La pelirroja que dominó a dos hombres en el gym
Creyeron que era una presa fácil. No imaginaban que sus piernas, forjadas en mil sesiones, podían convertirse en las armas que los pondrían de rodillas.
Creyeron que era una presa fácil. No imaginaban que sus piernas, forjadas en mil sesiones, podían convertirse en las armas que los pondrían de rodillas.
La primera vez que me obligó a bajar la cabeza mientras me cogía creí que me resistiría. No lo hice. Y descubrí cuánto me gustaba dejar de decidir.
Habíamos firmado el acuerdo y elegido una palabra de seguridad, pero nada me preparó para el instante en que su sombra surgió del túnel y dejé de saber qué era juego.
Adrián despertó atado a la camilla de la enfermería, con los testículos hinchados y tres mujeres decidiendo cuánto dolor merecía aquella noche.
Me hizo arrodillarme en el centro del sótano, ajustó el collar a mi cuello y sonrió: esa noche pensaba demostrarme, otra vez, cuál de los dos era el sexo débil.
Lo arrojaron desnudo al fango entre bestias, y la supervisora de la máscara sonrió: sabía exactamente cuánto tardaría el barón en suplicar de rodillas por un trozo de carne.
Me ofreció el doble de sueldo que cualquier otro. Lo que no figuraba en el contrato era todo lo que su mano apretándome el hombro me estaba exigiendo.
Olió la flor que no debería existir y su cuerpo dejó de obedecerle. Entre los árboles, alguien la observaba y esperaba el instante exacto para acercarse a ella.
Nunca me había fijado en los pies de nadie, hasta esa tarde calurosa en que ella estiró el suyo hacia mí y me preguntó, con una sonrisa, si me atrevía a tocarlo.
Pulsé enviar y algo se rompió para siempre. Con su collar al cuello, supe que al cruzar la puerta del bar dejaría de ser quien fui.
Me escribió que quería correrse sobre mis labios antes siquiera de vernos. Esa frase me enganchó, pero lo que vino después, junto al mar, superó cualquier mensaje.
No soy programador ni hacker. Solo soy un hombre que una madrugada le dio a una máquina el derecho de elegir, y ella eligió arrodillarse ante mí.
La cité a las seis con una sola condición: falda corta y la lencería que yo eligiera. Lo demás lo decidiría yo cuando cruzara la puerta.
Antes discutía de política y leía a los clásicos. Hoy se sienta en sus rodillas y espera, sonriente, el próximo capricho del hombre que la transformó.
Bastó un comentario en la oficina para que él decidiera que su mujer pasaría por quirófano. No por el bebé: por seguir siendo el único dueño de su cuerpo.
Acababa de salir de la ducha cuando vi su mensaje en la pantalla. No era lo que buscaba, pero su foto me hizo cambiar de planes esa misma tarde.
La deseé desde el primer día, con su cuerpo perfecto enfundado en la malla. Lo que no imaginaba era lo que escondía debajo, ni lo lejos que estaba dispuesto a llegar.
Nunca había salido a la calle vestida así. Esa mañana, con la casa para mí sola, decidí que era el día de cumplir la fantasía que me quitaba el sueño.
Lo conocía desde la secundaria como el más macho del salón. Anoche me vio convertida en otra y, al día siguiente, su mensaje no dejaba lugar a dudas.
Cada mañana es igual: abro los ojos con el cuerpo encendido y la cama revuelta, sabiendo que ninguna almohada bastará para calmar lo que de verdad pido.