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Relatos Ardientes

La primera sesión con el maestro lo cambió todo

Camila había aceptado la propuesta porque estaba cansada de mandar. Doce años protegiendo cuerpos ajenos la habían enseñado a leer una habitación en tres segundos, a decidir por otros, a no permitirse ninguna debilidad. Por eso, cuando Adrián le ofreció una sesión privada, dijo que sí sin pensarlo demasiado.

—Quiero verte rendida —le había dicho él la semana anterior, en aquel café con vista al río—. Quiero ver qué hay debajo de toda esa armadura.

Ella sonrió con desdén entonces. Ahora, arrodillada en una habitación de paredes oscuras y un único foco cenital, ya no sonreía.

Daniela, la otra sumisa, no tendría más de veintidós años. Caminaba descalza, con esa elegancia que solo tienen las personas que han aprendido a moverse sin hacer ruido. Llevaba una gargantilla fina de cuero negro y nada más.

—Ponte de espaldas en la cama —ordenó Adrián, sin levantar la voz—. Brazos arriba, piernas abiertas. Daniela, te ocupas de la cara.

Camila obedeció. La cama era amplia, fresca al tacto. Se tendió como le habían dicho, consciente de cada milímetro de su piel expuesta. Hacía semanas que no se depilaba. La selva entre sus piernas le pareció, de pronto, una vergüenza imperdonable. Daniela la miró sin juzgar, y eso fue casi peor que un comentario.

Adrián se posicionó entre sus rodillas. No habló. Tampoco preguntó si estaba lista. Simplemente la penetró de un solo envite, hasta el fondo, y Camila tuvo que morderse el interior de las mejillas para no gritar. No de dolor. De sorpresa, de furia, de algo más oscuro que no quería nombrar.

—Daniela —dijo él entonces—. Ahora.

La joven se subió a la cama y se sentó a horcajadas sobre el rostro de Camila. El coño tibio contra la boca, el peso del muslo contra la nariz. Camila intentó respirar y no pudo. Intentó moverse y descubrió que Daniela pesaba más de lo que aparentaba, o quizá ella misma estaba ya demasiado descolocada para resistirse.

Adrián empujaba con un ritmo metódico, sin compasión. Cada envite le subía hasta los pulmones, y cada vez que sus pulmones reclamaban aire, Daniela se acomodaba un poco más para impedirlo. Camila comprendió, con una claridad terrible, que aquello había sido planeado. Que la asfixia no era un accidente. Que era la herramienta.

Voy a perder el control, pensó. Y la idea, en lugar de aterrarla, le envió una corriente de calor entre las piernas.

Lo siguiente fue confuso. Adrián tiró del vello de su pubis con fuerza, y el dolor se mezcló con la falta de aire en una espiral que su cuerpo no supo administrar. Daniela se levantó un instante. Camila inspiró con desesperación, una bocanada que apenas alcanzó a llenarle la mitad del pecho antes de que la joven volviera a sentarse.

El segundo orgasmo la sorprendió. No el primero, que fue una culminación contenida, casi tímida, casi una protesta. El segundo la atravesó como una descarga eléctrica, desde la planta de los pies hasta la base del cráneo. Apretó los dientes contra el coño de Daniela, sin pensar en hacerle daño ni en otra cosa. La joven gimió, pero no se movió ni un milímetro.

—Aguanta —escuchó decir a Adrián, no supo si a ella o a la chica—. Falta poco.

¿Falta poco para qué?, alcanzó a pensar Camila antes de que el tercer orgasmo la borrara del mundo.

Lo último que percibió fue una luz blanca detrás de los párpados, el sabor metálico en la boca, el olor a sudor y a piel ajena, y la certeza, casi serena, de que valía la pena morir por algo así.

Cuando despertó, Daniela le sostenía una mascarilla de oxígeno sobre la boca. Adrián seguía dentro de ella, ya inmóvil, observándola con una atención clínica que la incomodó más que cualquier humillación.

—Bienvenida —dijo él—. Has durado más de lo que esperaba.

