Sabía lo que pasaría cuando crucé su puerta
Llevaba tres semanas ignorando sus mensajes. No porque fueran inapropiados, sino exactamente por lo contrario: eran demasiado pacientes, demasiado calibrados, como si cada frase hubiera sido elegida con la intención de instalarse en mí y no moverse.
El problema no era él. El problema era que funcionaba.
Sus palabras empezaron a aparecer en los momentos equivocados: mientras revisaba contratos en la oficina, mientras esperaba el metro, mientras me quedaba mirando el techo a las dos de la madrugada con el teléfono apagado sobre la mesita de noche. Me decía a mí misma que era solo curiosidad, que era el tipo de distracción inofensiva que cualquiera necesita de vez en cuando. Pero la curiosidad inofensiva no te mantiene despierta con la mano metida entre los muslos, tratando de aliviar algo que no se alivia sola.
El último mensaje llegó un martes.
«Sé que estás ahí. También sé que lees esto dos veces antes de no contestar. No te pido que decidas nada esta noche. Solo quiero que sepas que el café sigue en pie cuando tú quieras, y que no tengo ninguna prisa. El tiempo que necesitas para convencerte es parte del juego, aunque tú todavía no lo veas así.»
Tuve el teléfono en la mano durante cuarenta minutos.
Luego escribí: «Mañana. A las ocho.»
***
Su edificio estaba en una calle tranquila del centro, uno de esos bloques antiguos con el portal de madera oscura y el ascensor de reja metálica que sube despacio y hace ruido. Subí por las escaleras.
Frente a su puerta, levanté la mano para llamar. El puño quedó suspendido en el aire, inmóvil, mientras yo intentaba recordar por qué había decidido que esto era buena idea.
La puerta se abrió antes de que llegara a tocar.
—Llevo diez minutos escuchando los pasos en la escalera —dijo, apoyado en el marco como si llevara allí toda la vida—. Para una mujer que dice no tener prisa, subes bastante despacio.
No respondí de inmediato. Lo estaba procesando en tiempo real: la altura, la voz que reconocía de los audios pero que sonaba distinta en el espacio físico, y sobre todo esa calma suya, esa forma de ocupar el espacio sin invadirlo.
—El café —dije al final—. Vine por el café.
—Claro —respondió, haciéndose a un lado—. Está listo.
El apartamento olía a madera y a algo más, un perfume apenas perceptible que se mezclaba con el aroma del café recién hecho. Había libros en casi todas las paredes, una lámpara de pie con luz cálida sobre un sillón de cuero oscuro, y encima de la mesa baja, dos tazas humeantes. Todo estaba exactamente donde debía estar, como si él hubiera calculado cada detalle para que yo me sintiera cómoda y en guardia al mismo tiempo.
—¿Lo tomas negro? —preguntó.
—Sí.
—Bien. Así sé que no voy a tener que buscar el azúcar.
Me senté en el borde del sofá con el bolso todavía en la mano. Lo dejé en el suelo despacio, como si necesitara más tiempo del que tenía.
Él rellenó las dos tazas antes de sentarse en el sillón frente a mí, no demasiado cerca, no demasiado lejos. Me miró de la misma forma en que escribía: sin prisa, sin apartar la vista.
—Estás tensa —observó.
—Estoy alerta —lo corregí.
—Es lo mismo, dependiendo de con quién estés.
Tomé un sorbo de café. Era bueno, más oscuro de lo que esperaba.
—¿Siempre hablas así? —pregunté.
—¿Cómo?
—Como si ya supieras cómo va a terminar la conversación.
Sonrió. No fue una sonrisa de satisfacción, fue algo más medido.
—Solo presto atención —dijo—. Y tú, cuando crees que no te observan, dices mucho más de lo que crees.
Me quedé callada. La lámpara de pie proyectaba una luz que recortaba su perfil y dejaba el resto del apartamento en una penumbra suave. El silencio entre nosotros no era incómodo. Era otra cosa, una especie de presión baja y constante que yo estaba dejando que aumentara.
