Le confesé a la dueña del bar lo que llevaba años callando
Lucía no es la mujer en la que reparas la primera vez que entras a un sitio. Mide un metro sesenta y cinco, lleva el pelo negro y ondulado siempre recogido en una coleta baja, gafas de pasta gruesas, blusas anchas, vaqueros holgados y zapatillas. No habla más de lo necesario, no hace bromas, se ríe en muy contadas ocasiones. No es esa mujer que con una sola mirada ya tienes catalogada.
Eso fue, precisamente, lo que me obsesionó con ella. Por mucho que la mirase y la remirase, no era capaz de hacerme una idea de cómo era por dentro, y esa imposibilidad me ponía como pocas cosas.
Lucía es la dueña de un bar pequeño en el centro del pueblo. Lo lleva con su hermano y su madre, pero la que pasa más horas detrás de la barra es ella. El bar es de los de toda la vida: madera oscura, espejo grande detrás de las botellas, una nevera vieja de refrescos que ya no enfría pero que nadie quiere quitar, y un televisor en la esquina que solo se enciende los días de fútbol. Huele a café recién hecho y a gel desinfectante, en partes iguales.
La conozco desde que tengo memoria, porque mis padres siempre fueron de esa clase de clientes que entran cada mañana a tomar el café en el mismo taburete. Crecí viéndola, sin verla. No fue hasta los veinticinco cuando empecé a darme cuenta de que ella no paraba de mirarme. Al principio no le di importancia. Después, ya con los gustos más definidos y la cabeza más asentada, empecé a devolverle la mirada.
Llevamos años así. Miradas furtivas, miradas largas, miradas que se cortan cuando llega otro cliente. Ella sabe que la busco y le gusta. Yo sé que ella me busca y eso me pone todavía más.
El verano pasado fue un punto de inflexión. Empezó a vestirse de otra manera. La ropa más ajustada, el pelo a veces suelto, una pulsera fina en el tobillo, esmalte rojo en los pies. Un día apareció con las uñas de las manos pintadas del mismo rojo. Otro, con un pintalabios discreto que nunca había llevado. No sé si lo hacía por mí o lo hacía por ella misma, pero lo hacía sabiendo perfectamente que yo iba a estar ahí para mirarla.
Una tarde de agosto entré al bar y casi me tropiezo con el escalón. Llevaba una camisa sin mangas color crema, vaqueros acampanados de tiro alto pero ceñidos en la cintura y en las caderas, marcando un culo respingón que yo no recordaba haberle visto nunca. Las chanclas de hilo negras le dejaban los pies desnudos, y vi por primera vez que tenía las uñas pintadas de un rojo profundo, casi vino. El pelo lo tenía recogido en un moño alto, despeinado a propósito, con dos mechones cayéndole por delante de las orejas, y las gafas un poco caídas en la punta de la nariz.
Joder. Joder. Joder.
A las mujeres con gafas siempre les he tenido un punto. Es una mezcla de inteligencia callada y de promesa de algo que se rompe cuando se las quitan. Y a las mujeres en chanclas, otro tanto. Si alguien se asomase a mi cabeza encontraría una lista larga de fetiches; los pies y las gafas están en el podio. Que Lucía me apareciese esa tarde combinando los dos no fue casualidad, y me pasé los siguientes diez minutos disimulando una erección apoyado en la barra.
Se acercó. Se apoyó con las dos manos en la barra. Me miró por encima de las gafas.
—¿Qué te pongo? —preguntó.
Tenía esos ojos marrones de niña que parece que no ha roto un plato en su vida. Yo, que ya sabía que eso era mentira, tragué saliva.
—Un chupito de amaretto —contesté.
Cuando me lo acercó, hizo el gesto de querer rozarme la mano con los dedos. No fue un roce limpio. Fue un intento que se quedó a medias y se notó, los dos lo notamos, y los dos hicimos como que no había pasado nada. Aparté la mano antes de tiempo, tarde y mal, y ella se giró hacia las botellas y se puso a colocar copas que ya estaban colocadas. Salí a fumar a la puerta para que se me bajaran las pulsaciones y para no hacer ninguna estupidez delante del resto de clientes.
Cuando volví a entrar, le pedí otro chupito. Esta vez los dos estiramos la mano al mismo tiempo para coger el vaso, los dedos se encontraron antes que el cristal, y ella puso su mano encima de la mía. No la apartó. Yo extendí el índice y le acaricié la cara interna de la muñeca, despacio, dibujando un pequeño círculo en la piel.
La miré a los ojos. Se mordió el labio inferior. Y se le escapó un gemido bajo, casi un suspiro, que cortó en seco con un «gracias» susurrado. Otro cliente entró por la puerta y el momento se rompió en mil pedazos.
Ese día fue el detonante.
***
Pasé los tres días siguientes sin poder hacer nada bien. La cabeza me iba al bar a cada rato. Repasaba en bucle la mano sobre la mía, el dedo en la muñeca, el gemido cortado. Llegué a una conclusión simple: si no decía nada, esto se iba a alargar otros cinco años. Y yo no tenía cinco años.
