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Relatos Ardientes

La noche en que descubrió que le gustaba obedecer

Me llamo Mateo, tengo treinta y seis años y mido casi un metro noventa. Soy de espalda ancha y manos grandes, de esas que cubren entera la nuca de una mujer cuando se cierran sobre el cabello. Lo cuento porque importa para lo que viene.

Valeria era pura curiosidad. Una de esas mujeres que preguntan demasiado, que quieren saber dónde termina cada cosa antes de probarla. Nos habíamos conocido un par de meses antes por mensajes, y el ritual entre nosotros era siempre el mismo: cafés interminables, conversaciones que arrancaban hablando del trabajo y terminaban hablando de fantasías que ninguno de los dos había puesto en práctica.

Ella era pequeña, un metro cincuenta y ocho, rellenita en el sentido bueno de la palabra. Pechos grandes y firmes, caderas anchas, una espalda baja que se curvaba de manera obscena cuando se inclinaba para servirse el azúcar. Yo intentaba mirarla a los ojos durante esas charlas y casi nunca lo conseguía.

Un viernes me escribió que tenía la noche libre. Le respondí con un lugar y una hora. No hizo falta más. Pasé por mi casa, abrí el cajón del armario donde guardaba todo lo que llevaba años queriendo estrenar con alguien, y metí cada cosa en una mochila negra. Cuerda, mordaza, fusta, dos plugs de distinto tamaño, un consolador grueso, un separador de tobillos, un pañuelo de seda y lubricante.

Pasé a buscarla a las once. Subió al coche con un vestido corto y olor a perfume caro. En el camino al hotel hablamos de cualquier cosa menos de lo que íbamos a hacer. Ella reía nerviosa cada cinco minutos, y yo no decía nada de la mochila que iba en el asiento trasero.

***

La habitación tenía las paredes color crema y un espejo enorme frente a la cama. Cerré la puerta con llave, dejé la mochila al pie del colchón y la miré.

—Quítate los zapatos —le dije.

Lo hizo sin preguntar. Me acerqué por detrás, le bajé el cierre del vestido despacio, casi un diente por vez. La tela cayó sin ruido. Se quedó en ropa interior, una negra de encaje barato que le quedaba apretada en las caderas. Le pasé los nudillos por la columna, de arriba abajo, y la sentí estremecerse.

—Termina de desvestirte —le murmuré al oído—. Y ponte en la cama, en cuatro, mirando hacia la pared. Me voy a duchar. Cuando salga te quiero exactamente así.

No protestó. Mientras el agua caía sobre mis hombros pensaba en las cosas que íbamos a hacer y en el orden en que iba a hacerlas. La paciencia es media batalla. Salí, me sequé y volví a la habitación con una toalla en la cintura.

Estaba como le había pedido. Las nalgas levantadas, la cara apoyada contra la sábana, las rodillas separadas. Era una invitación a perder la cabeza, y por eso mismo no pensaba dejarme llevar.

***

Me senté detrás de ella y empecé a besar despacio. Los tobillos primero, después las pantorrillas, la cara interior de los muslos. Subía sin prisa, dibujando un mapa con la lengua. Cuando llegué a su sexo, me coloqué debajo y la lamí desde abajo hacia arriba, lento, sin tocar el clítoris todavía.

Tenía la vulva depilada, los labios pequeños y tensos. La probé hasta tenerla mojada, hasta que empezó a empujar las caderas hacia atrás buscando más. Entonces me retiré.

—Por favor —dijo.

—Las putas no piden por favor —respondí en voz baja—. Las putas esperan a que se les dé.

Tragó saliva. La agarré del cabello desde la nuca y tiré hacia atrás hasta que tuvo que arquearse. La hice bajarse de la cama y arrodillarse en el suelo. La obligué a mirarme a los ojos.

—Abre la boca —dije—. Bien grande. Esta noche eres mía. Me vas a complacer como yo quiera, y si te quejas vas a ver lo que es quejarse en serio. ¿Me entiendes?

Las pupilas se le dilataron y vi que se le escapaba una sonrisa apenas. Eso era todo lo que necesitaba saber.

