La granja de corrección donde aprendí a obedecer
La corneta sonó a las cinco de la mañana y me arrancó del único sueño decente que había tenido en semanas. El sonido era brutal, metálico, diseñado para destrozar cualquier resto de paz. Rebotó contra las paredes de la celda —porque eso era, una celda, no una habitación— y me dejó sentada en el catre con el corazón en la garganta. Antes de que pudiera siquiera tragar saliva, la voz de Magda estalló por el altavoz empotrado en el techo: Todas al comedor. Ahora. No había cortesía en esa voz. No había nada humano.
Me lavé la cara con el agua helada del lavabo. Mis manos temblaban mientras me cepillaba los dientes con el cepillo que me habían asignado, marcado con el número que ahora me definía. Miré mi reflejo en el espejo roto y vi a una mujer que apenas reconocía. ¿Qué hiciste, Renata? ¿En qué te metiste?
El comedor era un salón amplio con mesas de metal y bancos atornillados al suelo. Había unas cuarenta mujeres ya sentadas cuando llegué. Todas con sobrepeso, como yo. Algunas enormes, otras menos, pero ninguna delgada. Sus caras eran un catálogo de resignación: ojeras profundas, mandíbulas apretadas, miradas que no se atrevían a levantarse del plato. Me senté en el único hueco libre, junto a tres mujeres que no me dirigieron ni una mirada.
—Hola —susurré—. Soy Renata. ¿Cuánto tiempo llevan aquí?
Silencio. Una de ellas, una mujer de pelo canoso recogido en una trenza sucia, se inclinó apenas y movió los labios: No hables. Te van a castigar. No entendí a qué se refería. No tardé en averiguarlo.
Un golpe seco en la mesa me hizo saltar. Magda estaba ahí, materializada como si hubiera surgido del piso, con una vara de madera en la mano y esa sonrisa que no era sonrisa. Era alta, delgada, con el pelo negro tirante y unos ojos que parecían disfrutar cada segundo de lo que hacía.
—Tenemos carne fresca —dijo, señalándome con la vara—. Otra puerca que viene a que la domestiquemos. Y por la pinta de esas tetas grandotas que se le marcan debajo del uniforme, va a dar mucho juego.
La sangre me subió a la cara. Abrí la boca para responder, para decirle que no tenía derecho a hablarme así, que yo había pagado por un programa de transformación, no por esto. Pero antes de que la primera palabra saliera de mis labios, su mano me cruzó la cara. La bofetada fue tan fuerte que me desplazó en el banco. El ardor fue instantáneo, como si me hubieran presionado una plancha caliente contra la mejilla. Las lágrimas llegaron solas, sin permiso, sin dignidad.
—No tienes voz aquí —dijo, acercando su cara a la mía. Su aliento olía a café y a crueldad—. Eres la número 387. Cuando yo quiera que hables, te lo ordenaré. Cuando yo quiera que abras la boca, será para tragarte lo que te metan. ¿Entendido?
Asentí, llorando, con la mejilla palpitando al ritmo de mi corazón. Alrededor, ninguna mujer levantó la vista. Todas sabían. Todas habían pasado por esto.
***
El desayuno fue un vaso de jugo de naranja diluido hasta la transparencia y dos galletas de salvado que podrían haber servido como material de construcción. Magda anunció que eso sería todo hasta la cena. Luego se acercó a mí, me agarró la cara con una mano, apretándome los cachetes hasta que sentí los dientes clavarse en el interior de mis mejillas. Con la otra mano, sin ningún disimulo, me apretó una teta a través del uniforme, sopesándola como quien evalúa una pieza de ganado en el mercado.
—Bienvenida a la granja, puerca. Come bien, que viene lo bueno. Esa concha tuya gorda todavía no sabe lo que le espera.
Se fue riendo, y el sonido de su risa quedó flotando en el comedor como un gas venenoso. Mastiqué las galletas con dificultad, cada bocado raspándome el paladar, mientras el jugo me dejaba un sabor amargo que no era solo del líquido. Sentía aún el calor de su mano sobre el pecho, como si me hubiera quedado marcada por dentro de la tela.
Después del desayuno, dos enfermeros de uniforme gris me sacaron del comedor sin explicaciones. Intenté preguntar adónde íbamos, pero la mirada de uno de ellos —vacía, profesional, indiferente— me cerró la boca. Me llevaron a una sala que olía a desinfectante y metal. Había una camilla en el centro, con correas de cuero en los extremos y, lo que no había notado al principio, dos estribos ginecológicos plegables al pie. Me empujaron sobre ella y, antes de que pudiera resistirme, me arrancaron el uniforme de un tirón seco, rompiéndome los botones y dejándome las tetas al aire. Me ataron las muñecas y los tobillos, y luego me desplegaron las piernas en los estribos, abriéndomelas tanto que sentí cómo se me tensaban los músculos internos. Tiré de las correas con toda mi fuerza. No cedieron ni un milímetro.
