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Relatos Ardientes

La iniciación que no esperaba de su nuevo amo

4.5 (39)

Elena había cruzado la verja de la villa cuando el sol comenzaba a caer detrás de los cipreses que bordeaban el camino de entrada. No era lo que había imaginado: esperaba algo más oscuro, más deliberadamente intimidante. La villa era grande y blanca, con paredes encaladas y ventanas de madera clara, y olía a tierra húmeda y a lavanda.

Marcos la recibió en el umbral con la serenidad de quien tiene todo lo que necesita exactamente donde lo quiere. Le estrechó la mano con firmeza. Nada de besos, nada de frases de cortesía. Solo ese apretón que decía más que cualquier bienvenida.

—Ven, te enseño la casa.

El recorrido duró cuarenta minutos. La villa tenía tres plantas y un semisótano al que Marcos llamó simplemente «la sala de trabajo». Bajaron por una escalera estrecha y Elena vio los ganchos en la pared, los aros de acero atornillados al techo y, en el rincón más alejado, una camilla cubierta con una funda de tela gruesa. Marcos no explicó nada de lo que veía. No hizo falta.

En la cocina del semisótano, que olía a tomillo y a caldo largo, Elena conoció a Berta y a Miriam, que preparaban la cena con la eficiencia callada de quien lleva años en el mismo oficio. Subieron después a la primera planta: tres habitaciones de invitados, todas razonablemente pequeñas. Una pertenecía a Valeria, la joven que Elena había visto brevemente en el salón cuando llegó y que le había devuelto una mirada tranquila, completamente desprovista de curiosidad. En el garaje había dos vehículos y cajas apiladas. En el despacho, Sofía tecleaba frente a una pantalla y asintió con la cabeza sin interrumpir su trabajo cuando entraron.

La última parada fue la habitación de Marcos.

Elena entró esperando encontrarla vacía. Valeria estaba sentada en el borde de la cama con las manos sobre los muslos y la espalda recta. No llevaba ropa. No hizo el menor gesto de cubrirse. Levantó la vista hacia Elena un segundo y la volvió a bajar, como si la presencia de otra mujer en esa habitación fuera algo que llevara tiempo sin sorprenderla.

—¿Esperabas otra cosa? —preguntó Marcos, que había captado la expresión de su cara.

—No —mintió Elena.

Sobre la cómoda había una bandeja con bocadillos fríos. Marcos se sentó en la silla frente a la cama y cruzó los brazos.

—Antes de empezar, hablamos.

***

Las reglas eran cuatro, y Marcos las expuso con la misma precisión con que hubiera dado instrucciones técnicas para cualquier otra cosa.

La primera era el protocolo de trato. En privado o en presencia de personas que conocieran la relación, él sería «Amo». Delante de extraños o de gente cuya discreción Elena no pudiera confirmar con certeza, sería «Señor». No había excepciones ni márgenes de interpretación después de esa noche.

La segunda era la más importante y la más concreta: el cuerpo de Elena le pertenecía a él. Eso significaba que ninguna parte de su cuerpo podría ser usada con otra persona hasta que él la hubiera reclamado primero. Reclamar tenía una definición precisa: que él se hubiera corrido en ella, a través de ella o sobre ella. Cada parte del cuerpo era independiente. Si él había usado su boca pero no sus manos, sus manos seguían siendo suyas en el sentido de que no podía usarlas con nadie más.

—Esta noche —dijo Marcos— haré lo necesario para que puedas volver con Rodrigo mañana. Pero tus manos y tu boca quedarán pendientes.

—¿Y él sabe…? —empezó Elena.

—No he terminado.

Ella cerró la boca.

La tercera regla: si quería masturbarse, podía hacerlo, pero debía pedirlo con antelación y esperar respuesta. No era una humillación, era una estructura. La cuarta era la salida: en cualquier momento podía terminar simplemente diciéndolo. Sin consecuencias, sin drama, sin explicaciones. La opción siempre estaría disponible.

Cuando terminó, Marcos esperó.

Elena levantó la mano.

—¿Rodrigo sabe que estoy aquí?

—Sabe lo que tú hayas decidido contarle —respondió Marcos—. Eso es asunto tuyo.

—¿Y si en algún momento quiero estar con él?

—Me lo pides a mí primero. Yo decido cuándo y en qué condiciones.

Elena asintió despacio. Valeria seguía en el borde de la cama sin haberse movido en los últimos veinte minutos.

—¿Algo más? —preguntó Marcos.

—No, Amo —respondió ella.

La palabra tardó un segundo de más. Él lo notó. Elena supo que lo había notado. No dijo nada al respecto.

—Bien. Ahora, el problema evidente es que no tienes ni idea de lo que estás haciendo. Eso se nota. Así que empezamos de cero.

