El cortijo donde el deseo no tiene reglas
Marcos y Claudia llevaban dos horas mirando el techo cuando Sofía sacó una tarjeta de su bolso y la dejó sobre la mesita de cristal. Era domingo por la tarde, afuera llovía, y la botella de vino que habían abierto después de comer estaba casi vacía. Los cuatro llevaban diez años siendo amigos y dos siendo algo más.
—La semana pasada, en el club, Rubén y Natalia nos hablaron de un sitio. —Sofía empujó la tarjeta hacia el centro de la mesa—. Dijeron que habían ido un fin de semana y que fue una experiencia que no se puede contar.
Claudia tomó la tarjeta. Solo llevaba impreso un nombre, «El Cortijo de los Instintos», y un número de teléfono. Nada más. Ninguna dirección, ninguna web, ninguna descripción.
—¿Un club nuevo? —preguntó Andrés.
—No. Una finca privada en el campo. —Sofía miró a su marido—. Dijeron que follaron durante tres días sin parar y que, cuando salieron, tardaron una semana en volver a sentirse normales.
Marcos cogió la tarjeta de las manos de su mujer y sacó el móvil. Marcó el número. Activó el altavoz. Los cuatro se inclinaron hacia el teléfono como si fuera una ouija.
Contestó una mujer. Su voz era baja y serena, y lo primero que preguntó no fue el nombre ni los datos. Fue de dónde habían sacado el número.
—¿Qué clase de conocidos? —insistió, cuando Marcos mencionó el club de intercambio.
Los cuatro se miraron. Era una pregunta rara para una reserva de hotel rural.
—Conocidos de un club de intercambio —repitió Marcos.
La voz se distendió al instante. Más preguntas: cuántos eran, qué experiencia buscaban, el nivel de confianza entre ellos. Cuando Marcos respondió que querían la experiencia más completa y que entre los cuatro no había ningún secreto, hubo una breve pausa al otro lado de la línea.
—Bien. Les envío la ubicación por correo. Les aviso que la cobertura móvil es nula en la zona y que el uso de cámaras no está permitido dentro de la propiedad.
Cuando colgaron, Andrés rompió el silencio.
—Es rarísimo. ¿No os parece rarísimo?
—A mí me ha puesto cachonda —respondió Claudia—. No sé por qué, pero me ha puesto muy cachonda.
***
El siguiente viernes, al caer la noche, llegaron a la finca después de dos horas de carretera cada vez más estrecha, entre pinos, sin casas ni señales. La verja metálica al final del camino crujió al abrirla. El olor a ganado y a tierra húmeda era denso. La enorme casa de tres plantas, iluminada solo por faroles exteriores, parecía sacada de otro siglo.
Dolores, la dueña, tenía unos cincuenta años y llevaba una bata de lana gruesa cuando les abrió la puerta. Bajita, de caderas anchas, ojos oscuros y vivos. Habló de precios y documentación con la misma calma con que podría hablar del tiempo, y cuando llegó el momento sacó cuatro folios impresos y un bolígrafo.
—Un acuerdo de confidencialidad. Lo que ocurra aquí se queda aquí. No pueden divulgar nada de lo que vean o hagan dentro de esta propiedad. Hay personas que vienen aquí con mucho que perder.
—¿En serio? —preguntó Sofía.
—Completamente en serio. Pueden recomendar el lugar, pero es mejor que la gente venga y lo descubra por sí sola. No que se lo cuenten.
Firmaron los cuatro. Cuando Dolores recogió los papeles, esbozó una sonrisa tranquila.
—La cena es a las nueve. Aquí son libres de hacer lo que deseen, donde deseen y con quien deseen. Bienvenidos al Cortijo de los Instintos.
***
La habitación era enorme. Una cama de casi tres metros de ancho ocupaba el centro, hecha a medida, con sábanas de lino y un colchón que respondía bien. El baño no tenía puerta, solo una mampara de cristal transparente que no ocultaba absolutamente nada.
Cenaron cordero asado a la luz de la chimenea. Solo ellos cuatro y el silencio del campo. Emilio, el marido de Dolores, era un hombre corpulento, calvo, de unos cincuenta y cinco años, con ojos grises que imponían y una forma de moverse lenta y deliberada. Les explicó que la finca estaba completamente acotada, que no había vecinos en kilómetros, que los senderos eran privados.
