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Relatos Ardientes

Mi amo regresó de París con una nueva exigencia

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Me llamo Lucía. Soy divorciada desde hace cuatro años, trabajo en el departamento de operaciones de una empresa de logística en Valencia y, si hay algo que aprendí de mi matrimonio, es que prefiero una noche complicada a una vida predecible. Eso, más o menos, explica todo lo que voy a contar.

Conocí a César en 2022, cuando lo nombraron responsable regional. Llegó con esa clase de seguridad que no necesita demostrarse: voz grave, gestos precisos, la costumbre de hablar poco y decir exactamente lo que quería decir. Yo tardé aproximadamente tres semanas en entender que iba a ser un problema.

Empezamos a vernos fuera de la oficina en mayo de ese año. Fue él quien puso las reglas desde la primera conversación seria que tuvimos: él decidía, yo aceptaba. No lo dijo de manera amenazante ni agresiva. Lo dijo como alguien que describe una geografía que ya conoce de memoria. Y yo, que llevaba años buscando exactamente ese tipo de claridad, acepté sin que tuviera que pedirlo dos veces.

La primera vez que me follé a César fue en su casa, un sábado por la noche, después de una cena en la que apenas hablamos de trabajo. Me hizo subir en silencio, me llevó al dormitorio y me empujó contra la pared sin besarme. Me bajó las medias hasta los tobillos con una mano mientras con la otra me agarraba del cuello, no con fuerza, lo justo para hacerme saber que no iba a moverme de ahí hasta que él lo decidiera. Me metió dos dedos en el coño sin avisar. Yo ya estaba empapada antes de que me tocara y él lo notó enseguida. «Mírate», me dijo al oído, «llevas toda la noche pensando en esto». No respondí. No hacía falta.

Me hizo arrodillarme delante de él y se sacó la polla del pantalón él mismo. Era gruesa, recta, exactamente como me la había imaginado las semanas anteriores mirándolo en las reuniones. Me la metió en la boca sin preguntar, agarrándome del pelo, marcando el ritmo. «Toda», me ordenó. «Hasta abajo». Intenté tragármela entera y se me saltaron las lágrimas la primera vez que me la clavó en la garganta. No paró. Tampoco aflojó. Me la siguió metiendo hasta que se me corrió el rímel y la saliva me caía a hilos por el mentón. Solo entonces me dejó respirar. «Buena chica», dijo. Y yo, que llevaba años sin escuchar nada que me afectara, sentí esas dos palabras como un golpe en el estómago.

Me folló esa noche tres veces. La primera contra la pared, sin desnudarme del todo, con el vestido subido hasta la cintura y las bragas hechas un nudo a un lado. Me clavaba la polla hasta el fondo y se quedaba dentro unos segundos, mirándome a los ojos, esperando a que yo dijera algo, a que pidiera algo, a que perdiera la compostura. La segunda boca abajo en la cama, con un brazo retorcido a la espalda, follándome el coño con tanta calma que el orgasmo me pilló desprevenida y me corrí gritando contra la almohada. La tercera de madrugada, ya medio dormida, cuando se me subió encima sin avisar, me abrió las piernas y se me corrió dentro entre gemidos cortos, casi en silencio, como si hasta para correrse necesitara mantener el control.

Los meses que duró aquello fueron los más intensos que recuerdo. César no improvisaba. Cada encuentro tenía una lógica interna que yo nunca terminaba de ver hasta que ya estaba en el centro de ella. Me gustaba esa pérdida de control. Me gustaban sus órdenes, sus silencios, la forma en que una mirada suya podía hacerme obedecer antes de que yo misma entendiera por qué obedecía. En la cama era otro: frío, completamente enfocado, convencido de lo que quería. Y lo que quería siempre me dejaba sin palabras durante días.

