El esclavo del pilar y la mano que lo salvó
Las puertas del Salón de los Condenados se abrieron con un gemido metálico que resonó en las bóvedas de piedra. El olor llegó antes que la vista: un nudo agrio de humo, sudor frío y algo más oscuro, más animal, que se adhería a la garganta y no soltaba. Catalina, la Sanadora Mayor del castillo, entró con paso firme. Detrás de ella, Elena, su aprendiz, cargaba dos maletines de cuero reventando de ungüentos, vendas y herramientas quirúrgicas.
Catalina llevaba trece años al servicio de la Reina Isolda. Había aprendido que en ese castillo, la compasión era una herramienta como cualquier otra: útil cuando se aplicaba en el momento correcto y un lujo imposible en cualquier otro. No era una mujer de sentimientos, sino de diagnósticos.
La escena que se extendía ante ellas habría paralizado a cualquiera menos acostumbrado a los caprichos de la Corona.
Cerca de la entrada, en el suelo de losas grises, yacía Clara. Había sido guardia real hasta esa misma mañana. Ahora era una prisionera con la mejilla derecha chamuscada: la marca de la «I» real grabada a fuego sobre la carne, convirtiendo la piel en un cráter ennegrecido que todavía humeaba. Su brazo izquierdo descansaba en un ángulo imposible. Respiraba, pero con la irregularidad del dolor inconsciente. El uniforme de guardia estaba desgarrado desde el cuello hasta el ombligo, y sus tetas grandes quedaban a la vista, con los pezones oscuros erizados por el frío de las losas y salpicados de gotas de sangre seca.
Más al fondo, donde la luz de las antorchas se hacía escasa, estaba el Poste de los Condenados. Y en él, Rodrigo.
El esclavo llevaba encadenado desde antes del amanecer, completamente desnudo. Una cadena gruesa lo ataba por el cuello a una argolla en lo alto del poste, calculada con sadismo matemático: sus dedos descalzos apenas rozaban el suelo. Solo las puntas. Cada vez que sus piernas flaqueaban, el collar de hierro se cerraba. Lo habían esposado por la espalda, y del espacio entre sus muslos colgaba un bloque de madera oscura, un dispositivo diseñado para comprimir el escroto y tirar de los cojones con un peso constante, aplastando la carne blanda contra la base de la polla y cortando la circulación sin provocar la inconsciencia. No de inmediato.
Apoyada en la pared del fondo, con los brazos cruzados y la expresión de quien disfruta de un buen espectáculo, estaba Nora. Era la nueva favorita de la Reina: joven, dura, con esa crueldad tranquila que solo se aprende cuando se ha crecido sin miedo al castigo. Observaba a Rodrigo con atención, midiendo su resistencia segundo a segundo, y de vez en cuando se relamía los labios con la punta de la lengua, con la lentitud de quien saborea el sufrimiento ajeno como si fuera vino.
Catalina no la miró. Fue directa al suelo, junto a Clara.
— La guardia primero —dijo—. Elena, el maletín izquierdo. El alcohol y la seda.
La aprendiz obedeció, aunque sus manos temblaban.
Durante los cuarenta minutos siguientes, Catalina y Elena trabajaron sobre Clara con la eficiencia silenciosa de quienes han hecho esto demasiadas veces. Limpiaron la quemadura con una solución de hierbas y alcohol, ignorando los gemidos de la inconsciente. Redujeron la luxación del brazo con un crujido seco que hizo palidecer a Elena. Suturaron los bordes de la marca con hilo de seda empapado en adormidera y le administraron un jarabe espeso y oscuro que la sumió en un sueño profundo y reparador.
Mientras tanto, detrás de ellas, Rodrigo resistía.
O lo intentaba.
Sus gemelos llevaban horas en tensión máxima. El ácido láctico acumulado era tan intenso que los músculos sufrían espasmos sin aviso: pequeñas convulsiones que sacudían las pantorrillas y lo hacían perder el equilibrio. Cada vez que sus talones intentaban bajar, la cadena se tensaba. El collar se cerraba. Un gorgoteo ahogado salía de su garganta, y el terror a la asfixia lo obligaba a alzarse de nuevo sobre los dedos. Sus manos esposadas a la espalda tiraban inútilmente. El bloque de madera seguía tirando de sus huevos hinchados y morados. Y tirando. Y tirando. Su polla, forzada dentro de un catéter metálico estriado, colgaba fláccida y amoratada, con la punta chorreando un hilo turbio de sangre y pus que le resbalaba por el interior del muslo.
