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Relatos Ardientes

La chica del arito me esperó en el pasillo

3.1(8)

Mateo llegó a la residencia universitaria con una maleta mediana, una mochila y la certeza de que iba a pasar la peor semana de su vida. Veinte años, primer año de carrera, primera vez fuera de casa. En el pasillo del tercer piso había chicas que reían en voz alta y hablaban de cosas que él no entendía, y él pasaba entre ellas como si tuviera que pedir perdón por ocupar espacio.

Tenía esa costumbre de encoger los hombros en sitios nuevos. Y de mirar al suelo cuando no sabía qué hacer con los ojos.

Valeria lo vio la primera tarde. Él no lo supo hasta días después, cuando ella se lo contó: que lo había visto cruzar el pasillo con esa postura de quien no quiere ser visto, y había pensado, con una precisión que daba un poco de vértigo, que ese chico iba a ser interesante.

***

Se conocieron en la cocina del tercer piso, un martes por la noche.

Mateo calentaba algo en el microondas intentando no hacer ruido. Eran casi las once. Pensaba que nadie más estaría despierto.

La puerta se abrió y Valeria entró descalza, con una camiseta larga que le llegaba a los muslos y el pelo oscuro todavía húmedo. Era menuda, con el pelo cortado muy corto por los lados y un arito pequeño en la ceja izquierda. Tenía la clase de cara que uno miraba y después no sabía muy bien cómo dejar de mirar.

—Tú eres el nuevo de la 314, ¿no? —preguntó sin presentarse.

Mateo asintió. Volvió la vista al microondas.

—Te vi ayer en el pasillo. Caminas como si pidieras permiso para existir.

Él abrió la boca. La cerró. Notó el calor subiéndole hasta las orejas.

Valeria se apoyó en la encimera de enfrente y lo estudió con una calma que resultaba más desconcertante que cualquier pregunta directa.

—Eso no es un insulto, por si acaso. —Hizo una pausa breve—. Me llamo Valeria. Y me caes bien.

El microondas pitó. Mateo sacó su tupper sin decir nada.

—De nada —dijo ella, aunque él no había dado las gracias.

***

Durante los días siguientes, Valeria empezó a aparecer.

No de forma obvia, no de manera que pudiera señalarse. Pero de repente estaba en la salita de estudio cuando él llegaba a las diez de la noche, con los auriculares alrededor del cuello y una taza de café que no parecía importarle demasiado. Estaba en la máquina de bebidas del segundo piso cuando él bajaba a buscar agua. Estaba en el pasillo a las doce, y lo saludaba con un gesto de cabeza que era mitad saludo y mitad evaluación.

Cada vez que lo veía, decía algo. Una observación directa, algún comentario que iba justo al centro de algo que Mateo no había dicho en voz alta. «Tienes cara de que no has dormido bien desde que llegaste.» «¿Por qué siempre te sientas de espaldas a la puerta?» «Ese jersey es dos tallas más grande. ¿Lo haces adrede o es que te gusta esconderte?»

Él nunca sabía qué contestar. Ella nunca esperaba que contestara.

El jueves por la noche coincidieron en el pasillo a la una de la madrugada. Él volvía de la cocina con un vaso de agua. Ella salía de su cuarto con una novela bajo el brazo.

Se pararon los dos al mismo tiempo.

—¿Tienes sueño? —preguntó ella.

—Algo.

—Ven.

No fue una pregunta. Tampoco exactamente una orden. Fue algo en el medio, dicho con esa voz baja y tranquila que no dejaba mucho espacio para el «no». Y lo curioso era que Mateo no quería decir que no. Quería saber adónde llevaba eso.

Fue.

***

El cuarto de Valeria era más ordenado de lo que esperaba. Una planta en la ventana, libros apilados con criterio, la cama con las sábanas algo revueltas pero de forma controlada. Olía a algo cítrico. Una vela encendida en el alféizar proyectaba sombras largas sobre la pared.

Mateo se quedó de pie junto a la puerta, sin saber qué hacer con los brazos.

—Siéntate —dijo ella, señalando la cama.

Se sentó en el borde. Con la espalda recta, los pies en el suelo, las manos sobre las rodillas. Como si fuera una entrevista de trabajo.

Valeria se apoyó contra el escritorio, frente a él, y lo observó durante un momento que se alargó lo suficiente como para ponerse incómodo.

—¿Sabes lo que me gusta de ti? —preguntó por fin.

—No.

—Que no finges. —Hizo una pausa—. La mayoría de las personas que entran aquí intentan parecer seguros. Tú no. Y eso es mucho más interesante que la seguridad.

Se acercó despacio. Sin prisa. Se detuvo delante de él, lo suficientemente cerca como para que Mateo tuviera que levantar la vista para mirarla.

