Envuelta en film: mi primera vez con bondage real
Marcos y yo nos conocíamos desde hacía años. Era de esos amigos con los que podías hablar de cualquier cosa a la segunda copa de vino, sin filtros ni vergüenza. Nos veíamos una vez al mes, más o menos, en su piso o en el mío, con una botella de tinto y sin ningún plan concreto. Por eso aquella noche, cuando empezó a contarme sus fantasías, yo lo escuché con la misma calma con la que hubiera discutido el pronóstico del tiempo.
Hasta que dejó de ser calma.
—¿Y cómo funciona exactamente? —le pregunté, apoyando los codos en la mesa y tratando de parecer simplemente curiosa.
Marcos sonrió. Tenía esa sonrisa de quien sabe perfectamente el efecto que está causando y lo disfruta sin prisa.
—Primero la desnudo. Después la envuelvo de pies a cabeza con film stretch, el de cocina pero en rollo grande. Me aseguro de dejarle la nariz libre para que respire. El resto va completamente cubierto.
Tomé un sorbo de vino y crucé una pierna sobre la otra. Ya sentía el coño mojado, apretado entre los muslos, latiendo como si tuviera pulso propio.
—¿Y después?
—La cargo como si fuera un objeto. La pongo sobre la mesa. Y ahí empiezo a hacer los agujeros donde los necesito. Uno en las tetas, para chuparle los pezones. Otro en el coño, para follármela. Y otro atrás, por si me apetece meterle la polla por el culo.
La pausa que hizo antes de la última palabra valió una novela entera. Tres segundos de silencio calculado mientras me miraba por encima de su copa.
Sentí calor en las mejillas. No era el vino, aunque era fácil culparlo. Sin que Marcos lo viera, moví el pie descalzo contra el suelo y lo presioné. Buscaba algo concreto en qué concentrarme mientras el coño me chorreaba dentro de las bragas.
—¿Y a las chicas les gusta? —conseguí preguntar con una voz bastante neutra.
—Siempre vuelven —respondió, y tomó su copa sin apartar los ojos de mí—. Y siempre acaban corriéndose tres o cuatro veces antes de que yo me vacíe dentro.
Me excusé para ir al baño. Era eso o que Marcos notara que me había corrido un poco en el asiento. Cerré la puerta con llave, me bajé las bragas hasta los tobillos y me senté en el borde del lavabo con las piernas abiertas. Tenía el coño empapado, los labios hinchados, el clítoris duro como un guisante. Me lamí dos dedos y empecé a frotarme rápido, en círculos apretados, mientras con la otra mano me pellizcaba un pezón por debajo del sujetador. Me imaginé envuelta, inmóvil, con la polla de Marcos abriéndose paso por el agujero recortado en el plástico, embistiéndome sin que yo pudiera cerrar las piernas ni frenar nada. Me metí dos dedos hasta el fondo y los curvé buscando ese punto que me hace correrme fuerte. Ahogué el gemido con el antebrazo apoyado en la boca cuando llegué, sacudiéndome contra el mármol frío, sintiendo cómo el coño me apretaba los dedos en oleadas. No por pudor, sino porque no quería interrumpir la velada con algo tan obvio. Me limpié con papel, me subí las bragas ya arruinadas y volví a la sala como si nada.
Cuando volví, Marcos ya estaba mirando el teléfono. La noche terminó sin mayores sobresaltos. Nos despedimos en la puerta como siempre, con dos besos y una promesa vaga de volver a quedar pronto.
***
Esa noche no pude dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, la imagen aparecía sola: yo, envuelta en plástico transparente, sin poder mover los brazos. La sensación de calor acumulándose contra la piel. Los dedos de alguien eligiendo dónde cortar. Una polla dura abriéndose camino por un agujero recortado justo sobre mi coño. Me di la vuelta dos veces. A la tercera me rendí, me abrí de piernas debajo de las sábanas y me masturbé otra vez, despacio, alargándolo, hasta correrme mordiendo la almohada.
Le escribí un mensaje. No le di muchas vueltas: «Quiero probar lo que me contaste. Si la oferta sigue en pie, paso mañana.»