Lágrimas silenciosas resbalaban por sus mejillas manchadas de hollín. Suplicaba en silencio a cualquier dios que acortara su agonía o le permitiera perder el conocimiento.
Finalmente, Catalina terminó con Clara. Se incorporó, se limpió las manos y giró hacia el fondo del salón. Un destello frío cruzó sus ojos cuando evaluó la situación. La piel del esclavo había adquirido ese tono grisáceo que Catalina reconocía sin necesidad de acercarse: era el color previo al colapso circulatorio. Sus labios estaban azulados. Sus piernas vibraban con una violencia que amenazaba con rasgar el músculo desde dentro. El escroto, aplastado por el bloque, había alcanzado un violeta enfermo, casi negro en la punta.
Si nadie intervenía en los próximos veinte minutos, moriría. O quedaría permanentemente inútil, que para la Reina Isolda era exactamente lo mismo.
Catalina se dirigió hacia el poste.
— Elena, el yodo —ordenó.
Pero antes de que sus dedos rozaran el frío metal del candado, algo la detuvo.
Nora se interpuso. Se movió rápido, con la precisión entrenada de una sabuesa. Desenvainó a medias la daga y la dejó brillar a la altura de los ojos de Catalina.
— No tocarás esa cadena —dijo, con una calma que era en sí misma una amenaza.
Catalina se detuvo. Miró el acero. Luego los ojos de Nora.
— La Reina ordenó específicamente que colgara de puntillas —continuó Nora—. Esa fue su disposición final. Bajarlo sería desobedecer un mandato real directo, Sanadora.
Nora tenía razón en lo formal. Eso Catalina lo sabía. También sabía que Nora disfrutaba teniéndola. Lo que la guardia no podía calcular era que Catalina llevaba trece años navegando la lógica retorcida de la Reina Isolda, y que para eso no se necesitaba una daga. Se necesitaba paciencia.
— Guarda ese acero —dijo Catalina. Su voz era plana, sin urgencia, como quien habla del tiempo—. No voy a desafiar la orden de la Reina.
Nora entrecerró los ojos.
— Pero sí voy a pedirte que pienses en lo que le dirás a Su Majestad mañana por la mañana —continuó Catalina—. Cuando le expliques por qué su esclavo murió de asfixia esta noche antes de que ella pudiera volver a follárselo. Un juguete roto no sirve para jugar. Una polla muerta no se empalma, y unos huevos gangrenados no llenan el coño de nadie.
Silencio. Nora apretó la empuñadura de la daga, pero no la sacó más.
— La Reina ordenó que colgara de puntillas —repitió Nora, aunque con menos convicción que antes.
— Y seguirá colgando de puntillas —dijo Catalina, dando un paso al frente con una autoridad que no necesitaba armas—. La Reina confía en mí para preservar la integridad de sus posesiones. Pero si no puedo bajar la cadena del cuello, entonces subiré el suelo.
Nora parpadeó. No lo entendió de inmediato. Eso era suficiente.
Catalina se giró hacia su aprendiz sin esperar respuesta.
— Elena. Ve al estrado del fondo. Trae todo lo que encuentres: mantas gruesas, pieles, almohadones grandes. Todo. Rápido.
La joven salió corriendo. Regresó en menos de dos minutos cargando un montón de telas pesadas y cojines de terciopelo. Catalina le indicó que los apilara meticulosamente justo debajo de los pies descalzos y temblorosos de Rodrigo.
Fueron añadiendo capas. Una manta doblada. Un almohadón. Una piel gruesa. La plataforma fue creciendo, centímetro a centímetro, hasta que los pies del esclavo, que luchaban agónicamente sobre los dedos, rozaron tela firme.
Rodrigo dejó caer los talones.
Sus rodillas se flexionaron. Sus gemelos, por primera vez en horas, dejaron de gritar.
Pero al bajar esos centímetros, la cadena del cuello se tensó con violencia. El collar se cerró con fuerza, y Rodrigo empezó a ahogarse de verdad, sus ojos desorbitados, sus manos inútiles a la espalda.
— ¡Las correas! —ordenó Catalina.
Abrió el segundo maletín y extrajo arneses anchos de cuero, los mismos que usaba en el ala médica para contener a pacientes en crisis severas. Ella y Elena los pasaron bajo las axilas de Rodrigo, cruzándolos por la espalda, y los fijaron a la argolla superior del poste, la misma de la que colgaba la cadena del cuello. Tiraron de ellos y los ajustaron con hebillas de hierro hasta que el cuerpo quedó suspendido.
