Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi amigo me envolvió en plástico y me hizo suya

Todo empezó una noche de viernes en mi departamento, con dos botellas de malbec vacías sobre la mesa baja y Mateo hundido en mi sillón, contándome cosas que no le contaba a nadie más. Lo conocía hacía cuatro años, desde que trabajábamos en la misma agencia, y habíamos pasado del coqueteo al silencio cómodo de los amigos que ya no se acuestan porque saben que perderían algo más interesante.

—¿Vos tenés algún fetiche raro? —le pregunté, recostada contra el apoyabrazos, con las piernas dobladas debajo del cuerpo.

Se rió, miró el techo, dudó un segundo.

—Más de uno.

—Contame el peor.

—No es el peor. Es el más específico.

Esperé. Cuando alguien acaba de decir eso, lo único que tenés que hacer es esperar. Mateo se acomodó, tomó un trago largo de su copa y empezó a hablar como si estuviera explicando una receta de cocina.

—Me gusta envolverlas en film. El transparente, el de empaque industrial. De los pies a la cabeza. Con cuidado en la nariz, obvio. Lo demás todo cubierto.

—¿Y después?

—Después las llevo en brazos hasta una mesa. Las acuesto. Y empiezo a hacer agujeros. Solo donde necesito.

Se me secó la garganta. Asentí como si estuviera escuchando un trámite bancario, pero por dentro algo se me había prendido fuego en un lugar que hacía meses no respondía a nada. Me llevé la copa a la boca para disimular el temblor de la mano.

—¿Y ellas?

—Ellas no se mueven. No pueden. Y ahí está la gracia.

Mateo siguió hablando. Yo casi no lo escuchaba. Sentía el peso de mi propia ropa, la costura de la bombacha apretándome donde no debía apretarme tanto, el roce del corpiño contra los pezones que se habían puesto duros sin permiso. Me fui levantando despacio, con una sonrisa que esperé que pareciera desinteresada.

—Voy un segundo al baño.

Cerré la puerta. Apoyé la espalda contra los azulejos fríos. Me bajé el calzón hasta los tobillos y me toqué con dos dedos, mordiéndome la otra mano para no gritar. Lo veía con una nitidez que daba miedo. Veía mi propio cuerpo envuelto en plástico transparente, sudado, inmóvil, reflejado en una mesa de vidrio. Veía los agujeros pequeños, los pezones empujando hacia afuera, la boca abierta sin poder cerrarse del todo. Me vine en menos de dos minutos, en silencio, con la frente pegada a la puerta y los ojos llenos de lágrimas absurdas.

Volví al sillón con la cara lavada y un vaso de agua fresca. Mateo había cambiado de tema, hablaba de algo del trabajo. Le seguí la conversación durante una hora más, riéndome cuando correspondía, pero sin dejar de mirarle las manos y la forma en que sostenía la copa.

***

Al día siguiente me desperté con la imagen todavía pegada a la cabeza. Me había acostado y me había vuelto a tocar antes de dormir, esta vez sin apuro, imaginando cada paso. La transpiración acumulándose dentro del plástico. La impotencia de no poder mover ni un dedo. El aliento de Mateo sobre el único agujero que importaba.

A las once de la mañana le escribí.

Quiero probar lo que me contaste anoche.

Tardó cuatro minutos en responder. Yo conté cada uno.

Esta noche. A las diez. En mi casa.

Pasé el día entero en un estado raro, mitad ansiedad, mitad excitación, mitad vergüenza por estar tan ansiosa. A las seis de la tarde me metí en la ducha y me afeité con más cuidado del habitual. A las ocho empecé a probar combinaciones de ropa frente al espejo, sabiendo que era absurdo, que iba a terminar desnuda y envuelta en algo que ni siquiera dejaría ver lo que llevaba debajo. Pero me importaba. Me importaba cómo iba a llegar a esa puerta.

Elegí un conjunto de lencería blanca, casi virginal, con encaje fino y bordados pequeños en el borde de la bombacha. Probé un vestido corto, lo descarté. Probé una pollera, la descarté. Al final me puse el tapado de cuero negro que me llegaba hasta las rodillas, con los botones cerrados de arriba abajo, y debajo nada más que el conjunto blanco. Me calcé unas botas de taco bajo y salí.

***

Mateo me abrió la puerta con una camisa blanca arremangada y los pies descalzos. Me miró de arriba abajo y soltó una risa corta.

—Venís muy vestida.