La respuesta llegó en menos de un minuto: «Claro. A las ocho te espero. Ven depilada.»
***
Pasé el día haciendo inventario mental de lo que tenía claro y lo que no.
Lo que tenía claro: que aquello me ponía a cien. Que no era una fantasía nueva exactamente, sino más bien una versión concreta de algo que siempre había estado ahí, impreciso, en algún rincón de mis gustos. La idea de no poder moverme. De ser movida. Que alguien tomara todas las decisiones sobre mi cuerpo mientras yo solo recibía polla, lengua y dedos sin poder hacer nada más que empaparme.
Lo que no tenía claro: si ponerme ropa interior bonita tenía algún sentido cuando iba a acabar envuelta en film de cocina de todas formas.
Al final me puse el conjunto de encaje negro que guardaba para ocasiones especiales. Porque sí tenía sentido. No para él, sino para mí. Me ayudaba a llegar con la cabeza en el lugar correcto. Me depilé el coño hasta dejarlo liso, me di una ducha larga, me puse un vestido sencillo encima, cogí las llaves y salí antes de que me diera tiempo a pensarlo demasiado.
***
Marcos abrió la puerta y me miró de arriba abajo con la misma sonrisa de la noche anterior.
—Estás muy elegante para lo que vas a hacer —dijo.
—Ya lo sé —respondí, y entré.
El piso estaba ordenado. La temperatura, notablemente más alta de lo normal. Lo noté en cuanto crucé el umbral, ese calor seco de calefacción al máximo que se pega a la ropa.
—¿A tope la calefacción? —pregunté.
—Así suda mejor el cuerpo —explicó, con la misma naturalidad con la que podría haber hablado de hacer pan—. Y así se te resbala mejor la polla dentro cuando estés empapada.
Me quedé de pie en el centro del salón. Marcos se puso detrás de mí, me bajó la cremallera del vestido despacio, sin prisa, con una mano apoyada en mi hombro para que no me moviera. El vestido cayó al suelo. Dio un paso atrás para mirarme.
—El conjunto lo guardamos para otro día —dijo, y lo deshizo con una eficiencia que dejaba claro que no era la primera vez. Me desabrochó el sujetador y me lo bajó por los brazos. Los pezones se me pusieron duros en cuanto sintieron el aire. Luego se agachó y me tiró de las bragas hacia abajo, pasando los nudillos por la parte interior de mis muslos al hacerlo. Estaban empapadas y él lo notó. Las levantó con dos dedos y me las enseñó.
—Ya estás mojada —dijo, sin pregunta.
—Llevo mojada desde ayer —respondí.
Sonrió. Se llevó las bragas a la nariz un segundo, muy tranquilo, y las tiró sobre el sofá.
Me quedé completamente desnuda en su salón, con la calefacción zumbando y las luces encendidas. No había sombras donde esconderse. No intenté crear ninguna. Sentí el goteo bajando por la cara interna del muslo.
—Quédate quieta —dijo.
Sacó el rollo de film de detrás del sofá y empezó por los pies. Lo vi desenvolver el plástico con movimientos seguros, sin titubear, y sentí el primer contacto del film contra mis tobillos. Frío al principio. Luego inmediato, casi como una segunda piel ajustándose.
Trabajó hacia arriba sin apresurarse. Las piernas primero, enrollando el plástico con cierta tensión, lo suficiente para notar que estaba ahí pero sin cortar la circulación. Cuando llegó a los muslos sentí que mis piernas quedaban unidas y experimenté el primer destello de lo que iba a ser aquello: no poder separar las rodillas aunque quisiera. Notaba el coño palpitando entre los muslos apretados, cerrado sobre sí mismo, y cada vuelta del rollo aumentaba la presión.
Siguió por la cadera, el abdomen. Cuando el plástico cubrió mi coño lo hizo despacio, presionando con la palma abierta sobre él para aplanar el film. Sentí el nudillo de su pulgar rozar directamente el clítoris a través de la capa fina y transparente y se me escapó un jadeo. Cada vuelta del rollo añadía calor. Mi piel empezó a sudar antes de que llegara a la cintura. Era como llevar puesto el verano.
