La mascota de la familia: mi día de sumisión
La luz se filtra débil a través de la tela que cubre mi jaula. Afuera escucho la casa despertar: esos crujidos familiares del piso superior que ya conozco de memoria. No he dormido bien. Claro que no, con los vibradores encendidos toda la noche y la mordaza en la boca. Así me dejó el amo Marco antes de apagar la luz, los dos agujeros llenos, las muñecas sueltas para no entumecerme, con la advertencia de que si me los quitaba sin permiso no comería en todo el día.
Los vibradores llevan horas zumbando dentro de mí a intensidad baja, un runrún constante que me tuvo toda la noche al borde sin dejarme cruzarlo. El coño me late hinchado, empapado, con los jugos escurriendo por los muslos hasta la manta. El plug de silicona negra que me metió en el culo antes de dormir sigue firme, y cada vez que me remuevo lo siento presionar contra el otro juguete, los dos separados apenas por una pared de carne que ya no sé si me pertenece. La mordaza me tiene la boca abierta de par en par, la baba corriéndome por la barbilla, y siento los pezones tiesos rozando el suelo cada vez que respiro hondo.
Llevo varios meses viviendo en este sótano. Antes tenía un piso, un trabajo, una vida que ahora me parece de otra persona. Ahora soy Sofía, la mascota de la familia Herrera. Así lo elegí, así lo firmé, y así lo vivo cada mañana cuando escucho los primeros pasos sobre mi cabeza.
Los de esta mañana son ligeros, rápidos. No son los del amo. Lo sé por el ritmo. La luz del sótano se enciende de golpe y parpadeo hasta que los ojos se adaptan.
—Buenos días, pequeña —dice Nicolás desde las escaleras, el hijo mayor, veinticinco años, con esa sonrisa que mezcla ternura genuina y diversión calculada—. ¿Cómo están los agujeros esta mañana?
Sin esperar respuesta mete la mano entre los barrotes y presiona los dos juguetes hacia adentro. Suelto un gemido ahogado por la mordaza. Empuja el vibrador del coño hasta el fondo con dos dedos y lo hace girar; el plug del culo lo mueve con el pulgar, adentro y afuera con un movimiento corto, sin prisa. Siento cómo se me contraen las paredes alrededor de los dos, cómo la mezcla de flujo y saliva de vibrador que llevo dentro empieza a chorrearme por los muslos otra vez.
—Estás empapada, perra —susurra, y se lleva los dedos a la nariz antes de limpiarlos en mi mejilla—. Papá te va a felicitar. Venga, sal. Ya es hora del desayuno.
Abre la reja y salgo a cuatro patas, como corresponde. A la mascota de la familia no se le permite ponerse de pie dentro de casa a menos que el amo lo ordene expresamente. Nicolás engancha la correa a mi collar de cuero negro y me guía escaleras arriba. A cada paso los dildos se mueven y tengo que concentrarme en respirar despacio para no perder el control antes de tener permiso.
El comedor huele a café recién hecho. El amo Marco está sentado a la cabecera, con su periódico doblado y la taza vacía delante. Es un hombre de poco más de cincuenta años, pelo entrecano, manos grandes, una autoridad que no necesita alzar la voz para hacerse sentir. Valentina, la hija de veintidós años, teclea algo en su teléfono sin levantar la vista.
—Nicolás, qué bien que hayas traído a la perra —dice el amo—. Necesito mi café.
Nicolás entrega la correa a su padre, que me atrae hacia él con un tirón suave pero firme. Toma la taza y la sostiene justo debajo de mi pecho derecho. Con la mano libre empieza a presionar, a exprimir con una técnica ya automatizada de tanto practicarla. Hace cuatro meses que me sometieron a un tratamiento hormonal que me obligó a producir leche. Desde entonces, la familia no compra lácteos.
La leche cae en la taza formando un hilo fino y constante. El amo aprieta la aureola entre el pulgar y el índice, tira del pezón con un ritmo firme, y cada tirón me atraviesa el pecho y baja directo al coño, que sigue ensartado en el vibrador encendido. Aprieto los muslos para no gemir. Valentina, sin dejar de mirar el teléfono, extiende la mano.
—La mía también, papá.
El amo llena su taza, luego la de su hija. Yo me quedo quieta, mirando al frente, esperando la siguiente orden.
Diana, la esposa, entra desde la cocina secándose las manos en el delantal. Es rubia, bien conservada, con ese porte de quien lleva muchos años sabiendo exactamente cuál es su lugar en esta casa. Y cuál es el mío. Me mira un segundo y señala la cocina con un gesto de cabeza.
