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Relatos Ardientes

Tres hombres, una noche de sumisión sin límites

3.8(50)

La primera vez que escuché la voz de Rodrigo, yo estaba de pie junto a la barra con un vodka que no había tocado. Era tarde y el bar tenía esa atmósfera densa de los miércoles: gente que no quería estar en casa pero tampoco sabía exactamente adónde ir. Él fumaba apoyado en la columna de madera, con un trago en la mano libre y una pose que no era afectada sino genuinamente relajada. Me miró dos segundos de más, y cuando lo hizo no apartó la vista.

—¿El vodka se va a poner triste si no lo bebes? —dijo.

Me reí antes de poder evitarlo.

Esa noche hablamos hasta que el barman empezó a apagar luces. Entre el segundo trago y el tercero, pasamos de los temas de presentación a los que importan. No sé si fue el ambiente, el tabaco mezclado con whisky en su aliento, o simplemente la forma en que Rodrigo escuchaba sin interrumpir, pero le conté cosas que no le había dicho a nadie. Mis fantasías, las que guardaba con cuidado porque no todo el mundo sabe qué hacer con ese tipo de información. Le hablé de cómo me imaginaba a más de un hombre encima, de cómo se me mojaba el coño solo de pensar en estar atada y a merced de varias pollas, de cómo me había masturbado pensando en eso tantas noches que ya había perdido la cuenta.

Él no se sorprendió. Escuchó, hizo las preguntas precisas, y luego me contó las suyas.

—Tengo una propiedad fuera de la ciudad —dijo, apagando el cigarrillo con calma—. Completamente privada, bien equipada. Voy de vez en cuando con dos amigos de confianza.

Le pregunté quiénes eran.

—Marcos y Sebastián. Llevamos años en esto. Sabemos lo que hacemos y, sobre todo, sabemos cuándo parar.

Esa última parte la dijo sin énfasis, como quien menciona algo que debería ser obvio pero prefiere decirlo de todas formas. Me habló de los límites como si fuera el tema más natural del mundo: lo que sí, lo que no, la señal de parada. No usó terminología técnica ni habló como si estuviera leyendo un manual. Lo dijo como alguien que lleva tiempo pensando en estas cosas y ha aprendido que la claridad no arruina nada, sino que es exactamente lo que le da sentido a todo. Después se inclinó sobre la barra y me dijo, en voz más baja:

—Te vamos a follar entre los tres hasta que no puedas caminar. Te vamos a llenar la boca, el coño y todo lo que se nos antoje, y vas a pedir más. ¿Eso es lo que quieres?

Sentí un calambre directo entre las piernas. Las bragas se me empaparon ahí mismo, en el taburete, con la mano de Rodrigo a un palmo de la mía.

—Sí —dije, y la voz me salió más ronca de lo que esperaba.

Seguimos hablando sobre lo que cada uno buscaba, sobre los rituales y las reglas no escritas, y en algún momento de la madrugada me di cuenta de que la conversación había dejado de ser teórica. Era una de esas charlas que convencen más por cómo se dicen que por lo que dicen.

Me quedé callada un momento. Una parte de mí quería analizar, hacer preguntas prácticas, tomar las precauciones razonables que alguien sensato tomaría. Pero esa parte tenía menos peso que la otra: la que reconocía que llevaba demasiado tiempo esperando esta situación y que Rodrigo fumaba su segundo cigarrillo sin apurarse, sin presionar, simplemente esperando.

—¿Cuándo? —pregunté.

Rodrigo sonrió apenas.

***

La propiedad estaba a cuarenta minutos por una carretera secundaria sin señales. Cuando llegué era de noche y las ventanas tenían luz cálida desde adentro. Rodrigo abrió la puerta antes de que llamara.

Marcos y Sebastián estaban en la sala. Los dos me miraron cuando entré: una evaluación rápida, sin disimulo pero tampoco hostil. Me recorrieron el cuerpo de arriba abajo con los ojos, deteniéndose en las tetas marcadas bajo la blusa, en las caderas, en el ángulo de los muslos. Sebastián me tendió la mano con una formalidad inesperada. Marcos inclinó la cabeza.

