El secreto que mi tía Amparo usó para someterme
Hay fantasías que se guardan tan adentro que ni uno mismo se atreve a mirarlas de frente. La mía era una de esas: oscura, repugnante para cualquiera, y sin embargo tan arraigada en mí que formaba parte de mi identidad tanto como mi nombre. Desde adolescente, la escatología me obsesionaba. La idea de una mujer obligándome a tragar sus desechos más íntimos me producía una excitación que no podía explicar ni controlar. Era un secreto que cargaba como una condena, convencido de que moriría sin haberlo confesado jamás. Hasta que mi tía Amparo lo descubrió.
Todo empezó una tarde de octubre. Mi tía vivía con nosotros desde que enviudó, y aquella casa antigua tenía sus defectos: la puerta del baño no cerraba bien, el pestillo llevaba años roto y nadie se molestaba en arreglarlo. Yo pasaba por el pasillo camino a mi habitación cuando vi la puerta entornada. Un instinto que no supe frenar me hizo detenerme y mirar.
Mi tía Amparo, que entonces tenía cincuenta y cinco años, estaba sentada en el inodoro con las medias de nailon bajadas hasta las rodillas. Llevaba puestos unos guantes largos de goma amarilla, los que usaba para fregar los platos, porque había estado limpiando la cocina cuando le entraron ganas. Tenía el rostro contraído por el esfuerzo, las manos enguantadas apoyadas sobre los muslos. Cuando terminó, se incorporó, arrancó papel higiénico y se limpió con la mano enfundada en el látex. Vi los dedos cubiertos de goma arrastrando el papel, aquel gesto tan cotidiano e íntimo que a mí me provocó una descarga eléctrica en todo el cuerpo.
Me alejé antes de que pudiera verme. El corazón me latía en la garganta. Aquella noche no dormí. La imagen de mi tía con sus guantes de goma regresaba una y otra vez, y con ella una excitación que me avergonzaba tanto como me dominaba.
A partir de ese día, espiarla se convirtió en un ritual. Conocía sus horarios, sabía a qué hora solía entrar al baño después de comer. Me apostaba en el pasillo con cualquier excusa y observaba por la rendija de la puerta. Cada vez que la veía en aquella postura vulnerable, algo se encendía dentro de mí que no podía apagar. El olor que dejaba en el baño era denso, casi sólido. Mi madre entró una vez después de ella y salió tapándose la nariz.
—¡Dios mío, qué peste! —la escuché murmurar mientras abría la ventana del pasillo.
Yo, en cambio, me encerraba allí a propósito. Respiraba aquel aire viciado y sentía las arcadas subir mientras mi cuerpo respondía con una excitación brutal. Era una contradicción que me desgarraba: el asco más profundo y el deseo más intenso conviviendo en el mismo instante, en el mismo aliento.
***
Aquello duró semanas hasta que sucedió lo inevitable. Un miércoles por la tarde, mientras espiaba a través de la rendija habitual, mi tía se levantó de golpe con la ropa interior bajada, caminó hacia la puerta y la abrió de par en par. Me encontró ahí, paralizado como un animal atrapado en los faros de un coche.
—Pasa —ordenó con una voz que no admitía réplica.
Obedecí. Ella cerró la puerta detrás de mí y se quedó de pie, mirándome con una severidad que me hacía querer desaparecer. No se había subido la ropa. Su cuerpo expuesto, la intimidad del momento, mi vergüenza absoluta: todo formaba un cuadro que me resultaba insoportable y fascinante a la vez.
—Sé que no es la primera vez —dijo, agarrándome la barbilla para obligarme a mirarla a los ojos—. Llevo semanas notándolo. Ahora mismo me vas a contar qué te pasa. Quiero la verdad.
Tartamudeé. Las palabras se negaban a salir. Ella apretó los dedos en mi mandíbula.
—Habla.
Y hablé. Le conté todo. El fetiche que arrastraba desde la adolescencia, la fantasía que me consumía, lo que sentía cuando la espiaba. Le confesé que soñaba con que una mujer me obligara a tragar sus heces, que la humillación y el asco eran parte inseparable de mi excitación. Cada palabra me costaba como si la arrancara de las entrañas.
Ahora me echará de casa, pensé. Se lo contará a mi madre y todo habrá terminado.
Pero mi tía Amparo no gritó. Me soltó la barbilla, me miró durante un silencio largo que pareció durar una hora, y después dijo algo que no esperaba.
—Eres un pervertido —sentenció, pero su voz tenía un matiz que no era solo repulsión—. Quizás debería darte lo que pides. Cuando pruebes la realidad, se te quitarán las ganas.
Yo, avergonzado hasta los huesos, le dije que aceptaba. Ella sonrió apenas y me hizo una última pregunta antes de marcharse.
—¿Cuándo fue la primera vez que me espiaste?
Le conté la verdad: aquel día con los guantes de goma amarillos. Y sin saber por qué, confesé que aquella imagen me había marcado, que los guantes eran parte de la fantasía.
—¿Quieres que lo haga con los guantes puestos? —preguntó.
Asentí sin poder mirarla a los ojos. Ella se dio la vuelta hacia la puerta.
