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Relatos Ardientes

Envuelta y sin poder moverme, exploté de placer

3.7(3)

Sebastián y yo nos conocíamos desde la secundaria. Nos veíamos cada tanto, en los intervalos irregulares en que la vida de dos personas adultas vuelve a coincidir, pero cuando lo hacíamos era siempre con esa confianza específica que solo existe entre gente que se conoce desde antes de tener criterio. Esa noche habíamos abierto la segunda botella de vino cuando la conversación fue derivando hacia sus gustos particulares.

Él nunca tuvo pudor para hablar de esas cosas, y yo tampoco lo tenía para escuchar. Me contó de un par de fetiches que ya me imaginaba por comentarios de amigos en común, cosas que no me sorprendieron demasiado. Pero después hizo una pausa y bajó un poco la voz.

—¿Sabés lo que más me gusta? —preguntó.

—No tengo idea.

—El film stretch. Ese nylon transparente que usan para envolver pallets en los depósitos.

Me reí, pensando que era alguna metáfora. No era ninguna metáfora.

Empezó a describir el proceso con una precisión que me descolocó: cómo desnudaba a la mina, cómo la envolvía desde los pies hacia arriba en capas parejas, con cuidado especial en la cabeza para dejarle la nariz libre pero cubrir el resto completamente. Cara, cuello, brazos, todo bajo el nylon transparente. Una crisálida, dijo, sonriendo levemente.

—¿Y después? —pregunté. Mi voz sonó más tranquila de lo que me sentía.

—Después la pongo sobre la mesa. Y ahí empiezo con los agujeros.

Tomé un sorbo largo de vino. Sebastián continuó con la calma metódica de alguien que explica cómo armar algo: los agujeros se hacen donde se necesitan, no más, no menos. Los pezones primero, dos pequeños cortes precisos. Después el del coño y el del culo, atrás, uno al lado del otro, para poder metérsela por donde se le antojara sin sacar a la mina del envoltorio.

Me moví en el sillón y aproveché el gesto para rozarme el muslo. Estaba empapada desde hacía al menos cinco minutos, la bombacha pegada a los labios de tan mojada que estaba. Agarré la copa y volví a beber.

—Perdón, voy un segundo al baño —dije.

Cerré la puerta con llave, bajé el cierre del pantalón y apoyé la espalda contra los azulejos fríos. No fue una decisión consciente: fue simplemente lo inevitable. Metí dos dedos abajo de la bombacha y encontré el coño hinchado, la carne resbalando entera bajo la yema. Me froté el clítoris en círculos rápidos, sin siquiera sacarme la ropa, y con la otra mano me apreté una teta por encima del corpiño. Me tapé la boca con la muñeca para ahogar el sonido y me vine en menos de dos minutos, con la imagen de estar envuelta en capas de nylon transparente, inmóvil sobre una mesa, con la verga de Sebastián entrándome por un agujero prolijo mientras yo no podía ni cerrar las piernas. Saqué los dedos brillosos y me los llevé a la boca sin pensarlo.

Tiré la cadena. Me lavé las manos. Volví al sillón.

Sebastián seguía hablando de otra cosa, ajeno a todo. Terminamos la botella, nos despedimos en la puerta con el abrazo de siempre y yo me fui a casa con esa imagen pegada en la cabeza.

***

Esa noche no dormí bien.

Estuve dando vueltas en la cama durante horas. Cada vez que cerraba los ojos la imagen volvía: yo, de pie en algún lugar, siendo envuelta en film stretch desde los pies hacia arriba, capa por capa, hasta que lo único que quedaba afuera era mi nariz y el sonido de mi propia respiración. La inmovilidad total. La temperatura acumulándose debajo del nylon. No poder moverme aunque quisiera.

Era un tipo de vulnerabilidad que nunca había buscado, y que sin embargo, en ese momento, en esa cama, se sentía como algo urgente.

Me toqué de nuevo antes de dormirme, despacio esta vez, dejando que la fantasía tomara forma completa. Me abrí de piernas debajo de las sábanas y me pasé el dedo mayor por toda la raja, de abajo hacia arriba, sintiendo cómo el flujo se me estiraba pegajoso entre los dedos. Pensé en los detalles que Sebastián había mencionado: el calor que no tiene escapatoria, el sudor que se acumula entre el nylon y la piel, la sensación de no saber desde dónde llegaría el próximo contacto. Me metí dos dedos adentro del coño y con el pulgar me apreté el clítoris, imaginando que era su polla la que empezaba a abrirme paso por el agujero de atrás del envoltorio. Me vine de nuevo, mordiendo la almohada, y todavía con los dedos adentro me lamí los labios pensando en cómo iba a mirarlo a la cara al día siguiente. Me dormí tarde y desperté con la misma idea fija y las bragas húmedas otra vez.

