Su leche en mis pies y todo un día en Lisboa
Esa mañana en Lisboa me desperté sintiéndome parte de las sábanas. El cuarto todavía guardaba el calor de la noche anterior, y por una rendija de la persiana entraba una luz suave, casi tímida, que nos envolvía a los dos. Rodrigo dormía boca arriba, con un brazo sobre mi cadera. Me quedé quieta un momento, escuchándolo respirar.
Nos levantamos sin prisa. Bajamos al desayuno del hotel, uno de esos bufetes silenciosos de hotel europeo donde nadie habla demasiado. Pedimos café con leche y tostadas, y nos sentamos junto a la ventana que daba a un callejón con maceteros de geranios. Hablamos de poco y nada: si iríamos al barrio de Alfama o seguiríamos hacia Belém. Nos robábamos besos entre sorbo y sorbo. Era uno de esos momentos lentos que no hace falta recordar porque nunca se van del todo.
Subimos al cuarto decidiendo ducharnos por turnos para no perder tiempo. Yo fui primero: agua caliente, champú rápido, fuera. Me puse una remera holgada y una braga cómoda mientras Rodrigo entraba al baño. Aproveché para tirarme en la cama boca abajo, con el teléfono en la mano y los auriculares puestos. Tenía una playlist tranquila que había armado para el viaje. Estaba leyendo un mensaje de una amiga cuando escuché que la puerta del baño se abría.
Se había olvidado la toalla. Me llamó, pero con los auriculares no lo escuché. Salió desnudo, con gotas de agua cayéndole por el pecho y el pelo revuelto, y se quedó parado en el marco de la puerta mirándome.
Me encontró así: boca abajo sobre el colchón, los pies descalzos cruzándose tranquilamente en el aire, el codo derecho hundido en el edredón y la vista clavada en la pantalla del móvil. Una postura sin ninguna pretensión. Solo yo, cómoda, completamente ajena a él.
Noté su sombra y giré la cabeza. Lo vi ahí, desnudo y mojado, con esa cara de pillo que pone cuando lo agarro desprevenido. Me dio una risa.
—Amor… ¿saliste sin toalla otra vez? —le dije tapándome la boca.
No me contestó de inmediato. Tenía los ojos fijos en mis pies, que seguían moviéndose despacio en el aire sin que yo me diera cuenta. Vi cómo se le empezaba a poner dura la polla, despacio, hinchándose mientras me miraba.
—Ven —le dije con voz baja, sin moverme—. No te quedes ahí parado como un tonto.
Se acercó al borde de la cama. Yo estiré el brazo, lo agarré ya medio duro y me lo metí en la boca despacio. Se lo chupé con calma, con cariño, lamiéndole el glande, sintiéndolo crecer en mi lengua. Gemía en voz baja mientras yo lo miraba desde abajo. Había algo en ese ángulo —él de pie, yo tumbada— que me gustaba mucho. Una posición que no necesitaba explicación.
Después de un rato respiró agitado y me dijo con voz muy baja:
—Quiero acabar en tus pies.
Sonreí con él todavía en la boca. Lo solté despacio, me incorporé un poco y junté las plantas de mis pies, ofreciéndoselas sin decir nada más.
—Haz lo que quieras.
Se agarró y empezó a masturbarse con fuerza, frotándose contra la planta de mis pies: suaves, limpios, recién lavados. No tardó mucho. Soltó un gemido largo y acabó con generosidad: varios chorros calientes cayeron sobre los dedos, la planta, un poco sobre las uñas. Quedaron brillantes, pegajosos, con su semen blanco contrastando con el esmalte oscuro que me había puesto la noche anterior. Un acabado abundante, como siempre que está muy caliente.
Nos quedamos un momento en silencio. Él recuperaba el aliento. Yo miraba mis pies con una sonrisa que no podía esconder.
—Todavía es temprano —dije—. Tenemos todo el día por delante.
Se me había ocurrido algo.
—No me los limpio. Quiero salir así.
Rodrigo me miró un segundo. Después sonrió de esa manera suya, lenta y sin prisa, que me calienta más que cualquier otra cosa que pueda hacer con las manos.
Me puse unas medias gruesas y las zapatillas de paseo. Sentí su semen distribuirse contra la planta del pie al caminar, pegajoso y tibio. Me puse el abrigo, agarré el bolso y lo esperé junto a la puerta.
***
Lisboa en marzo tiene un frío que no duele: doce grados, nubes bajas, calles húmedas de lluvia de la noche anterior. Salimos del hotel tomados de la mano como dos turistas más. Nadie nos miraba. Nadie sabía nada.
Al principio la sensación era clarísima. Su semen todavía estaba húmedo entre mis dedos, pegajoso y tibio contra la piel. Cada vez que pisaba sobre el adoquín, notaba cómo se deslizaba un poco, como si me marcara desde adentro de los zapatos con cada paso que daba. Me ponía muy caliente pensar en eso: que llevaba su acabada encima, que nadie lo sabía, que yo caminaba por una ciudad entera cargando algo que era solo nuestro y completamente secreto.
Fuimos sin rumbo fijo. Cruzamos la plaza del Comercio, seguimos por la Rua Augusta, paramos frente a un escaparate de azulejos que a Rodrigo le pareció interesante. Él señalaba cosas, sacaba fotos, hacía comentarios sobre la arquitectura. Yo asentía y sonreía y por dentro estaba completamente concentrada en la sensación de mis pies.
