El ama que terminó esclava de su propio socio
El mes que siguió al quiebre definitivo de Mara y de Iván fue un período de calma irreal. Renata decidió retirar los grilletes. Ya no eran necesarios. La verdadera prisión nunca había sido de acero ni de cerrojos: se había transformado en una dependencia absoluta, una jaula psicológica donde las rejas eran la gratitud y el miedo al abandono.
Bajo la luz dorada de las mañanas, Renata inició un ritual de «sanación» que desmanteló los últimos restos de voluntad de sus dos esclavos. Con una paciencia casi maternal los sentaba sobre alfombras de seda y limpiaba las heridas de los latigazos con gasas y agua tibia, masajeando los tejidos con una suavidad insultante. Para ellos, sentir las manos de su dueña curando las mismas heridas que ella les había provocado era una experiencia mística: Renata era la fuente del dolor y, al mismo tiempo, la única fuente de alivio.
La alimentación se volvió el espectáculo favorito de la mujer. Tomaba el café del amanecer mientras observaba a sus dos «perros» esperar frente a los cuencos de plástico en el suelo. Los obligaba a mantenerse en cuatro patas hasta que daba la señal con un chasquido. Verlos hundir los rostros en la comida con una eficiencia animal le provocaba una risa melodiosa.
Ambos circulaban por la casa con una desnudez que ya no les avergonzaba, portando los collares de cuero negro como medallas al mérito. Iván seguía a Renata de habitación en habitación con la fidelidad instintiva de un canino de presa. Aceptaba el encierro permanente de su jaula de castidad metálica como una extensión de su cuerpo: el dolor de la restricción le recordaba que su virilidad le pertenecía a ella. Cada mañana, Renata le quitaba la jaula solo el tiempo justo para higienizarlo, y su polla, congestionada por semanas de encierro, se hinchaba de inmediato hasta ponerse morada, palpitando dolorosamente contra su vientre. Ella la sostenía con dos dedos como si fuera una cosa ajena, la limpiaba con un paño húmedo y lo hacía gemir con un simple roce de las uñas por el glande antes de volver a encerrarla, dejándolo desesperado, con el semen represado subiéndole por la próstata sin salida posible.
Mara había transformado su antiguo fuego en una corriente de adoración patológica. Sus ojos azules, antes llenos de desafío, ahora buscaban obsesivamente el contacto visual con Renata, mendigando una migaja de aprobación. Para ella, la libertad ya no era un sueño, sino una amenaza: el mundo exterior era un sitio frío y vacío donde no existía la mirada de su Ama. A veces, en medio de la tarde, se arrastraba hasta los pies de Renata y le lamía los empeines con lengua devota, subiendo por las pantorrillas hasta los muslos, mendigando permiso para meter la cara entre las piernas de su dueña. Cuando Renata se dignaba a abrir las rodillas y dejar que Mara le comiera el coño, la rubia se entregaba con el hambre de una perra sedienta, chupándole el clítoris hinchado, hundiendo la lengua en el interior húmedo, gimiendo agradecida por cada gota que Renata le regalaba en la boca. Le lamía hasta el último rincón, mientras la mujer, indiferente, revisaba el celular o bebía su copa de vino, como si Mara no fuera más que un electrodoméstico entre sus muslos.
Cada noche, al caer el sol, Renata ejecutaba un ritual de confinamiento que se había vuelto sagrado. Con un gesto de la mano dirigía a sus esclavos hacia la imponente jaula de acero del rincón. Verlos acurrucados, entrelazando extremidades desnudas para compartir el calor en la penumbra, le producía una satisfacción serena. En esa amalgama de piel blanca y collares de cuero, ella veía la perfección de su obra.
***
Durante ese mes, Renata se permitió mimar sus activos. Suspendió los castigos y reemplazó el látigo por una dieta que devolvió a la piel de Mara su brillo de porcelana y a Iván su vigor atlético. Los cuidaba con la meticulosidad de un curador restaurando un lienzo dañado: cada cicatriz se desvanecía hasta volverse imperceptible.
Como parte del «acondicionamiento final», Renata también se dedicó a probar la mercancía. Una tarde llamó a Mara al centro del salón y le ordenó abrirse de piernas sobre la mesa de mármol. La rubia obedeció temblando de excitación, mostrando el coño ya empapado solo por la anticipación. Renata se puso unos guantes de látex y hundió tres dedos de golpe en la vagina de Mara, moviéndolos con la eficiencia de una veterinaria examinando ganado. Mara gemía con la boca abierta, arqueando la espalda contra el mármol frío, mientras su Ama le abría los labios internos con la otra mano y le pellizcaba el clítoris hinchado.