—Así lo haré. Te aseguro que después no querrás repetirlo.
***
Pasaron tres días antes de que me llamara. Yo estaba en mi cuarto viendo un documental cuando escuché su voz desde el pasillo, un tono bajo y específico que reconocí de inmediato. Era la señal. Me levanté con las piernas temblando y caminé hasta el baño.
Allí estaba mi tía Amparo, sentada en el inodoro con los guantes de goma puestos, tal como le había descrito que me excitaba. Me ordenó arrodillarme frente a ella. Obedecí. La oí pujar mientras el olor comenzaba a inundar el pequeño espacio. Cuando terminó, se levantó, metió la mano enguantada en el inodoro y partió un trozo de lo que había depositado.
—Abre —ordenó.
Lo hice. Ella introdujo el fragmento en mi boca con los dedos cubiertos de látex. El sabor fue lo peor que había experimentado en mi vida: pútrido, amargo, nauseabundo. Sentí las arcadas convulsionar mi estómago, pero al mismo tiempo una excitación feroz que no podía negar.
—Mastica y traga —dijo, observando mi rostro con una mezcla de curiosidad y desprecio.
Obedecí. Cada movimiento de mi mandíbula era una batalla contra mi propio cuerpo. Tragué con esfuerzo, sintiendo cómo descendía por mi garganta. Ella agarró otra porción y la metió entre mis labios con el guante empapado.
—Sigue comiendo, cerdo —ordenó.
Masticaba y tragaba a duras penas. Era horrible. Y era lo que siempre había deseado. Esas dos verdades coexistían dentro de mí sin que pudiera reconciliarlas.
Mi tía sonrió cuando terminé. No era la sonrisa amable que le conocía. Era algo nuevo, algo que brillaba en sus ojos como una llama recién descubierta.
—¿Lo ves? Es repugnante. Ahora se te habrán quitado las ganas.
Pero antes de que saliera del baño, me atreví a decir lo que ni yo mismo creía posible:
—Tía, quiero repetirlo. Pero la próxima vez necesito que seas más dura. Que me obligues aunque suplique. Que no te detengas por nada.
Ella se detuvo en el marco de la puerta. Se giró lentamente y me miró con una expresión que me heló la sangre y me excitó a partes iguales.
—¿No has tenido suficiente? —preguntó.
—No. Quiero que me humilles hasta el final, que no te apiades de mí.
Un silencio. Luego otra sonrisa, esta vez más amplia, más oscura.
—Entonces haremos una apuesta —dijo, cruzándose de brazos con los guantes todavía puestos—. La próxima vez prepararé mucho más. Te obligaré a tragarlo todo, sin compasión. Si no puedes, yo gano y elijo el castigo.
—No podrás hacerme tragar todo —le respondí, desafiante, todavía con el sabor en la boca.
—Ya veremos —dijo. Y se marchó.
***
Durante los días siguientes observé un comportamiento extraño en mi tía. Cada vez que salía del baño, llevaba entre las manos una caja de plástico hermética, de esas que se usan para guardar sobras de comida. Un día se acercó a mí a solas y la entreabrió para que viera el interior. Estaba repleta de sus heces, algunas frescas, otras ya oscurecidas por los días.
—Todavía no he terminado de llenarla —dijo, y cerró la tapa con un chasquido antes de marcharse con una risa suave que me erizó la piel.
Aquella espera fue una tortura dulce. Cada vez que cruzábamos la mirada en la casa, ella sonreía de esa manera nueva que me hacía sentir como una presa observada por un depredador paciente. Descubrí que a ella la situación no solo no le disgustaba: la excitaba. Mi fantasía más oscura se estaba convirtiendo también en la suya.
El día llegó cuando mi madre se fue a trabajar. Recuerdo el sonido de la puerta al cerrarse, el beso de despedida en mi frente. En cuanto el silencio se instaló en la casa, vi la expresión de mi tía transformarse. Su sonrisa se volvió fría, calculada, desprovista de cualquier ternura.
—Ven conmigo —ordenó.
En el baño había una silla de madera que antes no estaba allí; ella misma la había colocado. Me ordenó sentarme. Antes de que pudiera reaccionar, sacó varios trozos de cuerda y comenzó a atarme con una fuerza que no le conocía. Las cuerdas se clavaban en mi piel, apretadas hasta el dolor.
—Tía, están muy apretadas —protesté.
Su respuesta fue un tirón más fuerte y una voz que ya no era la de mi tía, sino la de alguien que había encontrado su verdadera naturaleza.
—¡Cállate, cerdo! ¿Querías esto? Ahora lo tendrás hasta que no puedas más.
Continuó apretando cada nudo con más fuerza todavía, hasta dejarme completamente inmovilizado. No podía mover ni un centímetro de mi cuerpo. Cada atadura era una promesa de dolor y sumisión absoluta.
Sin decir una palabra, sacó un abrebocas metálico que había comprado y lo colocó entre mis dientes, forzando mi mandíbula a permanecer abierta. La presión era dolorosa, un recordatorio constante de mi completa indefensión. Luego se enfundó los guantes de goma. Los observé mientras se los ponía y noté algo que me revolvió el estómago: estaban manchados, cubiertos de restos marrones incrustados en el látex.