A las siete y media ya estaba decidida.

Le mandé un mensaje antes de levantarme de la cama: que quería probar lo que me había contado la noche anterior. Respondió en menos de diez minutos. Que claro, que podía venir esa noche si quería, que estaría listo. No sé qué esperaba, pero esa respuesta directa y sin vacilaciones me dio un vuelco en el estómago que duró todo el día.

***

Pasé horas pensando en qué ponerme, lo cual era absurdo considerando que terminaría desnuda en la primera media hora. Pero soy así: incluso sabiendo que la ropa es transitoria, me importa cómo llego. Elegí ropa interior que tenía guardada desde hacía meses, un conjunto de encaje negro que nunca había tenido la ocasión correcta para usar. Encima un vestido oscuro y sencillo.

Llegué a las nueve de la noche.

Sebastián abrió la puerta con una sonrisa, pero había algo diferente en cómo estaba parado: más quieto que de costumbre, más concentrado. Me miró de arriba abajo.

—Llegaste muy vestida —dijo.

—Ya lo sé —respondí—. Es parte de mi proceso.

Se rió. Me hizo pasar.

El departamento estaba ordenado y con las luces bajas. Sobre la mesa del comedor había un rollo grande de film stretch transparente, colocado ahí con toda la deliberación del mundo. Al lado, un par de tijeras chicas y una toalla doblada. Verlo en ese contexto hizo que la fantasía se volviera algo concreto y sólido. Me detuve un momento mirándolo.

—¿Nerviosa? —preguntó desde detrás de mí.

—Un poco —admití—. Pero del buen tipo.

Se acercó sin apuro. Me corrió el pelo del hombro y bajó el cierre del vestido despacio, como si no hubiera ningún apuro en el mundo. El vestido cayó al piso. Se quedó un momento quieto mirando el encaje negro, sin decir nada.

—Mucho mejor de lo que imaginé —dijo, en voz baja.

Me desabrochó el corpiño y lo dejó sobre la silla. Los pezones se me pusieron duros al instante en cuanto el aire los tocó. Se agachó apenas, agarró una teta con la mano abierta y se la metió a la boca entera, chupando fuerte, mordiendo el pezón con los dientes lo justo para hacerme arquear la espalda. Hizo lo mismo con la otra, más despacio, dejando la teta brillante de saliva. Después se puso de rodillas y tiró del hilo de la bombacha hacia abajo con los dientes. Me abrió apenas de piernas ahí parada, me miró el coño de cerca y pasó la lengua por la raja de una sola vez, de abajo hacia arriba, chupándose todo lo que me estaba chorreando. Cuando se levantó tenía la boca mojada. Guardó la bombacha en su bolsillo y yo no dije nada al respecto. Tenía la piel erizada a pesar de que el departamento estaba caliente y el coño me latía como si tuviera corazón propio.

El proceso de envoltura fue exactamente como lo había descripto, y fue esa exactitud lo que lo hacía tan perturbador. Empezó por los pies: estirando el film y girando a mi alrededor con movimientos parejos, sin arrugas, sin apuro. Las piernas primero, apretando bien alrededor de los tobillos, de las pantorrillas, de los muslos, cerrándome las piernas una contra la otra. Cuando llegó a la altura del coño se detuvo un segundo, me pasó la mano abierta por la vulva desnuda, sintió cuánto estaba chorreando, y sonrió antes de seguir envolviendo. Después las caderas, apretando el culo bien firme contra sí mismo, y el torso. Cada capa se apoyaba sobre la anterior, cada vuelta me inmovilizaba un poco más. Sentí el material frío en los primeros segundos y después, rápidamente, el calor empezando a acumularse debajo.

Cuando llegó al pecho trabajó con cuidado, aplastándome las tetas contra las costillas hasta que parecían dos bultos duros bajo el plástico. Al llegar a los hombros y la cabeza me indicó que cerrara los ojos. Sentí el nylon cubriéndome la frente, los párpados, las mejillas, la mandíbula. La nariz quedó libre, como había prometido. Mi respiración se volvió el único sonido que era completamente mío.

Me levantó con una facilidad que me sorprendió. Era raro no poder mover los brazos cuando alguien te alzaba: una parálisis que había elegido voluntariamente pero que, sintiéndola de verdad, era algo muy distinto a imaginarla. Me depositó sobre la mesa de vidrio boca arriba.

