Envuelta y sin poder moverme, exploté de placer
Sebastián y yo nos conocíamos desde la secundaria. Nos veíamos cada tanto, en los intervalos irregulares en que la vida de dos personas adultas vuelve a coincidir, pero cuando lo hacíamos era siempre con esa confianza específica que solo existe entre gente que se conoce desde antes de tener criterio. Esa noche habíamos abierto la segunda botella de vino cuando la conversación fue derivando hacia sus gustos particulares.
Él nunca tuvo pudor para hablar de esas cosas, y yo tampoco lo tenía para escuchar. Me contó de un par de fetiches que ya me imaginaba por comentarios de amigos en común, cosas que no me sorprendieron demasiado. Pero después hizo una pausa y bajó un poco la voz.
—¿Sabés lo que más me gusta? —preguntó.
—No tengo idea.
—El film stretch. Ese nylon transparente que usan para envolver pallets en los depósitos.
Me reí, pensando que era alguna metáfora. No era ninguna metáfora.
Empezó a describir el proceso con una precisión que me descolocó: cómo desnudaba a la chica, cómo la envolvía desde los pies hacia arriba en capas parejas, con cuidado especial en la cabeza para dejarle la nariz libre pero cubrir el resto completamente. Cara, cuello, brazos, todo bajo el nylon transparente. Una crisálida, dijo, sonriendo levemente.
—¿Y después? —pregunté. Mi voz sonó más tranquila de lo que me sentía.
—Después la pongo sobre la mesa. Y ahí empiezo con los agujeros.
Tomé un sorbo largo de vino. Sebastián continuó con la calma metódica de alguien que explica cómo armar algo: los agujeros se hacen donde se necesitan, no más, no menos. Los pezones primero, dos pequeños cortes precisos. Después los que importan en la parte trasera.
Me moví en el sillón y aproveché el gesto para rozarme el muslo. Estaba húmeda desde hacía al menos cinco minutos. Agarré la copa y volví a beber.
—Perdón, voy un segundo al baño —dije.
Cerré la puerta con llave, bajé el cierre del pantalón y apoyé la espalda contra los azulejos fríos. No fue una decisión consciente: fue simplemente lo inevitable. Me tapé la boca con la muñeca para ahogar el sonido y terminé rápido, con la imagen de estar envuelta en capas de nylon transparente, inmóvil sobre una mesa, completamente a merced de otra persona.
Tiré la cadena. Me lavé las manos. Volví al sillón.
Sebastián seguía hablando de otra cosa, ajeno a todo. Terminamos la botella, nos despedimos en la puerta con el abrazo de siempre y yo me fui a casa con esa imagen pegada en la cabeza.
***
Esa noche no dormí bien.
Estuve dando vueltas en la cama durante horas. Cada vez que cerraba los ojos la imagen volvía: yo, de pie en algún lugar, siendo envuelta en film stretch desde los pies hacia arriba, capa por capa, hasta que lo único que quedaba afuera era mi nariz y el sonido de mi propia respiración. La inmovilidad total. La temperatura acumulándose debajo del nylon. No poder moverme aunque quisiera.
Era un tipo de vulnerabilidad que nunca había buscado, y que sin embargo, en ese momento, en esa cama, se sentía como algo urgente.
Me toqué de nuevo antes de dormirme, despacio esta vez, dejando que la fantasía tomara forma completa. Pensé en los detalles que Sebastián había mencionado: el calor que no tiene escapatoria, el sudor que se acumula entre el nylon y la piel, la sensación de no saber desde dónde llegaría el próximo contacto. Me dormí tarde y desperté con la misma idea fija.
A las siete y media ya estaba decidida.
Le mandé un mensaje antes de levantarme de la cama: que quería probar lo que me había contado la noche anterior. Respondió en menos de diez minutos. Que claro, que podía venir esa noche si quería, que estaría listo. No sé qué esperaba, pero esa respuesta directa y sin vacilaciones me dio un vuelco en el estómago que duró todo el día.
***
Pasé horas pensando en qué ponerme, lo cual era absurdo considerando que terminaría desnuda en la primera media hora. Pero soy así: incluso sabiendo que la ropa es transitoria, me importa cómo llego. Elegí ropa interior que tenía guardada desde hacía meses, un conjunto de encaje negro que nunca había tenido la ocasión correcta para usar. Encima un vestido oscuro y sencillo.
Llegué a las nueve de la noche.
Sebastián abrió la puerta con una sonrisa, pero había algo diferente en cómo estaba parado: más quieto que de costumbre, más concentrado. Me miró de arriba abajo.
—Llegaste muy vestida —dijo.
—Ya lo sé —respondí—. Es parte de mi proceso.
Se rió. Me hizo pasar.
El departamento estaba ordenado y con las luces bajas. Sobre la mesa del comedor había un rollo grande de film stretch transparente, colocado ahí con toda la deliberación del mundo. Verlo en ese contexto hizo que la fantasía se volviera algo concreto y sólido. Me detuve un momento mirándolo.
—¿Nerviosa? —preguntó desde detrás de mí.
—Un poco —admití—. Pero del buen tipo.
Se acercó sin apuro. Me corrió el pelo del hombro y bajó el cierre del vestido despacio, como si no hubiera ningún apuro en el mundo. El vestido cayó al piso. Se quedó un momento quieto mirando el encaje negro, sin decir nada.
