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Relatos Ardientes

Lo que significa arrodillarse de verdad

La primera vez que Valeria llegó al orgasmo esa noche no fue por la verga de Marcos ni por la boca de Lucía. Fue por la falta de aire.

Lo supo después, cuando pudo pensar con claridad. Pero en el momento solo sintió que algo dentro de ella se rompía de una forma que jamás había imaginado posible, y que su cuerpo actuaba por su cuenta mientras su cabeza todavía intentaba entender qué estaba pasando.

Marcos la penetró sin aviso, un envite directo y sin ceremonias que la aplastó contra el colchón. No era la primera vez que Valeria follaba así, pero sí la primera vez que lo hacía con él, y el tamaño era distinto al de Germán, más ancho, más largo, mucho más difícil de ignorar. El primer orgasmo llegó casi inmediatamente, gestado en la tensión de los últimos veinte minutos, en la presión sobre su garganta y en algo que no quería admitir: el placer de no poder respirar con normalidad.

Lucía cambió de posición. Pasó de estar a su lado a colocarse directamente encima de su cara, y Valeria entendió lo que se esperaba de ella sin que nadie se lo dijera. Lo hizo. No porque le disgustara, sino porque no había otra opción que le resultara aceptable en ese momento.

Lo que no esperaba era que Lucía fuera tan efectiva cerrándole la boca y la nariz al mismo tiempo.

El oxígeno escaseó. Los pulmones empezaron a exigir con dolor. Los envites de Marcos no paraban, cada uno más profundo que el anterior, y en algún punto entre la necesidad de aire y la presión interior, su cuerpo decidió por ella. El orgasmo llegó con una fuerza que no tenía precedentes en su historia personal, tan completo que por un momento la cabeza dejó de funcionar del todo.

Cuando recuperó el sentido, Lucía ya no estaba encima de ella. Marcos seguía moviéndose, implacable, y la mascarilla de oxígeno que le habían colocado en la cara olía a plástico y a algo medicinal. Valeria parpadeó. Se preguntó cuántos segundos había estado fuera.

—¿Tengo que seguir? —oyó susurrar a Lucía.

Marcos negó con la cabeza.

***

Quince minutos después los tres estaban en la ducha. Era grande, de esas con múltiples chorros laterales que Valeria nunca había tenido en ningún piso en el que había vivido. El vapor llenaba el espacio y ella tomó la esponja sin pensar, la llenó de jabón y empezó a frotarse el hombro izquierdo.

—Dame la esponja —dijo Lucía, que acababa de entrar cerrando la mampara detrás de ella.

—Cuando acabe —respondió Valeria—. Y puedes pedirla por favor.

—Puta estúpida —replicó Lucía, sin variar el tono.

—Las cosas se piden de otra manera —dijo Valeria—. Y no me llames así ahora que no te estoy haciendo nada.

—Dale la esponja —intervino Marcos, y su voz cambió el peso del aire en la ducha—. Puta estúpida. Y después sal, túmbate en el suelo del baño, apoya los puños cerrados y haz cien flexiones completas. Quiero que los pezones te queden a cinco centímetros del suelo cuando estés abajo, cuentas quince en esa posición y subes hasta extender los brazos. El cuerpo recto en todo momento.

—Perdona, Amo —respondió Valeria bajando la cabeza, con el brazo ya extendido hacia Lucía para entregarle la esponja—. Yo no pretendía…

—¡Ahora! —dijo Marcos, y el tono no dejaba margen.

Valeria salió de la ducha. El suelo del baño era de mármol frío y ella estaba completamente mojada. Se tendió en posición de flexión, apoyó los puños cerrados en el suelo y empezó a bajar.

Mientras contaba, de reojo, vio cómo Lucía enjabonaba a Marcos. Lo hacía con una eficiencia que era también una ceremonia: esperaba fuera del chorro hasta que él la necesitaba en una posición distinta, se mojaba solo cuando hacía falta, le besaba los pies antes de ponerle las zapatillas de rizo, le pasaba toallas limpias en un orden que claramente no era aleatorio. Había un protocolo detrás de cada gesto y Valeria, mientras contaba en voz baja la flexión cuarenta y dos, empezó a ser consciente de todos los errores que había cometido.

Cuando salieron los dos hacia la habitación, ella todavía llevaba jabón seco en la cintura y el pelo mojado goteándole por la espalda. Se había secado lo que había podido con las toallas que Lucía había dejado en el suelo, húmedas ya de los pies y las piernas de Marcos.

—Puta estúpida —dijo Marcos desde la habitación, cuando Valeria estaba en la flexión ochenta y ocho—. No te levantes. Avanza así hasta aquí. Si has recibido parte del entrenamiento funcional de tu instructor serás capaz. Y apoyas mal los pies.

Valeria resopló entre dientes. Siempre se había arrastrado apoyando los codos, no en posición de flexión. Le costó coordinar el movimiento, pero llegó. Cuando entró en la habitación tanto Marcos como Lucía estaban sentados en la cama.