—Todavía apretás bien —murmuró Renata con satisfacción, girando los dedos dentro de ella—. Vas a hacer feliz al hijo de puta que te compre.
Mara se corrió con un aullido, empapando la mano enguantada, y Renata le arrancó un segundo orgasmo apretándole las tetas con crueldad calculada, retorciéndole los pezones hasta ponerlos rojos. Después la dejó jadeando sobre la mesa, con el coño abierto y palpitante, mientras se sacaba los guantes y los tiraba al tacho como si fueran algo sucio.
A Iván lo trataba distinto. Le liberaba la polla del cinturón de castidad y lo obligaba a masturbarse frente a ella, arrodillado, sin permitirle correrse. Le hacía bombear la verga con la mano hasta que estaba morada y goteando líquido preseminal, y en el instante justo antes del clímax le gritaba «alto», y le apretaba los testículos con fuerza para cortar el orgasmo. Iván sollozaba de frustración, con la polla dura clavada hacia el techo y el semen represado quemándole por dentro, pero le agradecía a su Ama por enseñarle disciplina. Después le volvía a poner la jaula metálica sobre la verga aún hinchada, con crueldad quirúrgica, y le acariciaba el pelo mientras él lloraba en silencio.
Detrás de esa fachada maternal latía el corazón gélido de una mujer de negocios. Para ella, Mara e Iván no eran personas: eran mercancía moldeada con dolor y paciencia. Un par así —jóvenes, impecables, con el espíritu tan fragmentado que agradecerían a quien les pusiera una cadena— era una rareza absoluta en el mercado negro. Cada caricia era un control de calidad; cada plato, una inversión.
—Es una verdadera pena verlos partir —suspiró una madrugada, con la melancolía superficial de un coleccionista que se despide de una pieza única.
Se deslizó entre las sábanas de seda. Antes de cerrar los ojos, lanzó una última mirada hacia el rincón donde descansaban.
El mundo es un lugar cruel, y hay quienes pagarán una fortuna por ustedes.
***
El amanecer la recibió con la vitalidad de quien está a punto de cerrar el trato de su vida. Clavó los ojos en la jaula. Mara e Iván seguían sumidos en un sueño que aún no sabía de despedidas.
Caminó hacia su escritorio de caoba con parsimonia deliberada. Llevaba una lencería blanca de encaje bajo una bata de seda negra que flotaba tras ella como una sombra líquida. Tomó el celular y marcó el número que solo usaba para los asuntos que requerían discreción absoluta.
Al primer tono, la voz de Caín inundó el auricular: gélida, carente de cualquier matiz de humanidad. Renata no pudo evitar que una sonrisa depredadora curvara sus labios al escucharlo. Sabía perfectamente quién era él y reconocía que su peligrosidad superaba probablemente la de ella misma.
—Manda un camión a la hacienda —ordenó, mientras el aroma del café recién molido empezaba a llenar el aire—. Tengo mercancía nueva.
Hubo un silencio denso al otro lado. Caín informó con la sequedad habitual que el transporte llegaría en un par de horas, pero añadió un detalle que aceleró el pulso de Renata: él mismo iría en persona. Tenía negocios de mayor envergadura que discutir.
—Aquí te espero —respondió ella antes de colgar.
Dejó el teléfono sobre la barra de granito y bebió un sorbo de café. Caín no era un hombre que se desplazara por nimiedades. Renata ya había hecho los cálculos: medio millón de dólares por el par, una suma que le permitiría expandir su imperio.
***
Al regresar a la habitación, encontró una escena de sumisión absoluta. Ambos jóvenes estaban despiertos, de rodillas en el centro de la jaula, en silencio sepulcral. Renata introdujo la llave en el cerrojo y enganchó las correas de cuero a los collares con un clic metálico. Un leve tirón bastó para que se pusieran en cuatro patas y la siguieran dócilmente. El camino hacia el granero, que antes era un trayecto de terror, ahora lo recorrían con una obediencia casi hipnótica.
Dentro del establo, el aire se sentía pesado. En el centro, dos jaulas de acero reforzado esperaban abiertas, pequeñas, restrictivas.
—Adentro los dos —ordenó Renata con voz gélida.