Estoy paseando Lisboa con su marca y nadie lo sabe. El pensamiento se me repetía en bucle cada vez que cruzábamos un semáforo o entrábamos en una tienda. Me ponía una sonrisa tonta que Rodrigo notó varias veces sin terminar de entender.
Con el paso de las horas y el roce constante, el semen fue secándose. Primero se volvió una película pegajosa. Después algo más sólido, casi una costra fina que se percibía solo si prestaba atención. Ya no estaba húmedo, pero igual lo sentía: una textura sutil que me recordaba con cada zancada lo que había pasado esa mañana. Y eso era suficiente para mantenerme encendida todo el tiempo.
A ratos me llegaba un calor entre las piernas que no tenía nada que ver con el ritmo del paseo. Soy suya aunque él ni siquiera me esté tocando. Pensarlo así me hacía apretar los muslos sin darme cuenta.
Paramos a tomar café en un sitio pequeño cerca de la Catedral Sé. Nos sentamos fuera, en una mesita de hierro con vistas a la callejuela empedrada. Pedimos dos galãos. Él me miraba con esa expresión de picardía concentrada, como si tuviera algo guardado en la boca que no podía soltar todavía.
Esperó a que el camarero se alejara y se inclinó hacia mí.
—¿Todavía lo tienes? —me preguntó en voz muy baja, casi al oído.
Se me subió el calor a la cara de golpe. Me puse colorada, miré para otro lado, me mordí el labio. Apenas pude asentir. Él se rio en voz baja y me apretó la mano por debajo de la mesa. Yo me moría de vergüenza y de calentura al mismo tiempo, que es una combinación que no tiene cura conocida.
***
Seguimos caminando ya de tarde, con menos plan y más electricidad entre nosotros. Pasamos por una calle estrecha del Chiado y vimos un sex shop discreto, sin rótulo llamativo, con una vitrina iluminada en rosa tenue. Nos miramos. Entramos sin decir nada.
Una chica joven nos atendió sin hacernos sentir incómodos. Le preguntamos por lubricante anal y nos recomendó uno específico, explicando con naturalidad las diferencias entre marcas. Compramos ese. Los dos sabíamos para qué lo íbamos a necesitar.
Volvimos al hotel caminando despacio, con la bolsita metida dentro de mi bolso. La tarde había cerrado en nubes grises y el aire olía a río. Rodrigo me tenía el brazo por encima de los hombros. Yo apoyaba la cabeza en su pecho mientras andábamos. Llevábamos el día encima como se lleva algo que todavía no terminó.
***
Cuando cerramos la puerta de la habitación, toda la tensión acumulada durante el día se soltó de golpe. Me tiré encima de él, lo besé con hambre y empecé a quitarle el abrigo. Me arrodillé y se lo chupé despacio, con calma al principio: lamiéndole el glande, metiéndomelo hasta donde llegaba, mirándolo a los ojos desde abajo. Él me acariciaba el pelo sin apurarme.
Después me levantó por los brazos, me tumbó en la cama y me quitó los zapatos. Vi su cara cuando me sacó las medias y encontró los restos secos sobre mi piel. Me miró un momento sin decir nada. Después bajó la cabeza y me lamió desde el tobillo hasta la parte interna del muslo, como si fueran el mismo recorrido continuo.
Me lamió durante un buen rato, despacio y con mucha atención, hasta que tuve que agarrarle el pelo con las dos manos para no salir disparada. Cuando llegué al borde, lo aparté y lo jalé hacia arriba.
Se puso el condón, se acomodó entre mis piernas y entró despacio. Lo sentí todo: cómo me abría, cómo me llenaba, la presión exacta en el punto exacto que me hace curvar la espalda. Era lento y profundo. Me miraba a los ojos mientras empujaba, me besaba el cuello, me decía cosas en voz baja que no voy a repetir aquí porque son solo mías. Cada embestida era una ola que me subía desde el vientre hasta la garganta. Estaba tan mojada que se escuchaba el ruido húmedo de nuestros cuerpos chocando, pero todo era suave, sin prisa, sin nada que no fuera nosotros dos.
Tuve un orgasmo largo, de esos que no terminan de una vez sino que van en oleadas. Me aferré a sus hombros, gemí contra su boca, me sacudí entera. El placer fue tan intenso que cuando pasó la primera ola quedé demasiado sensible para seguir recibiendo.
—Para —le pedí casi sin voz—. Espera. Estoy demasiado sensible, no puedo más.
Salió despacio. Se quitó el condón y se acercó a mi cara. Yo abrí la boca y me lo metí, terminando lo que había empezado aquella mañana en la cama. Acabó con fuerza: varios chorros calientes me cayeron en la mejilla, en el labio, uno que me llegó casi al ojo. Me dejó la cara manchada y caliente.
Nos fuimos juntos a la ducha. El agua caliente nos envolvió mientras él me limpiaba la cara con las manos, despacio, y yo levantaba los pies para que el chorro de agua arrastrara los últimos restos secos de la mañana. Nos enjabonamos entre besos y risas. Ese tipo de risas que no tienen motivo concreto pero que suenan mejor que cualquier otra cosa.
Después nos metimos en la cama abrazados. La habitación estaba oscura y en silencio, solo se oía el tráfico lejano de la ciudad y alguna campana de iglesia a lo lejos.
Le acaricié el pecho y le dije en voz baja, sin mirarlo:
—Mañana quiero que me hagas el amor por detrás. Quiero sentirte dentro de verdad, sin condón, que me llenes.
Él me apretó más fuerte contra su cuerpo. No dijo nada. No hacía falta.