***

Lo que Elena había imaginado que sería esa noche no tenía mucho que ver con lo que ocurrió.

Había imaginado algo parecido a lo que había visto en pantallas: cuero, mandatos en voz baja, cuerpos bien iluminados y un orden narrativo que avanzaba hacia el clímax con precisión de guion. Lo que Marcos le pidió primero fue que se arrodillara en el suelo. No de forma elegante ni cargada de simbolismo. En el suelo de madera, con las palmas apoyadas, como si ese fuera el único lugar que le correspondía ocupar en ese momento.

—Ven hasta aquí sin levantarte.

Elena avanzó. La madera era fría y dura bajo las rodillas. Notó el roce antes de llegar a la mitad del trayecto. Cuando llegó frente a Marcos y levantó la vista, encontró su mirada sin expresión particular, ni satisfacción ni crueldad. Solo atención.

—Los calcetines —dijo.

Valeria se inclinó desde la cama y, sin separar las rodillas del colchón, aferró con los dientes el borde del calcetín de Marcos y tiró con suavidad. El calcetín cayó al suelo con una facilidad que dejó claro que no era la primera vez que hacía eso. Valeria volvió a su posición sin decir nada, como si hubiera hecho lo más natural del mundo.

—Ahora tú.

Elena tardó más. Sus dientes resbalaron dos veces antes de conseguir sujetar bien el tejido. El segundo calcetín fue algo más llevadero. Marcos esperó sin dar señales de impaciencia.

—Empieza por el empeine —ordenó—. Lento. No estás limpiando, estás saboreando.

Elena sacó la lengua y pasó el primer lametazo por el empeine. La piel estaba limpia, sin olor fuerte. Repitió el movimiento, más despacio esta vez, y fue avanzando hacia los dedos, hacia los espacios entre ellos, hacia la planta. Había algo en la concentración que exigía el ejercicio que vaciaba la cabeza de todo lo demás. No pensaba en Rodrigo ni en lo que le diría mañana. Solo en la textura de la piel bajo la lengua y en la respiración de Marcos, que seguía siendo regular pero ya no completamente neutra.

Estuvo así casi un cuarto de hora.

Después, Marcos se tumbó boca abajo en la cama.

—Valeria, enséñale.

Valeria se reposicionó con la eficiencia de alguien que no necesita pensar los movimientos. Se inclinó sobre las nalgas de Marcos, las separó con las manos con suavidad y pasó la lengua por el centro con una lamida larga y deliberada, sin prisas y sin gestos de reparo. Marcos extendió un brazo sin decir nada.

—Suficiente. Vuelve.

Valeria se incorporó y ocupó su sitio.

—Ya sabes cómo se hace —le dijo Marcos a Elena—. Ahora tú, hasta que yo diga que pares.

Elena se acercó. Había un momento de resistencia interna que tuvo que atravesar de forma consciente, porque el cuerpo tarda más que la decisión. Separó las nalgas de Marcos con las manos, tal y como había visto hacer a Valeria, y sacó la lengua. La piel estaba limpia. Lo que esperaba que fuera insoportable no lo era en absoluto, o al menos no de la manera que había temido.

Pasó los primeros lametazos con poca convicción. Marcos no dijo nada, pero no tardó en notar cómo la respiración de él cambiaba con determinados movimientos. Ajustó el ritmo y la presión en función de eso, buscando qué producía reacción y qué no. Era, descubrió, menos distinto a otras cosas que había hecho de lo que habría admitido antes de intentarlo.

Cuando su lengua tocó el centro durante varios segundos seguidos y él no hizo ningún gesto de apartar, cuando el único sonido en la habitación fue el de su propio trabajo y la respiración de los tres, algo cambió en la forma en que Elena ocupaba ese espacio. No era la sumisión de película. Era algo más concreto y más difícil de ignorar.

***

Marcos la detuvo después de varios minutos y la hizo arrodillarse de nuevo junto a Valeria.

—Mediocre —dijo, sin crueldad pero sin suavizarlo—. Correctable. El problema no es la voluntad sino la inexperiencia. Eso se soluciona con tiempo y con práctica.

—Quiero seguir aprendiendo, Amo —respondió Elena.

—Lo sé —dijo él—. Si no quisieras, ya te habrías ido hace rato.

Se volvió hacia Valeria.

—Esta noche ella está a tu cargo. Lo que aprenda o no aprenda en las próximas horas depende de ti tanto como de ella.

—Sí, Amo —respondió Valeria.