—¡No, por favor, no! ¡Tápenme! —grité, intentando juntar los muslos sin lograrlo. Estaba completamente expuesta, con la concha abierta al aire frío de la sala, las tetas saltando con cada sollozo, y un grupo de hombres que no conocía mirándome como si fuera ganado en una subasta.
Magda apareció en la puerta. Siempre aparecía en el peor momento, como si tuviera un sensor para el miedo. Cerró la puerta tras de sí y se acercó despacio, saboreando cada paso.
—Todas las puercas reciben su marca —dijo, caminando despacio hacia mí—. Una etiqueta en la oreja derecha, otra en el tabique, con tu número. Y un tatuaje en la nalga derecha. Para que no se te olvide lo que eres. —Se detuvo entre mis piernas abiertas, miró mi sexo expuesto con una sonrisa lenta, y deslizó dos dedos por el surco hasta separarme los labios mayores—. Pero antes hay que revisar la mercadería. Asegurarnos de que la concha está sana, de que el ojete del culo aguanta. Tenemos que saber qué te podemos meter, ¿no, puerca?
—¡No! ¡No quiero! ¡Déjenme salir! —grité, tirando de las correas hasta que el cuero me quemó la piel de las muñecas.
Nadie me escuchó. O peor: me escucharon y no les importó. Magda hundió los dedos sin lubricante, abriéndome con una brutalidad clínica, mientras con la otra mano me pellizcaba un pezón hasta que se me puso duro contra mi voluntad. El dolor de la penetración seca se mezcló con la humillación de sentir el cuerpo responder, traidor, contra la voluntad. Me empezó a moler la concha con dos dedos, después con tres, mientras yo lloraba y suplicaba, y la muy hija de puta sonreía como si estuviera afinando un instrumento. Cuando los sacó, los tenía brillantes. Los olió, lentamente, y los lamió frente a mí sin soltarme la mirada.
—Mira nomás, puerca. La concha dice una cosa y la boca otra. —Volvió a meterme la mano, esta vez los cuatro dedos juntos, abriéndome de una manera que pensé que me iba a partir. Sentí el ardor del estiramiento, el calor del cuerpo invadido y, contra todo lo que quise creer, el rastro de un placer involuntario que me dio más asco que el propio dolor.
Después, cuando los enfermeros estuvieron seguros de que yo estaba "sana", uno de ellos acercó una pistola perforadora a mi oreja derecha. El metal frío tocó mi lóbulo, y por un segundo hubo silencio. Después vino el chasquido y el dolor: un pinchazo feroz que me atravesó la oreja como una aguja al rojo vivo. Grité. Nadie se inmutó.
La perforación del tabique fue otra cosa. El cartílago crujió cuando la herramienta lo atravesó, y el dolor me estalló en el centro de la cara, irradiándose hacia los ojos, la frente, los dientes. Fue como si me hubieran partido la nariz con un martillo. Las lágrimas me cegaron, y la sangre me goteó sobre los labios, mezclada con los mocos que no podía contener.
Después vino el tatuaje. Me dieron vuelta en la camilla —pero sin soltarme los tobillos, así que quedé doblada como un animal con el culo al aire— y sentí el zumbido de la máquina antes de que la aguja tocara mi piel. Cada punzada era un fuego diminuto que se acumulaba hasta convertirse en un incendio. El número 387 fue grabándose en mi nalga derecha mientras yo apretaba los dientes tan fuerte que pensé que se me iban a romper. Y mientras el tatuador trabajaba, Magda se paró detrás de mí, me agarró las nalgas con las dos manos y me las separó. Sentí el aire fresco entrar en la raja del culo, la mirada de todos en él, y después el dedo de Magda paseándose por el ojete, mojado con quién sabe qué saliva, hasta hundirse en mi agujero más íntimo con una lentitud calculada.
—Apretado —comentó, como si estuviera anotándolo en una libreta—. Lo vamos a aflojar. Las puercas nuevas siempre tienen el ojete cerrado. En tres meses te voy a meter el puño hasta el codo.
Sudé, lloré, y en algún momento dejé de luchar. Mi cuerpo se rindió antes que mi mente.