—¿Estás bien? —preguntó sin detenerse.
—Sí —dije. Y lo estaba. Más que bien. Estaba a un roce de correrme otra vez.
Cuando el film llegó al pecho, lo rodeó con cuidado, aplastándome las tetas contra el cuerpo antes de dejar un espacio a la altura de la nariz para que pudiera respirar sin problema. Los brazos quedaron pegados al cuerpo. Para ese momento ya no podía doblar los codos, y el simple hecho de intentarlo y notar la resistencia del plástico me hizo respirar más despacio. No puedo moverme. No voy a poder moverme en absoluto. Me va a follar como quiera y yo no voy a poder hacer nada.
Marcos me levantó. Sin esfuerzo aparente, como si yo pesara la mitad. Me apoyó sobre la mesa del comedor, que había cubierto con una manta doblada, y me colocó boca arriba.
—Ahora los agujeros —dijo, y sacó unas tijeras de punta redonda.
Me miró a la cara un segundo antes de empezar.
—Si en algún momento quieres parar, dices «naranja». ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondí.
Cortó dos aberturas pequeñas y precisas a la altura de los pezones. El film se separó y el aire fresco contra la piel sensibilizada fue suficiente para que se me pusieran duros al instante, asomando por los círculos de plástico como si me hubieran enmarcado las tetas para él. Marcos bajó la cabeza y pasó la lengua por uno, luego por el otro, despacio, con toda la calma del mundo. Me mordió la punta con los dientes, tiró hacia arriba, la soltó y volvió a chuparla entera dentro de la boca. Después hizo lo mismo con el otro, mientras me pellizcaba el primero con dos dedos húmedos de saliva.
Me arqueé dentro del envoltorio. O lo intenté. El film me lo permitió apenas unos milímetros.
Bajó la mano por encima del plástico hasta mi entrepierna y cortó otro agujero, más grande, justo sobre el coño. Sentí el aire directamente sobre los labios hinchados y me di cuenta de lo empapada que estaba: el film alrededor de la abertura estaba resbaladizo, brillante. Marcos pasó dos dedos por la raja abierta, de abajo arriba, recogiendo mi flujo, y luego se los metió a la boca sin dejar de mirarme.
—Sabes a rendida —dijo.
Volvió a bajar la mano y me metió dos dedos hasta los nudillos de golpe. Grité. No pude cerrar las piernas, no pude arquear la espalda más allá de un temblor mínimo, solo pude apretar el coño alrededor de sus dedos mientras él los curvaba dentro y buscaba con precisión el punto exacto. Con el pulgar me frotaba el clítoris en círculos lentos y calibrados. Me corrí en menos de dos minutos, chorreando sobre su mano y sobre la manta, con los dientes clavados en el labio de abajo para no aullar.
Él no se detuvo. Siguió metiéndome los dedos mientras yo aún estaba en pleno espasmo, alargando el orgasmo hasta que casi dolía.
Me dio la vuelta. Quedé boca abajo sobre la mesa, sintiendo la superficie a través del plástico, el calor atrapado contra mi pecho, mis pezones rozando la manta a través de las aberturas. Cerré los ojos.
Sentí las tijeras de nuevo, esta vez en la parte posterior. Un corte limpio en el lugar exacto, sin rodeos ni explicaciones. El plástico se abrió entre las nalgas y sentí el aire fresco directamente sobre el culo y el coño desde atrás. Marcos pasó el pulgar por la nueva abertura, resbaló hacia abajo por mis labios chorreantes y luego subió otra vez, deteniéndose sobre el otro agujero, presionando apenas con la punta.
—Aquí también, si aguantas —dijo.
—Aguanto —dije yo, con la boca contra la manta.
No había nada más que hacer desde mi parte. Solo estar ahí.
Marcos me levantó de la mesa con los dos brazos y me llevó al sofá. Me apoyó boca abajo sobre el brazo del mismo, con el culo levantado y las piernas colgando unidas por el film. Oí cómo se bajaba los pantalones detrás de mí. Oí el chasquido de un bote de lubricante abriéndose. Sentí después la punta de su polla resbalando primero por los labios de mi coño, empapándose de mi flujo, antes de encajarse en la entrada y empujar hacia dentro despacio, muy despacio, hasta que sentí sus cojones contra mí.