Lo de los juegos de dominación fue escalando despacio. Primero las órdenes verbales: me hacía describir en voz alta cómo me masturbaba pensando en él, con qué dedos me tocaba el clítoris, a qué velocidad, cuántas veces me metía los dedos en el coño antes de correrme, sin saltarme ningún detalle, mientras él me follaba lentamente sin dejarme acabar. Luego las restricciones físicas: empezó atándome las muñecas con su corbata, pasó a las esposas, después a una cuerda larga con la que me ataba de pies y manos a los cuatro postes de la cama y me dejaba ahí, abierta, durante minutos enteros antes de tocarme. Me lamía el coño hasta que estaba al borde y entonces paraba. Una vez, dos veces, tres. La cuarta me dejaba correrme y yo gritaba tan fuerte que más de una vez los vecinos golpearon la pared. A él le hacía gracia.

Luego vino la humillación controlada que los dos sabíamos que era un juego aunque se sintiera completamente real. Me hacía caminar desnuda por su piso mientras él contestaba correos sin levantar la vista. Me hacía esperar de rodillas al lado de su silla con la boca abierta, sin hacer nada, solo esperar, hasta que él decidía meterme la polla. Una noche me corrió en la cara, en las tetas y en el pelo, me prohibió ducharme y me hizo dormir así, con el semen seco pegado a la piel. Otra me folló el culo por primera vez, despacio, con paciencia, con un dedo lubricado primero, después dos, después la polla entera hasta el fondo, sin dejar que me corriera hasta que se lo pidiera por favor tres veces seguidas. Lo pedí. Lo pedí muchas veces, y cada vez me sorprendía menos pedirlo.

César tenía una habilidad particular para encontrar el límite exacto en el que el malestar se convierte en algo diferente, en algo que quieres que no pare aunque en teoría no debería gustarte.

Entonces llegó la propuesta de la empresa: una posición importante en París, dos años con opción a extensión. Lo supo un jueves. Me lo dijo el viernes siguiente, de pasada, en el pasillo, como quien menciona que ha cambiado de proveedor de café. Eso también era César: preciso hasta en la manera de no darte importancia.

Los primeros meses intenté mantener algún tipo de contacto. Los mensajes se volvieron más cortos, más fríos, hasta que simplemente dejaron de tener respuesta. César había cerrado ese capítulo con la misma eficiencia con la que gestionaba todo lo demás. Yo tardé bastante más en aceptarlo. Más de lo que me habría gustado admitir entonces.

Seguí con mi vida. Tinder, algunas noches que valieron la pena, otras que no dejaron nada. Hubo un par de tipos que pasaron por mi cama y a los que les hice trabajar buscando algo que ninguno encontró: ese rato en el que César me hacía sentir que mi coño no era mío, que mi culo no era mío, que ni siquiera el aire que me entraba a los pulmones lo decidía yo. Ninguno se acercó. Algunos lo intentaron a su manera, me pusieron a cuatro patas y me follaron como les pareció, y me corrí porque mi cuerpo es lo que es y reacciona a lo que reacciona, pero ninguno me dejó la cabeza vacía durante tres días. Y entonces, en el otoño del año pasado, César volvió.

No volvió como compañero. Volvió como director regional. Mi superior directo. Lo vi ese primer lunes con esa seguridad renovada que París le había añadido encima de la que ya tenía, reuniéndose con delegados internacionales, ocupando salas de cristal. Y yo, aparentemente, había dejado de ser parte de su mapa.

Estuve semanas sin decir nada. Mirando de lejos, diciéndome que aquello ya era historia, que no tenía ningún sentido reabrir algo que él había cerrado sin consultarme. Hasta que una tarde me cansé de esperar a que él diera el primer paso y le escribí. Solo una línea:

—Sé que ahora soy un detalle sin importancia en tu agenda. Pero si algún día quieres tener una conversación privada, sin el trabajo de por medio, aquí estaré.

Lo envié y solté el teléfono antes de poder leerlo diez veces más. Pasaron cuatro días. Cinco. Seis. Nada. Al séptimo, mientras fregaba los platos después de cenar, vibró el móvil con un mensaje suyo.