—El vestido —dijo de pronto, con la misma calma de siempre—. ¿Lo elegiste esta mañana o lo tenías pensado desde anoche?
Noté el calor en las mejillas antes de poder evitarlo.
—Desde anoche —admití, porque mentirle me parecía, en ese momento, una pérdida de tiempo.
—¿Y las bragas? —añadió, en el mismo tono—. ¿También las elegiste anoche pensando en que alguien iba a bajártelas?
Tragué. La respuesta era sí, y él lo sabía sin necesidad de que yo lo dijera. Asintió despacio, como si eso confirmara algo que ya sabía. Dejó su taza sobre la mesa y se levantó. No se acercó a mí de golpe; se movió hacia la ventana, dio la vuelta lentamente por el perímetro de la habitación, y cuando finalmente se detuvo, estaba justo detrás de mí.
No lo veía, pero lo sentía.
—¿Sabes lo que me parece más interesante de ti? —preguntó, cerca de mi nuca.
Tragué saliva.
—¿Qué?
—Que llevas semanas escribiéndome sobre lo que no quieres, y en cambio no has dicho una sola palabra sobre lo que sí quieres. Que te folle contra la pared, por ejemplo. O que te la meta en la boca hasta que se te salten las lágrimas. Nada de eso lo has escrito, y sin embargo lo has pensado.
Sus manos cayeron sobre mis hombros con una suavidad que contrastaba con el peso que tenían. No fue un gesto brusco ni apresurado. Fue exactamente calculado para que yo decidiera si me levantaba o me quedaba quieta.
Me quedé quieta.
Sus pulgares presionaron con firmeza los músculos del cuello, deshaciendo una tensión que yo no sabía que tenía. Sentí cómo el cuerpo respondía antes que la cabeza, un aflojamiento involuntario que fue también una confesión. Los pezones se me endurecieron dentro del sujetador antes de que pudiera fingir lo contrario, y noté cómo entre las piernas se me iba mojando la tela con una lentitud que no admitía coartada.
—Eso —murmuró—. Ahí está.
Me puse de pie y me giré hacia él. La distancia entre nosotros era mínima, menos de un palmo.
—Vine por el café —insistí, aunque mi propia voz sonaba diferente.
—El café era el pretexto —dijo, y acortó el último espacio que quedaba entre nosotros—. Los dos lo sabemos. Vienes con el coño empapado desde que has subido las escaleras. Eso también lo sabemos los dos.
Su mano subió por mi garganta, sin apretar, solo rodeándola con los dedos, y algo se desató en mí que llevaba semanas intentando mantener cerrado con llave.
Lo besé primero.
No fue el beso que había imaginado en las dos de la mañana con el techo de fondo. Fue más directo, más hambriento. Le mordí el labio inferior sin querer, o queriendo, ya no sabía. Sus manos se movieron con una eficiencia que no admitía dudas: una en mi espalda, otra bajo el dobladillo del vestido, ascendiendo por el muslo con una presión constante que me hizo separar los pies sin pensarlo. Los dedos me rozaron el pubis por encima de la tela, y noté cómo respiraba hondo al comprobar de primera mano lo que ya había adivinado.
—Empapada —susurró contra mi boca—. Llevas semanas fingiendo que no querías esto y llegas hecha una fuente.
—Cállate —murmuré, pero abrí más las piernas.
—Despacio —dijo contra mi boca, aunque sus manos no obedecían la instrucción—. Aquí el ritmo lo pongo yo.
Metió dos dedos por debajo del elástico de las bragas y los deslizó entre los labios de mi coño con una lentitud calculada, arriba y abajo, sin entrar, solo abriendo, comprobando, extendiendo el flujo por toda la vulva hasta que noté el escalofrío subiéndome por la columna. Luego, sin previo aviso, los hundió de golpe. Solté un gemido que no supe reconocer como mío.
—Así —dijo, curvando los dedos dentro, buscando ese punto exacto que me hacía cerrar los muslos alrededor de su mano—. Así de mojada ibas a venir aunque no te lo hubieras dicho.