—Si quieren pasear desnudos por el campo —dijo, con total naturalidad—, pueden hacerlo sin ningún problema.
A mitad de la cena, Marcos notó un ligero mareo. Lo atribuyó al cansancio y al vino, puesto que ese día había trabajado y conducido dos horas. Claudia sintió algo parecido, un calor que venía de dentro, una inquietud agradable que no sabía nombrar bien. Ninguno de los dos dijo nada.
Esa noche, en la habitación, los cuatro se desnudaron sin apagar la luz.
Andrés fue el primero en moverse. Deslizó la mano bajo el pantalón de Claudia mientras ella todavía hablaba, y ella dejó de hablar al instante. Sofía se arrodilló frente a Marcos y empezó a desabrocharle el cinturón mirándolo a los ojos. Lo que siguió duró horas: bocas abiertas, manos que conocían y manos que eran nuevas, el peso de cuatro cuerpos moviéndose juntos sobre ese colchón enorme. Claudia se corrió tres veces. La primera con los dedos de Andrés, la segunda con su polla dentro de ella y la lengua de Sofía pasándole por los pezones. La tercera, la más intensa, cuando Marcos la follió desde atrás mientras ella se aferraba a las sábanas y miraba por la mampara de cristal cómo Sofía cabalgaba a Andrés al otro lado del baño.
Terminaron en la ducha, los cuatro juntos, riéndose de nada y cayéndose de sueño.
***
A la mañana siguiente, Dolores entró en el comedor con solo un camisón de encaje negro que no dejaba nada sin mostrar. Tetas grandes y caídas, caderas anchas, el vientre redondo de una mujer que no se disculpa por su cuerpo. Se sentó al lado de Marcos y sirvió el café como si su atuendo fuera completamente normal.
—Anoche os escuché —dijo—. Por lo que sonó, parece que la primera noche fue bien.
Sofía bajó la vista con la cara roja. Claudia sonrió.
—Tengo una pregunta —dijo Claudia—. Desde que llegué me siento diferente. Más desinhibida. ¿Tiene alguna explicación?
Dolores no parpadeó.
—En esta zona crecen unas plantas que tienen efecto sobre la libido y sobre los inhibidores sociales. Las usamos en los ambientadores de la casa y para sazonar algunas comidas. El efecto es completamente temporal. Desaparece pocas horas después de salir de la propiedad.
Silencio. Los cuatro miraron los aparatos de vapor que había en las esquinas del comedor.
—¿Nos ha drogado? —preguntó Claudia.
—Es más bien un remedio natural, sin más complicaciones que una manzanilla. Ustedes pidieron la experiencia más completa —respondió Dolores, con una media sonrisa—. Disfrútenla.
***
Por la tarde caminaron hasta el arroyo que había detrás del bosque. El agua estaba helada y clara como el cristal. Se bañaron desnudos, se persiguieron entre la corriente, Claudia gritó de frío cuando Andrés la empujó y cayó entera. Después se cobró la revancha subiéndose a su espalda y empujándolo también.
Marcos la buscó entre las piedras. La llevó hasta un lateral donde el agua solo llegaba a las rodillas, la apoyó contra una roca y la follió de pie, despacio primero, con más fuerza después. Claudia tenía el sol en la cara y los pies hundidos en el lecho del río y el sonido del agua tapando parte de sus gritos.
En la orilla, Sofía cabalgaba a Andrés tumbado en la hierba. Lo hacía con los ojos abiertos al cielo, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Cuando volvieron a la finca, Emilio estaba de pie junto a la entrada de los establos. Le hizo una señal a Marcos con la cabeza. Discreto, sin apuro.
Claudia vio cómo los dos hombres hablaban unos minutos a un lado. Vio cómo Marcos asentía. Vio cómo se daban la mano, como si hubieran cerrado un trato.
Cuando su marido volvió a su lado, Claudia no preguntó nada. Lo sabía por la forma en que él la miraba: esa mezcla específica de culpa y excitación que ella conocía bien después de diez años juntos.
—¿Esta noche? —preguntó.
—Esta noche —confirmó Marcos.
