Envuelta en film: mi primera vez con bondage real
Marcos y yo nos conocíamos desde hacía años. Era de esos amigos con los que podías hablar de cualquier cosa a la segunda copa de vino, sin filtros ni vergüenza. Nos veíamos una vez al mes, más o menos, en su piso o en el mío, con una botella de tinto y sin ningún plan concreto. Por eso aquella noche, cuando empezó a contarme sus fantasías, yo lo escuché con la misma calma con la que hubiera discutido el pronóstico del tiempo.
Hasta que dejó de ser calma.
—¿Y cómo funciona exactamente? —le pregunté, apoyando los codos en la mesa y tratando de parecer simplemente curiosa.
Marcos sonrió. Tenía esa sonrisa de quien sabe perfectamente el efecto que está causando y lo disfruta sin prisa.
—Primero la desnudo. Después la envuelvo de pies a cabeza con film stretch, el de cocina pero en rollo grande. Me aseguro de dejarle la nariz libre para que respire. El resto va completamente cubierto.
Tomé un sorbo de vino y crucé una pierna sobre la otra.
—¿Y después?
—La cargo como si fuera un objeto. La pongo sobre la mesa. Y ahí empiezo a hacer los agujeros donde los necesito.
La pausa que hizo antes de la última palabra valió una novela entera. Tres segundos de silencio calculado mientras me miraba por encima de su copa.
Sentí calor en las mejillas. No era el vino, aunque era fácil culparlo. Sin que Marcos lo viera, moví el pie descalzo contra el suelo y lo presioné. Buscaba algo concreto en qué concentrarme.
—¿Y a las chicas les gusta? —conseguí preguntar con una voz bastante neutra.
—Siempre vuelven —respondió, y tomó su copa sin apartar los ojos de mí.
Me excusé para ir al baño. Era eso o que Marcos notara que me había corrido un poco en el asiento. Cerré la puerta con llave, me senté en el borde del lavabo y me toqué hasta terminar en menos de tres minutos. Ahogué el sonido con el antebrazo apoyado en la boca. No por pudor, sino porque no quería interrumpir la velada con algo tan obvio.
Cuando volví a la sala, Marcos ya estaba mirando el teléfono. La noche terminó sin mayores sobresaltos. Nos despedimos en la puerta como siempre, con dos besos y una promesa vaga de volver a quedar pronto.
***
Esa noche no pude dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, la imagen aparecía sola: yo, envuelta en plástico transparente, sin poder mover los brazos. La sensación de calor acumulándose contra la piel. Los dedos de alguien eligiendo dónde cortar. Me di la vuelta dos veces. A la tercera me rendí.
Le escribí un mensaje. No le di muchas vueltas: «Quiero probar lo que me contaste. Si la oferta sigue en pie, paso mañana.»
La respuesta llegó en menos de un minuto: «Claro. A las ocho te espero.»
***
Pasé el día haciendo inventario mental de lo que tenía claro y lo que no.
Lo que tenía claro: que aquello me ponía a cien. Que no era una fantasía nueva exactamente, sino más bien una versión concreta de algo que siempre había estado ahí, impreciso, en algún rincón de mis gustos. La idea de no poder moverme. De ser movida. Que alguien tomara todas las decisiones sobre mi cuerpo mientras yo solo recibía lo que viniera.
Lo que no tenía claro: si ponerme ropa interior bonita tenía algún sentido cuando iba a acabar envuelta en film de cocina de todas formas.
Al final me puse el conjunto de encaje negro que guardaba para ocasiones especiales. Porque sí tenía sentido. No para él, sino para mí. Me ayudaba a llegar con la cabeza en el lugar correcto. Me puse un vestido sencillo encima, cogí las llaves y salí antes de que me diera tiempo a pensarlo demasiado.
***
Marcos abrió la puerta y me miró de arriba abajo con la misma sonrisa de la noche anterior.
—Estás muy elegante para lo que vas a hacer —dijo.
—Ya lo sé —respondí, y entré.
El piso estaba ordenado. La temperatura, notablemente más alta de lo normal. Lo noté en cuanto crucé el umbral, ese calor seco de calefacción al máximo que se pega a la ropa.
—¿A tope la calefacción? —pregunté.
—Así suda mejor el cuerpo —explicó, con la misma naturalidad con la que podría haber hablado de hacer pan.
Me quedé de pie en el centro del salón. Marcos se puso detrás de mí, me bajó la cremallera del vestido despacio, sin prisa, con una mano apoyada en mi hombro para que no me moviera. El vestido cayó al suelo. Dio un paso atrás para mirarme.
—El conjunto lo guardamos para otro día —dijo, y lo deshizo con una eficiencia que dejaba claro que no era la primera vez.
Me quedé completamente desnuda en su salón, con la calefacción zumbando y las luces encendidas. No había sombras donde esconderse. No intenté crear ninguna.
—Quédate quieta —dijo.