***
Cuando terminaron, me desataron y me dejaron sin ropa. Toda. Me sacaron al patio desnuda, con las perforaciones palpitando, el tatuaje ardiendo, la concha y el ano todavía adoloridos de la inspección, y la humillación pesándome más que mi propio cuerpo. En el patio ya había una treintena de mujeres, todas desnudas, formando un círculo amplio bajo un sol que caía como castigo divino. Las miré una por una, y en cada cuerpo vi la misma marca: el número en la nalga, el aro en la nariz y, en muchas de ellas, otras marcas que me hicieron tragar saliva. Pezones perforados con argollas pesadas. Anillos atravesando los labios mayores. Algunas tenían collares de cuero al cuello, como animales de pastoreo.
—Una hora de trote —anunció Magda, cruzada de brazos bajo la sombra de un alero—. Tetas al viento, conchas al sol. La que se detenga antes de tiempo va a la sala de corrección.
Sonó un silbato y empezamos a correr. El suelo era de grava suelta que se me clavaba en las plantas de los pies con cada paso. El calor me aplastaba. Mis tetas saltaban descontroladas, sin sostén, golpeándome el pecho, doloridas. Mi cuerpo, pesado e indisciplinado, protestó desde el primer minuto. Veía a las otras mujeres jadear, tambalearse, caer. Las que caían eran recogidas por guardias y arrastradas hacia una puerta metálica al fondo del patio. Ninguna volvió mientras estuvimos ahí.
Aguanté veinte minutos. Mis piernas dejaron de responderme como si les hubieran cortado los cables. Me desplomé sobre la grava, con las rodillas perforándose contra las piedras, y dos guardias me levantaron de los brazos sin ninguna delicadeza. Me arrastraron hasta la sala de corrección.
Adentro había una cinta de correr, y al lado, contra una pared, un potro de cuero con argollas para sujetar muñecas y tobillos. Me subieron a la cinta y la encendieron. No era rápida, pero para mi cuerpo destrozado podría haber sido una carrera de velocidad. Y cada vez que mis pasos flaqueaban, cada vez que mi ritmo caía, un látigo restallaba contra mi espalda. El primer golpe me arrancó un alarido que no parecía humano. Fue una línea de fuego puro que me abrió la piel y me robó el aire. El segundo fue peor, porque ya sabía lo que venía y el miedo lo amplificaba todo. El tercero, el cuarto, el quinto. Perdí la cuenta. La sangre me corría por la espalda, mezclada con el sudor, tibia al principio y después fría. Cada azote era un recordatorio: sigue corriendo, sigue corriendo, sigue corriendo.
A la media hora, Magda entró en la sala. Llevaba en la mano una verga de goma negra, gruesa, sujeta a un arnés de cuero. Se lo ató a la cintura con una calma de oficinista que se prepara para una reunión. Después se subió a la cinta detrás de mí, me agarró las caderas con las dos manos y me clavó la polla falsa de un solo empujón, sin previo aviso, sin más lubricante que la mezcla de sudor y sangre que ya me corría por las nalgas. Aullé. Aullé como un animal degollado, mientras la cinta seguía obligándome a caminar, y ella me embestía a un ritmo perfectamente acompasado, empujándome la cabeza hacia adelante con cada estocada para que no parara de mover los pies.
—Esto es lo que vienen a buscar las puercas como vos —jadeó en mi oreja, mientras se me hundía hasta el fondo, una y otra vez—. Esta verga es tu nuevo dueño. Te va a coger en la cinta, en el catre, en la mesa del comedor. Donde yo quiera, cuando yo quiera. Y vos vas a abrir las piernas y vas a decir gracias, puerca.
Cada embestida me empujaba contra la cinta y me obligaba a seguir corriendo para no caer, y entre la verga falsa que me destrozaba la concha y el látigo que un guardia seguía descargando contra mi espalda cada vez que el ritmo flaqueaba, perdí toda noción del tiempo. Sentí la presión en el vientre, el calor que crecía contra mi voluntad, la humillación de un orgasmo que no quería, que no debería, y que mi cuerpo arrastrado al extremo me arrancó igual. Grité de placer y de rabia al mismo tiempo, y Magda se rió a carcajadas mientras me seguía cogiendo. Su mano se deslizó por delante, me encontró el clítoris hinchado y empezó a frotármelo a la vez que me embestía, llevándome a una segunda corrida que llegó casi pegada a la primera, y que me dejó con las piernas temblando sobre la cinta, sostenida solamente por sus manos en mis caderas.