El resultado fue un arnés de suspensión improvisado.
Ahora el peso del cuerpo de Rodrigo descansaba sobre las correas, bajo sus axilas, en lugar de colgar desde su laringe. El collar seguía en su sitio, apretando, amenazante, pero ya no lo estrangulaba. Sus pies descansaban sobre los cojines. Sus piernas, al fin, reposaban.
Técnicamente, seguía colgado de puntillas. Solo que el suelo se había acercado a él.
Rodrigo exhaló. Un sonido largo, quebrado, que era al mismo tiempo un sollozo y la primera respiración real en horas. Su cabeza cayó hacia adelante. La barbilla le golpeó el pecho.
— Un compromiso técnico —dijo Catalina, mirando a Nora—. Sigue encadenado. Sigue en el poste. Pero esta noche no muere.
Nora resopló. Guardó la daga con un movimiento seco. No le gustaba la solución. Pero la Sanadora no había tocado el candado del cuello ni alterado la disposición de la cadena. Había jugado con las reglas, y había ganado.
Catalina no esperó aprobación. Se arrodilló frente a Rodrigo, a la altura exacta de su entrepierna. La polla amoratada del esclavo colgaba a un palmo de su cara, y ella la observó con la misma frialdad con que un herrero examina una pieza defectuosa.
Lo primero fue retirar el dispositivo de madera. Aflojó los tornillos laterales, y cuando los bloques se separaron, los cojones de Rodrigo cayeron pesados y morados, del tamaño casi del doble de lo normal, tensos como frutas maduras a punto de reventar. La sangre retenida regresó de golpe a los tejidos isquémicos. Ese retorno fue, paradójicamente, una agonía. Rodrigo se retorció en el arnés, gimiendo, mientras su escroto latía con cada bombeo del corazón. Miles de agujas imaginarias, todos los nervios del saco escrotal aplastados durante horas despertando al mismo tiempo. Pero era necesario. Otros diez minutos y el tejido testicular habría comenzado a morir sin remedio, y ningún hombre sobrevivía con los huevos gangrenados.
Catalina tomó los cojones en la palma de su mano, sin ceremonia, y los palpó uno a uno. Rodrigo aulló bajo el sedante que todavía no llegaba. Ella apretó con los dedos, buscando nódulos, roturas, desgarros internos. Los huevos rodaban entre sus dedos, calientes y henchidos, y la piel del escroto estaba tan tensa que se transparentaban las venas oscuras que los recorrían. Nora la observaba desde arriba, con una media sonrisa torcida.
— Los aprietas como si supieras lo que haces, Sanadora.
— Sé lo que hago —respondió Catalina, sin levantar la mirada—. Que es más de lo que se puede decir de quien colocó este bloque.
Elena acercó un cuenco con una infusión espesa y humeante: valeriana, sauce, flor de loto. Catalina obligó al esclavo a levantar la cabeza y vertió el líquido amargo por su garganta. Rodrigo tragó por reflejo. En pocos minutos, el sedante comenzaría a actuar. Pero había una tarea que no podía esperar a que hiciera efecto.
Catalina miró el dispositivo uretral que aprisionaba la polla de Rodrigo. Era un catéter metálico estriado, del grosor de un dedo, que había sido introducido a la fuerza por el meato hasta llegar casi a la vejiga. El hierro estaba manchado de sangre seca y de una costra amarillenta. Del extremo rezumaba un líquido turbio de color rosado que no podía significar nada bueno. La polla misma, comprimida contra el metal, tenía un color púrpura enfermo, y el prepucio estaba desgarrado en el borde donde el catéter había sido forzado sin lubricante.
— El catéter fue introducido sin esterilizar —dijo Catalina, hablando para Elena más que para nadie—. Las estrías han creado micro-desgarros en todo el canal urinario, desde el meato hasta la próstata. Si esa infección alcanza la vejiga y los riñones, este hombre morirá envenenado por su propia sangre en tres días. Hay que purgar el canal. Todo el canal.
Elena palideció visiblemente.
— Necesito extraer primero el catéter —continuó Catalina—. Con lentitud. Si tiro rápido, arranco lo que quedó de mucosa adherida al metal y provoco una hemorragia que no voy a poder detener.