—Hola, Lucía. Espero que estés bien. Esta noche te llamo.

Eso fue todo. Sin exclamaciones, sin contexto, sin la más mínima señal de urgencia. Y sin embargo me alegró el resto del día de una manera que no me enorgullecía del todo.

Me quedé en el sofá con el televisor de fondo, el móvil en la mano, revisando la pantalla cada pocos minutos. Sin darme cuenta me había metido la mano por debajo de la falda y me estaba acariciando por encima de las bragas, despacio, casi sin pensarlo, como si el cuerpo se hubiera adelantado a la cabeza. Cuando reaccioné tenía las bragas empapadas y los pezones tan duros que se marcaban bajo la camiseta. Me quité la ropa entera, me tumbé en el sofá y me metí dos dedos en el coño pensando en él, en su voz, en la forma en que me agarraba del pelo. Me corrí en menos de cinco minutos mordiéndome el dorso de la mano para no hacer ruido. Después me quedé ahí, desnuda, mirando el techo, avergonzada de lo poco que había tardado mi cuerpo en volver a obedecerle. No llamó hasta pasada la medianoche.

—Hola, perra.

Así, directamente. Sin saludo real, sin preguntarme cómo estaba. Solo eso.

—Hola, César —respondí—. Gracias por lo de «perra». Muy sofisticado viniendo de París.

No contestó de inmediato. Ese silencio suyo, deliberado, siempre había funcionado conmigo como un anzuelo que yo sabía que era un anzuelo y que picaba igualmente.

—Estoy bien —dijo al fin—. París fue bien. Pero echaba de menos esto.

—¿Esto sí? ¿A mí no?

—Exacto.

Sentí una rabia que no supe si era orgullo herido, frustración genuina o algo más difícil de nombrar. En cualquier otro contexto habría sido una respuesta inaceptable de alguien que quería seguir hablando conmigo. Pero con César el lenguaje funcionaba de otra manera: la frialdad era parte del sistema, la distancia era la forma que él tenía de mantenerte en tensión. Lo sabía, y seguía siendo efectivo.

La conversación continuó en esa misma línea durante un rato. Él habló de París con la suficiencia de quien ha confirmado lo que ya sospechaba de sí mismo. No preguntó por mí. No preguntó por nada que tuviera que ver conmigo. Hasta que, justo antes de despedirse, soltó la pregunta:

—¿A qué hora sueles ir al baño por la mañana?

Me quedé en silencio. El tipo de silencio que necesita un momento para entender que sí, que ha escuchado lo que cree que ha escuchado.

—¿Cómo? —dije.

—Has oído perfectamente.

Tenía razón. Había oído perfectamente.

—¿Estás siendo serio? —pregunté.

—Cuando no lo soy, lo notarías. Si quieres verme, contesta.

—Normalmente sobre las ocho, antes de ir a la oficina —respondí. Y no sé bien por qué respondí.

—Bien. Escucha con atención: mañana a las siete cincuenta y cinco abrirás la puerta de tu piso y la dejarás entornada. Te desnudarás y entrarás al baño. Dejarás la puerta abierta y te colocarás en cuclillas, de espaldas a la entrada. Cuando notes que estoy allí, puedes empezar.

Hubo un silencio largo. El mío.

Esto no lo voy a hacer. Esto no tiene ninguna relación con lo de antes. Esto ya no es un juego de dominación, esto es otra cosa completamente diferente.

Pero no colgué.

—Eres un cerdo, César.

—Hasta mañana.

Y colgó él.

Estuve horas dando vueltas. Repasando la conversación, buscando la lógica interna de la petición. Desde un punto de vista objetivo, era indefendible: César me pedía que lo dejara entrar a mi casa para observarme en el momento más privado e íntimo que existe. Sin sexo, sin contacto, sin ninguna promesa de nada a cambio. Solo eso. La exhibición más radical de vulnerabilidad que se le puede ofrecer a otra persona.