***
Emilio la llevó al cobertizo que había detrás de los establos cuando los demás subieron a la habitación. Era una construcción pequeña de madera y ladrillo: herramientas con polvo y telarañas en las paredes, una mesa de madera vieja, dos taburetes, un catre en el fondo con mantas que olían a tierra y a años. Una bombilla desnuda en el techo. El suelo era de tierra compacta y fría.
—Desnúdate.
Claudia obedeció. Se quitó la camiseta, los pantalones, el sujetador, las bragas. Los zapatos y los calcetines por último, porque él no había dicho nada de los pies y ella quería equivocarse en algo.
—Todo —dijo Emilio, sin moverse.
Los calcetines cayeron al suelo. Los pies desnudos de Claudia tocaron la tierra fría. Sintió el frío subir por sus piernas hasta las rodillas.
—Esta noche tiene una sola regla —dijo Emilio—. Si en algún momento no puedes más, dices «suficiente» y para todo. Solo esa palabra. El resto del tiempo, lo que yo diga va sin discusión. ¿Entendido?
—Entendido.
—Entendido, señor.
Claudia tardó un segundo.
—Entendido, señor.
Emilio sacó una cadena fina de una estantería. Rodeó las muñecas de Claudia con ella y pasó el extremo por un gancho que había en el techo. Para aguantar la postura, ella tuvo que ponerse de puntillas. La incomodidad fue inmediata y precisa: el metal frío, el peso de los brazos, los dedos de los pies apenas rozando el suelo.
El hombre la dejó ahí y se sentó en el taburete. Encendió un cigarrillo. No dijo nada durante un tiempo largo. El silencio duró lo suficiente para que Claudia sintiera el frío en sus pies desnudos, el peso de sus propios brazos sobre las muñecas, la mirada del hombre recorriéndola de arriba abajo sin prisa ni disimulo. Es peor que si me tocara. Aquello resultó ser más difícil de soportar que cualquier cosa que hubiera imaginado.
Cuando Emilio se levantó, lo hizo sin avisar. La bofetada llegó antes de que ella pudiera ver el movimiento. Un calor instantáneo en la mejilla izquierda. La segunda fue más fuerte.
—Cuando te hablo, me miras. Siempre. ¿Entendido?
—Sí, señor.
Sacó el cinturón de unos pantalones de trabajo que había doblados sobre la silla. Cuero grueso, de unos cuatro centímetros de ancho. Lo dobló sobre sí mismo y lo tensó entre sus manos dos veces, mirándola.
—Voy a castigarte porque tardaste en responder correctamente antes de que te explicara las reglas. No es justo. Pero así funciona esto aquí.
Los primeros golpes cayeron en las nalgas. Secos, precisos, sin pausa entre uno y el siguiente. Claudia gritó con el primero. A partir del tercero, su respiración cambió por completo: más honda, más irregular, sin que ella pudiera controlarla. El dolor era real y consistente, y no desaparecía entre un golpe y el siguiente, sino que se acumulaba en capas, hasta que ya no sabía distinguir dónde acababa uno y dónde empezaba el otro.
Detrás del dolor había algo que no había anticipado. Una sensación de vaciarse, de soltar algo que normalmente cargaba sin saberlo, como cuando se afloja una tensión que uno ya no recuerda haber tenido.
Emilio no la miraba mientras golpeaba. Miraba su espalda, sus nalgas, la piel que enrojecía. Lo hacía con la concentración de alguien que trabaja bien y lo sabe.
Cuando paró, Claudia tenía los ojos húmedos. No lloraba exactamente. Era algo anterior al llanto.
—Bien —dijo Emilio, con la misma voz de siempre—. Bien.
Le bajó los brazos, la desenganchó del gancho. Claudia se dobló hacia adelante y él la sostuvo sin ningún gesto especialmente tierno, simplemente sin soltarla. Los brazos del hombre olían a tabaco y a trabajo.
—¿Estás bien?
—Sí, señor.
—¿Quieres parar?
—No, señor.
Emilio le rozó la mandíbula con el pulgar. Era el primer gesto suave de toda la noche.
—Entonces todavía no hemos empezado.