Sin dudarlo, cada uno entró en su confinamiento. Empezó con Iván. Con eficiencia quirúrgica enganchó el collar a la base de la jaula, obligándolo a mantener la cabeza a centímetros del suelo. Le llevó las manos a la espalda, las esposó a los barrotes traseros y forzó la curvatura de su columna con un tubo de acero entre la espalda y los codos. Estiró sus piernas hacia los extremos laterales y las ató con correas de nylon.
Iván no opuso resistencia. Abrió la boca voluntariamente cuando vio la mordaza con dildo y sintió el caucho llenar su cavidad mientras ella ajustaba las correas. El falso pene se le hundió hasta la garganta, obligándolo a respirar por la nariz con arcadas contenidas. Renata le apretó las correas hasta que la mordaza le deformó los labios, dejándolos abiertos alrededor del caucho como una boca eternamente lista para chupar.
Para terminar, Renata se situó tras él, le abrió las nalgas con los pulgares y le lubricó la entrada con un chorro de gel frío. Después empujó un dildo grueso, negro y venoso, contra el ano de Iván, ejerciendo una presión constante y sin piedad. El músculo cedió con un chasquido húmedo, y el falo entró de una sola embestida hasta el fondo, arrancándole un aullido ahogado por la mordaza. Renata giró el juguete dentro de su recto con crueldad, buscando la próstata, y sonrió cuando lo sintió estremecerse. Aseguró el arnés de cuero alrededor de las caderas y muslos de Iván, dejando el dildo clavado en su interior como una parte más de su anatomía.
Iván cerró los ojos y se dejó llevar por una oleada de nostalgia distorsionada. El dolor de la postura no le provocaba rechazo: actuaba como ancla hacia el pasado, hacia el día en que fue capturado y conoció a su Ama. Lo que entonces fue terror, ahora era el instante más afortunado de su vida.
Estoy en casa.
Cada tirón de las correas le recordaba que ya no tenía que cargar con el peso de su propia voluntad. Su polla, atrapada en la jaula de castidad, se hinchaba contra el metal, doliendo cada vez que el dildo anal le rozaba la próstata. Un hilo de líquido preseminal caía de la punta al suelo del establo, patético testimonio de un placer que jamás llegaría a orgasmo.
Renata se giró hacia la jaula de Mara y repitió el proceso con la misma frialdad: el cuello pegado al suelo, los brazos bloqueados, la mordaza con dildo. Le abrió las piernas con violencia, atando cada tobillo a un extremo de la jaula hasta dejar el coño de la rubia obscenamente expuesto, con los labios rosados abiertos y el clítoris asomando entre ellos. A Mara, sin embargo, solo le colocó el dildo anal: lo empujó lentamente en el culo de la esclava, disfrutando cómo el músculo se resistía primero y después se rendía, tragándose el juguete con un gemido gutural. Dejó su sexo intacto, virgen del juguete, ofrecido y goteando para el comprador. Antes de cerrar la tapa, deslizó dos dedos por el coño abierto de Mara, los sacó brillantes de humedad y se los mostró.
—Mirá cómo estás, perra. Chorreando como si supieras que hoy te van a comprar. —Se llevó los dedos a la boca y los chupó lentamente frente a ella—. Deliciosa. Lástima que ya no seas mía.
Cerró las tapas con un estrépito metálico.
Los dos esclavos, inmovilizados y amordazados, la miraban con ojos dilatados por la confusión. En sus mentes fragmentadas no entendían qué pasaba. Se preguntaban si habían cometido algún error, si habían fallado en su devoción.
¿Es esto un castigo? ¿Acaso no fui suficientemente buena?, pensaba Mara.
Renata se plantó frente a ellos y los observó desde la altura, con una sonrisa cargada de lástima.
—Basuras —dijo finalmente, soltando una risa breve—. Fue divertido, Iván, ver cómo pasaste de ser un misógino arrogante a convertirte en una perra obediente que no puede vivir sin mis órdenes. Y tú, Mara… fue un placer absoluto romperte. Me llena de orgullo ver que finalmente entiendes cuál es tu lugar en el mundo.
Mara, a pesar del dolor de la postura, intentó devolverle una sonrisa tras la mordaza. En su delirio creyó que «su lugar» era estar allí, siendo el juguete de su dueña para siempre. Pero las siguientes palabras cayeron como ácido sobre su piel.
—Ahora que están perfectamente entrenados, serán vendidos. Sean felices en sus nuevos hogares; me van a dar una fortuna por ustedes. —Renata estalló en una risa prepotente—. Casi medio millón de dólares… nunca imaginé que dos piezas de carne valieran tanto.