Sin esperar respuesta, le metí la verga hasta el fondo de la garganta. Sentí cómo se ahogaba, cómo intentaba retirar la cabeza por instinto, pero la mano en la nuca no la dejaba. La sostuve así varios segundos. Después empecé a moverme, lento al principio, marcando el ritmo, llegando hasta el fondo en cada embestida. Cada vez que parecía a punto de quejarse, volvía a hundirme entero y la dejaba sin aire.

Cuando los ojos se le pusieron vidriosos y la baba le caía por el mentón, aflojé el agarre.

—Ahora chúpamela tú. A tu manera. Demuéstrame por qué andabas presumiendo en los mensajes.

Y vaya si lo hizo. Era cierto lo que decía. Tenía técnica, paciencia, ritmo. Sentí que iba a explotar mucho antes de tiempo y la aparté.

***

La ayudé a levantarse y a sentarse en el borde de la cama. Saqué de la mochila el pañuelo de seda y le vendé los ojos. La respiración se le aceleró al instante. La puse de pie, le llevé los brazos a la espalda y le até las muñecas con la cuerda, ajustando los nudos para que no pudiera moverlas ni dos centímetros.

Pasé la cuerda por delante, abracé los pechos por la base y apreté hasta que la carne se le hinchó por encima del cordel. Las tetas se le veían enormes, presionadas, con los pezones apuntando hacia adelante. Me quedé mirándolas un momento. Después le pellizqué uno y ella respiró fuerte.

—Cállate —le dije sin alzar la voz.

Le metí tres dedos de golpe en el coño. Estaba empapada. Saltó por la sorpresa y se le escapó un quejido. Le di una bofetada en la mejilla, no demasiado fuerte, lo justo para que entendiera.

—Las putas no se quejan. Las putas hacen lo que se les dice. Y cada vez que te pegue, vas a decirme: gracias, señor. ¿Me oíste?

—Sí —murmuró.

Le di otra bofetada, esta vez en la otra mejilla.

—Sí, ¿qué?

—Gracias, señor.

—Así me gusta.

Terminé de pasar la cuerda entre las piernas, ajustándola hasta que le hacía surco. Saqué entonces el consolador grueso, el de veinte centímetros, y lo apoyé en la entrada de su sexo. Empujé despacio. Lo recibió sin esfuerzo, gimiendo bajito al sentirse llena.

Después fui por el plug de metal, el más pequeño. Lo calenté con agua tibia del baño hasta dejarlo a temperatura de cuerpo, le puse lubricante y se lo llevé al ano. Sin avisar, se lo metí entero. Ella se arqueó y soltó un gemido agudo. En lugar de la cara, esta vez la golpeé en el pezón derecho. Vi que una lágrima escapaba bajo el pañuelo, pero también vi que las caderas se le seguían moviendo.

Aseguré la cuerda entre las piernas para que ambos juguetes quedaran firmes. Después la guié hasta la pared y la apoyé de frente, los pechos contra el muro frío. Le coloqué un separador entre los tobillos hasta dejarla con las piernas bien abiertas.

—¿Qué vas a hacerme? —susurró.

—Voy a enseñarte cómo se adiestra a una puta.

***

Empecé suave. Le acaricié las nalgas, le di unos cachetes apenas, lo justo para que la piel se fuera acostumbrando. Después presioné el plug del culo, hundiéndolo un poco más. Se le escapó otro quejido.

—Te recuerdo cómo es la cosa —le dije, y le di un golpe seco en la nalga derecha. La marca apareció enseguida.

—Gracias, señor —murmuró.

Saqué de la mochila la mordaza y la fusta. Le metí la mordaza en la boca y se la ajusté en la nuca. Después recorrí su cuerpo con la fusta, sin pegarle todavía, solo dejando que sintiera el cuero pasando por la espalda, los glúteos, los muslos. Cada parte que tocaba se tensaba.

El primer azote fue suave. El segundo, en el otro glúteo, también. Fui alternando lados, variando la fuerza, dejando a veces espacios largos entre golpe y golpe para que no supiera cuándo venía el siguiente. De vez en cuando metía la mano entre sus piernas y comprobaba lo empapado que estaba el consolador. Me excitaba comprobar que cuanto más le pegaba, más mojada estaba.

