La noche que fui quien siempre quise ser
Querido diario:
Voy a contarte lo que pasó el sábado por la noche, aunque no sé si voy a ser capaz de escribirlo sin ruborizarme. Siéntate. Esto va para largo.
La fiesta de disfraces en casa de Nicolás era el evento del mes. Uno de esos a los que todo el mundo va con ganas de liberarse un poco, de ponerse algo que no se pondría en circunstancias normales, de convertirse en alguien diferente durante unas horas. Y yo aproveché la ocasión como nunca antes lo había hecho.
Me preparé durante tres horas. Peluca castaña larga hasta los hombros, labios pintados de rojo oscuro, medias de rejilla, minifalda negra ajustada, y unos tacones de aguja dorados que llevaban meses en el fondo del armario esperando este momento. El relleno en el pecho quedó más natural de lo que esperaba. El corsé me ceñía la cintura de una manera que me hacía sentir al mismo tiempo incómodo y completamente en mi sitio.
Cuando me miré al espejo antes de salir, algo dentro de mí se acomodó en su lugar. Como si esa figura fuera la versión más honesta de mí que había visto en años. Bajo la minifalda, la ropa interior de encaje negro apenas contenía una erección que llevaba media hora sin querer bajar.
Llegué a la fiesta pasadas las once. El apartamento estaba lleno, la música alta, el ambiente cargado de alcohol y de esa electricidad particular que tienen las noches en las que todo puede pasar. Varias personas me miraron al entrar. Algunas con sorpresa, otras con curiosidad, alguna con una sonrisa que no era del todo inocente.
Me serví una copa y empecé a circular.
Al principio fui prudente. Hablé con conocidos, bailé un poco, bebí lo suficiente para relajarme sin perder el norte. Pero a medida que avanzaba la noche, la copa me daba más y la prudencia me daba menos. Y lo que también crecía, sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, era ese calor entre las piernas que me acompañaba desde que me había vestido. Tenía el culo tenso, la polla dura pegada al muslo, y una humedad rara mezcla de sudor y ganas empapándome la ropa interior.
Fue entonces cuando lo vi.
Alto, moreno, disfrazado de algo vagamente militar que le quedaba demasiado bien. Tenía la clase de mirada que va directo a donde quiere sin pedir permiso. Y esa mirada, en ese momento, estaba puesta en mí. Bajó los ojos hasta mi boca, siguió hasta el escote, y volvió a subir sin disimulo, con una media sonrisa que decía «ya sé lo que hay debajo de todo eso, y me da igual».
Empezó con gestos discretos. Un movimiento de cabeza hacia el pasillo. Una mirada sostenida dos segundos más de lo necesario. Yo me hice la distraída la primera vez, y la segunda, porque me gustaba el juego y quería saber hasta dónde llegaba.
Llegó bastante lejos.
La tercera vez lo seguí. Unos pasos detrás de él, el corazón disparado, los tacones resonando en el suelo del pasillo. El baño del fondo estaba vacío. Él esperaba dentro con la puerta entreabierta.
Cerró el pestillo en cuanto entré.
No dijo nada durante un momento. Me miraba con esa expresión que mezcla el deseo con algo más oscuro, algo más posesivo. Luego puso una mano en mi hombro y presionó hacia abajo, despacio pero sin dudar.
—De rodillas —dijo, con la voz ronca.
Y yo obedecí.
Las baldosas frías se me clavaron a través de las medias. Él se abrió el pantalón sin apartar los ojos de mi cara y sacó una polla ya medio dura, gruesa, con el glande brillante. Me tomó por la barbilla con dos dedos y me la pasó por los labios pintados, dejándome una marca de saliva y presemen que me corrió hasta la comisura.
—Abrí la boca —ordenó.
La abrí. Entró de una, hasta el fondo, y me hizo toser. No se apartó. Enredó los dedos en mi peluca, tiró para atrás para acomodarme mejor y volvió a empujar, esta vez marcando él el ritmo. Sentí la polla crecer entre mi lengua y el paladar, ponerse dura del todo dentro de mi boca, palpitar contra la garganta cada vez que llegaba al fondo.
—Así, puta —murmuró—. Chupá.
Lo obedecí. Chupé, apretando los labios alrededor del tronco, jugando con la lengua por debajo del glande, tragando saliva cada vez que él me dejaba respirar. Se me caían las lágrimas del esfuerzo, y el rímel se me corría por las mejillas, y no me importaba nada. Me clavó los dedos en la nuca y empezó a follarme la boca en serio, sin cuidado, hasta el fondo de la garganta, con embestidas cortas y secas que hacían que mis labios chocaran contra su pubis.
—Voy a acabar —avisó, entre dientes.
