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Relatos Ardientes

Lo que hizo mi hermanastro cuando nos quedamos solos

La primera semana de abril traía siempre esa calma rara en casa. Mis padres —en realidad, mi madre y el padre de Adrián— aprovechaban el puente de Semana Santa para escaparse solos a algún sitio con nombre bonito y habitación con jacuzzi. Lo hacían desde que se casaron, tres años atrás. Era una costumbre que yo había aprendido a ignorar igual que ignoraba el sonido de la calefacción o el crujido del tercer escalón. Algo que simplemente ocurría.

Esa tarde de jueves, cuando volví del trabajo, encontré la casa en silencio. Eso era normal. Lo que no era normal era Adrián en el salón, sentado en el sofá con un libro abierto sobre las rodillas, levantando la vista hacia mí en cuanto mis llaves tocaron la cerradura.

—Ya llegaste —dijo, cerrando el libro despacio.

—¿Qué haces despierto? Son casi las diez.

—Esperándote.

Dejé el bolso sobre la silla del recibidor y lo miré. Adrián tenía esa cualidad irritante de decir cosas completamente ambiguas con total naturalidad. Tres años conviviendo bajo el mismo techo y todavía no conseguía descifrarle del todo. Era cuatro años mayor que yo, trabajaba en ingeniería desde casa, y tenía esa tendencia de los hijos únicos a llenar el espacio de cualquier habitación sin esfuerzo aparente. Pocas veces me había molestado. Esa noche me puse en guardia de inmediato, aunque no supe explicarme por qué.

—¿Para qué? —pregunté.

Se levantó del sofá con una lentitud que no me gustó. Cruzó el salón hasta quedarse a menos de un metro de mí, y vi entonces lo que ocultaba detrás de la espalda. Una cuerda. Fina, de algodón trenzado, del color de la arena seca.

Mi estómago se contrajo.

—Adrián —dije, y mi voz salió más débil de lo que pretendía.

—Relájate —respondió, con una sonrisa que no era tranquilizadora en absoluto.

***

Debería haber dicho que no. Debería haber cogido el bolso y llamado a mi madre. Pero la verdad —la que me cuesta más admitir incluso ahora, semanas después— es que no hice ninguna de esas cosas. Me quedé quieta mientras Adrián se acercaba, y cuando tomó mi muñeca izquierda entre sus dedos con una firmeza calculada, solo arqueé una ceja.

—¿Qué se supone que es esto? —pregunté.

—Un juego —dijo—. Si en cualquier momento quieres que pare, lo digo en serio, solo tienes que decirlo.

Lo miré a los ojos. Había algo ahí que no había visto antes, o quizás no había querido ver. Concentración. Determinación. Y debajo de todo eso, algo cálido que me hizo tragar saliva y apretar los muslos sin querer.

—No es un juego normal entre hermanastros —dije.

—No —admitió—. No lo es. Llevo tres años pensando en cómo abrirte de piernas, así que no, no es un juego normal.

La frase me atravesó como una descarga. Sentí el coño humedecerse de golpe, empapando la ropa interior antes de que él siquiera hubiera terminado la frase. La cuerda era suave cuando la enrolló alrededor de mis muñecas. Nudo firme, no brutal. Hecho con práctica, lo que me generó una pregunta que decidí no formularle todavía. Me guió por el pasillo hacia las escaleras con una mano en mi espalda, sin prisa, como si tuviéramos toda la noche. Que la teníamos.

La habitación de Adrián olía a él: madera, papel impreso y algo más cálido que no tenía nombre concreto. Me hizo sentar en el borde de la cama y durante un momento simplemente me observó, de pie frente a mí, con los brazos cruzados y un bulto muy claro tensando la tela del pantalón.

—Llevas meses sin mirarme —dijo.

—Te miro todos los días —protesté.

—Me miras. No es lo mismo. Esta noche vas a mirarme de verdad. Vas a mirarme mientras te follo.

Tenía razón, y los dos lo sabíamos.

***

Lo que ocurrió en los minutos siguientes fue lento y deliberado, que es la peor clase de tortura. Adrián ató la cuerda de mis muñecas al cabecero con un nudo que cedía si tiraba en la dirección correcta —lo comprobé de inmediato, casi sin querer— pero que no pensaba aflojar sin su ayuda. Luego se alejó hacia el escritorio y se apoyó en él, cruzando los tobillos, estudiándome desde la distancia.

—¿Tienes miedo? —preguntó.

—No.

—¿Deberías?