Me sacó los dedos, brillantes, y me los pasó por los labios de la boca. Los abrí sin pensarlo. Me los metió hasta la base de la lengua y me obligó a chuparlos.
—Trágate lo que te sale —dijo—. Quiero que te acostumbres a tu propio sabor esta noche.
Me giró despacio y me condujo hacia el sillón de cuero. No me empujó, me orientó, con esa forma suya de moverse que daba a entender que ya sabía exactamente adónde íbamos.
Me quitó el vestido con una calma que era casi insoportable. Lo deslizó por los hombros, lo dejó caer y no dijo nada. Solo me miró, de arriba abajo, con una atención que se sentía en la piel como si fuera un tacto físico. Me desabrochó el sujetador con una sola mano y me lo apartó a un lado. Los pezones se me pusieron duros de inmediato bajo su mirada, sin necesidad de que los tocara.
—Bonitas tetas —comentó, con la misma frialdad con la que había hablado del café—. Pequeñas y con los pezones bien marcados. Se van a ver mejor cuando estén rojos de mordidas.
Se agachó y me chupó uno, entero, hasta el fondo de la boca, mientras con la otra mano me pellizcaba el otro pezón entre el pulgar y el índice. Después cambió de lado, y luego los mordió, primero suave, después con fuerza, hasta que solté un gemido agudo y le clavé las uñas en el hombro.
—Date la vuelta —ordenó.
No fue una petición. Lo obedecí de todas formas.
Sus labios empezaron en la nuca, bajaron por la columna vertebral, se detuvieron en la parte baja de la espalda. Cada beso era lento y deliberado, y la diferencia de temperatura entre su boca y el aire del apartamento me erizaba la piel centímetro a centímetro. Cuando llegó a la curva del culo, me lo mordió con ganas, dejando la marca de los dientes.
Se arrodilló detrás de mí y me bajó las bragas por los muslos con una firmeza tranquila, dejándomelas enredadas en los tobillos como si fuera otra atadura más. Me pasó la lengua entera por la raja del culo, de abajo arriba, sin pedir permiso, y sentí cómo se me contraía todo el cuerpo. Luego me giró de nuevo, me presionó suavemente hacia el sillón hasta sentarme al borde, me separó las rodillas y se metió entre ellas de rodillas en la alfombra.
Antes de que pudiera procesar lo que ocurría, su lengua hizo el primer contacto.
Cerré los ojos.
No me lo permitió.
—Mírame —dijo, con la misma voz de siempre, seca y directa, pero ahora con una carga distinta—. No cierres los ojos. Quiero que veas cómo te como el coño.
Lo miré. Era la parte más difícil, más que cualquier otra cosa que estuviera ocurriendo. Verle la boca abierta contra mí, la barbilla brillando de mis jugos, los ojos oscuros levantados sin apartarse ni un segundo.
Su lengua trabajaba con una paciencia que era casi una forma de crueldad: recorría los labios de arriba abajo, se detenía en el clítoris para dar vueltas lentas alrededor sin llegar a tocarlo del todo, bajaba a la entrada y la penetraba superficialmente antes de volver a subir. Chupaba, lamía, soplaba con cuidado. Exploraba, volvía al mismo punto, cambiaba el ángulo justo cuando yo creía haber anticipado el siguiente movimiento. No había prisa. Tenía todo el tiempo del mundo y estaba usando cada segundo para demostrarme que mi cuerpo tenía una memoria propia, independiente de lo que yo decidiera con la cabeza.
Metió dos dedos otra vez, esta vez con la boca todavía trabajando el clítoris. La combinación me hizo levantar las caderas contra su cara sin poder evitarlo.
—Quieta —murmuró contra mi coño, y la vibración de su voz me sacudió por dentro—. Te vas a correr cuando yo diga.
Sus dedos encontraron un ritmo cruzado con la lengua, adentro y afuera, mientras chupaba el clítoris con una succión constante. Cuando sentí los primeros espasmos, agarré el brazo del sillón con las dos manos.