***
Lo que siguió duró horas. Emilio no la follió con urgencia, sino con una lentitud deliberada que era en sí misma una forma de control. Su polla era la más grande que Claudia había tenido nunca, y él lo sabía y lo usaba con precisión, avanzando poco a poco hasta que ella creyó que no cabía más y luego entrando otro centímetro de todas formas. Claudia se corrió dos veces antes de que él llegara al fondo, y cuando lo hizo el sonido que salió de ella no era exactamente de placer ni de dolor, sino de algo en el límite exacto entre los dos.
Entre medias, cuando ella pensaba que había terminado, él la cambiaba de postura. La ponía boca abajo sobre el catre. Le ordenaba que se arrodillara en el suelo de tierra. La volvía a atar, esta vez con las manos detrás. Cada vez que Claudia empezaba a sentirse cómoda o a anticipar lo siguiente, algo cambiaba.
Hacia la medianoche, Emilio salió al exterior y volvió con un hierro de marcar que había estado calentando en un cubo de brasas. La punta estaba roja. Una «E» vista al revés.
—Una marca —dijo—. Para que recuerdes que esta noche existió. Solo si quieres.
Claudia miró el hierro. Miró la cara de él. Si digo que no, para todo y no pasa nada. Pero no quiero decir que no.
—¿Dónde? —preguntó.
—Donde yo decida.
—Entonces sí quiero.
Emilio le puso un trozo de madera entre los dientes. Claudia lo mordió con fuerza. El hierro estuvo en contacto con la piel del lateral de su nalga derecha menos de dos segundos. El sonido fue como carne en una parrilla. El dolor fue lo más intenso que había sentido en su vida: una quemazón que irradió hacia arriba y hacia afuera como plomo fundido bajo la piel, que no se calmó en segundos sino en minutos.
Cuando el hierro se apartó, Emilio cubrió la quemadura con gasa y esparadrapo. Sus manos eran lentas y precisas en eso también. Claudia lloraba sin hacer ruido y con los ojos abiertos, sin saber muy bien de dónde venían las lágrimas ni si era tristeza o alivio o simplemente exceso de todo.
Durmió en el catre, envuelta en la manta que olía a polvo y a madera vieja, con el brazo del hombre rodeándola.
***
A la mañana siguiente, cuando Claudia entró en el comedor, los otros cuatro se quedaron en silencio. Tenía el pelo cortado a trasquilones, moratones oscuros en los muslos y las nalgas, un moratón hinchado en la mejilla y la gasa asomando por el borde del pantalón. Marcos se levantó de la silla y fue hacia ella.
—¿Estás bien?
—Me lo he pasado de puta madre.
Emilio entró detrás con una jarra de café humeante. Sin decir nada se acercó a Claudia, le puso la mano en la nuca con suavidad y le dio un beso en la frente. Después se sentó y sirvió el café a todos como si nada.
Desayunaron los seis juntos. Dolores había preparado tostadas y fruta. Hablaron del tiempo, de los caballos, de cosas sin importancia. Cuando terminaron, Marcos y Andrés recogieron la mesa. Sofía ayudó a Dolores en la cocina. Claudia se quedó sentada, mirando por la ventana el sendero de pinos que se perdía entre los árboles.
Dos horas después, los cuatro metieron sus bolsas en el maletero y se despidieron en la puerta. Emilio le dio la mano a Marcos. Le dio un beso en la mejilla a Claudia.
—Ha sido un placer —dijo, sin ironía.
En el coche, de regreso, nadie habló durante los primeros veinte minutos. En el asiento trasero, Sofía se quedó dormida con la cabeza en el hombro de Andrés. Claudia miraba por la ventana y pasaba los dedos por el pelo, que ahora le llegaba justo a las orejas.
—Marcos.
—Dime.
—Estoy pensando en una cosa.
—Ya me lo imagino.
—¿Y?
—Y que los dos trabajamos en remoto. —Una pausa—. Así que depende de dónde quieras vivir.
Claudia apoyó la cabeza en el cristal frío y cerró los ojos. Tres meses después, una furgoneta cargada con sus cosas tomó esa misma carretera entre pinos, cada vez más estrecha. Al llegar al final del camino, la verja de metal estaba abierta y Emilio esperaba de pie junto a ella, con los brazos cruzados y esa expresión tranquila que Claudia ya conocía de memoria.