—Voy a pedirte algo —dijo—, y quiero que lo pienses antes de responder. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

—Esta noche voy a llevar la situación yo. Tú sigues lo que yo diga. Si quieres parar en cualquier momento, dices «para» y paramos sin más. Pero si decides seguir, sigues de verdad. —Hizo una pausa breve—. ¿Puedes hacer eso?

Mateo tardó unos segundos en responder. No porque no supiera la respuesta.

—Sí.

—Bien. —Le puso una mano en la mandíbula, con suavidad—. Quítate la camiseta.

***

La obediencia llegó antes que el pensamiento. Se la quitó, la dobló por inercia y la dejó sobre la almohada.

Valeria lo observó. Sin apresurarse. Con esa mirada que parecía catalogar cada detalle como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Las manos detrás de la espalda.

Las puso.

—Así. No las muevas.

Empezó por los hombros. Las manos primero: una presión firme que recorría los trapecios, buscando la tensión que Mateo acumulaba sin darse cuenta. La encontró enseguida. Luego las uñas, trazando líneas muy suaves que le erizaban toda la piel de los brazos a pesar de ser tan leves.

Cada vez que él tensaba los músculos por el impulso, ella paraba.

—Suelta.

Y él soltaba.

Presión y pausa. Contacto y ausencia. Valeria le pasó la lengua por la clavícula, muy lento, y le mordió justo donde el cuello se junta con el hombro. Mateo soltó el aire entre los dientes. Sintió cómo se le endurecía la polla dentro del pantalón sin que hubiera hecho nada consciente para provocarlo, y notó el rubor porque sabía que ella se estaba dando cuenta.

—Ya estás duro —dijo ella, sin dejar de mordisquearle el cuello—. Y todavía no he empezado.

—Perdón.

—Que no pidas perdón por eso. Es exactamente lo que quiero.

Cuando se inclinó para hablarle al oído, él ya tenía la respiración algo irregular.

—Ahora me vas a mirar —dijo en voz muy baja—. Sin apartar los ojos. ¿Entendido?

—Sí.

—Sí, ¿qué?

Una pausa larga.

—Sí, Valeria.

—Así. Mucho mejor.

Se incorporó. Dio un paso atrás. Y se quitó la camiseta con un movimiento directo, sin teatralidad. Un sujetador negro, sencillo. Debajo, dos tetas pequeñas y firmes que apretaban la tela hasta marcar los pezones. Mateo la miró y notó que tenía que hacer un esfuerzo consciente para no bajar los ojos.

—¿Qué sientes? —preguntó ella.

—No sé cómo describirlo exactamente.

—Inténtalo.

—Como si tuviera calor por dentro y frío por fuera al mismo tiempo. Y la polla a punto de reventarme el pantalón.

Valeria inclinó la cabeza ligeramente, como si esa respuesta le confirmara algo que ya sabía. Se llevó las manos a la espalda y se desabrochó el sujetador con dos dedos. Lo dejó caer al suelo sin ceremonia. Los pezones se le pusieron duros al aire, oscuros, pequeños, perfectos.

—Eso es exactamente lo que tenías que sentir.

***

Se acercó de nuevo. Esta vez se sentó encima de él, con las piernas a los lados, sin poner todo el peso. Lo suficiente para que Mateo sintiera el contacto y el calor de su coño a través de la ropa interior, justo sobre su erección, pero no pudiera moverse con facilidad.

—Las manos siguen detrás —dijo.

Él no las había movido.

Lo besó. No fue un beso suave: fue un beso que marcaba terreno, que decía algo con claridad sin necesitar palabras. Le metió la lengua en la boca y Mateo la recibió con un gemido bajo que no había planeado soltar. Cuando intentó llevar las manos hacia ella, Valeria se apartó un milímetro y esperó.

—No te dije que las movieras.

—Perdón.

—No pidas perdón. Solo obedece.

Empezó a moverse encima de él, muy despacio, restregando su sexo contra el bulto duro del pantalón. Mateo sintió la humedad calándole la tela y estuvo a punto de correrse solo con eso, vestido, sin que ella le hubiera tocado la polla ni una vez.

—No te vayas a correr todavía —dijo ella, como si le leyera la cara—. Si te corres antes de que yo lo diga, se acaba.

—No, no —susurró él—. Aguanto.

—Sí, Valeria.

—Sí, Valeria. Aguanto.

—Buen chico.

Le mordió el labio inferior con la justa presión para que él soltara un sonido pequeño y ronco.

—Eso —dijo—. Eso es lo que quería escuchar.