—Perrita, ven. Los chicos necesitan el cereal.
Me dirijo a la cocina a cuatro patas. Diana toma mis pechos con ambas manos y los vacía sobre los dos tazones llenos de cereales. Los aprieta con las dos palmas planas, comprime y suelta, comprime y suelta, y la leche sale en chorros gruesos que salpican los copos. La leche cae tibia. Ella no bebe la mía; nunca lo ha hecho. Dice que le parece demasiado íntimo, aunque a mí eso me resulta difícil de entender, dado todo lo demás que ocurre en esta casa.
—Llévales el desayuno —ordena—. Y no derrames nada, que ayer manchaste la alfombra.
Cargo los tazones con cuidado, avanzando despacio entre el pasillo y el comedor. Sirvo a Nicolás primero, luego a Valentina, que por fin deja el teléfono para comer.
—Gracias, mascota —dice con una sonrisa—. Hoy estás más obediente.
El amo me llama de nuevo. Me quita la mordaza y me indica que desayune yo también, mamando directamente de mis propios pechos lo que queda. Chupo primero un pezón, luego el otro, sintiendo el sabor dulzón de mi propia leche en la lengua, mientras el amo me mira con la taza en la mano y una media sonrisa. Es suficiente para calmar el hambre del momento, aunque sé que al mediodía estaré hambrienta. Me pregunto qué tendrán planeado para hoy.
***
Diana me toma de la correa y me lleva al patio trasero. El sol de la mañana está suave todavía, pero en una hora quemará. Me pone a cuatro patas sobre el césped y saca la manguera. El agua fría me cae encima con fuerza; concentra el chorro en los lugares que deben quedar perfectamente limpios, con esa eficiencia mecánica que me resulta más humillante que cualquier insulto. Me abre las nalgas con una mano y dirige el chorro directamente al agujero del culo, luego baja al coño, apartando los labios con dos dedos para que el agua entre. Luego mete la punta de la manguera donde corresponde para asegurarse de que todo esté impecable también por dentro. Primero por delante, hasta que la barriga se me hincha y tengo que expulsar el agua sobre el césped en varias tandas; después por detrás, con la manguera enterrada hasta bien adentro, hasta que Diana decide que ya salgo limpia.
Es el único momento del día en que puedo hacer mis necesidades sin pedir permiso.
Cuando termina me deja extendida sobre el pasto, al sol, para que me seque al aire. La piel me arde en los hombros. Sé que voy a ponerme roja.
Escucho la puerta trasera abrirse. Son los pasos de Nicolás, inconfundibles.
—Tranquila —dice en voz baja, agachándose junto a mí—. Ya te pongo el protector.
Saca un pequeño bote de su bolso de universidad y me aplica la crema por los hombros, la espalda, las piernas. Lo hace rápido, sin ceremonias, pero con cuidado. Es el único de la familia que lo hace. Luego me da un beso suave en la frente y se levanta.
—Portate bien hoy —susurra.
Y se va a clase.
Me quedo mirando el cielo hasta que el amo sale al patio y me dice que es hora de vestirse.
***
En el sótano, el amo abre el armario donde guarda mi ropa y los juguetes. Repasa las perchas con la mirada, sin prisa, como alguien que elige qué pintura usar para un cuadro. Finalmente saca una falda corta color fucsia, un top blanco muy ajustado y unos tacones plateados.
—Hoy salimos —dice—. Tengo cosas que resolver y tú vienes conmigo.
Me visto sin ayuda, lo cual ya no me resulta sencillo cuando el top tiene que pasar sobre los pechos que siguen produciendo leche. El amo elige el plug anal de metal, el que tiene una piedra engastada en la base, y el vibrador pequeño de mando a distancia para la parte delantera. Antes de metérmelos me hace ponerme a cuatro patas sobre la alfombra. Se agacha detrás de mí, me abre las nalgas con las dos manos y escupe directo en el agujero del culo, extendiendo la saliva con el pulgar en círculos lentos. Luego apoya la punta fría del plug metálico contra el ano y empuja despacio, girando; siento cómo el músculo cede a regañadientes, cómo el metal me abre hasta llegar al ensanchamiento máximo y entonces desaparece de golpe adentro, con la piedra de la base tapando la entrada. Grito por lo bajo. El amo se ríe.
—Buena perra.