El shock fue devastador. Ambos empezaron a agitarse dentro de las jaulas con una desesperación animal. No era miedo al comprador lo que sentían: era el pavor absoluto de ser separados de la mujer que se había vuelto su dios. Sus cuerpos, antes dóciles, luchaban contra las correas y el acero en un intento inútil de suplicar que no los echara, que los dejara quedarse en su infierno privado.
***
El rugido de un motor rompió la atmósfera. Una camioneta negra de vidrios polarizados se detuvo frente al granero, levantando una nube de polvo. De ella bajaron tres hombres con trajes oscuros, los emisarios de Caín, ignorando los gemidos ahogados que salían de las jaulas.
Caín descendió de la camioneta con una presencia que helaba el aire. Su estatura imponente se elevaba sobre el resto. Vestía traje negro y camisa blanca con el botón superior abierto, revelando una piel bronceada. La quijada de hierro y la barba espesa le daban un aire de autoridad, pero lo más perturbador eran sus ojos: dos cuencas frías, vacías, las de un hombre que no conocía la piedad.
Fijó la mirada en Renata con la frialdad de un carnicero evaluando la carne. Extendió la mano con parsimonia calculadora mientras sus acompañantes, de complexión fuerte y movimientos mecánicos, comenzaban a cargar las jaulas en la parte trasera de la camioneta.
Iván fue el primero en ser izado. Se agitaba con una desesperación que bordeaba la locura. Intentaba articular súplicas, pero la mordaza convertía sus gritos en gemidos que se perdían en el metal. Buscó con la mirada el rostro de Renata, implorando una última señal de que él era «su perro fiel», pero ella lo ignoró con desprecio absoluto.
Después fue el turno de Mara. Ella no solo luchaba: su alma se desgarraba. Lloraba con una intensidad que le sacudía todo el cuerpo, gritando tras la mordaza con un dolor que no era por el cautiverio, sino por la separación. La idea de ser arrancada de la presencia de su dueña divina era una tortura superior a cualquier latigazo. Su coño expuesto se contraía en espasmos involuntarios, y una gota de humedad le corría por el interior del muslo, incluso en medio del terror.
—Son demasiado ruidosos —comentó Caín con voz profunda, casi aburrida.
Renata, con sonrisa de suficiencia, sacó el control remoto del bolsillo y oprimió un botón negro. Dos descargas eléctricas restallaron en los cuellos de Mara y de Iván. El efecto fue inmediato: los cuerpos se arquearon violentamente antes de desplomarse en silencio absoluto, jadeando por el impacto.
—Con esto los mantendrás bajo control —dijo, entregándole los mandos a Caín con un gesto de victoria—. Son tuyos.
Caín tomó los controles y los guardó con una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos.
—Bien. Es hora del pago —declaró, acercando un maletín de cuero pesado.
***
Renata se lamió los labios. Sus ojos brillaban con la codicia de quien espera recibir medio millón de dólares. Pero cuando Caín abrió el maletín frente a ella, el mundo se detuvo. Dentro no había fajos de billetes, sino un objeto de cuero negro y metal reluciente: un collar eléctrico, idéntico al que portaban sus esclavos.
—¿Qué clase de broma es esta, Caín? —exclamó Renata, dando un paso atrás, sintiendo por primera vez un escalofrío de alarma.
La respuesta no fue verbal. En un movimiento coordinado, los secuaces la sujetaron por los brazos. Renata gritó cuando la obligaron a arrodillarse sobre la grava áspera, una posición que ella siempre había impuesto a otros y que ahora sentía con dolor real.
—¡Suéltenme, estúpidos! —chilló, forcejeando con la fuerza nacida del pánico—. ¡No saben quién soy! Soy una socia importante de la Mesa, ¡esto lo van a pagar con su vida!
Caín se inclinó sobre ella, sosteniendo el collar con una calma aterradora.
—Renata, ya no eres nadie —sentenció, ajustando el cuero alrededor de su cuello—. Este secuestro llamó demasiado la atención. La policía está husmeando y la Sociedad no está contenta. Esa tal Mara que capturaste está siendo buscada por organizaciones de mujeres muy poderosas. Has traído atención sobre nosotros.
El clic del candado cerrándose en su garganta fue el sonido del fin de su existencia.
—La Mesa pensaba en deshacerse de ti de forma definitiva —continuó él, ignorando los gritos—, pero ya sabes que no nos gusta desperdiciar recursos. ¿Qué mejor castigo que vender a la gran dominadora en el mercado negro?