Se bajó de encima de él y se arrodilló en el suelo entre sus piernas. Le desabrochó el botón del pantalón, la cremallera, y se lo bajó de un tirón junto con los calzoncillos. La polla de Mateo saltó hacia arriba, dura, la punta ya brillante de líquido. Valeria la miró como si estuviera evaluándola.

—Bonita —dijo—. Y bien empapada de ganas.

Le pasó el pulgar por el glande, extendiendo el líquido preseminal en un círculo lento. Mateo cerró los ojos.

—Ábrelos. Te dije que me miraras.

Los abrió. Y vio cómo Valeria se llevaba la polla a la boca, primero solo la punta, chupando con los labios cerrados como si estuviera saboreando algo. Después bajó, muy despacio, tragándose la verga entera hasta el fondo. Mateo apretó los puños detrás de la espalda hasta clavarse las uñas.

—Joder —susurró.

Ella subió, dejó salir la polla con un sonido húmedo, y le sonrió con los labios brillantes.

—¿Se puede decir «joder»?

—Se puede decir lo que quieras. Menos correrte.

Volvió a metérsela en la boca. Empezó a mamársela con un ritmo que iba subiendo, la lengua envolviéndole el glande cada vez que subía, la mano acariciándole los huevos con una presión mínima que lo estaba volviendo loco. Mateo notaba cómo se le acumulaba todo en la base de la polla, y cada vez que estaba a punto ella lo notaba también y paraba, apretándole la base con dos dedos para cortarle el orgasmo.

—Todavía no.

—Por favor —dijo él, y la palabra le salió antes de darse cuenta.

—«Por favor» ¿qué?

—Por favor, Valeria.

—Mejor. Pero todavía no.

Le siguió mamando la polla durante lo que a Mateo le parecieron horas. Cuando finalmente ella lo dejó, tenía la cara roja, el pecho subiéndole y bajándole rápido, y la verga tan hinchada que le dolía.

—Túmbate —dijo ella—. Brazos por encima de la cabeza. No los bajes.

Se tumbó. No los bajó.

Valeria se quitó las bragas. Mateo alcanzó a ver un coño depilado, los labios brillantes, hinchados y abiertos por la excitación. Ella se subió encima de él a horcajadas y se agarró la polla con la mano.

—No te muevas —dijo—. Ni un centímetro. Yo hago todo.

Se sentó despacio. Mateo notó cómo el glande se abría paso entre unos labios calientes y mojados, y luego cómo el coño se lo iba tragando, milímetro a milímetro, apretándole la polla en un anillo de carne caliente que casi lo hace correrse ahí mismo. Apretó la mandíbula, apretó los ojos, apretó todo lo que podía apretar por dentro.

—Mírame —ordenó ella.

La miró. Tenía los pezones duros, los ojos entrecerrados y una media sonrisa de plena concentración. Se sentó del todo, hasta que la base de la polla de Mateo tocó el coño abierto de ella, y se quedó así unos segundos, saboreando la sensación de tenerlo entero dentro.

—Estás bien profundo —dijo, más para sí misma que para él.

Empezó a moverse. Lento primero, subiendo y bajando con las caderas, dejando que la polla saliera casi entera antes de volver a tragársela hasta el fondo. Mateo miraba cómo su verga desaparecía dentro de ella una y otra vez, brillante de flujo, y no había visto nada más obsceno en su vida.

—Estás bien duro —dijo ella, respirando más rápido—. Te noto todo.

—Estás muy mojada —le devolvió él, con la voz ronca.

—Sí. Es porque me pones muchísimo. ¿Lo sabías?

—No.

—Pues ahora lo sabes.

Aceleró. Empezó a follárselo con más fuerza, apoyando las manos en su pecho para tener mejor ángulo, moliendo el clítoris contra el hueso de él cada vez que bajaba. Mateo sentía cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo los huevos se le apretaban, cómo la corrida estaba subiendo desde algún sitio del que no iba a poder retenerla mucho más.

—Valeria —jadeó—. No aguanto.

—Aguantas. —Se movió más rápido, gimiendo bajito—. Aguantas hasta que yo diga.

—No puedo, joder, no puedo…

—Puedes.

Le clavó las uñas en el pecho y siguió cabalgándolo, cada vez más rápido, y Mateo veía cómo se le sacudían las tetas y cómo se le abría la boca y cómo el sudor le brillaba en el cuello, y el esfuerzo por no correrse le estaba haciendo temblar los muslos.

—Ya casi —dijo ella, apretando los ojos—. Ya casi, aguanta un poco más… un poco más…

Se dejó caer sobre él, apretando el coño alrededor de su polla en espasmos, y gimió contra su cuello un orgasmo largo que la sacudió entera. Mateo notó cómo el sexo de ella se cerraba a su alrededor una y otra vez, ordeñándole la verga sin darle tregua.