—Por poco tiempo.

Entré. El living estaba ordenado, con la luz justa, dos velas encendidas sobre la mesa baja y, sobre la mesa grande del comedor, un rollo enorme de film stretch. No del de cocina. Más ancho, más resistente, transparente como agua. Había hecho los deberes.

Se giró un instante para servir dos copas y aproveché para desabotonarme el tapado uno a uno. Cuando volvió, lo dejé caer al piso. Quedé parada en medio de su living con el conjunto blanco, las botas y nada más.

—Carajo —dijo, y la palabra le salió rota.

Se me acercó por detrás, me agarró de la cintura y me besó la nuca con la boca abierta. Después bajó hasta el hombro, después al cuello, después me giró y me besó en la boca con esa lengua caliente que ya conocía de un cumpleaños borracho dos años atrás. Me apretó contra él. Sentí su erección contra mi cadera y se me cortó la respiración como si me hubiera caído al agua.

—Sacate todo —me dijo al oído.

Me desabroché el corpiño y lo dejé caer. Me bajé la bombacha, di un paso al costado y la dejé en el piso. Mateo se agachó, la levantó, se la llevó a la nariz un segundo y se la guardó en el bolsillo del pantalón. Nunca se la pedí de vuelta. Sigue ahí, supongo.

—Subite a la mesa.

Me subí. La madera estaba fría contra la piel. Mateo agarró el rollo, sacó el primer tramo y empezó por los tobillos. Lo hacía con una concentración que me asustó un poco. Como un escultor. Como alguien que había hecho esto muchas veces y todavía se tomaba el trabajo de hacerlo bien. Subió por las pantorrillas, por las rodillas, por los muslos. Cuando llegó a la cadera, me hizo levantar el cuerpo apoyándome en los codos para poder darle la vuelta al film. Volvió a bajar, a subir, hasta que toda la parte de abajo era una sola pieza brillante y tirante.

—Brazos pegados al cuerpo —ordenó.

Obedecí. Empezó a envolverme el torso con los brazos adentro. La presión iba creciendo. No era dolorosa, pero era firme, definitiva. Sentía cómo cada vuelta del plástico me cancelaba un grado más de movimiento. Para cuando llegó al cuello, yo ya no era una persona. Era un paquete tibio que respiraba.

—La cabeza ahora. Quedate quieta. Cerrá los ojos.

Lo hice. Sentí el film pasarme por la frente, por las mejillas, por debajo del mentón. Dejó libres la nariz y la boca, con un cuidado que me conmovió a pesar del contexto. Cuando terminó, se alejó dos pasos y me miró largo, en silencio.

—Hermosa —dijo, y no parecía estar siendo galante. Lo decía como quien describe un resultado.

***

Empecé a sudar casi de inmediato. La calefacción estaba alta, lo suficiente como para que el plástico se convirtiera en un horno suave alrededor de mi cuerpo. La transpiración no tenía adónde ir. Se acumulaba contra la piel, resbalaba por dentro del envoltorio, se mezclaba con mi propia humedad entre las piernas. Yo era un recipiente cerrado lleno de mi propio calor, y cada minuto que pasaba la temperatura subía un grado más.

Mateo se acercó con un cúter pequeño. Me hizo dos agujeros diminutos, uno sobre cada pezón. Apenas el film cedió, los pezones empujaron hacia afuera por el calor y la presión, duros, un poco morados. Se inclinó y los lamió uno por uno, despacio, sin tocarme nada más. Cada lamida me atravesaba como una corriente. Yo solo podía gemir bajito, con la boca medio abierta, la mandíbula floja porque no podía hacer otra cosa con ella.

—Date vuelta. Te ayudo.

Me ayudó a girarme con cuidado. Quedé boca abajo, con los pezones aplastados contra el vidrio frío de la mesa. Era una mesa de vidrio templado, no me había fijado al subir. La diferencia de temperatura me hizo arquear todo lo poco que podía arquear, que no era nada, pero el impulso estuvo.

Sentí el cúter otra vez. Esta vez más abajo. Un solo agujero, en el centro exacto entre mis nalgas, apuntando hacia abajo. Mateo metió un dedo, suave, comprobando. Yo gemí más fuerte de lo que quería.

—Quieta —dijo, divertido—. Ni siquiera empezamos.

Me cargó otra vez en brazos. Me llevó al sillón grande del living. Me acostó boca abajo, con las caderas apoyadas sobre el apoyabrazos, las piernas colgando, la cabeza hundida en los almohadones. La posición era humillante y perfecta a partes iguales.