Tomó la polla amoratada entre el pulgar y el índice, sujetándola por la base con firmeza clínica. Rodrigo gimió, más por miedo que por dolor. Catalina agarró el extremo exterior del catéter con la otra mano y comenzó a girarlo despacio, un cuarto de vuelta cada vez, aflojando la costra de sangre coagulada que había pegado el metal a las paredes de la uretra. Cada giro sacaba un hilillo de sangre fresca por el borde del meato, y Rodrigo se estremecía dentro del arnés, con los muslos temblando de involuntaria agonía.
Cuando sintió que el catéter cedía, tiró hacia afuera con una lentitud calculada. El metal salió centímetro a centímetro, estriado y ensangrentado, arrastrando consigo grumos oscuros de mucosa muerta y coágulos. La uretra de Rodrigo, ahora vacía, quedó como una boca abierta y sangrante en la punta amoratada de su polla, y por ella empezó a manar un flujo continuo de sangre mezclada con pus amarillento.
— Está peor de lo que pensaba —murmuró Catalina—. La infección ya subió. Nora, sujétalo. Ahora en serio.
Fue la primera vez que usó su nombre directamente. Nora se acercó, a regañadientes, como si hacerlo fuera una derrota, y apretó sus brazos alrededor de los muslos del esclavo, inmovilizando la pelvis contra el poste. Sus dedos se hundieron en la carne del muslo interno, y Catalina notó que Nora también aprovechó para rozar, como sin querer, la base de los huevos hinchados.
— Si le arrancas eso ahora —le advirtió Catalina, sin mirarla— vas a limpiar tú el estropicio.
Nora rió por lo bajo, pero apartó los dedos.
Catalina abrió un estuche metálico y extrajo una jeringa antigua: cilindro de cristal grueso, émbolo de acero, y una cánula larga y roma diseñada para irrigaciones profundas. La llenó con un líquido oscuro, de un marrón rojizo que manchaba el cristal. Yodo concentrado, mezclado con astringentes de corteza de roble. Un desinfectante brutal, diseñado para aniquilar cualquier bacteria al contacto, cuyo efecto secundario era un escozor abrasador sobre tejido sano. Sobre tejido lacerado, era otra cosa.
Sujetó de nuevo la polla del esclavo por la base, la levantó con firmeza para alinear el canal urinario, y aproximó la punta roma de la cánula al meato desgarrado. La introdujo lentamente, empujándola dos, tres, cinco centímetros dentro de la uretra en carne viva. Rodrigo lloraba abiertamente ahora, con la boca abierta en un aullido sin sonido, la baba colgándole del labio inferior.
— Esto —murmuró Catalina— dolerá más que la marca de fuego.
Y empujó el émbolo.
Un chorro frío de yodo concentrado fue bombeado a presión hacia el interior de la uretra herida. El líquido oscuro inundó el canal, penetró en cada micro-desgarro, en cada milímetro de tejido lacerado, subió por el conducto hasta la vejiga, reaccionando con la sangre y las bacterias acumuladas.
El impacto fue catastrófico.
El grito de Rodrigo no se pareció a nada humano. Fue el sonido de un animal al que despellejan vivo. Su cuerpo entero se arqueó con una fuerza que hizo crujir el arnés. Las esposas se clavaron en las muñecas. Sus pies resbalaron de los cojines. Su polla, atravesada por la cánula, se puso rígida de golpe, no por excitación sino por el espasmo agónico de todos los músculos pélvicos contrayéndose a la vez. Nora tuvo que usar todo su peso para evitar que la pelvis escapara de su agarre, y sintió los cojones hinchados del esclavo golpear contra su antebrazo con cada convulsión.
El yodo quemó. Cauterizó. Purgó.
Catalina bombeó una segunda dosis sin piedad, y luego una tercera. El líquido marrón subía y bajaba por el interior de la polla del esclavo como una marea envenenada, arrastrando pus, coágulos y jirones de mucosa muerta. Del meato empezó a rebosar la mezcla, chorreando espesa por el glande amoratado, resbalando por los huevos hinchados y goteando sobre los cojines apilados bajo sus pies.
El grito se rompió en un estertor gorgoteante. Las cuerdas vocales cedieron ante la violencia del sonido. Los ojos de Rodrigo se volvieron en blanco, y un segundo después el cuerpo entero se aflojó como si le hubieran cortado los hilos.
La inconsciencia lo reclamó.