Hablamos unos minutos sobre cómo iba a funcionar la noche. Rodrigo había preparado café, lo cual me pareció un detalle extrañamente doméstico dadas las circunstancias. Todo tenía esa calma específica que precede a algo que ninguno de los cuatro puede fingir que no quiere. Repasamos las señales de parada con la misma naturalidad con que alguien repasa las reglas de un juego. Después me pidieron que los siguiera hacia el fondo.

***

La habitación olía a madera vieja y a cera. Las velas en los bordes daban luz suficiente para ver sin exponer demasiado. Había un soporte central de metal con argollas a distintas alturas, una mesa al fondo ancha y oscura, herrajes que no dejaban dudas sobre su uso. Todo limpio, todo en orden.

Me dejaron un momento sola para que mirara.

Esto es real, pensé. Esto va a pasar de verdad.

Los tres esperaban junto al soporte central. Nadie hablaba. El único sonido era la llama de las velas, que oscilaba apenas con el calor del cuarto. Y en lugar de asustarme, fue precisamente esa certeza lo que me terminó de convencer. Ya tenía el coño mojado solo de mirarlos.

***

Rodrigo me hizo desnudarme delante de los tres, despacio, una prenda a la vez. Cuando quedé completamente en pelotas, con los pezones tiesos y el sexo brillante de lo empapada que estaba, me ató al soporte con precisión y sin apuro: las muñecas primero, bien arriba, luego los tobillos separados y fijos. Las ataduras no cortaban pero tampoco había margen de movimiento real. Quedé abierta de piernas, expuesta, con el coño bien a la vista de los tres. Me preguntó dos veces si estaba bien antes de continuar. Le dije que sí las dos veces, y lo decía en serio.

Cuando terminó de ajustar el último nudo, retrocedió. Los tres me observaron durante un momento que se sintió mucho más largo de lo que fue. Vi cómo a Marcos se le marcaba el bulto de la verga ya dura debajo del pantalón. Sebastián tenía una mano en la entrepierna, ajustándose sin disimulo. Rodrigo se relamió los labios.

—Mírate cómo estás —dijo Rodrigo, pasándome dos dedos por la raja del coño y mostrándomelos brillantes—. Chorreando antes de que te hayamos tocado en serio.

Tomó una vela de la repisa y la inclinó sobre mi vientre. La cera cayó en gotas espaciadas, cada una con su propio impacto y su propia temperatura. Me ardía la piel, pequeños puntos de fuego que se enfriaban al instante y me dejaban la carne erizada. Mi cuerpo tardaba un segundo en decidir qué categoría asignarle a cada sensación antes de que llegara la siguiente. Las gotas siguieron bajando, cruzaron el ombligo, se acercaron peligrosamente al monte de Venus.

Solté un quejido que no pude controlar. Sentí cómo el coño se me contraía solo, buscando algo que llenara el vacío.

Marcos se acercó desde la izquierda, sin apresurarse. Me apretó un pezón entre el pulgar y el índice, torciéndolo despacio hasta que se me escapó otro quejido.

—¿Cómo se pide disculpa aquí? —preguntó, en voz completamente tranquila, sin soltarme el pezón.

Me tomó un segundo entender la pregunta.

—Lo siento, señor —dije.

—Así me gusta. —Me chupó el pezón con fuerza, lo mordió apenas, y me lo soltó dejándolo rojo y duro como una piedra.

Rodrigo continuó con la vela, esta vez más arriba, entre las costillas. Después la inclinó deliberadamente sobre las tetas, dejando caer la cera directamente sobre los pezones. El grito me salió antes de poder pensarlo. Sebastián rodeó el soporte lentamente, observando cada reacción con esa precisión que lo caracterizaba. Era el más silencioso de los tres, y eso no significaba que fuera el menos atento: todo lo contrario, era probablemente el que menos se perdía. Se paró detrás de mí y me agarró las nalgas con las dos manos, separándolas, dejando el culo al descubierto. Sentí un dedo suyo recorriéndome la raja del coño desde atrás, recogiendo el flujo que me caía por los muslos, subiendo hasta el ojete y presionando apenas.

—Está bien follada esta zorra —dijo Sebastián, casi para sí mismo—. Mira cómo gotea.