Renata entró en shock. Sus palabras se convirtieron en una amalgama de amenazas vacías.
—¡Eres un estúpido! ¡Cuando me suelte verán lo que…!
Un golpe brutal en el estómago le cortó el habla, dejándola sin aire y encogida sobre la tierra. Sin darle tiempo a recuperarse, fue desnudada con una violencia sistemática. Los secuaces le cortaron el sostén con una navaja fría, dejando saltar sus tetas grandes y pesadas al aire del establo. Le rasgaron la tanga de un solo tirón, exponiendo su coño depilado y sus muslos torneados a las miradas frías de los tres hombres. Renata gritó, tratando de cerrar las piernas, pero uno de los secuaces le abrió los muslos a la fuerza mientras el otro le pellizcaba los pezones con brutalidad, arrancándole un aullido de rabia y humillación. Su lencería fue cortada hasta dejarla tan vulnerable como las víctimas que tanto se había jactado de romper.
La arrastraron por el pelo hasta la jaula gemela a la de sus antiguos esclavos y la introdujeron a golpes, con la cara pegada al suelo enrejado y el culo en alto. Caín se acercó por detrás con parsimonia, contemplando el coño rosado y las nalgas firmes de la nueva mercancía. Le pasó dos dedos gruesos por la vulva expuesta, con la frialdad de un inspector, y sonrió al comprobar que, a pesar del odio, la carne estaba respondiendo.
—Mirá qué mojada estás, dominadora —susurró, mostrándole los dedos brillantes antes de restregárselos por los labios—. Tu cuerpo ya se rindió antes que tu boca.
Renata quiso escupirle, pero él ya estaba enganchándole el collar a la base de la jaula. Le esposó las manos a la espalda con acero frío y le introdujo una mordaza con dildo tan larga que le tocaba la base de la garganta, dejándola luchando por cada bocanada de aire, con hilos de saliva escapándole por las comisuras. Después, sin ceremonia, agarró un dildo negro y grueso, le abrió las nalgas y lo empujó de golpe en su culo, hasta la base. Renata aulló contra la mordaza, sintiendo cómo el músculo se desgarraba en un dolor blanco, mientras las lágrimas le nublaban la vista. Antes de que pudiera recuperarse, Caín tomó otro dildo, aún más grueso, y lo introdujo en su coño con una embestida seca, forzando su vagina a estirarse alrededor del caucho hasta que la base golpeó contra sus labios internos. Aseguró ambos juguetes con correas de cuero que le cruzaban las ingles y las nalgas, dejándola empalada por ambos orificios, incapaz de expulsarlos.
Cuando empezó a agitarse, accionó el control y una descarga la hizo colapsar en silencio, con espasmos que hacían chocar los dildos contra su interior.
—Cállate. Ahora eres una esclava más. Cuanto antes lo entiendas, mejor será para ti.
***
El dolor de la descarga eléctrica no fue solo físico: fue una demolición total de su realidad. Mientras los espasmos sacudían su cuerpo, Renata sintió cómo el pedestal de cristal sobre el que había construido su vida se hacía añicos. Hasta esa mañana se había creído intocable, protegida por la Mesa y por su propio prestigio. Ahora entendía con horror que su importancia era una ilusión. Se maldijo por no haber investigado los nexos de Mara con la profundidad necesaria.
Incapaz de aceptar la derrota, clavó los ojos inyectados en sangre en él y lanzó una ráfaga de insultos cargados de veneno. Sus palabras se transformaron en gemidos ahogados por la mordaza. Forcejeó contra las ataduras, pero la respuesta fue inmediata: una descarga más larga brotó del collar, llenándole la visión de estática blanca. Los dildos dentro de ella se movieron con cada convulsión, frotándole las paredes internas y el clítoris atrapado bajo las correas, arrancándole un gemido involuntario que la humilló aún más que el propio dolor.
Cuando el espasmo cesó, levantó la cabeza jadeando. Caín, con una calma más aterradora que cualquier grito, alzó el control frente a sus ojos: él poseía el dominio total sobre su sistema nervioso. El tablero se había invertido. Con las pupilas dilatadas por una rabia impotente y las mejillas manchadas de lágrimas, Renata le sostuvo la mirada. No había miedo, solo odio puro. Hizo una promesa silenciosa: si sobrevivía, su venganza sería tan lenta y dolorosa como cada uno de los entrenamientos que ella misma había impartido.