Camila quiso responder algo cortante. Quiso recordarle que ella era la que decidía cuándo y cómo. Pero su cuerpo se reía de ella desde dentro. Las paredes de su vagina seguían contrayéndose alrededor del miembro de Adrián, y cada contracción era un pequeño aviso de que esa noche no iba a recuperar el control de nada.

—Lame a Daniela —ordenó él—. Hasta que se corra. Si paras, ella vuelve a taparte la cara.

—No es necesa…

—No te he preguntado.

Camila tragó saliva. La joven se acomodó sobre su rostro, esta vez con cuidado de dejarle espacio para respirar. La guardaespaldas sacó la lengua y empezó a recorrer el clítoris con la disciplina de una alumna recién aprobada. No era la primera vez que probaba a una mujer. Sí era la primera vez que lo hacía como castigo, y la diferencia la confundía más de lo que admitiría jamás.

Daniela se corrió en silencio, mordiéndose el dorso de la mano. Cuando se apartó, Camila vio que la joven tenía los ojos brillantes, no de placer, sino de algo parecido al orgullo.

—Lo has hecho bien —murmuró Daniela, y por un segundo, solo un segundo, la guardaespaldas no supo si la felicitaba a ella o se felicitaba a sí misma.

***

Después vino la ducha. Tres cuerpos en un cubículo de baldosas grises, agua caliente cayendo desde varios chorros a la vez. Camila tomó la esponja primero, por costumbre, por el reflejo de quien siempre se mueve antes que los demás.

—Dame esa esponja —pidió Daniela—, sumisa estúpida.

Camila levantó la cara, ofendida.

—Las cosas se piden por favor. Y no me llames así, ya no te estoy lamiendo ahí abajo.

Adrián se interpuso entre ella y el chorro de agua. Su mirada bastó para hacerle bajar la cabeza un par de centímetros. Lo justo para entender.

—Dale la esponja. Y luego túmbate fuera de la ducha. Cien flexiones completas, brazos extendidos, pezones a cinco centímetros del suelo. Cuentas hasta quince abajo y subes. Cuerpo recto. Si te muevo de sitio, vuelves a empezar.

—Maestro, yo…

—Ahora.

Camila salió. El suelo de mármol estaba frío bajo sus rodillas. Apoyó las palmas, cerró los puños como le habían enseñado en la academia hacía media vida y empezó a contar. Una. Dos. Tres. Las flexiones nunca habían sido un problema para ella. La humillación sí.

Mientras contaba, escuchaba cómo, dentro de la ducha, Daniela enjabonaba a Adrián con un cuidado casi reverente. No había prisa en sus manos. No había ego. La joven se mojaba solo cuando lo requería el movimiento de enjabonar a su Maestro, y cuando él la enjabonó a su vez, abrió las piernas sin que se lo pidieran, levantó los brazos sin que se lo pidieran, recibió cada gesto con una gratitud que a Camila le pareció, primero, ridícula. Y después, incomprensiblemente, envidiable.

A la flexión sesenta y nueve, Daniela salió de la ducha. Se colocó descalza entre los brazos de Camila, con un mechón mojado pegado a la sien. Cuando la guardaespaldas bajó, la joven le acercó el pie. No era una orden, era una invitación. Camila apoyó los labios sobre el empeine sin saber muy bien por qué, y al subir descubrió que la espalda le ardía menos.

—Sigue —murmuró Daniela—. No te detengas.

Adrián salió de la ducha y se sentó al borde de la cama. Daniela lo secó pieza por pieza, besando cada parte antes de cambiar de toalla. Le besó los pies. Los muslos. La punta del miembro. Las nalgas. Los pezones. La frente. Todo en un orden que tenía la precisión de una liturgia, y la suavidad de una caricia largamente ensayada.

Camila contaba en voz baja. Setenta y seis. Setenta y siete. Y entendía, demasiado tarde, que la diferencia entre las dos mujeres no era de cuerpo ni de edad. Era de rendición. La joven sabía algo que la guardaespaldas, con todo su entrenamiento, no había aprendido nunca.

