sergio había elegido: un vestido blanco ceñido que apenas cubría los muslos, tacones altos, un tanga diminuto y un sujetador que levantaba más de lo que sostenía. Me miré en el espejo del lavabo. La mujer que me devolvía la mirada no era yo. Tenía los ojos más oscuros, la boca más roja, la postura más erguida. Sentí miedo y una excitación que me avergonzaba.

Salí a la calle con el bolso de paja colgando del hombro y el teléfono apretado en la mano. Sergio me observaría desde el bar de enfrente. La instrucción era clara: él llamaría y yo debía dejar el teléfono abierto para que escuchara todo.

Los primeros veinte minutos fueron un infierno silencioso. Me quedé quieta en una esquina, rodeada de mujeres más jóvenes y más expuestas que yo, que me miraban con indiferencia profesional. Los hombres pasaban de largo. Algunos frenaban el coche, bajaban la ventanilla, miraban y seguían. Yo era invisible.

No valgo ni para esto, pensé con una amargura que me sorprendió.

Entonces se detuvo el primero. Un hombre canoso, bien vestido pero torpe en sus movimientos, de unos sesenta y cinco años. Se acercó como quien no quiere la cosa y me habló sin mirarme a los ojos.

—¿Cuánto cobras?

—Cuarenta —respondí con una seguridad que no sentía.

—Solo tengo veinte.

—Cuarenta o nada.

Se fue arrastrando los pies. Sentí una punzada de orgullo absurdo: ni siquiera como puta aceptaba rebajas.

***

Entonces vi algo que me detuvo el corazón. Un hombre alto, de espaldas, hojeando libros en la puerta de la librería de la esquina. La misma constitución que Andrés. El mismo modo de inclinar la cabeza. Andrés, mi marido.

Me pegué a la pared de un comercio cerrado y sentí que el mundo se derrumbaba. Llamé a Sergio con la voz rota.

—Creo que he visto a mi marido.

—¿Estás segura?

—No. Sí. No lo sé.

—Llámale. Ahora.

Marqué el número de Andrés con los dedos temblando. No contestó. Le dejé un mensaje de voz intentando que no se me quebrara la voz. Dos minutos después, el teléfono vibró.

—Hola, cariño, estaba subiendo un puerto. ¿Pasa algo?

Estaba en un pueblo de la sierra, a doscientos kilómetros, haciendo una ruta con sus amigos. Sentí un alivio tan violento que las rodillas casi me fallaron.

—Nada, solo quería oír tu voz —dije, y la ironía de esa frase pronunciada desde una acera donde yo llevaba las tetas a punto de salirse del vestido casi me hizo reír.

—Ponte a la sombra, que hace mucho calor. Te quiero.

—Yo también.

Colgué y respiré hondo. La doble vida era un abismo, y yo estaba asomada al borde con tacones de diez centímetros.

***

El segundo cliente apareció poco después. Un tipo panzón, barba de dos días, ropa gastada pero olor a limpio. No negoció. Sacó los cuarenta euros y me siguió al establecimiento de enfrente: Termas Oasis, un lugar que alquilaba habitaciones por quince minutos a diez euros. El encargado, un hombre menudo y hosco, me entregó la llave del cuarto catorce sin levantar la vista.

El teléfono sonó. Sergio. Descolgué y lo dejé en la repisa mientras el tipo se bajaba los pantalones con prisa.

La habitación era un rectángulo estrecho pintado de verde fuerte, con un espejo en la pared, un colchón maltratado y dos lámparas pequeñas que daban una luz enfermiza. Olía a lejía y a deseo rancio.

El sexo fue torpe. Él no encontraba la postura por culpa de la barriga. Tres embestidas, un gruñido, y terminó. Se apartó de mí como si yo fuera un objeto que ya no necesitaba. No hubo placer, solo una mecánica vacía que me dejó sintiéndome sucia de una forma que no había previsto. No la suciedad excitante de los juegos con Sergio. Una suciedad real, pegajosa, triste.

Se vistió rápido, murmuró algo sobre volver con más dinero y desapareció. Me quedé sentada en el borde del colchón, mirándome las manos.

Ya está, pensé. Ya lo has hecho.