Después me hace darme la vuelta. Me abre las piernas con las rodillas, apoya el vibrador pequeño en la entrada del coño y lo empuja de un solo movimiento. Ya estoy tan mojada que entra sin resistencia, hasta el fondo. Una vez colocados, se acerca y desliza los dedos entre mis piernas, bordeando sin tocar el centro, jugando con mi paciencia hasta que las rodillas empiezan a doblarse. Con el índice y el medio recorre los labios por fuera, uno lento por cada lado, sin rozar el clítoris, sin meterlos dentro. Yo empiezo a temblar y me muerdo el labio para no rogarle.
Se detiene.
—Todavía no —dice—. Maquíllate como muñeca y hazme esa cola de caballo bien alta.
Obedezco frente al espejo del baño del sótano. Cuando termino, el amo enrolla varios billetes dentro de un preservativo y lo introduce con cuidado en mi interior, junto al vibrador. Siento el paquete duro empujando el juguete más adentro, presionando contra el cuello del útero.
—Si algo se cae, lo recoges tú —dice—. Con esa faldita, todo quedará a la vista.
Subimos. Salimos. Me mete en el asiento del copiloto y antes de arrancar me da las instrucciones de siempre:
—Piernas abiertas, mano en el clítoris. Te detienes justo antes de llegar. Cada vez que pares, el top baja.
El camino dura casi veinte minutos. Los hago con los dientes apretados, midiendo el ritmo con cuidado, deteniéndome tres veces antes de que el borde del orgasmo me borre el juicio. Me subo la falda hasta la cintura y meto la mano derecha entre las piernas. Con dos dedos abro los labios y con el corazón empiezo a frotarme el clítoris en círculos pequeños, primero suaves, sintiendo cómo la yema se me pone resbalosa de mis propios jugos. El vibrador dentro sigue zumbando, el paquete de billetes empuja cada vez que respiro, el plug de metal se me clava en el asiento a cada bache. En el primer semáforo el orgasmo me sube como una ola y tengo que apartar la mano de golpe; me quedo con los dedos separados en el aire, temblando, y me bajo el top hasta que los dos pechos me saltan afuera por encima de la tela. El pezón derecho suelta una gota de leche que me resbala por el vientre. Vuelvo a empezar. En la segunda parada estoy tan al borde que aprieto los muslos alrededor de la mano y suelto un jadeo ronco. Me bajo el top otra vez, aunque ya no queda mucho más que bajar. La tercera vez apenas me rozo con un dedo antes de tener que retirarme, y me quedo con la mano abierta contra el vientre, respirando como si hubiera corrido. Cada vez que paro, me bajo el top. El amo conduce sin mirarme y sin decir nada, pero en dos ocasiones lo veo sonreír levemente.
***
El centro comercial es amplio y hay poca gente a esta hora. El amo me da la correa y entramos directamente a la tienda que ya reconozco desde la primera visita. El hombre detrás del mostrador nos saluda con un gesto. Una pareja que revisa las estanterías del fondo nos mira de reojo y se da la vuelta.
—Elige uno que te guste —dice el amo, y señala el pasillo de los dildos sin vibración.
Camino despacio entre las perchas. Hay de todos los tamaños y formas: lisos, texturados, con ventosa, con curvas imposibles. Me detengo ante uno de resina rosada iridiscente, casi treinta centímetros, con una textura en espiral que parece diseñada para hacer daño de la manera más específica posible. La base es gruesa como una muñeca; el glande, ancho y bulboso, tiene un reborde marcado que se me clava en la palma cuando lo aprieto. No podré usarlo durante mucho tiempo. Pero lo quiero.
Lo llevo al amo. Él lo examina, con esa sonrisa burlona que le conozco bien.
—Vas a necesitar mucho lubricante para ese monstruo, pequeña.
Luego me muestra lo que él ha elegido: un cinturón de castidad metálico y un conjunto de animadora en azul y blanco. Me imagino las dos cosas juntas y el estómago me da un vuelco.
Vamos a pagar. Cuando el cajero espera el dinero, siento la vibración intensa del mando a distancia activarse de golpe. Meto los dedos despacio, buscando el preservativo sin perder el control delante del muchacho que nos observa sin disimulo. Los dos dedos entran empapados, se abren camino junto al vibrador que ahora ruge a máxima potencia, y busco a tientas el nudo del preservativo. El chico del mostrador se muerde el labio y baja la vista al bulto que le crece en el pantalón. Yo respiro por la boca, con los muslos temblando, sintiendo cómo el vibrador me empuja al borde otra vez. El amo me da una palmada en la mano.
—Más rápido, perra.
De un tirón saca él mismo el preservativo con los billetes, se limpia los dedos en mi flequillo y paga con naturalidad. El cajero guarda el dinero sin contarlo. Salimos.
—¿Lo viste? —dice el amo ya en el pasillo—. No te quitaba los ojos de encima.