—Quieta —dijo—. Voy a hacer los agujeros.

Quieta. No era una orden agresiva. Era la voz de alguien que sabe lo que está haciendo y prefiere que no te muevas por tu propio bien.

Escuché las tijeras antes de sentir nada. Dos pequeños cortes sobre los pezones: el aire frío llegó exactamente ahí, concentrado y preciso. Se endurecieron al instante y salieron por los agujeros como si el plástico los ofreciera en bandeja. Sebastián inclinó la cabeza y pasó la lengua por uno, despacio, después por el otro. Después se los agarró con los labios y empezó a chuparlos de verdad, tironeando, mordiendo el pezón con los dientes mientras con la mano libre me pellizcaba el otro a través del agujero. Yo no podía hacer nada más que gemir y sentir cómo cada tirón me repercutía directo abajo, en el coño empaquetado, sin ninguna forma de aliviar la presión.

Gemí más fuerte. La boca se me abrió sola pidiendo aire.

Sentí las tijeras de nuevo, esta vez bajando por el vientre del film. Un tajo neto, decidido, exactamente sobre el coño. El aire me golpeó la carne mojada y me hizo estremecer entera. Sebastián se sentó al borde de la mesa entre mis piernas cerradas por el plástico, me miró por el agujero como quien mira una fruta abierta, y bajó la boca. Empezó chupándome los labios, uno y después el otro, metiéndolos entre los suyos, tironeándolos. Después subió al clítoris. Lo lamió lento primero, dando vueltas alrededor, y cuando ya me sentía por venir se metió dos dedos adentro y empezó a curvarlos hacia arriba mientras seguía chupando. Me vine casi enseguida, gritando abajo del nylon, sacudiendo lo poco que podía sacudir, y él no paró: siguió chupando y metiendo los dedos hasta que me arranquó un segundo orgasmo pegado al primero, con el líquido chorreándome por el agujero y bajando por el plástico hasta la mesa.

Me giró sin decir nada: quedé boca abajo, con los pezones rozando el vidrio frío de la mesa, con las tetas apretadas por el film contra la superficie helada. El contacto era casi insoportable, esa superficie dura y helada contra esa piel hipersensible, y me moví apenas, solo lo suficiente para sentirlo de nuevo.

—No te muevas —repitió.

Sentí las tijeras una vez más. Dos cortes en la parte posterior, precisos, uno justo sobre el coño y otro más arriba, sobre el culo. Nada más. El aire de la habitación me tocó los dos agujeros a la vez y sentí cómo se me contraía todo por dentro.

Me cargó de nuevo y me llevó hasta el sillón. Ahí empezó a trabajar con los dedos: explorando los bordes de los agujeros, buscando los pezones aplastados contra el cuero del sillón, presionando el corte del culo con el pulgar mientras con los otros dedos volvía a hundírmelos en el coño. Metió tres, después cuatro, girándolos, abriéndome de a poco. Escuchaba el ruido húmedo de sus dedos entrando y saliendo, y cada vez que salían el aire fresco me golpeaba adentro y me hacía apretar sin querer. Se agachó y me escupió sobre el ojete, un escupitajo denso y caliente, y con el pulgar empezó a masajear ahí, hundiéndolo apenas, calibrando. Me desesperó de a poco, con esa calma calculada suya, hasta que yo estaba empujando el culo hacia atrás buscándolo, humillándome contra su mano sin poder hacer otra cosa.

El calor dentro del film era intenso. Sudaba. No había manera de refrescarme ni de ajustar mi postura: simplemente estaba ahí, envuelta, y el sudor se acumulaba contra mi piel sin ninguna escapatoria posible. Era una sensación que en teoría debería haber resultado claustrofóbica y que en la práctica era lo contrario: me sentía completamente encendida, como si toda la superficie de mi cuerpo fuera un punto de contacto a la vez.

Escuché el cierre de su pantalón y después el ruido del cinturón cayendo al piso. Sentí la cabeza de la verga apoyada contra el agujero del coño, tanteando, encontrando la entrada. Cuando entró, lo hizo despacio, empujando centímetro a centímetro, dejándome sentir cada milímetro. El ángulo era diferente al que yo estaba acostumbrada, la presión era diferente, todo era diferente porque no podía mover las caderas ni ajustar nada ni hacer otra cosa que no fuera recibir. Y eso era exactamente lo que estaba pasando: recibir, sin participación posible, sin control de nada.

