Mi novia me avisó que su antiguo amo venía
Camila vivía en la casa amarilla del fondo de la cuadra, dos puertas más abajo de la mía. Por entonces tenía veintidós años recién cumplidos y desde hacía unos meses yo ocupaba ese lugar incierto entre amigo, amante y novio. Las mañanas eran nuestras: sus padres salían temprano al trabajo y ella se quedaba sola hasta bien entrada la tarde, así que yo cruzaba el patio en pantuflas y me metía por la puerta de atrás como si esa casa fuera también un poco mía.
Con los meses fuimos armando una rutina propia, llena de juegos y promesas que no terminábamos de cumplir hasta que algún empujón nos llevaba demasiado lejos. Una mañana cualquiera, sin avisar nada, me llamó desde el dormitorio de sus padres. La encontré en cuatro, completamente desnuda sobre la colcha tejida que tantas veces había visto en las fotos familiares del living. Los muslos blancos, el sexo brillante, el culo todavía estrecho. Después nos reímos pensando en cuánta saliva y cuánta leche habíamos dejado sobre la cama de su madre.
***
Pero la historia que quiero contar no es esa. Camila era ingobernable. Cualquier discusión menor terminaba en silencio de días, y a la semana ya estábamos otra vez llamándonos a las tres de la madrugada. Esa vez llevábamos ocho días sin hablarnos. Yo, hinchado de pajas y de pensamientos, miraba por la cortina de la sala cada vez que escuchaba pasos en la vereda. Ella se paseaba con sus amigas por la cuadra, fumando con esa risa demasiado fuerte que sabía que yo escuchaba.
Por las noches recibían a uno que otro chico que llegaba a cortejarlas. Yo las espiaba desde la ventana del segundo piso, mordiéndome las uñas, muerto de envidia y muerto de ganas. Camila se reía exagerando, se le caía el pelo sobre la cara y se lo acomodaba con un gesto que yo conocía demasiado bien. Sabía que lo hacía para mí.
El viernes, fingiendo que adelantaba un trabajo de la facultad, me llegó su mensaje:
—No sé si quieras saber de mí. Solo te aviso: Damián me escribió. Hace meses que no aparecía. Viene en un rato.
Sentí el suelo abrirse debajo de la silla. Damián era su ex. Le llevaba diez años, había sido su primer amo y la había usado a su antojo durante cinco. Yo me había masturbado decenas de veces escuchando las anécdotas que ella me contaba como quien recuerda un viaje. Sabía exactamente hacia dónde iba esa mañana.
—Si vas a disfrutar, al menos contame —le respondí, resignado y excitado al mismo tiempo.
A los pocos minutos llegó la foto. Camila frente al espejo del baño, con el conjunto que habíamos elegido juntos meses atrás: corpiño transparente de encaje negro que dejaba ver el rosado de los pezones, y una bombacha de hilo que apenas le tapaba la entrepierna.
—Te voy informando —escribió.
***
Lo vi caminar por la vereda diez minutos después. Damián era un tipo robusto, de aspecto rudo, con la cabeza rapada y la barba descuidada. Llegaba sudado, como si hubiera venido apurado desde la otra punta de la ciudad. Camila lo recibió recién bañada, con una pollera corta de jean y una blusa blanca de breteles bajo la cual se le marcaban los pezones duros y las tiras del corpiño que yo ya conocía de memoria.
La puerta se cerró y yo me quedé pegado a la ventana del living, contando cada baldosa, cada minuto, cada respiración. Le mandé mensajes. El teléfono sonaba en el vacío. El chat se llenaba de pruebas de mi propio ridículo. Apoyé la frente contra el vidrio y cerré los ojos para imaginar lo que adentro estaría empezando.
***
Para Camila, lo de Damián siempre había sido una montaña rusa. Sus primeros pasos como sumisa los había dado de su mano, pagando con buena parte de su salud mental. Todavía se masturbaba pensando en aquellos encuentros en los parques al anochecer, cuando volvía a su casa con la boca espesa y los pezones ardidos por las pellizcadas. Damián la había enseñado a obedecer la prohibición de tocarse: la abandonaba durante semanas y le ordenaba no darse un dedo hasta que él lo permitiera. Camila aprendió a sostener esa frustración como una forma de placer, y cuando él volvía, ya estaba entrenada para lo que fuera.
Esa mañana, cuando abrió la puerta, sintió la mezcla de sudor y colonia barata que le devolvió diez recuerdos de golpe. Los ojos de él bajaron hasta el escote tirante. No hizo falta hablar. Damián se le tiró encima en el pasillo y le mordió los pechos por encima de la blusa. Saliva, aliento a cerveza desde temprano, manos pesadas. El sexo de Camila ya estaba mojado desde que había leído su mensaje; ahora le chorreaba por la cara interna de los muslos y la hacía resbalar sobre las baldosas mientras avanzaba a empujones hacia el sofá del living.