—Ahora —jadeó ella en su oído—. Córrete dentro. Ya.

Fue como si le abrieran una compuerta. Mateo se corrió con una convulsión que le arqueó la espalda de la cama, vaciándose dentro de ella en chorros largos y calientes, gimiendo un «joder, Valeria» que le salió del fondo del pecho. Ella siguió moviéndose despacio encima de él, exprimiéndole hasta la última gota, con esa media sonrisa de quien acaba de conseguir exactamente lo que quería.

Se quedó tumbada sobre él un rato, con la polla todavía dentro, notando cómo se le iba ablandando poco a poco. Le pasó los dedos por el pelo húmedo de sudor.

—Que no se me olvide decirte algo —dijo—. No eres el primero al que le gusta esto. Pero sí eres el primero en mucho tiempo que no lo finge.

Mateo no respondió. No tenía nada que decir a eso.

—Eso es un cumplido —aclaró ella.

—Lo sé.

—Bien.

Se levantó de encima con cuidado. La corrida de Mateo le resbaló por el interior del muslo, y ella la miró un segundo antes de limpiarse con la mano y meterse dos dedos en la boca sin apartar la vista de él.

—Rico —dijo, tan tranquila.

Mateo pensó que se iba a poner duro otra vez solo con eso.

***

La vela se había apagado sola cuando Mateo abrió los ojos al techo. No sabía cuánto tiempo había pasado. Por la ventana entraba la luz fría de las farolas, dibujando rectángulos pálidos sobre el suelo.

Valeria estaba sentada a su lado, con la espalda apoyada en la pared y las rodillas levantadas. Tenía la camiseta puesta de nuevo y esa calma de siempre, como si nada de lo que acababa de pasar le hubiera alterado el ritmo en lo más mínimo.

—¿Qué tienes mañana? —preguntó.

—Clase a las diez.

—¿Vas a dormir algo?

—Supongo que sí.

Guardó silencio un momento. Luego preguntó lo que llevaba un rato pensando.

—¿Y esto? ¿Cómo se llama lo que acaba de pasar?

Valeria giró la cabeza para mirarlo.

—Se llama que encontraste algo que encaja contigo. —Volvió a mirar al frente—. El nombre importa menos de lo que crees.

Mateo procesó eso durante unos segundos.

—¿Va a volver a pasar?

—Depende de ti. —Se levantó de la cama—. La próxima vez que me veas en el pasillo, no mires al suelo.

—De acuerdo.

—Y si en algún momento no quieres seguir, me lo dices. Sin drama.

—De acuerdo.

—Bien. —Señaló la puerta con la cabeza—. Ahora vete a dormir. Que tienes clase a las diez.

***

Mateo cruzó el pasillo de vuelta a su cuarto con las manos en los bolsillos y algo en el pecho que no sabía cómo categorizar todavía.

No era exactamente euforia. No era exactamente alivio. Era algo más parecido a la sensación de haber encontrado un idioma que llevas tiempo usando mal sin saberlo y de repente pronunciarlo bien, de que alguien te lo corrija sin crueldad y te diga: así, de esta forma, mucho mejor.

Se metió en la cama. Tardó un rato largo en dormirse. No por angustia, sino porque no quería que la noche terminara del todo.

A las nueve y cuarenta, cuando salió de su cuarto para ir a clase, Valeria estaba en el pasillo apoyada contra la pared con el móvil en la mano y el arito de la ceja captando la luz fría del fluorescente.

Lo vio llegar.

Él no miró al suelo.

Ella no dijo nada. Solo inclinó la cabeza ligeramente, con esa media sonrisa que prometía conversaciones interesantes, y siguió andando en dirección contraria.

Mateo pensó que iba a ser un semestre muy largo.

Y que no le importaba en absoluto.

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3.1(8)

Comentarios(8)

LoboNocturno7

Increible!!! me engancho desde la primera frase y no pude parar de leer

CarlitosBA

jajaja lo de 'caminas como si pidieras permiso para existir' me mato, tremendo arranque

Laura_C

Me encanto como se desarrolla la tension sin apurarse. Se siente autentico, no forzado como suele pasar en esta categoria

ElDominador88

El personaje femenino esta muy bien construido. Pocas veces lo lei tan creible en este tipo de relatos, felicitaciones

Gaston_MDQ

Hacia rato que no leia algo asi aca. Muy diferente a lo habitual, en el buen sentido. Esperando mas!!

NachoPe

La dinamica entre los dos quedo muy lograda. Sigue asi!!

Nora_BA

Por favor que haya segunda parte, me dejo justo en lo mejor :(

Rodrigo_MX

Excelente. Me recordo a una situacion que vivi hace unos años, esa sensacion de que el otro lleva las riendas sin decir nada. Muy bien capturado

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