Consideré la pregunta más de lo que hubiera querido admitir.

—No lo sé todavía —respondí finalmente.

Eso le hizo sonreír. Y esa sonrisa fue la primera vez que me pareció genuinamente peligroso.

Se acercó de nuevo. Empezó por los botones de mi camisa, uno a uno, tomándose el tiempo que quiso. Sus dedos no temblaban. Los míos, con las manos atadas por encima de la cabeza, sí. No de miedo, o al menos no solo de miedo. Había algo más que no sabía cómo clasificar todavía: una especie de tensión eléctrica que recorría mis brazos y bajaba directa al coño, que ya latía tan fuerte que estaba segura de que él podía notarlo.

Cuando la camisa quedó abierta, dejó que sus ojos recorrieran lo que había debajo sin ninguna prisa. Ese escrutinio silencioso hizo que el calor me subiera a las mejillas antes que a ningún otro sitio.

—Eres exactamente como imaginaba —dijo—. Y estoy seguro de que ya estás mojada. ¿Verdad?

No respondí. No hizo falta. Deslizó una mano por la costura de mi falda, subió por la cara interior del muslo y presionó con dos dedos justo sobre la tela de las bragas. Estaba empapada. Adrián soltó una risa baja, satisfecha.

—Empapada —dijo, casi para él mismo—. Puta hermanastra empapada.

La palabra me atravesó de arriba abajo. Cerré los ojos.

—¿Cuánto tiempo llevas imaginando? —pregunté, con la voz ronca.

—Desde que nuestros padres se casaron.

Tres años, entonces. Tres años de comidas en familia, de ver la tele juntos, de cruzarnos por el baño por las mañanas. Tres años en los que ninguno de los dos había dicho nada, y en los que yo había construido una versión de él que claramente no era completa.

Sus manos en mi cintura me devolvieron al presente. Me desabrochó el sujetador con más destreza de la que me esperaba, y cuando la prenda quedó a un lado, inclinó la cabeza hacia mi cuello. Su boca era cálida y se movía sin prisa, trazando una línea lenta desde debajo de la oreja hasta la clavícula. Un escalofrío bajó por mi espalda. Bajó los labios hasta mis tetas y me chupó un pezón entero, tirándolo con los dientes hasta arrancarme un gemido que ya no me molesté en tragar. Pasó al otro, lamiéndolo despacio en círculos, y luego lo mordió también, más fuerte esta vez.

—Joder —jadeé.

—Eso es —murmuró contra mi piel—. Quiero oírte decir cosas peores esta noche.

Cerré los ojos. Esto está mal, pensé. Y luego pensé en otra cosa.

***

Adrián era meticuloso. No en el sentido frío de la palabra, sino en el de alguien que ha pensado mucho en algo y quiere hacerlo bien desde el principio. Cada caricia tenía intención. Cada pausa era deliberada. Cuando sus labios volvieron a mis tetas, chupando y mordiendo alternativamente, yo ya había dejado de pensar en nada que no fuera el siguiente movimiento de su boca.

Me quitó la falda de un tirón y las bragas se fueron detrás, arrastradas por sus dedos con una calma cruel. Quedé desnuda, atada al cabecero, con las piernas abiertas por instinto porque no había manera de cerrarlas sin parecer más ridícula de lo que ya me sentía. Él seguía vestido. Ese desequilibrio me humedecía todavía más.

—Mírate —dijo—. Toda abierta para tu hermanastro.

—Cállate —susurré, sin convicción ninguna.

Se arrodilló entre mis muslos y me abrió los labios del coño con los pulgares, mirándome como si estuviera estudiando un mapa. Luego bajó la cara y lamió de abajo hacia arriba, en una sola pasada larga y lenta que terminó en el clítoris. Arqueé la espalda contra la cama como si me hubiera dado calambre.

Sus manos aprendieron rápido. Aprendieron lo que me hacía tensar los dedos contra la cuerda y lo que me arrancaba ese sonido involuntario que me avergonzaba escucharme hacer. Y cuando aprendía algo, lo repetía con paciencia, sin perder el hilo. Chupaba el clítoris, lo soltaba, hundía la lengua dentro de mí, la sacaba, volvía al clítoris. Metió dos dedos y los curvó hacia arriba, buscando un punto exacto, y cuando lo encontró lo supe porque el coño se me cerró alrededor de sus dedos como si tuviera voluntad propia.

—Para —dije en un momento dado, cuando el calor entre los muslos se volvió difícil de ignorar.