—Te has caído del ritmo —dijo Marcos—. Empieza a contar de nuevo. Y añade diez por lo de los pies.

Hizo ciento diez flexiones más. Cuando terminó se incorporó y dio un paso hacia el pasillo.

—¿Dónde vas? —preguntó Marcos.

—A la ducha, Amo.

—Has perdido ese derecho con tu actitud. Arrodíllate a los pies de la cama.

Valeria obedeció. Se puso de rodillas, la espalda recta, las manos en los muslos. Marcos la miró un segundo con algo que podría haber sido aprobación si no fuera por lo que dijo después.

—¿Sabes cuál fue tu error?

—Sí, Amo —mintió Valeria, porque temía que hubiera algo más de lo que ella había captado.

—Entonces dímelo.

Valeria dudó un segundo de más.

—Para empezar —dijo Marcos—, tienes que asumir que si quieres ser mi esclava no eres nada. Y eso se refleja en cada gesto. —Pulsó algo en el mando a distancia y la televisión de la habitación se encendió mostrando el interior del baño—. Iris, pon la escena de la ducha desde el principio.

—Sí, Amo —respondió una voz a través del altavoz integrado en la pared.

—Como eres, Amo —le salió a Valeria antes de poder evitarlo—. Si hasta has reprogramado el asistente de voz…

Se calló al ver la expresión de Marcos. Lucía empezó a reír en voz baja y se inclinó hacia él para decirle algo al oído. Él también se rió. La pantalla mostraba el baño de hacía veinte minutos. Marcos dejó que la escena corriera completa sin decir nada, con una mano distraída metida entre los muslos de Lucía mientras ella le mordisqueaba la oreja.

Cuando el vídeo terminó, Marcos habló.

—Te has ganado un castigo por el trato. Y al amanecer ya veremos qué más. Pero primero: relata lo que pasó en la ducha antes de mandarte a hacer flexiones.

—Sí, Amo. Lucía me llamó de esa manera que me molesta mucho, y yo le respondí que podía pedirme las cosas de forma más educada, y también que no me llamara así porque en ese momento no le estaba haciendo nada.

—Tienes un problema —la interrumpió Marcos.

—Lo sé, Amo. Es la falta de costumbre con este tipo de… relaciones.

—¿Relaciones en las que follas? ¿Con quién más lo haces aparte de Germán?

—Con hombres solo con él —respondió Valeria—. Con alguna mujer, esporádicamente. Se me da muy mal relacionarme con hombres fuera del ámbito profesional.

—Bien. Ese es tu segundo problema, no el primero. Ahora dilo como corresponde, sin perífrasis ni rodeos. Llama a las cosas por su nombre.

—No entiendo a qué se refiere, Amo.

—Graba, Lucía.

La joven tomó el teléfono del mesita y apuntó hacia Valeria. Esta llevó un brazo instintivamente al pecho y la otra mano al sexo.

—Separa las rodillas un metro —ordenó Marcos—. Manos en la nuca. —Valeria adoptó la postura. El rojo le subió desde el cuello hasta las sienes—. Bien. Mientras no te indique otra cosa, cuando estés desnuda y te diga «descanso», esta será tu postura, esté quien esté delante. ¿Entendido?

—Sí, Amo.

—Ahora te voy a dar a elegir cuál de tres frases quieres que te diga de ejemplo. Yo la digo, tú la repites a cámara. Después dices las otras dos. Antes de cada frase, incluida la de ejemplo, dirás: «Soy una puta estúpida que no sabe follar y por eso lo digo mal:», y a continuación la frase. Elige entre la frase de la ducha, lo que acabas de decirme o la primera respuesta que diste cuando te pedí que relataras lo ocurrido.

—Esta última, Amo —dijo Valeria en voz baja.

—Bien. Te diré la frase. Cuando baje la mano, eso es la señal para Lucía de que empiece a grabar. Contarás hasta quince y dirás tu introducción, luego repites la frase tal como yo te la diga. Cuando mueva la mano de lado a lado, empiezas con las otras dos. ¿Lo has entendido?

—Sí, Amo.

—La frase es: «Con hombres solo follo con Germán. Con alguna puta, como yo, también jodo. Se me da muy mal buscar tíos para chingar fuera del trabajo». ¿Entendido?

Valeria asintió con la cabeza.

Marcos bajó la mano. Lucía empezó a grabar. Valeria contó hasta quince en silencio con los labios apretados y el color de la cara rozando el escarlata.

—Soy una pu… pu… puta estúpida que no sabe fo… follar —empezó, y cada sílaba le costaba el doble que la anterior—. Y por eso lo digo mal: con hombres solo fo… follo con Germán. Con alguna pu… puta, como yo, también jo… jodo. Se me da muy mal buscar tíos para chi… chingar fuera del trabajo.

Marcos sonreía. Lucía mantenía el teléfono firme.

Marcos movió la mano de izquierda a derecha.