—Ahí está, puerca. Ahí está. Tu concha sabe lo que quiere antes que vos.
Completé la hora. No sé cómo. Mi cuerpo funcionó en un modo que no conocía, un modo animal de pura supervivencia donde la mente se apaga y solo quedan los músculos haciendo lo mínimo para evitar otro golpe. Cuando la cinta se detuvo, Magda sacó la verga de un tirón seco que me arrancó un gemido, me dio una palmada brutal en la nalga tatuada, y caí de rodillas al piso, jadeando, con la visión nublada y el sabor de la sangre en la boca de tanto morderme la lengua. Sentí mis propios fluidos escurrirme entre los muslos, y me dieron arcadas de solo pensar en mi cuerpo respondiendo a esto.
Magda se acuclilló frente a mí. Me agarró del pelo y me levantó la cara para que la mirara.
—Buen trabajo, puerca. Sobreviviste al día uno. —Su sonrisa era lo más frío que había visto en mi vida. Me metió dos dedos en la boca, esos mismos dedos que me habían abierto la concha en la camilla, y me obligó a chuparlos hasta limpiarlos—. Te faltan trescientos sesenta y cuatro.
Soltó una carcajada corta y se fue. Me dejaron ahí, en el piso, durante varios minutos que se sintieron como horas.
***
Las duchas eran como las de una prisión: una sala abierta con regaderas en fila y sin divisiones. El agua salía helada, un contraste brutal con el calor del patio y el ardor de los azotes. Había menos de diez barras de jabón para todas, y las mujeres se las pasaban en silencio, con movimientos mecánicos, sin mirarse a los ojos. Algunas tenían la espalda rayada de marcas rojas, las más recientes todavía brillantes de sangre. Otras se movían con un cuidado que delataba dolor en lugares que yo no quería imaginar.
Me pegué a un rincón y me lavé lo más rápido que pude. El agua helada sobre los azotes era un dolor nuevo, un ardor gélido que me hacía apretar los dientes. Mientras me enjabonaba, noté que algunas de las mujeres que llevaban más tiempo miraban a las nuevas con una intensidad que me puso la piel de gallina. Eran las "veteranas", lo entendí después: mujeres que habían sobrevivido lo suficiente como para convertirse en parte del engranaje, que la dirección había dejado armarse en una pequeña jerarquía interna que las hacía cómplices del sistema. Tenían las tetas más caídas, los cuerpos castigados, pero también la mirada de quien ya no estaba abajo del todo.
Vi a una acercarse a otra novata —una mujer regordeta de pelo castaño, no debía tener menos de veintidós años— y susurrarle algo al oído. La novata retrocedió con los ojos muy abiertos, intentó moverse, pero la veterana la empujó contra la pared de azulejos. Otra veterana se sumó. La novata abrió la boca para gritar, pero la primera le tapó la boca con la palma, mientras la otra le abría los muslos con una rodilla. La que tenía la mano sobre la boca le metió tres dedos en la concha, sin más preámbulo, y la otra le mordió un pezón con una crueldad que me hizo doler los míos por simpatía. La novata se retorcía contra la pared, los ojos llenos de lágrimas, y nadie en las duchas se movió. Nadie levantó la vista. El agua seguía cayendo. Era como si no estuviera pasando, como si fuera el ruido de fondo de la granja.
Y entonces sentí una mano en mi hombro. Me giré y vi a una mujer alta, de pelo rapado al uno, con una serpiente tatuada en el cuello y los pezones atravesados por argollas. Me miró de arriba abajo, despacio, igual que Magda me había mirado en la camilla.
—Te toca, 387. Bienvenida.
—No, por favor, no —susurré—. Acabo de… acabo de salir de la corrección. Estoy lastimada.
—Más rica entonces —dijo, sonriendo. Me agarró del pelo y me empujó de rodillas. El piso de azulejos estaba duro y frío bajo mis rótulas heridas, y delante de la cara apareció su concha, depilada, con un piercing brillante en el clítoris. Olía a jabón barato y a otra cosa, algo más cargado, más femenino—. Si me hacés correr rápido, te vas. Si no, te toca repetir. Aprendé rápido, puerca.
Cerré los ojos. Saqué la lengua porque no tuve otra opción. El sabor me golpeó —ácido, fuerte, vivo— y por un segundo pensé que iba a vomitar. Pero ella me apretó la cara aún más contra el sexo, y mi lengua empezó a moverse sola, buscando el clítoris perforado, lamiendo entre los labios. La mujer gimió, despacio al principio, y luego con más ganas, mientras me restregaba la cara contra ella. Me apretaba el cuello con una mano y con la otra me daba palmadas en la cabeza para corregir el ritmo.