Cuando Rodrigo apagó la vela y empezó a despegar la cera solidificada con los dedos, cada pequeño jalón era su propio punto de tensión. Me arrancó las costras de los pezones uno por uno y yo arqueé la espalda contra las ataduras. Marcos aprovechó para meterme tres dedos en el coño de golpe, sin aviso, y los movió en círculos hasta que el ruido húmedo de mi sexo llenó la habitación.

—Esto chorrea como una fuente —se rió—. ¿Te gusta que te toquen así, perra?

—Sí, señor —jadeé.

—Sí, ¿qué?

—Sí, me gusta. Me gusta que me metan los dedos. Que me toquen el coño. Por favor, más.

Sacó los dedos, los mismos tres, brillantes hasta los nudillos, y me los acercó a la boca.

—Chupa.

Abrí la boca y le chupé los dedos limpiándolos de mis propios jugos, sintiéndome a mí misma en su lengua de hierro, el sabor cargado y salado de la calentura.

—La pasamos a la mesa —dijo Rodrigo.

***

Me condujeron hacia la mesa del fondo. Me acomodé sobre la madera fría y Marcos ajustó las argollas en los tobillos mientras Rodrigo hacía lo mismo con las muñecas. La posición me dejaba completamente expuesta, con el coño bien abierto, los muslos separados al máximo, las tetas marcadas por las marcas rojas de la cera. Sin ángulo que ocultara nada.

—¿Bien? —preguntó Rodrigo.

—Sí —dije.

Rodrigo se colocó entre mis piernas sin dar instrucciones adicionales y empezó con la lengua. La pasó plana primero, desde la entrada del coño hasta el clítoris, lamiendo despacio, casi con devoción. Después se concentró en el botón hinchado, lo rodeó con la punta de la lengua, lo chupó entre los labios, lo soltó, lo volvió a tomar. El contacto fue directo y concentrado y yo tuve que morderme el labio para no hacer ruido. Metió dos dedos con una curva que encontró exactamente el punto justo dentro de mí, ese que me hacía ver luces, y los presionó mientras seguía chupándome el clítoris sin pausa. Yo arqueé la espalda todo lo que las ataduras permitían. Sentí cómo el calor se concentraba y se extendía al mismo tiempo, avanzando desde adentro hacia afuera en olas que iban en aumento. El coño se me cerraba alrededor de sus dedos, latiendo, pidiendo más.

—Voy a correrme —jadeé—. Por favor, señor, voy a correrme.

Cuando llegué al límite del orgasmo, redujo la presión de golpe. Sacó los dedos, levantó la cabeza y me dejó colgando del precipicio.

—Todavía no —dijo.

Me quedé suspendida en ese borde, sin poder avanzar ni retroceder, con el coño contrayéndose en el vacío, completamente a merced de lo que ellos decidieran. Gemí de frustración. Tiré de las ataduras sin pensarlo.

—Por favor —rogué—. Por favor, déjenme correrme.

Marcos y Sebastián estaban a los costados de la mesa. Los veía desde abajo: de pie, mirando, con esa calma concentrada que es su propia forma de control. Los dos se habían bajado los pantalones. Las dos pollas estaban duras, gruesas, y me llenaron la boca de saliva solo de mirarlas. Sebastián puso la palma sobre mi garganta, sin apretar, solo para que yo sintiera que estaba ahí y que eso también era parte de lo que ocurría. Con la otra mano se agarraba la verga y se la pasaba lenta por toda su longitud, como recordándome lo que me esperaba.

—¿De quién eres esta noche? —preguntó.

—De los tres —dije.

—Bien. —Me deslizó la cabeza de la polla por los labios, mojándomelos con la gota que ya tenía en la punta—. Vas a abrir bien grande y vas a tragar lo que te demos.

***

Rodrigo se incorporó, se quitó el cinturón con un solo movimiento y lo dejó sobre la silla. Se bajó el pantalón y dejó al aire una polla larga, dura, con la cabeza hinchada y mojada. Me la pasó por la raja del coño dos veces, sin meterla, hasta empaparla. Cuando entró en mí, lo hizo despacio al principio, hundiéndose centímetro a centímetro, dejando que mi cuerpo registrara la presión antes de que empezara a moverse de verdad. El coño se me abrió alrededor de él, estirándose, y solté un gemido largo y agudo cuando lo sentí topar contra el fondo.