***

—Te has movido —dijo Adrián cuando Camila, al terminar las cien, se incorporó para volver al baño—. Vuelve a empezar. Y suma diez por apoyar mal los pies.

Camila se mordió la lengua. Resopló. Se acomodó otra vez en el suelo, esta vez fuera del baño, sobre la alfombra rugosa de la habitación.

Mientras hacía las ciento diez flexiones, Adrián y Daniela hablaban tranquilamente sobre ella, como si no estuviera presente. Discutían si valía la pena cederla, en alguna sesión futura, a otro Maestro que Adrián conocía en el sur del país. La joven respondía con interés genuino, evaluando los pros y los contras como quien elige un regalo para alguien querido. Camila, abajo, sintió un escalofrío que no supo si era de rabia o de algo peor.

Cuando terminó, se incorporó y empezó a caminar hacia el baño.

—¿Adónde vas?

—A la ducha, Maestro.

—Has perdido ese derecho. Arrodíllate a los pies de la cama.

Ella obedeció. Las rodillas le temblaban. No de cansancio.

—¿Sabes cuál es tu fallo?

—No, Maestro.

—Tu fallo es creer que sigues siendo la que decide. Cuando entras aquí, dejas de ser la que protege a otros. Aquí no eres nada. Y eso tiene que reflejarse en cada gesto. En cómo caminas, en cómo pides, en cómo callas. ¿Entiendes?

Camila tragó saliva. Asintió con la cabeza.

—Repítelo. En voz alta.

—Soy una sumisa estúpida que no sabe rendirse —dijo ella, con la voz quebrada—. Y por eso digo mal lo que digo, y por eso me muevo cuando no debo.

—Mejor.

—Y por eso pido perdón, Maestro. Aceptaré cualquier castigo que considere justo.

Adrián la miró largamente. Después extendió la mano y le acarició la mejilla, casi con ternura, con esa misma mano que momentos antes había tirado de su pelo hasta hacerla aullar por dentro.

—El castigo viene mañana —dijo—. Esta noche te quedas en el suelo, a los pies de la cama. Sin almohada, sin manta. Y aprendes a dormir como una sumisa, no como una guerrera.

Camila bajó la cabeza. Por primera vez en doce años, no pensó en cómo controlar la habitación, ni en dónde estaban las salidas, ni en qué peso tenía cada cuerpo presente. Pensó, simplemente, en cómo respirar. En cómo dejar el aire entrar y salir sin querer dirigirlo.

Daniela apagó la luz central y dejó solo la lamparita de la mesilla. Se metió en la cama, junto a Adrián, y antes de cerrar los ojos miró hacia abajo, hacia la guardaespaldas tendida en la alfombra. No sonrió. No habría sido apropiado. Pero asintió, una sola vez, con esa precisión litúrgica de todos sus gestos.

Camila cerró los ojos. El suelo era duro. La habitación olía a sexo, a jabón, a piel limpia. Le dolían los brazos, las rodillas, el cuero cabelludo donde Adrián había tirado. Le dolía, sobre todo, una zona del pecho que no sabía nombrar, y que no era exactamente el corazón.

Y entendió, mientras se rendía al sueño, que esa, y no la otra, era la lección que había venido a buscar.

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Comentarios (7)

MauroK77

increible!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Daniela_BsAs

Por favor continua, quede con muchisimas ganas de saber que pasa despues

Carlos84

Muy bien escrito, se siente real. La tension desde el principio engancha y no te suelta.

Ferchu22

tremendo relato, bravo!!!

LucasRG

Me recordo a algo que vivi hace tiempo... esas situaciones donde uno siente que pierde el control sin querer. Muy logrado.

PatyMontreal

Me pregunto si va a haber segunda parte, porque esto no puede quedar asi jaja. Espero que si!

ClaudioRosario

Buenisimo, me tuvo enganchado de principio a fin. Segui publicando por favor!

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