No me dio tiempo a decidir nada. Se hundió una última vez, apretó mi cabeza contra su pelvis y se corrió dentro de mi boca con un gruñido bajo. Sentí los chorros calientes reventar contra el paladar, espesos, salados, uno detrás de otro. Me tapó la nariz con dos dedos hasta que tragué todo. Cuando por fin salió, un hilo de semen me quedó colgando del labio inferior. Él lo recogió con el pulgar, me lo metió en la boca, y salió del baño tan tranquilo como si hubiera ido a lavarse las manos.
Yo salí un par de minutos después. Con el pintalabios corrido, el sabor de su corrida todavía en la lengua y algo ardiendo dentro de mí que la copa no había encendido.
***
De vuelta en la sala, la noche tenía otro color. Me sentía más ligera, más segura, más yo. Me moví entre la gente con una confianza que antes no tenía y me dediqué a bailar. La polla me palpitaba todavía dentro del encaje, y el culo se me apretaba solo cada vez que me acordaba de lo que acababa de pasar en el baño.
Fue bailando como lo encontré.
Se llamaba —o al menos eso dijo— Mateo. Grande, de espaldas anchas, una sonrisa lenta que tardaba en formarse pero cuando llegaba era difícil ignorar. Bailamos sin hablar primero, solo con los cuerpos diciéndose cosas que las palabras habrían arruinado. Yo dejé que mi cadera rozara la suya. Él respondió apretando sus manos en mi cintura, atrayéndome hacia él. Sentí clarísimo el bulto duro contra mi culo, largo, marcado por debajo del pantalón, y empujé un poco hacia atrás para dejarle saber que lo había notado.
—Tienes algo —dijo cerca de mi oído, sin terminar la frase.
—¿El qué? —pregunté, aunque sabía perfectamente lo que quería decir.
Me miró de arriba abajo con esa calma de quien no tiene prisa porque ya sabe cómo va a terminar todo. Bajó la mano por mi cintura, la deslizó por la cadera y me apretó una nalga por encima de la minifalda, con posesión, como marcando territorio.
—¿Salimos a fumar? —propuso.
No fumo. Pero dije que sí.
Uno de sus amigos nos oyó y se apuntó. Moreno también, más joven, ya con los ojos un poco perdidos por el alcohol. Salimos los tres. Había una jardinera estrecha y un banco de madera junto a la fachada del edificio. El amigo se sentó, apoyó la cabeza en la pared y en menos de dos minutos estaba dormido sentado, con la copa todavía en la mano.
Mateo y yo nos miramos.
Nos metimos entre la jardinera y la pared del edificio sin decir nada más.
La calentura acumulada durante toda la noche me tenía al borde de algo que no sabía nombrar. Él fue directo al corsé, me lo bajó lo suficiente para liberar el relleno, y lo que hizo entonces me sorprendió: no le importó en absoluto que fuera artificial. Lo trabajó con las manos y con la boca como si fuera lo más real del mundo, mordiéndolo despacio, apretándolo, estudiándolo con una atención que me puso la piel de gallina. Me chupó los pezones postizos, me mordió el cuello, me metió la lengua en la boca con un beso sucio y profundo que sabía a whisky.
Yo, mientras tanto, ya le había bajado la cremallera. Metí la mano dentro del pantalón y me la encontré: gruesa, caliente, completamente despierta, con el glande ya húmedo. Le abarqué el tronco con los dedos y empecé a masturbarlo despacio, sintiendo cómo palpitaba en mi palma, midiendo el largo, imaginándomela dentro.
—Joder —masculló él contra mi cuello—. Sos una guarra.
—Sí —le contesté, y no había ni un gramo de vergüenza en mi voz.
—Arrodillate —ordenó, con una voz que no dejaba espacio para la negociación.
Me arrodillé en la tierra, con las medias ya rotas por las piedras del suelo. Le bajé el pantalón hasta medio muslo, saqué la polla del todo y me la metí en la boca sin preámbulos. Era más grande que la del primero, más gruesa, y me abrió las mandíbulas hasta hacer doler. Él tomó mi peluca entre los dedos y empezó a marcar el ritmo, lento al principio, luego más exigente. Me la clavaba hasta el fondo, me la sacaba entera, dejándome un segundo para tragar aire, y me la volvía a meter.
Me hablaba mientras tanto, palabras que habrían sido insultantes en otro contexto pero que aquí, en esa oscuridad, con el ruido de la fiesta de fondo y el suelo frío bajo las rodillas, me llegaban a otro lugar completamente.
—Mirá cómo te la comés, puta. Mirame. No cierres los ojos.