—Joder, qué apretado te queda todo así envuelta —murmuró.
Empezó a moverse. Sin prisa al principio, embestidas largas y completas, sacando la polla casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo. El calor acumulado dentro del film hacía que todo fuera más intenso, como si la piel estuviera más fina de lo habitual. Cada contacto se amplificaba el doble. El sonido del plástico al rozar el sofá se mezclaba con el chapoteo húmedo de su polla entrando y saliendo y con mi propia respiración entrecortada.
No podía hacer mucho más que sentir. No podía cambiar de posición, no podía mover los brazos, no podía ajustar el ángulo ni tomar ninguna decisión sobre lo que estaba pasando. Solo recibir su polla desde atrás mientras el sudor me corría por dentro del envoltorio, atrapado, sin salida.
Fue extraño al principio, esa sensación de no poder controlar nada. Luego fue exactamente lo que esperaba. Luego fue demasiado bueno para pensarlo.
Aceleró. Me agarró de la cadera por encima del plástico y empezó a follarme más fuerte, con golpes secos que me hacían resbalar unos centímetros sobre el brazo del sofá cada vez. Llegué al primer orgasmo así, con los dientes apretados y el coño convulsionando alrededor de su polla. Él ni siquiera aflojó.
Sentí un dedo lubricado presionando el otro agujero, entrando en mi culo hasta la primera falange y luego más, moviéndose al ritmo de las embestidas. Añadió un segundo. Y después, sin previo aviso, sacó la polla del coño y la fue empujando poco a poco por detrás, ganando terreno centímetro a centímetro mientras yo gemía contra la manta.
—Respira —dijo, y siguió empujando hasta hundirse del todo.
Al segundo orgasmo ya no me importó el ruido. Grité contra el brazo del sofá mientras me follaba el culo con embestidas cortas y profundas, con un dedo suyo dentro del coño frotándome desde dentro contra la polla que me llenaba por detrás. Para el tercero había perdido la cuenta del tiempo y de todo lo demás. El calor dentro del film era insoportable y perfecto al mismo tiempo, el sudor atrapado contra mi piel, el cuerpo sin salida posible, chorreando por los dos agujeros al mismo tiempo.
Marcos no tardó mucho más después de eso. Sacó la polla del culo justo a tiempo, la volvió a hundir en el coño de una embestida y se corrió dentro con un gruñido bajo, apretándome la cadera con las dos manos mientras se vaciaba. Sentí las sacudidas de su polla contra las paredes del coño, chorros calientes llenándome, y luego la lentitud con la que se retiraba, dejando escapar un hilo de semen que me corrió por el muslo por dentro del plástico. Sentí su peso aflojarse sobre mí un momento antes de que se separara. Me dejó en el sofá y fue a la cocina. Oí el grifo. Oí sus pasos volver.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Bien —dije. Era la palabra más corta y la más verdadera.
Empezaba a cortar el film para liberarme cuando su teléfono sonó sobre la mesa. Lo miró. Vi cómo cambiaba su expresión.
—Es Valeria —dijo.
—¿Quién es Valeria?
—Mi novia. No tendría que estar aquí hasta mañana.
Hubo un segundo de silencio entre los dos. Yo seguía envuelta en plástico de la cintura abajo, con los brazos pegados al cuerpo, completamente inmovilizada, con el coño chorreando semen dentro del envoltorio.
—¿Está subiendo ahora? —pregunté.
—Acaba de entrar al portal.
Marcos tomó una decisión en menos de dos segundos. Me cargó igual que antes, con los dos brazos, y abrió de un empujón la puerta del cuarto que usaba como trastero. Cajas apiladas, una bicicleta sin rueda delantera, olor a humedad.
—Te saco en diez minutos —dijo, y cerró la puerta.
Me quedé en la oscuridad, escuchando cómo llegaba Valeria, cómo se saludaban al otro lado de la pared, cómo él decía que justamente iba a darse una ducha, que qué sorpresa tan buena.
Diez minutos, había dicho.
Empecé a contar.

