La noche que un desconocido me hizo olvidar a mi ex
Contaba con veintitrés años cuando Sebastián se fue a hacer el máster en Berlín. Habíamos sido inseparables durante casi dos años, y lo que más me costaba aceptar no era la distancia ni el final de lo nuestro, sino la ausencia de ese placer constante al que ambos nos habíamos acostumbrado. Éramos de esos que no podían estar quietos. Nos veíamos a diario, y rara era la tarde que no terminaba con su polla dentro de mí en alguna postura, agotada y con el coño todavía palpitando. Podíamos pasar horas encerrados en su cuarto, empalmando una corrida con otra, sin ninguna prisa por salir. Me conocía de memoria: sabía cuántos dedos me gustaba tener dentro mientras me la mamaba, sabía en qué punto exacto tirarme del pelo para que me corriera, sabía cuándo darme la vuelta y follarme por el culo sin pedir permiso porque ya sabía que yo iba a decir que sí.
Cuando se fue, el silencio fue físico.
Los primeros meses lo intenté sola. Me bastaba cerrar los ojos y dejar que la memoria hiciera el trabajo mientras me frotaba el clítoris con dos dedos y me metía los otros hasta los nudillos. Pero hay un límite para eso, y yo lo encontré sin previo aviso una noche de marzo en la que ningún pensamiento, ningún movimiento de mis propias manos, consiguió darme lo que necesitaba. Me quedé mirando el techo, con los dedos empapados, frustrada y despierta a las dos de la madrugada, con una insatisfacción que ya no tenía nombre, y tomé una decisión.
A la mañana siguiente me descargué la app.
Tardé menos de una semana en hacer match con alguien que me llamó la atención de una manera diferente. Su perfil tenía pocas fotos, todas en interiores, y en su descripción solo había una frase corta: «Nada de complicaciones.» Tenía cuarenta y dos años, diecinueve más que yo. No era el tipo de hombre con el que hubiera imaginado cruzarme en otras circunstancias, pero algo en su forma de escribir desde el primer mensaje me hizo seguir respondiendo. No flirteaba de manera torpe como los de mi edad. Preguntaba y escuchaba. Eso fue suficiente.
Se llamaba Marcos.
—¿Qué buscas? —me preguntó directamente, sin rodeos.
—Nada serio —respondí—. Compañía ocasional. Un buen polvo, para ser sincera.
—Bien. Yo tampoco busco complicaciones. Y follo bien.
Trabajaba en turnos rotativos en una planta industrial a las afueras de la ciudad, lo cual limitaba nuestros horarios. Nos pasamos tres semanas hablando antes de poder quedar, y durante esas semanas la conversación fue escalando sin que ninguno pusiera freno. Primero fueron mensajes de texto, luego audios, luego fotos. Le mandé una del coño depilado con dos dedos abriéndome los labios, y él me devolvió otra de su polla dura contra el vientre, gruesa, con una gota transparente en la punta que me hizo apretar los muslos ahí mismo, en el metro. Una noche, mientras esperaba que se cargara una serie en el sofá, le mandé un vídeo corto. Tenía la luz apagada, las bragas a un lado, y mi mano libre entrando y saliendo de mí, el sonido húmedo bien audible sobre el silencio del salón. Cuando él respondió con un mensaje de una sola línea —No sé cómo vas a esperar a que nos veamos, con lo empapada que estás— sentí que el tiempo hasta esa cita se alargaba de manera insoportable, y me terminé metiendo tres dedos pensando en él, corriéndome sobre el sofá sin ni siquiera quitarme la falda.
***
La noche que quedamos llegué a su piso caminando desde el metro. Vivía en un cuarto piso sin ascensor, en un barrio tranquilo del norte de la ciudad. Llevaba una falda oscura y botas altas, sin bragas —lo había decidido antes de salir de casa—, y mientras subía las escaleras me di cuenta de que ya tenía los muslos húmedos hasta la mitad. La anticipación había estado construyéndose durante días, acumulándose en pequeñas dosis a través de cada mensaje, y el cuerpo no disimulaba.
Marcos abrió la puerta descalzo, con una camiseta oscura y el pelo algo revuelto, como si hubiera estado leyendo en el sofá. Era más alto de lo que esperaba, con los hombros anchos y esa calma en los movimientos que se reconoce en la gente que no necesita demostrar nada. No dijo mucho al abrirla, solo se hizo a un lado para dejarme pasar y cerró la puerta despacio.