***

Se desabrochó el cinturón. Lo escuché caer al piso. Después escuché el chasquido de un frasco abriéndose. Sentí el lubricante frío entrando por el agujero pequeño del film, deslizándose por donde tenía que deslizarse. Después sentí la cabeza de su sexo presionando ahí mismo, sin prisa, esperando.

—Respirá hondo.

Respiré. Empujó. Entró despacio, milímetro a milímetro, hasta que estuvo entero adentro. Me quedé sin aire un segundo. No porque doliera, sino porque la sensación era tan distinta a cualquier cosa que conociera que el cuerpo no sabía cómo procesarla. Estaba siendo penetrada y al mismo tiempo no podía moverme. No podía empujar para atrás. No podía abrir más las piernas. No podía cerrar las manos. No podía hacer absolutamente nada salvo recibir.

Empezó a moverse. Despacio al principio, después más fuerte, después brutal. Cada embestida me hacía rebotar contra el apoyabrazos. El sudor me chorreaba por dentro del envoltorio, me bajaba por la espalda, se acumulaba en los pliegues. Yo gritaba contra los almohadones, gritaba sin palabras, gritaba groserías que no sabía que conocía.

Me vine la primera vez sin aviso, de golpe, como si me hubieran arrancado algo del centro del cuerpo. Después me vine otra vez, más larga, más profunda, con un temblor que recorrió las piernas envueltas y se quedó vibrando en los tobillos. Después una tercera, más rara, casi sin contracción, solo una ola larga que me dejó floja entera dentro del plástico. Mateo no aflojó. Siguió metiéndomela hasta que terminó adentro mío con un gruñido que me sonó a triunfo.

Se quedó quieto unos segundos, apoyado contra mi espalda, respirando fuerte. Después salió despacio. Me dio una palmada suave en la nalga envuelta y se dejó caer en el otro extremo del sillón.

—Dame un minuto —dijo, y prendió la tele como si tal cosa.

Yo seguía atada a mi propio plástico, derretida sobre el apoyabrazos, con los pezones todavía empujando por los agujeros y un hilo de su semen escurriéndose por el otro. No podía hablar. Solo respiraba. La pantalla parpadeaba en algún partido de fútbol que ninguno de los dos miraba.

***

Y entonces sonó el portero eléctrico.

Mateo se incorporó de un salto, miró la pantalla del intercomunicador y se le borró el color de la cara.

—Mi novia —dijo.

—¿Qué?

—Está subiendo. Tiene llave.

No había tiempo. Me levantó del sillón con una agilidad que no le conocía, me cargó en brazos como un mueble caro y me metió en un cuartito al fondo del pasillo, ese donde guardaba las herramientas y la bicicleta. Me apoyó contra la pared, todavía envuelta, todavía con su semen adentro, todavía sin poder mover un dedo.

—Quedate quieta. Ni un ruido. Vuelvo en cuanto pueda.

Cerró la puerta. Escuché sus pasos alejarse, la puerta del departamento abriéndose, una voz femenina, un beso largo, una conversación amable sobre el día de cada uno.

Yo me quedé ahí, en la oscuridad, oliendo a aceite de bicicleta y a sexo, con el corazón latiéndome contra el film como un pájaro atrapado.

Y lo peor, o lo mejor, todavía no sé cómo llamarlo, fue que me di cuenta de que estaba sonriendo.

Continuará.

Valora este relato

Comentarios (9)

RoxanaGDL

tremendo!!! de los mejores que lei esta semana

DiegoBA_lector

segunda parte porfavor, quede con ganas de saber como termina todo esto

tinta_y_morbo

Excelente relato. Hace rato no leia algo de esta categoria tan bien narrado, sin caer en lo burdo. Gracias por compartirlo

Camila95

jajaja la llegada con el abrigo largo me mato, que buena intro

un_lector_curioso

primera vez que me animo a leer algo de bdsm y la verdad me sorprendio para bien. Hay continuacion?

SergioBaires

se lee de un tiron, muy bueno. Espero que escribas mas seguido

ArielRel

me encanto como arranca, se siente que hay historia detras de esos dos. Muy bien logrado

CurioNocturno

buenisimo!! me recordo a algo que me paso hace unos años jaja

lectora_MX_77

Que manera de escribir. Cada detalle esta en su lugar. Sigue asi!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.