Él se detuvo.
—Todavía no —dijo, poniéndose de pie, la boca y el mentón brillantes, sin molestarse en limpiarse.
Solté el aire que había estado aguantando sin darme cuenta. El coño me palpitaba con una frustración que dolía físicamente, contrayéndose alrededor de nada.
—Por favor —dije, y me odié un poco por haberlo dicho.
—Todavía no —repitió, tranquilo—. Cuando yo diga.
Me condujo hasta quedar de pie, de cara al respaldo del sillón. Sus manos tomaron mis muñecas y las colocaron detrás de la espalda. Sentí el roce de la cuerda antes de verla: una soga de algodón, suave pero firme, que él pasó con una precisión metódica alrededor de mis muñecas, cruzándola entre los antebrazos, ajustando cada vuelta con una calma que me resultaba más intimidante que cualquier brusquedad.
—¿Bien? —preguntó, tirando del nudo final para asegurarlo.
—Sí —respondí, y me sorprendió lo segura que sonaba mi propia voz.
La restricción cambió algo de inmediato. Ya no podía aferrarme a nada, no podía controlar nada. Solo podía estar ahí, inclinada sobre el respaldo del sillón, con los hombros forzados hacia atrás y la conciencia de que lo que pasara a continuación dependía únicamente de él. Me empujó con la mano en la nuca para que doblara más el torso, hasta dejarme con el culo al aire y las piernas separadas, mostrándole todo sin poder cerrar nada.
Sus manos recorrieron mis costados, mis caderas, la curva de mis nalgas. No había urgencia en el gesto, solo una exploración posesiva y meticulosa, como la de alguien que revisa lo que le pertenece. Me pasó dos dedos por la raja del coño de atrás adelante, y noté cómo se los llevaba a la boca.
—Tienes el coño hecho una piscina —comentó, como quien anota un dato—. Vamos a arreglar eso.
El primer golpe llegó cuando menos lo esperaba. Seco, limpio, sobre el glúteo derecho.
Solté un sonido entre el jadeo y el gemido, y sentí cómo el ardor se expandía por la piel en ondas concéntricas.
—Quieta —dijo.
Hubo otro golpe. Luego otro. Y otro sobre el mismo sitio, hasta que la piel me ardió como si me la hubieran quemado.
Cada uno llegaba en un momento diferente al que yo había anticipado, lo que me impedía preparar el cuerpo con antelación. Solo podía recibirlos, y con cada uno, algo en mí cedía un poco más, soltaba un poco más el control que creía tener. Después de una serie de cinco o seis en el mismo glúteo, cambió al otro y repitió. Yo gemía sin control, con el culo levantado en el aire pidiéndole el siguiente sin darme cuenta.
Cuando sus dedos encontraron mi entrada por detrás, chorreaba.
—Ahí está la verdad —murmuró, y no había triunfo en su voz, solo una constatación—. Cuanto más te pego, más te mojas. Ya lo sabías, ¿verdad?
—Sí —admití, con la mejilla contra el cuero del sillón.
Metió dos dedos despacio, con una firmeza constante que me obligó a inclinarme un poco más hacia adelante. Luego un tercero. El estiramiento me hizo apretar los dientes, pero enseguida cedió y empecé a moverme contra su mano sin poder evitarlo. La cuerda en mis muñecas me recordaba a cada movimiento que no podía ir a ningún lado. Solo podía moverme en la dirección que él marcaba.
Los dedos encontraron el ángulo exacto y los mantuvieron ahí, moviéndose con una paciencia calculada, entrando hasta los nudillos y saliendo hasta la yema, con la palma golpeando ligeramente el clítoris en cada empujón. El sonido húmedo era obsceno, y él no hizo nada por disimularlo. Sentí el primer orgasmo construirse con una claridad que era casi aterradora. No hubo forma de detenerlo. Se abrió paso a través de mí como algo inevitable, haciéndome arquear la espalda contra la cuerda, sacudiendo los brazos inútilmente contra la ligadura mientras un sonido largo escapaba de mi garganta. Sentí cómo me corría alrededor de sus dedos, cómo el líquido caliente le bajaba por la muñeca.