El piso era ordenado y pequeño, con estanterías llenas de libros técnicos y una lámpara de pie que daba una luz tenue al salón. Había una copa de vino en la mesita del sofá, solo una, a medias.
—¿Quieres algo? —preguntó.
—No —dije—. Solo a ti.
Y ahí se terminaron las formalidades.
Me besó despacio al principio, con una mano en mi cadera y la otra en mi mandíbula, y noté que no tenía prisa. Eso era diferente. Sebastián siempre había sido urgente, impaciente. Marcos me besaba como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si estuviera midiendo el efecto de cada movimiento antes de hacer el siguiente. Me empujó con suavidad hacia el sillón y se colocó encima, y cuando deslizó la rodilla entre las mías y presionó justo contra el coño, sentí a través de la tela de la falda cómo se resbalaba de lo mojada que estaba. Él lo notó también. Sonrió apenas contra mi boca.
—Sin bragas —murmuró—. Buena chica.
Me subió la falda hasta la cintura y me pasó dos dedos por la raja, de abajo arriba, muy despacio, recogiendo la humedad y llevándosela al clítoris. Empezó a hacer pequeños círculos, sin apretar demasiado, mientras seguía besándome el cuello. Yo abrí más las piernas sin darme cuenta.
—Quieta —dijo en voz baja cuando moví las manos hacia su espalda.
Lo obedecí. No sé muy bien por qué, pero lo obedecí.
Me besó el cuello, las clavículas, el borde de la camiseta. Cuando finalmente me la quitó, lo hizo despacio, sin prisa. Me desabrochó el sujetador con una sola mano y me chupó los pezones uno tras otro, mordiéndolos apenas, tirando de ellos con los dientes hasta que se me escapó un gemido. Sus manos eran firmes pero precisas, sin nada torpe ni nervioso en sus movimientos. Había una diferencia que empezaba a volverse evidente: sabía exactamente lo que hacía, y sabía exactamente qué efecto tenía sobre mí antes incluso de que yo lo notara.
Le desabroché el pantalón mientras seguía trabajando mis pezones y le bajé los calzoncillos hasta los muslos. La polla saltó dura, gruesa, más grande de lo que las fotos habían dejado adivinar, con las venas marcadas a lo largo del tronco. Me lamí la palma y la agarré por la base, apretando bien, y él dejó escapar un gruñido bajo que me hizo apretar los muslos.
Me puse de rodillas frente a él cuando se sentó en el borde del sillón. Pasé la lengua desde la base hasta el extremo, con calma, prestando atención a sus reacciones. Le lamí los huevos primero, uno y luego el otro, tomándomelos enteros en la boca, y subí por el tronco recogiendo con la punta de la lengua la vena gruesa que corría por debajo. Cuando llegué al glande, ya perlado de líquido preseminal, lo besé como se besa una boca, con los labios abiertos, y me lo metí entero hasta que sentí la punta golpearme el paladar. Él no dijo nada al principio. Solo apoyó la mano en mi pelo.
Luego la cerró.
No me empujó ni me forzó, pero tampoco me soltó. Me guió con una presión constante que marcaba el ritmo, hundiéndome la polla hasta la garganta y aguantándome ahí, y cuando intenté retroceder para tomar aire, esperó justo lo suficiente antes de dejarme. La saliva se me caía por la barbilla en hilos, me chorreaba sobre las tetas, y él la usaba para meterme la polla más adentro cada vez. Las lágrimas se me escapaban de los ojos, no de dolor sino de esfuerzo, de la intensidad de ese control que no había pedido y que, sin esperarlo, me encendía más de lo que me incomodaba. Sentía el coño chorreando entre las piernas, tanto que había una mancha en la moqueta debajo de mí.
—Mírame mientras te la comes —dijo.
Levanté los ojos y no los aparté. Él me la sacó de la boca, me la restregó por la cara, por los labios, por las mejillas, y me la volvió a meter hasta el fondo.
Cuando se puso de pie me quitó el resto de la ropa, dejándome desnuda del todo. Me llevó al dormitorio de la mano, sin urgencia.
***
La cama estaba deshecha por un lado. Me acostó en ella y tiró de mis tobillos hasta que quedé cerca del borde, luego se arrodilló en el suelo delante de mí. Me abrió las piernas del todo, me las levantó apoyando mis pies en sus hombros, y se quedó mirando el coño abierto delante de su cara. Pasó la yema de los dedos por los labios, separándolos, presionando apenas, midiendo mi respuesta.