Abrieron la camioneta y la jaula de Renata fue deslizada junto a las de sus antiguas víctimas. Mara e Iván, aún recuperándose de sus descargas, miraron a través de los barrotes. Al ver a su «Ama» en la misma condición de degradación —desnuda, empalada por ambos agujeros, con la boca abierta alrededor de una mordaza obscena y las tetas colgando entre los barrotes— una sonrisa enferma y distorsionada apareció en sus rostros. Si el destino los llevaba al infierno, al menos la diosa que adoraban iría con ellos.
***
Antes de sellar el destino con el portazo final, Caín extrajo un segundo control del saco. Con una parsimonia cruel, presionó el mando y activó los dispositivos que Renata llevaba alojados en su interior. Instantáneamente, los dildos comenzaron a vibrar con una violencia frenética que hizo que su cuerpo se arqueara contra el frío metal de la jaula.
Las vibraciones eran demoledoras: el falo del culo le golpeaba la próstata inexistente y le hacía apretar el ano en espasmos incontrolables; el del coño le taladraba las paredes vaginales y le presionaba directamente el punto G, mientras la base del dildo aplastaba y frotaba su clítoris con cada oscilación. Renata gritó contra la mordaza, sintiendo cómo su coño se empapaba en contra de su voluntad, cómo los jugos empezaban a chorrear por sus muslos y a caer al suelo de la jaula. Sus pezones, expuestos y erectos por el frío, rozaban los barrotes de acero con cada convulsión, mandando corrientes de placer forzado a su cerebro.
El castigo físico no tardó en transformarse en algo mucho más humillante: una excitación que su mente odiaba pero que su cuerpo abrazaba. Tras la mordaza, los gritos de rabia se convirtieron en gemidos involuntarios, húmedos, cada vez más agudos. Los vibradores, a máxima capacidad, estaban destrozando su resistencia, empujándola hacia un orgasmo que ella no deseaba pero que sus nervios reclamaban a gritos. Sentía cómo la presión se acumulaba en su bajo vientre, cómo su coño se contraía alrededor del dildo apretándolo con fuerza propia, cómo el ano palpitaba en sincronía. Estaba a segundos de correrse frente a sus esclavos, frente a Caín, frente a los secuaces que la miraban con desprecio divertido.
Con la visión nublada, abrió los ojos y se encontró con la mirada de quienes ahora eran sus compañeros de infortunio. Vio a Mara: lloraba, pero en sus ojos azules brillaba una alegría vengativa y retorcida. Ver a su antigua dueña degradada al mismo nivel, con el coño chorreando y a punto de correrse como una perra en celo, le devolvía a Mara una paz enferma. No importaba el destino: ahora estaban juntas en la misma miseria. Luego miró a Iván, atrapado en su propia sumisión, que la observaba con la misma adoración ciega de siempre, con la polla imposiblemente hinchada dentro de su jaula metálica, incapaz de entender que la deidad a la que servía acababa de caer.
Justo cuando el placer forzado estaba a punto de romper su última defensa, cuando ya sentía los primeros espasmos del orgasmo trepándole por la espina, Caín soltó el botón. Las vibraciones bajaron de golpe, dejándola en un vacío agonizante y jadeante, con el coño palpitando alrededor del dildo inerte, reclamando el clímax negado. Un gemido de frustración pura, animal, escapó a través de la mordaza. El hombre se inclinó hacia ella, con una sonrisa de maldad pura grabada en su rostro de hierro.
—Ahora sabes que tu cuerpo no te pertenece —sentenció con una frialdad que le heló la sangre—. ¿Cómo era que decías? Ah, sí… ahora sabes exactamente a qué sabe la esclavitud.
Sin decir más, cerró la puerta. Renata quedó sumida en la oscuridad, atrapada entre el odio a su captor y la traición de sus propios sentidos, con los dildos aún clavados en su interior, con el coño chorreando y el ano palpitando, condenada a un viaje eterno al borde de un orgasmo que nunca llegaría.
Los tres esclavos se revolvían en sus jaulas mientras el vehículo se ponía en marcha hacia un destino desconocido, perdiéndose en el horizonte. Iván, el misógino que buscó el poder y encontró la esclavitud. Mara, la amiga que por lealtad cayó en un abismo de sumisión. Renata, la sádica devorada por el mismo sistema de terror que ella misma había ayudado a perfeccionar. La cazadora se había convertido en presa, y el viaje hacia sus nuevas vidas apenas comenzaba.