—Mucho mejor de lo que imaginé —dijo, en voz baja.
Me desabrochó el corpiño y lo dejó sobre la silla. Después tiró del hilo de la bombacha hacia abajo, la guardó en su bolsillo y yo no dije nada al respecto. Tenía la piel erizada a pesar de que el departamento estaba caliente.
El proceso de envoltura fue exactamente como lo había descripto, y fue esa exactitud lo que lo hacía tan perturbador. Empezó por los pies: estirando el film y girando a mi alrededor con movimientos parejos, sin arrugas, sin apuro. Las piernas primero, luego las caderas, el torso. Cada capa se apoyaba sobre la anterior. Sentí el material frío en los primeros segundos y después, rápidamente, el calor empezando a acumularse debajo.
Cuando llegó al pecho trabajó con cuidado. Al llegar a los hombros y la cabeza me indicó que cerrara los ojos. Sentí el nylon cubriéndome la frente, los párpados, las mejillas, la mandíbula. La nariz quedó libre, como había prometido. Mi respiración se volvió el único sonido que era completamente mío.
Me levantó con una facilidad que me sorprendió. Era raro no poder mover los brazos cuando alguien te alzaba: una parálisis que había elegido voluntariamente pero que, sintiéndola de verdad, era algo muy distinto a imaginarla. Me depositó sobre la mesa de vidrio boca arriba.
—Quieta —dijo—. Voy a hacer los agujeros.
Quieta. No era una orden agresiva. Era la voz de alguien que sabe lo que está haciendo y prefiere que no te muevas por tu propio bien.
Escuché las tijeras antes de sentir nada. Dos pequeños cortes sobre los pezones: el aire frío llegó exactamente ahí, concentrado y preciso. Se endurecieron al instante. Sebastián inclinó la cabeza y pasó la lengua por uno, despacio, después por el otro. Solo una vez cada uno, como probando.
Gemí.
Me giró sin decir nada: quedé boca abajo, con los pezones rozando el vidrio frío de la mesa. El contacto era casi insoportable, esa superficie dura y helada contra esa piel hipersensible, y me moví apenas, solo lo suficiente para sentirlo de nuevo.
—No te muevas —repitió.
Sentí las tijeras una vez más. Un solo corte en la parte posterior, preciso, justo donde se necesitaba. Nada más.
Me cargó de nuevo y me llevó hasta el sillón. Ahí empezó a trabajar con los dedos: explorando los bordes de los agujeros, buscando los pezones de nuevo, presionando el corte de atrás con una calma calculada que me desesperó de a poco.
El calor dentro del film era intenso. Sudaba. No había manera de refrescarme ni de ajustar mi postura: simplemente estaba ahí, envuelta, y el sudor se acumulaba contra mi piel sin ninguna escapatoria posible. Era una sensación que en teoría debería haber resultado claustrofóbica y que en la práctica era lo contrario: me sentía completamente encendida, como si toda la superficie de mi cuerpo fuera un punto de contacto a la vez.
Cuando entró, lo hizo despacio. El ángulo era diferente al que yo estaba acostumbrada, la presión era diferente, todo era diferente porque no podía mover las caderas ni ajustar nada ni hacer otra cosa que no fuera recibir. Y eso era exactamente lo que estaba pasando: recibir, sin participación posible, sin control de nada.
El primer orgasmo llegó antes de que yo lo esperara, con una intensidad que me hizo gritar de verdad. El segundo llegó poco después, y para entonces yo ya no prestaba atención al tiempo ni al espacio, solo era consciente del calor acumulado, del nylon sobre la piel, de Sebastián encima moviéndose sin pausa.
Para el tercer orgasmo simplemente cerré los ojos y me dejé llevar.
Cuando terminó, se quedó quieto un momento sobre mí, recuperándose. Después se apartó, se acomodó la ropa y fue a buscar el control remoto del televisor.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —respondí. Era la respuesta más honesta que tenía.
***
No sé cuánto tiempo estuve ahí, envuelta y quieta sobre el sillón, escuchando la televisión de fondo mientras el film se enfriaba lentamente. Quizás diez minutos. Quizás menos.
Estaba empezando a pensar en cómo iba a salir de eso cuando el teléfono de Sebastián sonó sobre la mesa.
Lo miró y su expresión cambió por completo.
—Es Camila —dijo—. Está subiendo.
Hubo un segundo de silencio absoluto entre los dos.
Me cargó antes de que yo pudiera decir nada. En diez segundos estaba dentro del cuarto de herramientas, apoyada contra una pared entre una caja de cables y una escalera de aluminio plegada, todavía envuelta de cuerpo entero en film stretch, escuchando cómo él cerraba la puerta sin hacer ruido.
Unos segundos después: la llave en la cerradura principal. La voz de Camila preguntando por qué el departamento olía diferente. La voz de Sebastián respondiendo algo sobre haber tenido la ventana cerrada todo el día.
El televisor al fondo.
Yo, ahí, envuelta y quieta en la oscuridad del cuarto de herramientas, preguntándome cuánto tiempo tardaría en volver a buscarme.
Y si esa pregunta me importaba tanto como debería.