—¿Cuánto tiempo llevas esperando esto? —preguntó sin levantar la vista—. Estás empapada, joder.
No contesté. No era una pregunta que requiriera respuesta.
Cuando bajó la boca y sentí su lengua directamente sobre el clítoris, el sonido que salió de mi garganta no fue discreto. Era demasiada acumulación, demasiado contraste con lo que había estado intentando conseguir sola durante semanas. Me chupó los labios uno por uno, me metió la lengua dentro todo lo que pudo, la sacó y volvió al clítoris haciendo círculos lentos, luego rápidos, y luego cerró los labios en torno a él y succionó. Sus dedos entraron despacio al principio, midiendo, dos y luego tres, curvándolos hacia arriba y golpeando ese punto exacto en la pared interior que me hacía doblar la espalda. Empezó a follarme con los dedos con un movimiento firme mientras la lengua seguía trabajando con una concentración que no dejaba margen para el pensamiento. Conocía el ritmo exacto para mantenerme al borde sin dejarme llegar, y cada vez que yo empezaba a tensar los muslos y a levantar las caderas, él aflojaba justo lo suficiente para hacerme retroceder. Lo prolongó más de lo que yo hubiera querido.
—Por favor —le dije, y me sorprendió mi propia voz—. Por favor, déjame correrme.
—Todavía no.
Tiré de su pelo. Cerré las piernas alrededor de su cabeza. No quería que se moviera un centímetro de donde estaba. Cuando por fin decidió dejarme, apretó los labios contra el clítoris, hundió los tres dedos hasta el fondo y no paró hasta que sintió cómo me apretaba alrededor.
Cuando llegué al orgasmo fue como romper algo que llevaba meses acumulándose. Grité, me eché a temblar entera, y sentí una humedad extra derramándose sobre su cara y su barbilla. Me quedé con las manos en la sábana, incapaz de mover ningún músculo, intentando respirar. Él se limpió la cara con el dorso de la mano sin dejar de mirarme, sonriendo apenas.
No me dio tiempo a recuperarme del todo. Se incorporó, abrió el cajón de la mesilla de noche y dejó sobre la cama tres cosas: un bote de lubricante y dos vibradores. Uno de ellos era pequeño y discreto, con una forma que no dejaba lugar a dudas sobre su uso previsto. No pregunté nada. La respuesta era obvia para los dos.
Encendió el vibrador más grande y lo apoyó directamente sobre el clítoris, todavía hipersensible del orgasmo anterior. Me estremecí de inmediato, intenté cerrar las piernas, pero él las mantuvo abiertas con una rodilla. Aprovechó ese segundo para colocar la punta de la polla en mi entrada y empujar con un movimiento firme, entrando hasta el fondo de una sola vez, que me hizo doblar la espalda y aferrarme con los dedos a la sábana. El coño se le tragó entero, chapoteando de tan mojada que estaba.
—Joder —gruñó—. Qué apretada estás.
—Aguántalo tú —dijo un segundo después, colocando el vibrador en mis manos y apretándolo contra mi clítoris.
Lo obedecí. Empezó a moverse dentro de mí, con embestidas largas y profundas, sacándola casi entera y volviendo a hundirla del todo, y cada vez que entraba yo sentía cómo la punta chocaba contra algo dentro de mí que me hacía apretar los dientes. Sus manos subieron a mi cuello.
No apretó fuerte al principio, pero apretó. El aire no se cortó del todo, solo se redujo, y esa combinación de la vibración continua sobre el clítoris, de él follándome cada vez más rápido, de los dedos rodeando mi garganta, creó algo que no había experimentado de esa manera antes. Los gemidos salían ahogados, casi sin volumen, y eso lo intensificaba todo de una manera que no sabría explicar. Sentía la polla golpeándome desde dentro, el vibrador zumbando por fuera, y una presión creciendo en el vientre que no sabía si era otro orgasmo o algo más.
—Córrete —me dijo al oído, apretándome un poco más el cuello—. Córrete otra vez en mi polla.
Me corrí con un grito ahogado, apretándolo por dentro con espasmos que me sacudieron entera. Él no paró. Siguió embistiendo mientras yo todavía temblaba, alargando el orgasmo hasta que se volvió casi doloroso.