Lo que siguió fue diferente en tono y en ritmo. Valeria no usaba la humillación por capricho sino por función. Explicaba antes de pedir. Corregía sin insultar. Decía cuándo algo estaba bien con la misma neutralidad con que señalaba cuándo no lo estaba. Elena empezó a entender que el aprendizaje tenía una lógica propia, y que esa lógica no era violencia sino precisión.

Marcos las observó desde la silla durante un rato. Después se incorporó y se tumbó en la cama.

—Ven —le dijo a Elena.

Ella se acercó. Él la fue colocando con instrucciones breves: los brazos extendidos primero, después la posición del torso. Sus rodillas quedaron sobre los antebrazos de ella y el peso de él inmovilizó sus brazos contra el colchón. No era violencia. Era arquitectura. Un control construido de forma que la resistencia de ella trabajaba en su contra sin que él tuviera que hacer ningún esfuerzo especial.

Elena notó el cambio en su propia respiración: se volvió más corta, más vigilante. No era miedo exactamente, aunque tenía algunos de los mismos componentes. Era la conciencia repentina de que dependía de él para regularlo, y que él lo sabía, y que eso era exactamente el punto.

Marcos se inclinó hacia ella, dejó que su peso bloqueara el acceso al aire durante unos segundos y luego cedió.

—Respira.

Elena tomó aire con una inspiración larga y forzada.

—Otra vez.

La segunda vez duró más. Elena había aprendido en los últimos segundos que el pánico llegaba antes de que el cuerpo lo necesitara realmente, y que podía distinguir los dos. Cuando Marcos cedió de nuevo y la dejó respirar, lo hizo sin la desesperación de la primera vez. Con los pulmones llenos pero sin el nudo en el pecho que había esperado sentir.

—Bien —dijo él. Era la primera vez en la noche que usaba ese tono específico.

Marcos la penetró con una calma que contrastaba con la irregularidad de la respiración de Elena. Sus movimientos eran lentos al principio, construyendo tensión donde el cuerpo de ella todavía procesaba la mezcla de adrenalina y control cedido. Indicó a Valeria cómo situarse con un gesto y ella obedeció sin preguntar. Las instrucciones de Marcos llegaban en voz baja, precisas, y Elena las seguía sin pensar demasiado, que era, comprendió, exactamente lo que se esperaba de ella.

Cuando Marcos se corrió lo hizo de forma deliberada, mirándola a los ojos sin apartar la vista.

Elena notó que ella también se corría, casi sin haberlo buscado, en el mismo momento en que él se retiraba. No dijo nada. Él tampoco.

—Ya puedes volver con Rodrigo mañana —dijo Marcos levantándose, como si cerrara un punto de una lista.

***

Cenaron tarde los tres en la habitación. Los bocadillos fríos de la bandeja, una botella de agua compartida. Marcos hizo preguntas sobre Rodrigo, sobre el trabajo de Elena, sobre lo que esperaba de los meses siguientes. Ella respondió con más honestidad de la que habría usado en cualquier otra conversación esa semana. Valeria comía en silencio y cuando Marcos le preguntaba algo respondía sin rodeos y sin artificios.

Elena los observaba a los dos mientras comía y entendía que lo que estaba viendo no era una pose ni una actuación. Era la rutina de algo que llevaba funcionando mucho antes de que ella llegara, y que seguiría funcionando mucho después de que ella se fuera, si es que se iba.

Cuando se apagó la luz, Elena estaba en el lado izquierdo de la cama. Valeria a la derecha. Marcos en el centro. Elena tardó en dormirse. Miraba el techo y escuchaba la respiración pausada de los otros dos.

Mañana hablarás con Rodrigo y no sabrás exactamente qué decirle. Lo pensó sin angustia. Y pasado mañana volverás aquí de todas formas.

No era amor. Era algo más difícil de nombrar: algo que llevaba tiempo buscando en los lugares equivocados y que esta noche, por primera vez, había encontrado exactamente donde menos se hubiera esperado.

Cerró los ojos.

Afuera, el viento movía los cipreses con un sonido largo y continuo, como el de las páginas de un libro que alguien pasara muy despacio.

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4.5 (39)

Comentarios (8)

Sorjuan

increible!!! uno de los mejores de esta categoria que lei en mucho tiempo

PatriciaM

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como sigue la historia de Elena

Damian77

Me encanto como logra crear la tension desde el principio sin apresurarse. Se siente todo muy real

Tomas_99

buenisimo, me tuvo enganchado hasta el ultimo parrafo. Esperando mas!

NocturnaR

Y que paso despues??? necesito la continuacion, no puedo quedarme con esta duda jaja

Mia_lectora

excelente relato :)

Andres66

Me recordo a algo que lei hace meses pero este esta mucho mejor narrado. Buen trabajo en serio

Cachopo

tremendo!!! se hizo corto, quiero mas

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