La estuve azotando casi una hora. Al final tenía las nalgas del color que me gustaba, ese rojo profundo que dura días. Cuando paré, ella respiraba fuerte por la nariz y le temblaban las piernas.

***

Le solté las manos, las cuerdas de los pechos, el separador y la mordaza. Le pellizqué los pezones para llamarle la atención.

—Si vuelves a quejarte, te pongo todo de nuevo. ¿Estamos?

—Sí, señor. Gracias, señor.

La empujé sobre la cama, boca abajo. Le saqué el plug del ano y apoyé la verga en la entrada. Empujé sin prisa pero sin pausa hasta hundirme entero. Sentí su cuerpo tensarse y después aflojarse poco a poco. Me quedé quieto unos segundos, dejando que se acostumbrara.

Empecé a moverme lento, profundo. Después subí el ritmo. Ella gemía, primero de dolor, después de algo distinto. Le hablé al oído mientras la cogía.

—¿Te gustaría tener la boca también ocupada, puta?

Asintió con la cara hundida en la almohada.

La cogí más fuerte. Cuando noté que estaba a punto de venirse, se la saqué de golpe y le puse el plug grande, el segundo, el que le iba a costar.

—De ahora en más siempre vas a tener el culo así —le dije.

Se incorporó molesta, fastidiada. Estuvo a punto de decir algo. Le tapé la boca con la mano.

—El que decide cuándo te corres soy yo. ¿Lo entendiste?

Asintió bajo mi palma.

***

Le quité el pañuelo de los ojos y volví a meterle la mordaza. Saqué el consolador, me tiré boca arriba en la cama y le ordené que se subiera encima.

—Móntame.

Lo hizo. Bajó despacio, aprendiendo a moverse con el plug enorme deformándole el culo. Empezó a cabalgarme, primero con timidez, después con rabia. Cada vez que veía que estaba a punto de venirse, la levantaba de las caderas y la sacaba de mí. Le tiraba de los pezones hasta hacerla emitir un grito ahogado contra la mordaza.

Me encanta esa cara, la de cuando no pueden hablar y sin embargo dicen todo con los ojos. Los tenía abiertos, brillantes, suplicantes. Aguanté lo que pude. Después la giré, la puse de espaldas, le metí la verga hasta el fondo y la cogí como sé que le gusta.

—Vente —le dije al oído—. Ahora.

Y se vino. Explotó de una manera que mojó las sábanas, el colchón y mis muslos. Sentí cómo se le contraía todo por dentro, cómo perdía el control entero por unos segundos.

Verla así me terminó. Le saqué la mordaza, la senté de un tirón, le metí la verga hasta el fondo de la garganta, le tapé la nariz y me descargué dentro de su boca. No le di opción de tragar a su ritmo. Se lo tragó todo, con los ojos llorosos y la respiración entrecortada.

***

Después caímos los dos en la cama. La abracé contra mi pecho, la besé en la frente y le acomodé el pelo detrás de la oreja. Estuvimos un rato en silencio.

—¿Cómo te sientes? —pregunté.

Tardó en responder.

—Nadie me había tratado así —dijo, sin levantar la cabeza—. Pensé que no me iba a gustar, y me gustó demasiado. Quiero más.

Sonreí. Le tomé la cara entre las manos, la besé despacio y después agarré el celular de la mesita.

—Quédate quieta.

Le tomé fotos al culo todavía abierto por el plug, a las nalgas marcadas, a los pechos con las marcas de la cuerda. Cada vez que las miro se me ocurre algo nuevo para la próxima vez.

Le dije lo que tenía que oír antes de dormirse contra mi hombro:

—Esto fue solo el principio.

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Comentarios (6)

Felix_Mendo

excelenteeee!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

NatiRosario

Por favor que haya una segunda parte, me quede con ganas de saber que paso despues

ShadowLector

Me encantó como fue desarrollando la tension desde el principio. Se siente muy real, sin pasarse de la raya. Seguí subiendo!

Pablito_83

tremendo relato, me engancho desde el principio hasta el final

Leon2026

Buenisimo. Me recordo a una situacion similar que viví hace unos años, y la verdad que describas todo tan bien me hizo revivir esa sensacion. Gracias por compartirlo!

Martin_Cba

Tiene continuacion? quedo muy bien planteado el final...

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