Cuando paró fue repentino. Salió, me dio la vuelta con un movimiento que no dejaba lugar a dudas, y me colocó a cuatro patas en el centro de la cama, con la cara aplastada contra la almohada y el culo bien arriba. Me abrió las nalgas con las dos manos, se quedó mirando un segundo, y luego escupió directamente sobre el ojete antes de agarrarse la polla y volver a metérmela en el coño de un solo golpe. Agarró mis caderas y empezó a follarme desde atrás, duro, sin contención ninguna. Dos embestidas, tres, y luego sentí el lubricante frío cayendo sobre mí y la presión del vibrador pequeño buscando la entrada posterior.
—Respira —dijo.
Respiré.
Entró despacio, con tiempo y lubricante, sin apresurarse. El ardor inicial fue cediendo y transformándose en algo completamente diferente, en una sensación de plenitud que dificultaba pensar con claridad. Lo empujó hasta el fondo y lo encendió, y sentí el zumbido irradiándose por dentro, mezclándose con la polla que seguía enterrada en el coño. Cuando empezó a moverse de nuevo, con el vibrador activado dentro del culo y él embistiéndome al mismo ritmo sostenido, no conseguía separar una sensación de otra. Todo era lo mismo, todo era demasiado. Estaba doblemente llena, doblemente estirada, y cada embestida movía el vibrador un poco dentro de mí y me hacía apretar los dos agujeros a la vez.
—Así —jadeé contra la almohada—. Más fuerte, por favor.
Me obedeció. Sus manos encontraron mi pelo. Tiró, echándome la cabeza hacia atrás hasta arquearme la espalda. Con la otra mano me golpeó con la palma abierta en el glúteo, luego otra vez, y otra, hasta que sentí el escozor extendérseme por toda la nalga. El ardor de los golpes se sumaba a todo lo demás y se volvía indistinguible del placer, o quizás era ya la misma cosa. Cada palmada me hacía apretar la polla dentro, y él lo notaba, y golpeaba otra vez.
—Dime lo que eres —me dijo, embistiéndome más fuerte.
—Tuya —dije—. Soy tuya. Fóllame más fuerte, por favor.
No sé cómo he vivido sin esto.
El orgasmo que llegó fue diferente a cualquier otro que pudiera recordar. Empezó en el clítoris pero se extendió por el coño y por el culo a la vez, subiendo por la espalda y bajando por las piernas hasta los pies. No fue solo intenso, fue extenso y desordenado, en oleadas que no terminaban, y cuando mi cuerpo cedió del todo me dejé caer sobre la cama sin poder mantenerme, con el vibrador todavía zumbando dentro. Él sacó la polla del coño, la agarró con una mano y se corrió con dos sacudidas sobre mi espalda y sobre mis nalgas enrojecidas, chorros calientes que me resbalaron por la piel. Sacó el vibrador con cuidado, lo apagó, y nos quedamos los dos quietos durante un minuto largo que ninguno rompió con palabras.
***
En la ducha me lavó el pelo. No lo había esperado. Me pasó el champú con las manos sin decir nada especial, con la misma calma con la que había hecho todo lo demás esa noche, y yo apoyé la espalda en los azulejos fríos y dejé que el agua caliente cayera sobre nosotros, arrastrando el semen que todavía tenía secándoseme en la piel. Había algo inesperadamente tranquilo en ese momento, después de todo lo que había pasado.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dije.
Era la verdad más simple que había dicho en semanas.
Nos vimos cuatro veces más en total. Siempre en su piso, siempre de noche, siempre con esa misma dinámica que yo había aprendido a anticipar durante los días entre una cita y la siguiente. No era una relación. Nunca pretendimos que lo fuera, y eso hacía que todo fuera más fácil. Era exactamente lo que necesitaba en ese momento: alguien que supiera lo que hacía y que no me pidiera nada que no pudiera darle.
La última vez que nos vimos fue en octubre. Marcos me dijo que lo habían trasladado a otra ciudad y que sus nuevos turnos no le dejaban ningún margen. Lo recibí sin drama, sin expectativas rotas. Le dije que había sido una buena experiencia.
—Para mí también —respondió.
Y fue así de sencillo, así de honesto.
Sebastián volvió en diciembre, pero eso es otra historia. Lo que aprendí con Marcos, sin embargo, no lo dejé atrás. Aprendí que hay cosas que solo se adquieren con la práctica, con años de prestar atención a lo que funciona. Aprendí que el deseo no necesita justificación ni disculpa. Y aprendí que pedir lo que una quiere en la cama —que te aprieten el cuello, que te folien por el culo, que te llamen guarra mientras te corres— no es una debilidad.
Es una de las pocas cosas que nadie te enseña y que todas aprendemos, tarde o temprano, por cuenta propia.