Adrián se detuvo al instante, levantando la cabeza. Tenía la barbilla brillante.

—¿Quieres que pare del todo?

—No —admití, con los dientes apretados—. Quiero que sigas. Pero más.

—¿Más cómo?

—Más fuerte. Más adentro. No sé. Sigue.

La curva de su boca fue lo más parecido a la victoria que he visto en alguien.

—Todavía no —dijo.

Y siguió exactamente como antes.

Sus manos exploraron cada parte de mí con deliberación. Cuando volvió a deslizar los dedos entre mis muslos, yo ya estaba tan tensa que el más mínimo contacto me hizo arquear la espalda contra la cama. Adrián buscó el ritmo exacto de forma intuitiva, alternando entre presión directa y alivio momentáneo, llevándome al borde y retirándose justo antes de que pudiera cruzarlo. Chupaba, soltaba, follaba con los dedos, paraba. Yo tiraba de la cuerda hasta que las muñecas me ardían, y él me miraba pelearme conmigo misma con una calma insoportable.

Una vez. Dos. Tres veces.

Para la cuarta ya estaba rogando, lo que odié y no pude evitar.

—Adrián, por favor —dije, y su nombre sonó como una pregunta y una rendición al mismo tiempo—. Déjame correrme. Déjame correrme, joder.

—¿Qué quieres?

—Ya lo sabes.

—Dímelo.

No lo voy a decir, pensé. Y luego lo dije.

—Fóllame. Mete la polla y fóllame ya.

***

Cuando finalmente desató el nudo de mis muñecas, lo hizo para reposicionarme con las manos libres en sus hombros. Me tomó un momento readaptarme a tener los brazos sueltos. Me dolían un poco, aunque el nudo nunca había apretado demasiado. Ese detalle —la precisión de cuánto apretar— me dijo algo sobre él que no sabría articular con exactitud.

Se desvistió rápido, sin ceremonia. Cuando se bajó los pantalones, la polla saltó dura contra su vientre, gruesa y con la punta ya brillante. Se me hizo la boca agua. Alargué la mano y la envolví con los dedos, apretándola, y él soltó el aire despacio. Me incliné hacia adelante y me la metí en la boca hasta donde pude, chupando la punta primero y bajando después. Adrián me agarró del pelo, no para forzarme, solo para sujetarme, mientras yo lamía toda la polla desde la base hasta la punta y volvía a metérmela hasta el fondo. Sabía a sal y a piel caliente.

—Joder, hermanita —jadeó—. Chupas como una puta.

Sonreí con la boca llena. Seguí chupando hasta que él me apartó con suavidad, tirándome hacia atrás por el pelo.

—Túmbate —dijo—. Ya.

Obedecí. Me abrió las piernas con las rodillas y colocó la punta de la polla contra el coño, restregándola arriba y abajo por los labios sin meterla todavía. Empujé las caderas hacia él, buscándola. Adrián se rió por lo bajo.

—Pídelo otra vez.

—Métemela. Por favor. Adrián, métemela ya.

Su peso sobre el mío era diferente a como lo había imaginado. Más cálido, más real. Cuando me penetró, lo hizo despacio, sin prisa, dándome tiempo para todo. Sentí cada centímetro entrando, el coño estirándose para acomodarlo, hasta que quedó hundido hasta la base. Gemí de una manera que no reconocí. La habitación estaba casi a oscuras, solo la luz del pasillo colándose por debajo de la puerta. Lo suficiente para verle la cara.

—Estás apretadísima —murmuró.

—Muévete —le rogué—. Muévete, joder.

Empezó a follarme con embestidas largas y controladas, sacándola casi entera antes de volver a hundirla. Cada golpe me sacaba un jadeo. Le clavé las uñas en la espalda y él aceleró, cambiando el ángulo, apoyando una mano en la cabecera para hundirse más profundo. La cama empezó a golpear contra la pared con un ritmo que no nos molestamos en disimular.

—Date la vuelta —dijo de pronto, saliendo de mí.

Lo hice sin discutir. Me puse a cuatro patas y él se colocó detrás, agarrándome de las caderas. Volvió a metérmela de una sola embestida y grité contra la almohada. Me follaba fuerte, con la mano derecha en mi cadera y la izquierda apretándome el culo, separándomelo mientras se hundía una y otra vez. Me pasó un dedo mojado en saliva por el otro agujero, presionando sin llegar a meterlo, y el coño se me cerró alrededor de la polla en una contracción que le hizo gruñir.