Catalina retiró la cánula con la misma parsimonia con que la había introducido. La jeringa vacía quedó a un lado. Un líquido amarronado y espumoso comenzó a gotear lentamente desde la punta muerta de la polla, manchando las losas de piedra en un charco creciente.
— Ya está —sentenció.
Se incorporó despacio. Guardó la jeringa en el maletín con movimientos lentos y metódicos. Se limpió las manos en un trapo de lino, restregándose los dedos manchados de sangre y yodo. Luego miró el resultado de su trabajo sin ninguna expresión particular en el rostro.
Rodrigo colgaba inerte en el arnés de cuero. La barbilla sobre el pecho. La respiración superficial pero regular. El collar de hierro seguía rodeando su cuello, amenazante pero pasivo. Sus pies descansaban flojamente sobre la pila de mantas y almohadones. La polla, ahora libre del catéter, colgaba fláccida entre los muslos, chorreando todavía el residuo del lavado. El escroto, liberado del bloque, había recuperado un color rojizo cercano al normal. El yodo seguiría quemando durante horas por dentro del canal, incluso en la inconsciencia, pero el tejido estaba esterilizado. Viviría.
Nora soltó los muslos del esclavo inconsciente y se cruzó de brazos. Miró el arnés. Miró las mantas. Miró la polla goteante. Bufó en la penumbra y se pasó una mano lenta por el interior de su propio muslo, por encima del cuero de la falda, un gesto casi inconsciente.
— Aborrezco tu lógica, Sanadora.
— Lo sé.
— Ha conseguido un descanso que no merecía.
— Ha conseguido sobrevivir a la noche —dijo Catalina—. Que es exactamente lo que la Reina Isolda va a querer cuando llegue aquí mañana. Un juguete intacto. Una polla que se le empine cuando ella se le siente encima. No una res podrida en el suelo de su salón.
Nora no respondió al principio. Miraba el goteo lento del yodo en las losas. Escuchaba la respiración irregular del esclavo desmayado. Luego, con la voz espesa, casi para sí misma, añadió:
— Cuando despierte, quiero verle la cara mientras la Reina se lo folla. Ese momento en que la polla se le pone dura por orden ajena, y él sabe que su propio cuerpo lo traiciona. Ese momento me gusta más que la marca de fuego.
Catalina no comentó. A pesar suyo, sabía que la guardia tenía razón sobre una cosa: el esclavo iba a servir muchas más noches. Y ella iba a tener que repararlo después de cada una.
Catalina recogió sus maletines y llamó a Elena con un gesto. La aprendiz la siguió en silencio hacia la salida.
***
Elena esperó hasta que estuvieron en el corredor, lejos del olor y las antorchas, para hablar.
— ¿Por qué lo hiciste? —preguntó en voz baja—. Si mañana vuelven a hacerle lo mismo. Si mañana la Reina le va a meter otra vez el catéter, y le va a hacer correrse hasta que sangre, y le va a colgar de los huevos otra vez.
Catalina se detuvo. Consideró la pregunta un momento.
— Porque mi trabajo no es decidir quién merece vivir. Es evitar que mueran mal esta noche.
— Pero él... —Elena bajó la voz todavía más—. ¿No te importa lo que le hacen? Vi cómo ella lo miraba. Cómo miraba su polla. Cómo se relamía.
— Lo que me importa es que si muere esta noche, la Reina le echará la culpa a alguien. Y ese alguien seremos nosotras. Y a nosotras no nos colgarían de los huevos porque no los tenemos. Nos colgarían de las tetas, con anzuelos, y te aseguro, Elena, que preferirías haber nacido varón esa noche.
Elena asintió despacio, tragando saliva, aunque en sus ojos quedaba algo que no era del todo convencimiento. Se cruzó los brazos sobre el pecho de forma inconsciente, cubriéndose.
Catalina lo notó. No dijo nada más.
Había cosas que la medicina no enseñaba. Y cosas que era mejor no aprender demasiado pronto.
Siguieron caminando por el corredor de piedra. Detrás de ellas, en el Salón de los Condenados, el goteo del yodo continuaba cayendo sobre las losas, mezclado con la sangre y el pus escurridos de la polla del esclavo inconsciente. Lento. Paciente. Como un reloj que no se apresura.
La Reina Isolda llegaría al amanecer, con su coño ya húmedo de anticipación bajo las sedas. Y entonces, con su juguete curado, empalmado por orden y con el catéter listo para volver a hundirse en la uretra recién cauterizada, la verdadera diversión, el dolor que ningún elixir alivia, volvería a comenzar.