Cuando aceleró, lo hizo sin aviso. El cambio fue total. Empezó a follarme con fuerza, sacando la polla casi entera y volviendo a clavarla hasta los huevos, golpeándome las nalgas contra la mesa con cada embestida. El ruido húmedo de las pieles chocando llenó la habitación, mezclado con mis gemidos y con su respiración pesada.

Marcos enredó los dedos en mi cabello y tiró con la medida exacta, girándome la cabeza hacia él.

—Abre la boca —dijo.

Lo hice. Me metió la polla entera de una sola estocada, hasta tocarme el fondo de la garganta. Me oí toser pero no aflojó, sino que empezó a follarme la boca al ritmo de Rodrigo follándome el coño. Tener a los dos al mismo tiempo era saturación completa: sin espacio para anticipar nada, solo para recibir y responder. La polla de Marcos me bajaba por la garganta y la de Rodrigo me golpeaba el cuello del útero, y yo estaba en el medio, atada, llena por los dos extremos. El cuerpo pierde la costumbre de pensar en estas situaciones, y eso también es parte de lo que se busca. El ruido que hacía era involuntario, mezcla de gemido ahogado y de gárgara, y yo había dejado de intentar controlarlo. La saliva me chorreaba por las comisuras, el flujo del coño me caía por las nalgas, y los dos me usaban sin descanso.

Sebastián observaba desde el pie de la mesa, con los brazos cruzados y esa mirada suya que no dejaba pasar nada. Se había sacado la verga y se la masturbaba despacio, sin urgencia, esperando su turno. De vez en cuando sus ojos encontraban los míos. No decía nada. No hacía falta.

Rodrigo llegó primero. Lo sentí antes de que lo dijera: el cambio en su respiración, la pérdida del patrón regular en las caderas, la polla hinchándosele aún más dentro de mí. Me embistió tres, cuatro veces más, brutalmente, y se corrió hasta el fondo con un gruñido seco. Sentí los chorros calientes llenándome por dentro, su semen empapando las paredes del coño. Se quedó adentro un momento más, vaciando todo, antes de salir. Cuando se sacó la polla, el semen empezó a escurrírseme por el coño, mezclado con mi flujo, y me chorreó por el culo hasta la mesa. Pasó los pulgares por el interior de mis muslos, despacio, como registrando.

—Mírala cómo quedó —le dijo a los otros dos—. Toda lechosa.

Marcos sacó la polla de mi boca y ocupó su lugar entre mis piernas sin pausa. Era diferente: más directo, con menos variación pero más fuerza sostenida. Se hundió en el coño todavía lleno del semen de Rodrigo y eso pareció ponerlo aún más bestia. Sostenía mis caderas con las dos manos, los dedos clavados en la carne, y marcaba el ritmo sin concesiones, follándome a tope, haciéndome rebotar contra la mesa. Cada embestida me hacía gemir más fuerte. Rodrigo, ahora de pie junto a la mesa con la polla a medio caer brillante de los jugos, me ofreció su verga sucia para que la limpiara con la boca. La chupé sin pensarlo, sintiendo en la lengua mi propio coño y su semen, mientras Marcos me reventaba por abajo. Había algo en la mirada de Rodrigo que era más íntimo que cualquier otra cosa de la noche: el registro consciente de cada reacción mía, sin perder detalle.

—Buena perra —murmuró, acariciándome la mejilla mientras yo lo chupaba—. Buena, buena perra.

Marcos aceleró el ritmo. Me agarró las tetas, me las apretó, me pellizcó los pezones todavía sensibles de la cera. Me follaba como si quisiera atravesarme.

—Me voy a correr en ese coño —gruñó—. Te voy a llenar también yo.

Se vino dentro de mí con un rugido, tirando hacia adentro con cada espasmo, vaciándome la segunda carga de la noche. Cuando se sacó, el coño me quedó abierto, chorreando semen de los dos por la raja y por las nalgas, formando un charco en la madera.