Señala mi pecho. La leche ha empezado a mojar el top, dos manchas oscuras sobre el blanco que dejan los pezones perfectamente marcados.
—Así se ven mejor —dice—. Más visibles. Vamos, que ya se acerca la hora del almuerzo.
***
El restaurante de hamburguesas está a dos manzanas. Elegimos la mesa más apartada del resto de los clientes. Yo me siento con las piernas separadas, como siempre que se me permite usar una silla. El aire frío del local me pasa por debajo de la falda con toda claridad.
—Tengo que ir al baño —digo en voz muy baja.
—Espera a que llegue la comida —responde el amo, sin levantar la vista del menú.
Cuando llega la camarera, el amo ordena por los dos. Esperamos en silencio. Él revisa el teléfono. Yo mantengo las piernas abiertas y la espalda recta y cuento los minutos.
Cuando llega la comida, me lleva al baño de hombres con mi bandeja de nuggets.
—Primero el postre —dice, y apoya la espalda contra la pared.
Me arrodillo sobre las baldosas frías y le abro la bragueta. La polla le salta afuera ya medio dura, gruesa, con la vena marcada por debajo. La agarro por la base con una mano y me la meto en la boca sin ceremonia, la lengua plana contra la parte de abajo del glande, empujando hasta que el capullo me toca el fondo del paladar. Hago lo que siempre hago: despacio al principio, tomando el ritmo que me indica la presión de su mano en mi cabeza. Sube y baja, sube y baja, con las dos manos hundidas en mi cola de caballo, obligándome a tragarla entera hasta que noto los vellos de la ingle contra la nariz. La saliva me chorrea por la barbilla y me gotea sobre las tetas, mezclándose con la leche que ya se filtra otra vez por el top. Él me mantiene ahí, con la garganta abierta alrededor de la verga, mientras yo respiro por la nariz y aguanto las arcadas. Cuando me suelta, subo con la boca lentamente, mamando la longitud entera hasta la punta, chupo el glande con los labios apretados y vuelvo a bajar. Le lamo los huevos, uno por uno, mientras con la mano le sigo pajeando la polla resbaladiza de mi baba. Vuelvo a la punta y la trabajo con la lengua en círculos rápidos alrededor del frenillo, y él gruñe por lo bajo y me agarra la mandíbula. Cuando está a punto de terminar, coloca la bandeja de nuggets justo debajo y la llena de salsa. Los primeros chorros gruesos y espesos me caen en la lengua, sobre los nuggets, sobre el pulgar que tengo apoyado en la base. Él sacude la polla contra mi mejilla para vaciar las últimas gotas.
—Ya tienes el aderezo —dice—. Ahora ve al baño y volvemos a la mesa.
Nunca he conseguido hacerlo limpiamente en un baño de pie. Esta vez tampoco. Salgo con la pantorrilla manchada y el amo me pasa una servilleta sin decir nada. Volvemos a la mesa con toda la naturalidad del mundo.
Comemos. Yo mojo cada nugget en el semen mezclado con salsa y me lo llevo a la boca despacio, sintiendo el sabor salado y espeso en el paladar. El amo habla de los planes para el dildo nuevo, de los ángulos y el orden de las sesiones de entrenamiento, como si estuviera planeando un viaje. Yo escucho y como en silencio, limpiando la bandeja hasta el fondo cuando él me lo indica.
La camarera se acerca con la cuenta y nos informa, con educación profesional, de que varios clientes se han quejado del comportamiento y nos pide que nos retiremos.
—Disculpe los inconvenientes —dice el amo con total calma—. La mascota a veces olvida que no todos los lugares admiten animales. Sofía, discúlpate con la señorita.
Me levanto y me dirijo a la camarera, que tiene unos veinticinco años y me mira con una expresión que no consigo descifrar del todo, entre el rechazo y algo más difícil de nombrar.
—Lo siento mucho —digo—. Si hay algo que pueda hacer para compensar...
—Deja que tu dueño me dé tu número —dice ella en voz muy baja, con una sonrisa ladeada—. Ya pensaré en algo.
Vi cómo hablaba con el amo un momento antes de que nos fuéramos. Él se alejó con una sonrisa. Yo no pregunté.
***
La tienda de tatuajes está a tres manzanas del restaurante. El tatuador, un hombre de unos cuarenta con los brazos cubiertos de tinta negra y roja, saluda al amo con el abrazo de quien lleva años conociéndose.
—Esta es Sofía —dice el amo—. Ya sabes lo que quiero.
El tatuador me mira de arriba abajo sin pudor, como si evaluara un material en el que va a trabajar.