Damián la apartó de un manotazo y se llevó la mano a la entrepierna. Con la otra le sostuvo la mandíbula, la obligó a abrir la boca y le ordenó:
—Babeá.
De los labios entreabiertos de Camila bajaron dos hilos de saliva, sin que ella apartara la vista del pantalón que se desabrochaba. Cuando la verga apareció, ella se hincó en el sofá y bajó la cabeza. Quería ir lento, saborear, recuperar cada sabor olvidado, pero la mano de él en la nuca la obligó a tragársela entera. Los gemidos se le escapaban por las comisuras y la saliva caía a chorros sobre la pollera arrugada en la cintura.
***
La violencia no la tomó por sorpresa. La esperaba, la había añorado durante meses. Quería guardar memoria de cada detalle. Cuando él se sentó del todo, le ordenó subirse de espaldas y cabalgar. Camila lo hizo a buen ritmo, mirando hacia atrás con los ojos perdidos. Damián le abría las nalgas, le metía un dedo, lo sacaba, se lo llevaba a la boca y volvía a metérselo. Ella se apretaba los pechos y se mordía el labio, cabalgando cada vez con más fuerza, sin importarle que la ventana del living diera a la calle.
Después Damián se reclinó al borde del sofá y le ordenó arrodillarse en el piso. Le restregó la verga húmeda contra la cara mientras la lengua de ella buscaba todos los sabores de su propio sexo, mezclados con el sudor de él. Le ordenó comerle los testículos uno a uno y, cuando él abrió las piernas, le empujó la cara contra el ano. Camila lamió y gimió como si volviera a tener diecinueve años, cuando ese sabor picante le acompañaba el gusto durante días enteros y la hacía masturbarse en cualquier lugar.
***
De pronto Damián la agarró del pelo y la puso de pie de un tirón. Camila quedó arrodillada otra vez, con la espalda arqueada y los labios hinchados, sonriendo con la lengua afuera. Él la escupió en la cara y le pegó dos cachetadas secas, una en cada mejilla. Después le ordenó gatear hasta el baño. A mitad de camino la frenó, se metió la verga hasta el fondo de la garganta y le provocó arcadas que a ella la encendían más que cualquier caricia. Los ojos llorosos, el rímel corrido, un hilo de baba blanca cayéndole desde la barbilla hasta empapar la blusa.
En el baño la levantó del pelo y la apoyó contra los azulejos fríos. Le subió la pollera hasta la cintura de un solo tirón. Camila escuchó la primera nalgada antes de sentirla. La piel pálida del culo se le fue marcando con cada golpe, primero rosa, después rojo encendido. Ella se apoyó con las manos en la pared y empinó las nalgas, ofreciéndolas sin pudor. No emitía una palabra. Solo respiraba hondo entre azote y azote, recibiendo cada uno como una ofrenda silenciosa.
Cuando Damián separó sus nalgas y le metió la verga de un solo empujón, el gemido le salió desde las entrañas y se escuchó del otro lado de la calle.
Yo lo escuché.
Dejé caer el celular sobre el sillón y me senté en el piso del living, con la espalda contra la pared. No sé si lloraba o si se me había roto algo en el pecho. Sé que no podía moverme.
***
Adentro siguieron los golpes secos contra las nalgas, los dedos de él en la boca y bien adentro, la respiración animal de Damián, el sexo de Camila abierto y enrojecido. Cuando él supo que estaba por terminar, ella se dio vuelta, se puso en cuclillas, se descubrió los pechos y sacó la lengua. La carga le cayó desde la frente hasta la pollera, espesa, abundante, exactamente como en los recuerdos que tantas veces me había narrado al oído.
Vi a Damián salir por la puerta diez minutos después, todavía acomodándose el cinturón. No me miró. Ni siquiera sabía que yo existía. El teléfono vibró sobre el sillón.
—Vení. Quiero contarte todo.
Me tomé un minuto. Me lavé la cara con agua fría, me cambié la remera, respiré frente al espejo del baño hasta sostenerme la mirada. Después crucé el patio.
Camila me abrió en bata, con el pelo todavía húmedo y los ojos rojos. Me llevó de la mano hasta la cocina, me sentó en una silla y empezó a hablar mientras me servía un vaso de agua. Me contó cada detalle, sin omitir nada, con una precisión que era a la vez castigo y regalo. La saliva, las cachetadas, el azote, el momento exacto en que se le cortó la respiración.
Yo la escuchaba sin interrumpir. Sabía que esa conversación era el verdadero acto, el que estaba escrito para mí desde el momento en que ella había aceptado abrirle la puerta a su antiguo amo. Cuando terminó, me miró desde arriba, me agarró del mentón con dos dedos y me preguntó, con la voz de él todavía atrapada en la garganta:
—¿Te portaste bien mientras yo no estaba?
Bajé la cabeza. Asentí.
Esa misma tarde, sin discutirlo, la dinámica entre nosotros cambió para siempre. Pero esa, también, es otra historia.