Volví al bar a media tarde, a una hora muerta en la que sabía que su hermano no estaba y la madre se echaba la siesta arriba. Empujé la puerta y, en efecto, el local estaba vacío. Solo Lucía, sentada en el extremo de la barra, mirando el móvil con las gafas a media nariz.
Levantó la vista. No sonrió, pero se le movieron las cejas.
—¿Qué te pongo? —repitió.
—Un café con hielo —dije.
Me lo preparó sin decir palabra. Me senté en el taburete pegado a ella, no en el de enfrente. Estuvimos minutos en silencio, mirándonos. Yo notaba el calor que subía desde mi cuello, y notaba el suyo, porque tenía las mejillas más rojas de lo normal y el pulso le latía visible en el lado del cuello.
Decidí que no iba a salir de ahí sin haberlo dicho.
—Lucía, me atraes mucho. Hay algo en ti que no entiendo del todo, y eso es justo lo que más me pone.
Lo solté tal cual. Sin rodeos, sin ensayo. Pensé que iba a echarme a la calle. Pensé que iba a soltar una risa nerviosa y hacer como que no había oído nada.
—Ya era hora de que me lo dijeras —contestó, y se le formó una sonrisa de medio lado que no le había visto nunca.
Ahí confirmé todas mis sospechas.
Lo que me había atraído de Lucía durante años era esa sensación de que era capaz de cualquier cosa. Tanto en la cama como fuera de ella. A primera vista parecía la chica más recta del pueblo, la que nunca había roto un plato. Pero cuanto más la miraba, más detalles veía que apuntaban en otra dirección. Pequeños gestos. La manera de morder un palillo. La manera de pasarse la lengua por el labio cuando contaba el cambio. La manera de no llevar nunca nada por debajo de la ropa que se notara.
Porque ese era otro detalle. Llevaba siempre vaqueros de tela rígida, vaqueros normales, y aun así, cuando se inclinaba sobre la barra, no se le marcaba absolutamente nada. Ni la cinturilla de unas bragas, ni la línea de un tanga. Y mi cabeza echaba a volar. ¿Llevaba un tanga de hilo? ¿Un triángulo mínimo? ¿Boxers de algodón? ¿Nada en absoluto?
Esos ratos de imaginación habían sido los mejores de los últimos años, y poco a poco me había dado cuenta de que ya no me importaba ninguna otra mujer. Solo ella.
Y con su respuesta a mi confesión supe que era de las de los extremos.
—¿Y ahora qué? —preguntó, mientras nuestras caras se acercaban lentamente sobre la barra.
—Alquilamos una casa rural apartada, sin vecinos, donde nadie pueda oírnos —dije—. Y nos destrozamos a polvos un fin de semana entero.
El calor de su cara, a tres dedos de la mía, era casi insoportable. No me besó. Todavía no.
—A mí me gusta dominar en la cama —dijo, mirándome muy fijo a los ojos—. Hacer que el otro sea mi sumiso. Y tú vas a serlo. Tengo muchos juguetes.
—Los podrás usar si eres capaz de dominarme —contesté—. Porque a mí también me gusta llevar la voz cantante. Y te aviso, ninguna mujer ha logrado dominarme hasta ahora.
—Pues conmigo eso va a cambiar.
—Tendremos que pelear en la cama, entonces, a ver quién gana.
Sonrió por primera vez en toda la conversación. Cogió el móvil, lo desbloqueó y entró en una aplicación de alquiler de casas rurales. En menos de cinco minutos había reservado una casita de piedra a treinta kilómetros del pueblo, sin wifi y sin vecinos en quinientos metros a la redonda. Para el viernes siguiente. Hasta el domingo por la tarde.
Justo cuando guardaba el móvil entró un cliente por la puerta. Un hombre mayor que pidió un fino y se sentó al otro lado de la barra. Lucía cambió de cara al instante. Volvió a ser la dueña tranquila de siempre, la que apenas habla, la que sirve sin sonreír. Yo me terminé el café con hielo, intercambiamos números antes de que él se acercase a pagar lo suyo, y me marché.
No habían pasado ni diez minutos cuando el móvil me vibró en el bolsillo, ya sentado en el coche. Era ella. Una foto. Su mano derecha, los dedos brillantes, y el tanga azul a un lado, manchado. La nota era de tres palabras.
«Que sepas esto.»
No respondí con texto. Aparqué en una calle lateral, me bajé los pantalones lo justo y me corrí encima de la mano izquierda pensando en cómo iba a entrar yo a esa casa rural el viernes siguiente. Le mandé la foto. La mano cerrada, el semen entre los dedos, sin filtro y sin pie de foto.
Me contestó con una sola palabra.
«Viernes.»
***
Llevo desde entonces sin dormir bien. Faltan tres noches para que pase a recogerla con el coche. Tres noches para descubrir si las gafas se las deja puestas o se las quita. Tres noches para descubrir qué juguetes tiene metidos en esa bolsa de viaje que ya tiene preparada.
Tres noches para descubrir quién de los dos sale dominado de esa casa.
Os contaré cómo termina la pelea cuando vuelva, si es que vuelvo entero.