Pero cuando salí a la calle y sentí los cuarenta euros dentro del bolso, algo inesperado me cruzó el pecho. No era vergüenza. Era una libertad perversa, un poder que no sabía nombrar. Había cruzado una línea que creía infranqueable y seguía de pie.

***

El hombre canoso volvió. El primero, el que solo tenía veinte euros. Ahora caminaba con decisión y me tendió dos billetes sin decir palabra. Le guié hasta las Termas. El encargado me vio entrar por segunda vez y me guiñó un ojo con complicidad profesional.

Cuarto catorce otra vez. Cuando el hombre se desnudó, di un paso atrás involuntario. Lo que escondían esos pantalones de vestir no guardaba proporción con su cuerpo ni con su timidez. Era enorme, grueso, desproporcionado.

—No te asustes —dijo con una media sonrisa que transformó su cara.

Le puse el preservativo con manos que temblaban más de curiosidad que de miedo. Intenté tomarlo con la boca primero, pero apenas podía. Él me sujetó del pelo y empujó con una autoridad que contrastaba con el hombre apocado de la calle. Sentí cómo mi cuerpo respondía sin que yo le diera permiso. Los gemidos que salieron de mi garganta no eran fingidos.

Me tumbó sobre el colchón y entró de un empujón que me arrancó un grito. Dolor primero, un dolor agudo que me subió hasta la nuca. Después, una transformación que no puedo explicar con palabras: el dolor se convirtió en algo más grande, más caliente, una oleada que me recorrió entera. Dejé de pensar. Me agarré a su espalda y le envolví con las piernas, apretándole contra mí, pidiéndole más con el cuerpo porque la boca ya no articulaba frases.

Terminamos los dos al mismo tiempo, con una violencia que sacudió el colchón y arrancó un chirrido metálico del somier. Me quedé boca arriba, jadeando, con la vista clavada en una mancha de humedad del techo. Él se levantó, se vistió en silencio y me miró desde la puerta.

—Adiós. Ya nos veremos.

Y se fue.

***

No tuve tiempo de recomponerme. La puerta se abrió y el encargado de las Termas asomó la cabeza con una sonrisa calculada.

—Veo que te va bien la mañana. Tengo un cliente fuera que paga sesenta. Podemos hacer un arreglo: tú te quedas con cuarenta y yo con veinte. Aunque la comisión también puedo cobrármela de otra forma —añadió bajando la mirada a mi cuerpo con un descaro que no se molestó en disimular.

Antes de que pudiera responder, el teléfono vibró. Sergio.

—Sal de ahí. Vuelve al bar.

Le encontré en la mesa del fondo con un café largo y una expresión que no supe descifrar. Cuando le conté todo —los dos clientes, el regreso del primero, su tamaño, mi orgasmo, la propuesta del encargado— algo cruzó sus ojos. Un destello rápido, como un relámpago lejano. ¿Orgullo? ¿Celos? ¿Desprecio? No lo sé.

—El castigo ha terminado —dijo secándose la boca con la servilleta—. Volvemos al hotel. Esta noche te quiero solo para mí.

No mencionó al encargado ni a los sesenta euros. No dijo nada sobre cómo me había brillado la voz al contarle lo del hombre canoso. Pero en su silencio había algo que yo reconocía: la incomodidad de quien ha soltado una criatura y descubre que la criatura ha aprendido a correr sola.

Caminamos de vuelta sin hablar. El aire de la calle me golpeaba las piernas desnudas y yo llevaba ochenta euros en el bolso, un moratón en el muslo izquierdo y una certeza nueva instalada en el estómago: lo que Sergio había planeado como castigo, yo lo había convertido en otra cosa. Y los dos lo sabíamos.

—¿En qué piensas? —me preguntó sin mirarme.

—En el desayuno de mañana —respondí.

No era verdad. Pensaba en la habitación catorce, en las paredes verdes, en el espejo donde me había visto la cara mientras otro hombre me hacía gritar. Pensaba en que Andrés me había dicho «te quiero» mientras yo tenía el vestido de puta todavía húmedo de sudor. Y pensaba, con una lucidez que me daba pánico, que no quería parar.

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