Y sin embargo.

Había algo en esa petición que, por muy perturbadora que fuera, tenía una coherencia interna con todo lo que César había sido para mí. Siempre había buscado el punto exacto donde el control se disuelve. Siempre había querido verme sin ningún tipo de filtro. Esto era la conclusión lógica de esa búsqueda, llevada hasta un extremo que yo nunca había considerado posible.

A la una de la madrugada me metí en la cama y me masturbé otra vez, pensando esta vez no en el sexo de antes sino en lo que me iba a pedir mañana. Me corrí dos veces: una con tres dedos hundidos en el coño y la palma frotándome el clítoris, otra con dos dedos metidos en el culo y el coño chorreando solo, sin que me tocara nadie. Me odié un poco por las dos.

No lo voy a hacer.

Me dormí convencida de eso.

***

El despertador sonó a las siete. Llevaba un rato despierta. Me levanté, preparé el desayuno como cada mañana: fruta, yogur, un café largo. Me lo tomé sin prisa, mirando por la ventana, diciéndome que estaba completamente tranquila.

A las siete y cuarenta recogí los platos y los dejé en el fregadero.

A las siete y cuarenta y cinco estaba sentada en el sofá con los pies en el suelo y el móvil boca abajo sobre el cojín.

A las siete y cincuenta me desvestí.

Cogí la llave, abrí la puerta del piso y la dejé entornada, apoyada contra el marco. Entré al baño descalza, sin encender la luz del techo, solo la del espejo. Y me coloqué como él había indicado: de cuclillas, de espaldas a la puerta, con los pies planos en el suelo y la espalda lo más recta que podía mantenerla.

La posición era incómoda. Las rodillas me dolían un poco. Tenía el cuerpo tenso, los músculos del estómago contraídos y una mezcla de vergüenza y de algo que no era exactamente vergüenza revolviéndome por dentro. Sentía el coño abierto entre los muslos, las nalgas separadas, el culo apuntando al pasillo, expuesto al aire frío del baño. El desayuno, los nervios y las tres veces que había ido al baño antes de que él llegara habían hecho una parte del trabajo. El resto dependía del momento.

Oí el sonido de la puerta al cerrarse.

Sus pasos en el pasillo. Pausados, sin prisa. Como todo lo que hacía.

Y luego silencio.

Noté su presencia detrás de mí antes de escuchar nada más. No era intuición ni imaginación: era el calor de alguien en un espacio pequeño, el cambio mínimo en el aire de un baño cerrado. César estaba ahí.

Cerré los ojos. Mi cuerpo tomó la decisión por mí, como si llevara toda la mañana esperando ese permiso concreto. No fue un proceso elegante ni silencioso. Fue completamente real, completamente expuesto, y no había nada en ese momento que pudiera disimular ni controlar. Mi ano se dilató con naturalidad mientras los nervios y el café hacían su trabajo. Dos descargas largas y pesadas que resonaron en el suelo de baldosas. César respiraba detrás de mí sin decir nada.

Cuando terminé me quedé inmóvil, en esa posición que ya pesaba en las piernas, esperando. La vergüenza seguía ahí, pero había mutado en algo diferente: no exactamente humillación, sino la sensación de haber cruzado una línea que no sabía dónde volvería a situarse. Tenía el coño mojado. Tan mojado que sentía el líquido escurrirme por la cara interna del muslo derecho. No entendía qué parte de mí había decidido reaccionar así a algo que no tenía nada que ver con el deseo. Pero ahí estaba, traicionándome, dejando claro que mi cuerpo le pertenecía a él aunque mi cabeza llevara meses repitiéndose que no.

—Sigues siendo igual de precisa —dijo César desde detrás—. Y tienes la misma espalda de siempre.

No era un cumplido convencional. Era César siendo exactamente lo que había sido siempre: alguien que observa y cataloga sin perder la distancia.