—Ah, te gusta —jadeó—. Te gusta que te toque ahí.

No contesté. No hacía falta. Me embestía tan fuerte que solo podía gemir contra la sábana, con la boca abierta, la baba corriéndome por la barbilla. Encontramos un ritmo rápidamente, como si nuestros cuerpos se hubieran estado anticipando a esto sin que ninguno de los dos lo supiera. Sus manos guiaban sin forzar. Mi frente contra la almohada. El sonido de nuestra respiración llenando la habitación que olía a madera y a papel y a sudor y a sexo y a algo nuevo que no iba a poder ignorar nunca más.

—Túmbate otra vez, boca arriba —dijo—. Quiero verte la cara cuando te corras.

Me di la vuelta. Adrián se hundió de nuevo, esta vez con una mano en mi garganta, apretando lo justo. La otra bajó al clítoris, frotándolo en círculos al ritmo de sus embestidas. Sentí la ola subir de golpe, sin advertencia posible.

Llegué al clímax con un sonido que espero no haber hecho, pero que claramente hice, porque Adrián hundió la cara en mi pelo y dijo algo en voz muy baja que no entendí del todo. El coño se me contrajo alrededor de su polla en oleadas y él siguió embistiendo hasta que se puso rígido, tirando hacia atrás en el último segundo. Se la sacó y se corrió sobre mi vientre y mis tetas en chorros calientes que me salpicaron hasta la clavícula. Yo lo miré hacerlo, jadeando, con el pelo pegado a la frente y las piernas todavía temblando.

No se lo pedí que repitiera lo que había dicho. Cuando terminó, nos quedamos un rato sin movernos, escuchando la casa. Adrián pasó un dedo por el semen que me chorreaba entre las tetas, lo recogió y me lo puso en los labios. Abrí la boca y se lo chupé sin apartar la mirada.

Después, rodó a un lado. Yo me miré las muñecas —sin marcas, el nudo había sido exactamente tan firme como necesitaba ser— y luego lo miré a él, que tenía los ojos cerrados y la respiración todavía algo agitada.

—Nuestros padres vuelven mañana —dije.

—Lo sé.

—Esto es complicado.

—Lo sé —repitió—. ¿Quieres hablar de eso ahora?

Consideré la pregunta durante más tiempo del que me esperaba.

—No —dije finalmente.

Adrián asintió. No dijo nada más. Yo me quedé mirando el techo durante un rato, escuchando el silencio de la casa, pensando en todo lo que tendría que pensar más tarde, cuando tuviera la distancia suficiente para hacerlo con algo de claridad.

Esa distancia tardó más de lo que esperaba en llegar.

***

—Adrián —dije, cuando la habitación ya estaba completamente a oscuras.

—¿Qué?

—La cuerda. ¿De dónde la sacaste?

Un silencio largo.

—Del cajón de mi escritorio.

—¿Y la tenías ahí por...?

—Sí —dijo—. Por eso.

No supe si eso me parecía aterrador o todo lo contrario. Tal vez las dos cosas a la vez. Tal vez ese era exactamente el problema: que no me parecía mal en absoluto, y que esa ausencia de culpa era lo que de verdad tendría que preocuparme.

Mañana lo pienso, me dije. Mañana, cuando ellos estén aquí y todo vuelva a ser normal, lo pienso.

Cerré los ojos.

Cuando mis padres volvieron al día siguiente, la mesa estaba puesta y el café estaba hecho. Mi madre me preguntó si había dormido bien durante el puente.

Le dije que sí.

Adrián, desde el otro extremo de la cocina, me miró un segundo por encima del borde de su taza. No dijo nada. No hizo falta.

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Comentarios(8)

FernandoQ88

excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

nocturno_lector

Ese final me dejo con ganas de mas... necesito la segunda parte ya!! como termino la noche??

PatricioV88

La tension del principio esta muy bien lograda, no podes dejar de leer. Me engancho desde la primera linea.

Rodrigo_SF

jajaj esa sonrisa que describe al principio... la conocemos todos, dice todo sin decir nada

lectura_nocturna7

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años. Esas noches que empiezan raras terminan siendo las mas memorables. Muy bien escrito!

Santi_BA

Corto pero intenso. Esperando mas relatos asi de buenos, gracias por compartir

ClaudioPam

Como sabes crear intriga desde el principio! ese detalle de la espalda... genial

Tomas_1989

Muy buen relato, se siente natural y creible. Sigue subiendo por favor

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