—Sí, me lo explicaste por teléfono. Empezamos con los corazones alrededor de las aureolas y la flecha del muslo interior. ¿El dibujo del otro encargo también?
El amo asiente. Saca de la bolsa de compras el dildo nuevo de la tienda y me lo pone en las manos.
—Para que te entretengas mientras trabaja.
El tatuador prepara la máquina. Yo me tumbo en la camilla con los dientes apretados alrededor del silicona rosada, mordiéndolo con fuerza para no gritar con cada pasada de la aguja. El dolor es nítido, constante, sin la dulzura de otros dolores que ya conozco. Son casi cuatro horas. La piel me arde como si me hubieran pasado una brasa húmeda. El tatuador trabaja en silencio, concentrado, y solo habla para pedirme que cambie de posición.
Cuando termina se quita los guantes y examina el trabajo con satisfacción.
—Por hoy es suficiente. Próxima sesión dentro de dos semanas para terminar el de la cadera.
Se acerca despacio. Sin pedir, sin anunciar, me levanta la falda y aparta la ropa interior hacia un lado. El plug sigue en su sitio. Lo retira con un giro experto y lo deja sobre la mesita de instrumentos con el mismo cuidado con el que dejaría una herramienta de trabajo. Lo que ocurre a continuación es largo y metódico y no tiene nada de improvisado. Se baja los pantalones hasta las rodillas. La tiene dura y gruesa, curvada hacia arriba, con el glande brillante ya de líquido preseminal. Me hace darme la vuelta sobre la camilla, boca abajo, con la piel recién tatuada de las aureolas ardiendo contra el vinilo, y me tira de las caderas hasta dejarme el culo en el aire, al borde de la mesa. Escupe entre mis nalgas, extiende la saliva con dos dedos alrededor del anillo estirado por el plug, y apoya la punta de la polla contra el agujero. Empuja de un solo golpe hasta el fondo. Grito con el dildo en la boca. Él espera un segundo, con los huevos apretados contra mi coño, y después empieza a follarme el culo con embestidas largas y regulares, la mano izquierda apretada en mi cadera, la derecha agarrándome por la cola de caballo, tirándome la cabeza hacia atrás. Cada empujón me manda el vientre contra el borde de la camilla, cada retirada me deja el ano abierto un instante antes de volver a llenarlo. Con la otra mano me alcanza por debajo, me arranca el vibrador del coño de un tirón y lo tira al suelo; después mete tres dedos en su lugar, curvándolos hacia arriba, buscando el punto que sabe encontrar. La verga en el culo, los dedos en el coño, la textura en espiral del dildo raspándome el paladar: es demasiado, y aun así aprieto los ojos y muerdo con más fuerza. Yo mantengo los ojos cerrados y las palmas planas sobre la camilla. No puedo correrme sin permiso del amo. El pensamiento me funciona como ancla. Cuando el tatuador acaba, lo hace bien adentro, con la polla enterrada hasta el fondo y una sacudida ronca que me llena de semen caliente. Se queda ahí unos segundos, respirando pesado, antes de retirarse despacio. Siento cómo el semen empieza a escurrirme por dentro del muslo casi de inmediato. Él coge el plug de metal, lo pasa por su propia polla para lubricarlo con lo que queda, y me lo vuelve a meter de golpe, sellándome adentro toda su leche.
Cuando el tatuador termina, me arregla la ropa y me empuja hacia la puerta con una mano firme en el hombro.
—Ya puedes ir.
Salgo a la calle. El sol de media tarde me golpea en la cara con toda su intensidad.
Miro hacia la izquierda. Miro hacia la derecha.
No hay coche. No hay amo.
Me quedo parada en la acera, con la piel del pecho ardiendo bajo el top manchado, el semen goteando lentamente por el interior del muslo alrededor del borde del plug, la correa colgando suelta de mi collar negro. La calle no me resulta familiar. No sé qué autobús tomar ni en qué parte de la ciudad estoy. No tengo teléfono. No tengo dinero. No tengo ni siquiera zapatos planos, solo los tacones plateados que me hacen el equilibrio complicado sobre el bordillo.
Me siento en el escalón de la entrada de la tienda y cruzo las manos sobre las rodillas.
El amo siempre vuelve. Siempre ha vuelto.
Una mujer pasa con un carrito de bebé y me mira de reojo. Un hombre mayor afloja el paso, me examina de arriba abajo y sigue caminando. Dos chicos jóvenes se ríen entre ellos al pasar.
Mantengo la espalda recta, la mirada al frente, y espero.