Me giré despacio. Él estaba apoyado en el marco de la puerta, completamente vestido, con los brazos cruzados. Me miró sin apartar la vista. No con deseo, exactamente. Con algo más parecido a la satisfacción de quien confirma una hipótesis que llevaba tiempo queriendo verificar. Sus ojos bajaron un segundo a mis tetas, a la mata de vello del coño, a la humedad que me brillaba en los muslos, y volvieron a mi cara sin que la expresión cambiara. Ni un movimiento hacia la bragueta. Ni una mano extendida. Nada.

—¿Ahora querrás quedar algún día? —pregunté. La pregunta me sonó más pequeña de lo que quería que sonara.

César esperó un momento antes de hablar.

—Me gustaría —dijo—. Pero esta semana presento la dimisión. Me voy a la competencia. Vuelvo a salir del país.

Lo miré sin entender del todo.

—¿Cómo que te vas?

—Ya me has oído.

Se fue sin más. Cerró la puerta del baño con la misma tranquilidad con la que había entrado. Oí sus pasos alejarse por el pasillo. La puerta del piso se cerró con un clic seco y definitivo.

Me quedé ahí, en el suelo del baño, con la espalda contra la bañera, las piernas todavía abiertas y el coño mojándome los muslos, procesando lo que acababa de pasar. Había cedido a la petición más absurda y más extrema que nadie me había hecho nunca. No solo por él: también por esa parte de mí que no sabe retirarse cuando un juego se vuelve incómodo, que convierte cualquier límite en un reto, que necesita saber hasta dónde llega antes de decidir que no llega más lejos. César lo sabía desde el principio. Siempre lo había sabido. Yo le había dado exactamente lo que buscaba y no había conseguido nada a cambio, ni siquiera una conversación entre dos personas que alguna vez se habían conocido de verdad. Ni siquiera una polla en la boca, ni una mano metiéndome los dedos en el coño hasta el fondo, ni una mirada que durara más de lo que él permitía. Nada.

Antes de ducharme me llevé la mano al coño y me corrí ahí mismo, sentada en el suelo, con tres dedos dentro y mordiéndome el labio, rabiosa y excitada al mismo tiempo, sin saber bien por cuál de las dos cosas iba el orgasmo. Tardó menos de un minuto. Eso también me lo había hecho él, sin tocarme.

Me duché. Me vestí. Llegué a la oficina a las nueve menos cuarto, como cualquier otro día. Nadie notó nada.

Dos semanas después el despacho de César estaba vacío. Una placa nueva, un nombre nuevo, alguien que probablemente no tenía ninguna historia conmigo ni con nada de lo que había pasado en ese baño.

Lo único que saqué en limpio de todo aquello, además de la rabia y de la risa amarga que me salió días después mientras lo contaba en voz alta por primera vez, es que esa posición tiene ventajas fisiológicas reales que el inodoro convencional no ofrece. La columna vertebral y el vaciado intestinal lo confirman.

Y que César puede irse donde le dé la gana.

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4.6(50)

Comentarios(8)

slave10

que relato!!!! me dejo sin palabras en serio

Karla_noche

La tension desde el primer parrafo es increible. Esa llamada al principio te atrapa y ya no podes soltar

Marlena_B

quiero saber exactamente que le pidio!!! es una tortura dejarlo en suspenso asi jaja, espero la segunda parte

DanteRios77

muy bien escrito, se nota que hay algo real detras. Sigue asi!

MarisolF

Me recordo a una situacion que yo vivi... esa mezcla de querer colgar y no poder es muy real. Gracias por compartirlo

jorge_69

no colgo... ni yo tampoco jajajaja

NocheViva

La psicologia del personaje esta muy lograda. No es facil transmitir esa tension interna sin que suene forzado. Enhorabuena

tomas_sur

Esperando ansioso que continue, esto no puede quedar asi :)

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