Sebastián esperó su turno con paciencia. Cuando Marcos terminó y retrocedió, él se colocó en su lugar con la misma eficiencia silenciosa con la que hacía todo lo demás. Le pasó la cabeza de la polla por la raja del coño, recogió el semen de los otros dos y lo usó como lubricante. Entró sin apresurarse al inicio pero sin concesiones después, hundiéndose lento hasta tocar el fondo. Era el más grueso de los tres y mi coño, abierto y resbaladizo, se cerró igual alrededor de él como si quisiera ordeñarlo.

—Está apretada todavía —dijo, casi sorprendido—. Después de todo esto, sigue apretada.

Empezó a follarme con embestidas largas y profundas, sin prisa, controlando el ritmo. Su mano derecha encontró mi clítoris y trabajó con una precisión que parecía calculada para no dejarme bajar ni un grado. Dos dedos en círculos, justo a la velocidad correcta, mientras la polla me llenaba hasta el fondo una y otra vez.

—Vente —dijo—. Ahora sí. Vente para mí.

El orgasmo llegó cuando ya no había manera de retrasarlo más. No empezó suave ni fue gradual: fue inmediato y completo, como si todo lo que había acumulado durante la noche encontrara salida al mismo tiempo. El coño me explotó alrededor de su verga, contrayéndose en espasmos descontrolados, mientras los muslos me temblaban contra las ataduras. Me escuché a mí misma desde afuera, casi sin reconocerme, gritando, jadeando palabras que no eran palabras. Me corrí tan fuerte que sentí cómo le chorreaba el flujo entre las piernas a Sebastián, mojándole los huevos.

Sebastián no se detuvo mientras duró. Siguió follándome a través de cada espasmo, prolongando el orgasmo, hasta que él mismo se vino, hundiendo la polla hasta el final y llenándome con la tercera carga de la noche. Lo sentí latir dentro de mí, descargando todo, sumando su semen al de los otros dos.

Cuando se sacó, el coño me quedó completamente desbordado. El semen de los tres me caía a chorros entre las nalgas, formando un río espeso sobre la madera oscura de la mesa.

***

Me dejaron unos minutos sola después. Soltaron las argollas con cuidado y me ayudaron a sentarme despacio. Marcos trajo una manta y la puso sobre mis hombros sin decir nada. Rodrigo me alcanzó agua y esperó a que la tomara antes de alejarse.

Nadie habló durante un rato.

Yo estaba agotada de la manera más completa que había sentido en mucho tiempo: los músculos, la mente, la piel. Todavía sentía el semen de los tres goteándome entre los muslos, la sensibilidad del coño usado a fondo, los pezones ardiendo, las marcas de las ataduras en las muñecas. La habitación seguía oliendo a madera, a cera y ahora también a sexo, a ese olor denso y dulzón de cuerpos saciados. Afuera, el campo era silencio puro.

No sabía si habían pasado dos horas o cuatro.

Rodrigo se sentó en el borde de la mesa y me miró.

—¿Cómo estás?

—Bien —dije.

Era la verdad más simple y más honesta que había dicho en años. No lo dije para complacerlo ni para cerrar la noche con una nota agradable. Lo dije porque era exactamente así.

Asintió como si lo hubiera esperado.

Supe en ese momento que no sería la última vez.

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3.8(50)

Comentarios(9)

RubenSur23

tremendo relato!!! quede sin palabras la verdad

Hanna

Por favor seguí escribiendo asi, hace rato que no encontraba algo que me enganche tanto. Esperando la continuacion!

CorazonValiente

excelente!!!

FelipeMza

me recordo a algo que viví hace tiempo jaja. Muy bueno

slave10

segunda parte porfavor!! quede con ganas de mas no es justo

Karla_noche

no sabia como iba a arrancar pero me enganche desde el primer parrafo. Muy bien logrado

stahl79

bien narrado, se nota que saben lo que hacen. Sigue asi!

MarcosBaires

Increible, no pude parar de leer. De los mejores en esta categoria sin dudas

NocheRoja

Me gusto como esta contado, sin caer en lo burdo. Un placer leerlo y espero ver mas pronto

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