Él no se detuvo.
Siguió con el mismo ritmo, ignorando los espasmos de mis músculos, ignorando los gemidos que yo ya no podía controlar. Con el pulgar de la otra mano empezó a acariciar el otro agujero, apenas presionando, insinuándose. El segundo orgasmo llegó antes de que el primero terminara del todo, encadenándose al primero en una continuidad que me dejó sin palabras. Grité contra el cuero. Se me nubló la vista.
Entonces retiró los dedos y colocó las manos en mis caderas. Oí el sonido de la hebilla, del cinturón, del pantalón cayendo. Un rasgón corto: el envoltorio de un condón.
Lo sentí antes de que entrara: la presión, el calor, la promesa. La cabeza de su polla, gruesa, pasándose de arriba abajo por la raja del coño, ensuciándose con mis jugos, deteniéndose en la entrada.
—Pídemelo —dijo.
—Métemela —murmuré.
—Más alto.
—Métemela ya, joder.
Empujó despacio, sin pausa, hasta el fondo.
Me quedé sin aire. La sentí abriéndome centímetro a centímetro, empujando mis paredes, hasta que sus caderas quedaron pegadas a mi culo y el vello del pubis me rozó la piel enrojecida.
No hubo tiempo para acostumbrarme. Empezó a moverse con un ritmo pesado y metódico, usando mi posición para alcanzar un ángulo que me hacía ver las estrellas con cada embestida. Cada empujón me tiraba hacia adelante contra el respaldo del sillón, y cada retirada me arrastraba de vuelta por las muñecas atadas. La cuerda convertía cada movimiento en una negociación entre mi cuerpo y la ligadura, y el resultado era que yo no podía hacer absolutamente nada más que recibirlo.
Me agarró del pelo por la coleta, lo enrolló en el puño y tiró hacia atrás hasta obligarme a arquear el cuello. En esa postura, con la garganta expuesta, con los brazos atados a la espalda y la polla clavada hasta el fondo, sentí que ya no era yo la que decidía nada.
—Mira lo bien que la aguantas —dijo, con la voz baja pegada a mi oído—. Mira cómo se te mete entera. Y todavía pides más.
—No pares —dije, y no reconocí mi propia voz.
—No iba a parar —respondió, y aceleró.
Los golpes de sus caderas contra mi culo sonaban por todo el apartamento, secos, rítmicos, mezclados con el chapoteo húmedo de la penetración y con mis propios gemidos. Me soltó el pelo, bajó una mano por debajo hasta encontrar el clítoris y empezó a frotarlo en círculos apretados sin dejar de follarme.
—Córrete otra vez —ordenó—. Córrete en mi polla. Vamos.
El tercer orgasmo me tomó por asalto cuando ya creía no tener nada más. Mis rodillas cedieron ligeramente, pero sus manos en mis caderas me mantuvieron en el sitio, obligándome a aguantar hasta el final, a recibir cada centímetro de cada movimiento mientras mi cuerpo se sacudía sin control. Sentí cómo me apretaba alrededor de él, cómo los músculos internos se me contraían en espasmos que no podía frenar.
Cuando él llegó al límite, lo hizo con un jadeo contenido y los dedos hundiéndose en mi piel. El ritmo se perdió en una serie de embestidas irregulares que fueron disminuyendo hasta detenerse por completo, con la polla enterrada hasta el fondo y las caderas apretadas contra mi culo. Lo sentí palpitar dentro, largo, denso, mientras me susurraba algo obsceno que se me perdió entre el pulso en los oídos.
El silencio que siguió era distinto al de antes. Más denso, más quieto.