Empezó a cogerme con embestidas largas, sacándola casi toda y volviéndola a meter hasta el fondo, apoyando las manos sobre mi espalda envuelta para tener palanca. Cada golpe me empujaba las tetas contra el sillón y me hacía gruñir bajo el nylon. Después cambió el ritmo: embestidas cortas, rápidas, chocando la pelvis contra mi culo con un ruido seco y húmedo. Sentía su bolsa golpeándome el clítoris a cada estocada. El primer orgasmo con la verga adentro llegó antes de que yo lo esperara, con una intensidad que me hizo gritar de verdad, y el coño se me cerró alrededor de él en espasmos que no podía controlar. Él no paró: la sacó bruscamente, me la refregó por toda la raja mojada y me la volvió a hundir, esta vez más fuerte, hasta que me arrancó el segundo.

Para el tercero me la sacó del coño entera, chorreando mis jugos, y sentí cómo apoyaba la cabeza contra el ojete. Empujó despacio, dejándome sentir cómo se abría el músculo, cómo cedía centímetro a centímetro. El ardor y el placer llegaron juntos, mezclados de una manera que nunca había experimentado. Cuando estuvo entera adentro se quedó quieto un segundo, dejándome acostumbrar, y después empezó a moverse con embestidas cortas, controladas, cada vez más profundas. Metió la mano por el agujero de abajo y me empezó a frotar el clítoris con dos dedos mientras me cogía el culo. Me vine tan fuerte que sentí que se me nublaba la vista adentro del plástico, gritando algo que ni yo entendí, y ahí él aceleró y terminó adentro, agarrándome de las caderas envueltas, corriéndose con un gemido gutural mientras yo sentía cómo se le sacudía la verga descargando adentro mío.

Cuando terminó, se quedó quieto un momento sobre mí, recuperándose, con la verga todavía adentro. Después salió despacio y sentí el semen tibio chorreándome por el agujero, bajando entre los cachetes envueltos hasta perderse en algún pliegue del film. Se apartó, se acomodó la ropa y fue a buscar el control remoto del televisor.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —respondí. Era la respuesta más honesta que tenía.

***

No sé cuánto tiempo estuve ahí, envuelta y quieta sobre el sillón, escuchando la televisión de fondo mientras el film se enfriaba lentamente y la corrida me seguía bajando adentro. Quizás diez minutos. Quizás menos.

Estaba empezando a pensar en cómo iba a salir de eso cuando el teléfono de Sebastián sonó sobre la mesa.

Lo miró y su expresión cambió por completo.

—Es Camila —dijo—. Está subiendo.

Hubo un segundo de silencio absoluto entre los dos.

Me cargó antes de que yo pudiera decir nada. En diez segundos estaba dentro del cuarto de herramientas, apoyada contra una pared entre una caja de cables y una escalera de aluminio plegada, todavía envuelta de cuerpo entero en film stretch, con el semen ajeno chorreándome por los agujeros de atrás, escuchando cómo él cerraba la puerta sin hacer ruido.

Unos segundos después: la llave en la cerradura principal. La voz de Camila preguntando por qué el departamento olía diferente. La voz de Sebastián respondiendo algo sobre haber tenido la ventana cerrada todo el día.

El televisor al fondo.

Yo, ahí, envuelta y quieta en la oscuridad del cuarto de herramientas, con las piernas cerradas por el plástico y el coño todavía latiendo, preguntándome cuánto tiempo tardaría en volver a buscarme.

Y si esa pregunta me importaba tanto como debería.

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3.7(3)

Comentarios(10)

Roxana_lec

increible!!! me quede enganchada desde el principio, que bien lo contaste

LucianoR_85

La tension del comienzo esta perfecta. Se nota que sabe escribir, no es facil lograr eso.

stahl79

excelente relato, espero la segunda parte!!!

CeliaRosa

me recordo a algo que casi viví yo jaja, aunque a ultimo momento me acobardé. Esta protagonista tiene mas valor que yo

ValentinaK

Buenisimo. La forma en que describe lo que siente es muy real, nada forzado. Sigue escribiendo por favor!

Marcos_Cba

tremendo relato, corto pero intenso. quiero mas!!

NicoDeviante

Muy bien narrado, se siente la evolucion del personaje a lo largo del texto. De los mejores que lei en este sitio.

Martina_BA

la frase del final me mato jajaja, que manera de cerrar

PatriciaWW

Que historia tan bien escrita. Esa mezcla de nervios y curiosidad al principio esta captada a la perfeccion. Esperando mas relatos tuyos!

lechtor77

buen relato, aunque se hizo corto :)

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