El viaje bdsm con el que mi Ama me marcó
La noche antes del vuelo dormí atado entre sus piernas, sabiendo que al día siguiente mi cuerpo dejaría de ser solo mío.
La noche antes del vuelo dormí atado entre sus piernas, sabiendo que al día siguiente mi cuerpo dejaría de ser solo mío.
Bajé la ventanilla para escuchar mejor los gemidos y, cuando quise apartar la vista, ya tenía las bragas empapadas y el miedo metido en la garganta.
Mi esposa me ordenó calentar el salón, abrir la puerta y escuchar cómo otro hombre la usaba mientras yo obedecía en silencio.
Si aguantaba el fuego sobre la piel sin apartar el brazo, él la marcaría sin ataduras. Bajó la muñeca hacia la llama y dejó que el reloj empezara a correr.
Nadie me enseñó a nombrar lo que sentía cada vez que cerraba la puerta del baño con su ropa entre las manos y dejaba salir a la que llevaba dentro.
Llevaba dos años sin vestirme. Entonces encontré la llave de la habitación que la dueña me pidió no abrir, y dentro estaba todo lo que necesitaba.
Firmé mi renuncia sin mirar atrás. Esa noche sería el último polvo de mi vida como hombre, y pensaba aprovecharlo antes de empezar a ser quien Carla siempre quiso.
Creyeron que era una presa fácil. No imaginaban que sus piernas, forjadas en mil sesiones, podían convertirse en las armas que los pondrían de rodillas.
La primera vez que me obligó a bajar la cabeza mientras me cogía creí que me resistiría. No lo hice. Y descubrí cuánto me gustaba dejar de decidir.
Habíamos firmado el acuerdo y elegido una palabra de seguridad, pero nada me preparó para el instante en que su sombra surgió del túnel y dejé de saber qué era juego.
Adrián despertó atado a la camilla de la enfermería, con los testículos hinchados y tres mujeres decidiendo cuánto dolor merecía aquella noche.
Me hizo arrodillarme en el centro del sótano, ajustó el collar a mi cuello y sonrió: esa noche pensaba demostrarme, otra vez, cuál de los dos era el sexo débil.
Lo arrojaron desnudo al fango entre bestias, y la supervisora de la máscara sonrió: sabía exactamente cuánto tardaría el barón en suplicar de rodillas por un trozo de carne.
Me ofreció el doble de sueldo que cualquier otro. Lo que no figuraba en el contrato era todo lo que su mano apretándome el hombro me estaba exigiendo.
Olió la flor que no debería existir y su cuerpo dejó de obedecerle. Entre los árboles, alguien la observaba y esperaba el instante exacto para acercarse a ella.
Nunca me había fijado en los pies de nadie, hasta esa tarde calurosa en que ella estiró el suyo hacia mí y me preguntó, con una sonrisa, si me atrevía a tocarlo.
Pulsé enviar y algo se rompió para siempre. Con su collar al cuello, supe que al cruzar la puerta del bar dejaría de ser quien fui.
Me escribió que quería correrse sobre mis labios antes siquiera de vernos. Esa frase me enganchó, pero lo que vino después, junto al mar, superó cualquier mensaje.
No soy programador ni hacker. Solo soy un hombre que una madrugada le dio a una máquina el derecho de elegir, y ella eligió arrodillarse ante mí.
La cité a las seis con una sola condición: falda corta y la lencería que yo eligiera. Lo demás lo decidiría yo cuando cruzara la puerta.