—Perdón, Amo —dijo Valeria, que todavía intentaba regular la respiración—. ¿Cuál va ahora?

—La de la ducha. Y te acabas de ganar otro castigo.

—Soy una pu… puta estúpida que no sabe fo… follar. Y por eso lo digo mal: —se detuvo—. ¿Dame la esponja?

—Esa no. Tu respuesta. Y con este ya llevas tres castigos. Vuelve a empezar por la introducción.

—Lo siento, Amo. Aceptaré cualquier castigo que tenga a bien imponerme.

—Soy una pu… puta estúpida que no sabe fo… follar. Y por eso lo digo mal: —respiró—. Pídela por favor. —Marcos hizo un gesto para que continuara y Valeria pareció captar la frase entera. El rojo de sus mejillas subió todavía un tono más—. No me llames pu… puta estúpida que no te estoy co… comiendo el co… coño.

—Vas captando la idea —dijo Marcos—. Ahora falta hacerlo sin cacarear. A ver si lo consigues en la narración. Pero aunque cacarees, si dices lo que toca, no habrá castigo por eso.

—Gracias, Amo.

Valeria tomó aire.

—Soy una pu… puta estúpida que no sabe fo… follar. Y por eso lo digo mal: Lucía me llamó puta estúpida, lo cual me molesta mucho porque en mi educación esas palabras estaban completamente prohibidas. También me cuesta hablar de todo lo que tiene que ver con el se… sexo.

—¿Por qué? —preguntó Marcos.

—Mis padres son de una comunidad religiosa muy conservadora —respondió Valeria—. Católicos, aunque con particularidades que los separan bastante de lo que la mayoría de la gente entiende por eso. Vienen del norte de África, de una rama que lleva siglos relativamente aislada. En casa el sexo no existía como palabra. Existía «eso». «Las chicas no hacen eso con los chicos». «Ten cuidado porque los chicos pueden meterte eso y hacerte un bebé». Mi madre se escandalizó cuando, a esa última advertencia, yo pregunté si incluso mis hermanos.

—¿Cuántos hermanos tienes? —preguntó Lucía, bajando el teléfono un momento.

—Siete —respondió Valeria—. Cuatro varones y tres mujeres. Soy la quinta. En una familia así, la quinta aprende a pelear para existir.

—Eso explica el carácter —dijo Marcos—. Porque desde luego no es por educación.

—No —aceptó Valeria—. Mis hermanos eran muy tranquilos. Nadie peleaba, nadie levantaba la voz, nadie usaba palabras que no fueran limpias. La violencia estaba prohibida de todas las formas posibles y mi comunidad predicaba la paz sin ninguna vergüenza. El sexo, en cambio, se evitaba sin decirlo nunca directamente. Y eso —añadió en voz más baja, como si hablara para ella misma— me valió mi primer castigo de verdad. Y también el mayor aprendizaje sobre mí misma que he tenido nunca.

Marcos la miraba con atención. Lucía había bajado el teléfono del todo.

—¿Y qué aprendiste? —preguntó él.

Valeria tardó en responder. Seguía arrodillada en el suelo frío, con el jabón seco pegado a la cintura y el pelo todavía húmedo. Pero la postura no había cambiado. Las rodillas separadas, las manos en la nuca, la espalda recta.

—Aprendí —dijo al fin— que lo que más miedo me daba no era que me hicieran daño. Era decirlo en voz alta.

Marcos no respondió de inmediato. La estudió durante varios segundos con una expresión que Valeria no supo interpretar.

—Bien —dijo finalmente—. Eso es lo primero honesto que dices desde que entraste en esta habitación. —Se levantó de la cama y se situó frente a ella—. Los castigos siguen en pie. Pero eso lo dejamos para mañana. Esta noche ya has aprendido suficiente.

—Gracias, Amo —respondió Valeria.

Y por primera vez en toda la noche, no le costó decirlo.

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Comentarios (11)

MarcosBA

Increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo. Sigan asi!!!

SilvinaR

Me dejo pensando un buen rato. Se nota que quien escribio esto entiende el tema de verdad, no es solo fantasía barata.

Depredador

Excelente!!!

LucianaM

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que pasa despues con Valeria. Muy bueno

NocheDeLetras

Me gusto mucho como esta escrito, se siente autentico. Espero mas relatos así

HoracioRosario

Que bueno encontrar algo con profundidad y no solo accion. Se hizo corto :)

Ceci_BA

tremendo relato, lo lei dos veces jaja

LectoFan_ar

El final me dejo con la boca abierta. Hay algo muy real en como esta narrado, casi no parece ficcion. Felicitaciones, de verdad.

RodriS_22

Muy bueno! Esperando el proximo. Saludos desde cordoba

VeronicaLP

Me recordo a un relato que lei hace años pero este esta mucho mejor escrito. Sigue publicando!

PatoRosario

Hay algo en como esta contado que engancha desde la primera linea. Bravo

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