***
Salió despacio y noté el vacío como un tirón. Oí cómo se deshacía del condón. Con un tirón firme de mi cabello, me obligó a girarme y a arrodillarme frente a él. Mis rodillas encontraron la alfombra, y con las manos aún atadas a la espalda y los hombros forzados hacia atrás por la cuerda, quedé en una postura de entrega absoluta.
—Mírame —ordenó, igual que antes, con esa misma voz que no pedía sino que establecía.
Lo miré. Fue la única respuesta posible.
Tenía la polla brillante, dura otra vez, a un palmo de mi cara. Se la agarró por la base y me la pasó por los labios cerrados, por las mejillas, por la barbilla, marcándome la piel con mi propia humedad.
—Abre —dijo—. Saca la lengua.
Obedecí. Apoyó la punta sobre la lengua y esperó un segundo, mirándome, antes de empujar hacia adentro. Sus dedos se enredaron en mi cabello y marcaron el ritmo con una autoridad que no admitía negociación. Lo recibí con los labios, con la garganta, con un esfuerzo que se mezclaba con algo que no era muy distinto del orgullo. Empujó más al fondo, y sentí cómo se me cerraba la garganta, cómo se me llenaron los ojos de lágrimas y cómo un hilo de saliva empezaba a caerme por la barbilla.
—Así —murmuró—. Con toda la boca. Trágatela.
Aguantó apretado contra el fondo unos segundos, hasta que la falta de aire me hizo empujar la cadera con la frente, y entonces retiró, dejándome respirar. Volvió a entrar. Y otra vez. Marcaba él el ritmo entero, sujetándome la cabeza con las dos manos, mientras yo trataba de mantener los labios apretados, la lengua trabajando por debajo, chupando lo mejor que podía en cada retirada.
Sus palabras me llegaban en fragmentos, una mezcla de dureza y una admiración oscura que me resultaba más desestabilizadora que cualquier insulto. Guarra. Preciosa. Mira cómo se te ahoga. Así. Buena chica.
Cuando llegó al límite, su agarre en mi cabello se apretó y su voz se quebró apenas, ese único instante en que el control absoluto que había mantenido toda la noche tuvo una fisura. Se retiró lo justo para descargarme la corrida encima de la lengua y de los labios, chorreada, densa, caliente. Terminó con la punta pasándomela por la boca abierta.
—Trágatelo todo —dijo—. Sin escupir. Y luego enséñame.
Tragué. Abrí la boca. Le enseñé la lengua vacía.
—Buena chica —repitió, y esa palabra en su voz me hizo apretar los muslos otra vez, inútilmente.
—No te muevas —dijo después, con la voz todavía ronca.
No me moví.
***
Sus manos encontraron el nudo de la cuerda con la misma eficiencia con la que lo habían atado. Fue deshaciendo cada vuelta despacio, asegurándose de que la circulación volviera antes de soltar el siguiente tramo.
Cuando mis manos quedaron libres, las tomó entre las suyas y examinó las marcas rosadas en las muñecas. Pasó los pulgares por encima con una suavidad que contrastaba brutalmente con la última hora.
—¿Cómo estás? —preguntó, con una voz que también había cambiado.
—Bien —dije, y era la primera vez en la noche que esa palabra era completamente verdad.
Me sentó en el sofá y desapareció un momento en la cocina. Volvió con un vaso de agua y se sentó a mi lado, no frente a mí como antes, sino al lado, con un hombro rozando el mío.
Bebí el agua despacio.
—¿Te quedas un rato? —preguntó.
—Un rato —respondí.
No dijo nada más. Tampoco era necesario.
El café seguía frío sobre la mesa baja. Nadie lo había vuelto a tocar. Pero lo que me había dado esa noche era algo para lo que yo no tenía todavía las palabras precisas: la certeza de que algunas cosas solo se entienden cuando dejas de intentar controlarlas, cuando paras de ser la narradora y aceptas, por una vez, ser solo el cuerpo que siente.
Afuera, la ciudad seguía con lo suyo. Aquí adentro, la lámpara de pie seguía encendida, y yo seguía entera, aunque de una forma distinta a como había llegado.