Sacó el rollo de film de detrás del sofá y empezó por los pies. Lo vi desenvolver el plástico con movimientos seguros, sin titubear, y sentí el primer contacto del film contra mis tobillos. Frío al principio. Luego inmediato, casi como una segunda piel ajustándose.
Trabajó hacia arriba sin apresurarse. Las piernas primero, enrollando el plástico con cierta tensión, lo suficiente para notar que estaba ahí pero sin cortar la circulación. Cuando llegó a los muslos sentí que mis piernas quedaban unidas y experimenté el primer destello de lo que iba a ser aquello: no poder separar las rodillas aunque quisiera.
Siguió por la cadera, el abdomen. Cada vuelta del rollo añadía calor. Mi piel empezó a sudar antes de que llegara a la cintura. Era como llevar puesto el verano.
—¿Estás bien? —preguntó sin detenerse.
—Sí —dije. Y lo estaba. Más que bien.
Cuando el film llegó al pecho, lo rodeó con cuidado, dejando un espacio a la altura de la nariz para que pudiera respirar sin problema. Los brazos quedaron pegados al cuerpo. Para ese momento ya no podía doblar los codos, y el simple hecho de intentarlo y notar la resistencia del plástico me hizo respirar más despacio. No puedo moverme. No voy a poder moverme en absoluto.
Marcos me levantó. Sin esfuerzo aparente, como si yo pesara la mitad. Me apoyó sobre la mesa del comedor, que había cubierto con una manta doblada, y me colocó boca arriba.
—Ahora los agujeros —dijo, y sacó unas tijeras de punta redonda.
Me miró a la cara un segundo antes de empezar.
—Si en algún momento quieres parar, dices «naranja». ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondí.
Cortó dos aberturas pequeñas y precisas a la altura de los pezones. El film se separó y el aire fresco contra la piel sensibilizada fue suficiente para que se me pusieran duros al instante. Marcos bajó la cabeza y pasó la lengua por uno, luego por el otro, despacio, con toda la calma del mundo.
Me arqueé dentro del envoltorio. O lo intenté. El film me lo permitió apenas unos milímetros.
Me dio la vuelta. Quedé boca abajo, sintiendo la mesa a través del plástico, el calor atrapado contra mi pecho, mis pezones rozando la manta a través de las aberturas. Cerré los ojos.
Sentí las tijeras de nuevo, esta vez en la parte posterior. Un corte limpio en el lugar exacto, sin rodeos ni explicaciones.
No había nada más que hacer desde mi parte. Solo estar ahí.
Marcos me levantó de la mesa con los dos brazos y me llevó al sofá. Me apoyó boca abajo sobre el brazo del mismo y empezó despacio, con paciencia, sin saltarse ningún paso. El calor acumulado dentro del film hacía que todo fuera más intenso, como si la piel estuviera más fina de lo habitual. Cada contacto se amplificaba el doble.
Cuando empezó a moverse, el sonido del plástico al rozar el sofá se mezclaba con mi propia respiración. No podía hacer mucho más que sentir. No podía cambiar de posición, no podía mover los brazos, no podía ajustar el ángulo ni tomar ninguna decisión sobre lo que estaba pasando. Solo recibir.
Fue extraño al principio, esa sensación de no poder controlar nada. Luego fue exactamente lo que esperaba. Luego fue demasiado bueno para pensarlo.
Llegué al primer orgasmo con los dientes apretados. Al segundo ya no me importó el ruido. Para el tercero había perdido la cuenta del tiempo y de todo lo demás. El calor dentro del film era insoportable y perfecto al mismo tiempo, el sudor atrapado contra mi piel, el cuerpo sin salida posible.
Marcos no tardó mucho más después de eso. Sentí su peso aflojarse sobre mí un momento antes de que se separara. Me dejó en el sofá y fue a la cocina. Oí el grifo. Oí sus pasos volver.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Bien —dije. Era la palabra más corta y la más verdadera.
Empezaba a cortar el film para liberarme cuando su teléfono sonó sobre la mesa. Lo miró. Vi cómo cambiaba su expresión.
—Es Valeria —dijo.
—¿Quién es Valeria?
—Mi novia. No tendría que estar aquí hasta mañana.
Hubo un segundo de silencio entre los dos. Yo seguía envuelta en plástico de la cintura abajo, con los brazos pegados al cuerpo, completamente inmovilizada.
—¿Está subiendo ahora? —pregunté.
—Acaba de entrar al portal.
Marcos tomó una decisión en menos de dos segundos. Me cargó igual que antes, con los dos brazos, y abrió de un empujón la puerta del cuarto que usaba como trastero. Cajas apiladas, una bicicleta sin rueda delantera, olor a humedad.
—Te saco en diez minutos —dijo, y cerró la puerta.
Me quedé en la oscuridad, escuchando cómo llegaba Valeria, cómo se saludaban al otro lado de la pared, cómo él decía que justamente iba a darse una ducha, que qué sorpresa tan buena.
Diez minutos, había dicho.
Empecé a contar.