—Más arriba, puerca. Mamá el clítoris, no te quedés en los pelos.
Obedecí. Chupé. Lamí. Le metí la lengua en el agujero apretado de la concha, le succioné el clítoris con todo lo que tenía, le pasé los dientes con cuidado porque sabía que un mordisco me costaría sangre. Mientras lo hacía, sentí cómo otra veterana se ponía detrás de mí, me obligaba a separar las rodillas, y me metía dos dedos en la concha que ya estaba destrozada del consolador de Magda. El nuevo intruso me arrancó un sollozo amortiguado, pero seguí chupando, porque la verdad era esa: si paraba me iba a ir peor. La segunda veterana sumó un tercer dedo, después un cuarto, y me empezó a coger por atrás con la mano entera mientras yo seguía mamándole el clítoris a la primera, los dos cuerpos moviéndose sobre mí como si yo fuera un mueble.
La mujer del piercing se vino rápido. Me empujó la cara con tanta fuerza contra ella que pensé que me iba a partir la nariz por segunda vez en el día, y sentí cómo sus muslos se cerraban contra mis orejas, cómo todo su cuerpo se sacudía y mojaba mi cara con la corrida tibia que me llenó la boca y me bajó por el mentón. Cuando me soltó, casi me caí hacia atrás. Tenía la cara empapada, no sabía si de su corrida, del agua de la ducha o de mis propias lágrimas. Probablemente de las tres cosas.
—Buena puerca —me dijo, dándome una palmada en la mejilla—. Aprendés rápido. La próxima vez te toca a vos. Pero cuando te toque culo, hoy estás suave, va a ser una fiesta abrirte.
Me dejaron en el piso, jadeando, con el agua de la ducha cayéndome sobre la espalda destrozada. Las veteranas se fueron, y la otra novata —la del pelo castaño— quedó tirada al lado mío, los muslos manchados de sangre y de fluidos. Nos miramos, una sola vez, sin decir nada. Cada una sabía lo que la otra acababa de pasar.
La cena fue un insulto: un vaso de agua turbia y un puñado de arroz blanco que cabría en la palma de una mano. Las mujeres comían con desesperación, cada grano contado, cada sorbo medido. Temblaban de agotamiento, de hambre, de miedo. Yo mastiqué ese arroz insípido como si fuera el último alimento de mi vida, porque en ese momento no estaba segura de que no lo fuera.
Magda se acercó a mi mesa por última vez ese día. Se inclinó sobre mi hombro y susurró con esa voz que era puro veneno envuelto en seda. Mientras hablaba, deslizó una mano por debajo de la mesa hasta encontrar mi sexo bajo el uniforme nuevo que me habían dado para la cena, y me metió un dedo, sin pedir permiso, como quien comprueba la temperatura del horno.
—Acostúmbrate, 387. Comida miserable y días largos. Conchas abiertas, culos rotos, bocas trabajando. Esto es lo que pediste. —Movió el dedo dentro de mí dos, tres veces, sintió cómo respondía la carne contra mi voluntad, y lo sacó. Lo limpió en mi propio cuello, despacio—. Mañana empezamos con los aros en los pezones. Vas a quedar preciosa, vas a ver.
Se alejó riéndose, y el sonido de sus tacones sobre el piso de cemento fue lo último que escuché antes de que nos mandaran a las celdas.
Sola en mi catre, saqué la única foto que había traído: Damian y Sofía, mi esposo y mi hijo, sonriendo en la playa el verano pasado. La apreté contra mi pecho y lloré hasta que el cuerpo se me quedó sin lágrimas. El tatuaje me ardía, las etiquetas me tiraban de la oreja y la nariz con cada movimiento, los azotes me impedían acostarme boca arriba, la concha me palpitaba con un dolor sordo que no se iba, el ano me ardía cada vez que me movía. Me hice un ovillo de costado, con la foto entre las manos, y pensé en la promesa que me había hecho: un año y volvería transformada, delgada, nueva.
Trescientos sesenta y cuatro días más.
Cerré los ojos, pero el sueño no vino. Solo el silencio de la granja, roto de vez en cuando por el llanto ahogado de alguna mujer en las celdas vecinas, o por gemidos lejanos —algunos de dolor, otros que ya no sabía cómo clasificar—. Y la certeza, fría y pesada como las correas de la camilla, de que había entrado en un lugar del que quizás no saldría siendo la misma.