—¿Adivinas con qué me he limpiado el culo esta semana? —dijo, enseñándome las palmas sucias con una sonrisa cruel.
Acercó una segunda silla frente a mí y se sentó. Colocó la caja de plástico entre nosotros y la abrió. El hedor que emergió fue como un golpe físico. Estaba llena hasta el borde: heces sólidas trituradas con una cuchara de madera, mezcladas con un líquido marrón y espeso.
—He comido verdura toda la semana para que hubiera variedad —explicó, ajustándose los guantes con un tirón seco—. Ahora vas a comerte cada gramo de esta caja sin rechistar.
Hundió la cuchara de madera en la caja y la sacó rebosante. La acercó a mi boca, forzada a permanecer abierta por el abrebocas, y la vació dentro. El sabor fue instantáneo y devastador: podrido, amargo, con una textura que me provocó una arcada brutal. Tragué a duras penas mientras ella ya preparaba la siguiente cucharada.
—Esto es lo que comen los cerdos asquerosos como tú —dijo, empujando otra porción dentro de mi boca—. Mis heces. Disfrútalas.
Cucharada tras cucharada, el horror y la excitación se trenzaban en mi interior como dos serpientes. Mi estómago se rebelaba con cada trago, pero mi cuerpo respondía con una erección dolorosa que contradecía toda lógica. Ella observaba mi sufrimiento con una satisfacción visible, riéndose cuando mi rostro se contraía de asco.
A mitad de la caja, ya no podía más. Mi estómago estaba saturado, cada trago amenazaba con devolverlo todo. Ella lo notó y agarró una pinza de madera de la repisa. Me la clavó en la nariz, sellándola por completo.
El aire dejó de entrar. Mi única vía de respiración era la boca, que estaba forzada abierta por el abrebocas, y en ese mismo instante ella hundió otra vez la cuchara, bloqueando el paso del aire. Si quería respirar, tenía que tragar. Rápido.
—¿Querías que fuese dura? —dijo, inclinándose hacia mí con los ojos brillando de excitación—. Pues traga, cerdo asqueroso, y no me hagas enfadar.
Así continuó durante lo que pareció una eternidad. Cuchara tras cuchara, cada trago comprado con un segundo de respiración, cada arcada reprimida por la necesidad animal de inhalar. La caja parecía no tener fondo. Eran días de acumulación, y yo era el recipiente final de todo aquello, atrapado en ese ciclo infernal de asfixia y deglución donde solo podía tragar para sobrevivir.
***
Cuando la caja quedó vacía, mi tía la volteó frente a mi cara para demostrar que no quedaba nada.
—He ganado —declaró con voz triunfal—. Has tragado todo. Cada gramo. Ahora yo elijo el castigo.
Me quitó el abrebocas. Mi mandíbula dolía como si me la hubiesen dislocado. Me miró fijamente desde arriba.
—La próxima vez no usaré caja ni cuchara —anunció—. Lo haré directamente en tu boca, sentada encima de ti. Y tragarás todo lo que salga.
Asentí, derrotado, asqueado, y más excitado de lo que había estado en mi vida. Antes de marcharse, se detuvo y levantó los guantes sucios frente a mi cara.
—Te gustan mis guantes, ¿verdad?
Asentí de nuevo. Ella los enrolló y los metió dentro de mi boca como una mordaza improvisada. El látex sucio llenó mi cavidad, con los dedos de goma asomando entre mis labios. El sabor de los residuos pegados al material me envolvió la lengua por completo.
—Límpialos bien —ordenó, ya de pie, dirigiéndose a la puerta—. Cuando vuelva, quiero que estén relucientes. A partir de hoy, eres mi retrete personal. No volveré a usar el baño; te usaré a ti.
Me dejó allí, atado de pies y manos a la silla, con sus guantes de goma como mordaza y el estómago destruido por todo lo que había tragado. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo, el sonido de la televisión encendiéndose en el salón, la normalidad del mundo exterior que ignoraba lo que ocurría en aquel baño cerrado.
A pesar del asco, del dolor en las muñecas por las cuerdas, de las náuseas persistentes y del sabor que me cubría la lengua como un veneno espeso, estaba completamente excitado. Era exactamente lo que siempre había deseado, la fantasía que creí imposible, convertida en algo más intenso y brutal de lo que jamás imaginé. Era un cerdo asqueroso. Y debía reconocerlo.
Días después, mi tía Amparo regresó al baño con una caja nueva. La abrió frente a mí y noté algo diferente: el color, la consistencia, el olor. No era lo habitual.
—Estas no son mías —dijo, enfundándose los guantes con una lentitud deliberada mientras me sonreía—. Son de tu madre. Las he recogido sin que se enterara.
El terror me paralizó. Pero ella ya estaba acercando la cuchara a mi boca, y en sus ojos vi que la mujer que una vez fue simplemente mi tía Amparo había desaparecido para siempre, reemplazada por algo que mi fantasía más oscura había despertado y que ya nadie podía volver a dormir.