Levanté la vista sin dejar de chupar, la boca llena de su verga, la saliva escurriéndome por la barbilla hasta el escote. Él me sonrió, satisfecho, y me clavó la polla hasta que la nariz se me hundió en su pubis. Se me escaparon las lágrimas otra vez. Me dejó ahí unos segundos, apretándome contra él, disfrutando de sentir mi garganta cerrarse alrededor de él.
—Suya. Sos mía esta noche. Decilo.
Me apartó lo justo para dejarme hablar. Yo, con la voz destrozada, la boca hecha un desastre de saliva y pintalabios corrido, se lo dije.
—Soy tuya.
—Buena chica.
Cuando me levantó, lo hizo con un solo movimiento. Me dio la vuelta, me apoyó las manos contra la pared de ladrillo y levantó la minifalda de un tirón. Sentí el aire frío en el culo y la vergüenza deliciosa de estar así, semidesnudo en un callejón, con el encaje bajado hasta los muslos y una polla dura clavándose contra la raya de mis nalgas.
Me metió dos dedos en la boca, me hizo chuparlos bien, y después los bajó hasta mi culo. El primero entró con esfuerzo. El segundo, apenas después, me hizo gemir contra la pared. Los movió despacio, abriéndome, preparándome, mientras con la otra mano me acariciaba la polla dura por debajo de la falda.
—Estás empapado —murmuró contra mi oreja—. Se te cae solo. Sos una zorrita.
—Sí —jadeé.
Sacó los dedos. Se escupió en la mano, se pasó la saliva por la polla y apoyó el glande contra mi entrada.
—Decime que lo querés.
—Lo quiero. Metémela. Por favor.
La penetración fue brusca. Empujó de una y sentí un dolor agudo que me cortó la respiración y me hizo cerrar los ojos con fuerza. Se me escapó un quejido ahogado. Él no se detuvo del todo, pero tampoco avanzó más de inmediato. Se quedó a medio meter, con las manos firmes en mis caderas, esperando a que mi cuerpo empezara a ceder alrededor de su verga.
—Aquí estás —murmuró.
Y sí. Ahí estaba. Con una polla ajena metida en el culo hasta la mitad, las medias rotas y la peluca desalineada, pegado a una pared de ladrillo en la fachada de un edificio ajeno.
Empujó otra vez. Entró del todo. Sentí la pelvis de él chocar contra mis nalgas y un ramalazo de dolor y placer mezclados que me nubló la vista un segundo.
Lo que vino después fue una mezcla de dolor y placer que no podría separar aunque quisiera. Encontró un ritmo y lo mantuvo, profundo, constante, sin prisa. Me estaba follando de verdad, embistiendo hasta el fondo, con el sonido húmedo de la piel chocando contra la piel llenando el poco espacio que había entre el ladrillo y la jardinera. Me tenía completamente en sus manos y lo sabía, y usaba ese poder con una precisión que me hacía temblar.
A ratos me jalaba del pelo para inclinar mi cabeza hacia atrás y me mordía el cuello. A ratos me cubría la boca con la palma para ahogar los sonidos que yo no podía contener. A ratos bajaba la mano hasta mi polla, me la agarraba entera y me masturbaba al mismo ritmo con el que me la clavaba por atrás, hasta que yo empezaba a temblar y me apretaba, y entonces me soltaba, riéndose por lo bajo, para no dejarme acabar todavía.
—¿Lo querés más fuerte? —preguntó en algún momento.
—Sí —dije, y no sé de dónde saqué la voz.
Me lo dio más fuerte. Me clavó las uñas en las caderas y empezó a embestirme con todo, sin ritmo, casi con rabia, arrancándome el aliento a cada golpe. La cabeza me chocaba contra los ladrillos. Los tacones se me clavaban torcidos en la tierra. Y yo empujaba el culo hacia atrás, buscándolo, pidiéndoselo más adentro cada vez.
Había algo liberador en entregarme así, en ese rincón sucio entre una jardinera y una pared de ladrillo, con las medias destrozadas y el pintalabios hecho un desastre. No había performance. No había imagen que mantener. Solo ese cuerpo enorme detrás del mío, esa polla abriéndome, ese dolor que se convertía en algo más, esa oscuridad que me permitía ser exactamente lo que era sin explicaciones ni disculpas.
Me volvió a agarrar la polla y esta vez no me soltó. Me masturbaba rápido, con la palma llena de saliva, mientras me la seguía clavando hasta el fondo. Sentí el orgasmo subirme desde el vientre, largo, lento, imposible de detener.
—Correte para mí —me susurró en la oreja—. Ya.
Me corrí. Manché la pared, la mano de él, el interior de la minifalda. Fue un orgasmo brutal, largo, que me hizo apretar el culo con tanta fuerza alrededor de su polla que él soltó un gruñido y se dejó ir detrás de mí.
Cuando se vino, lo hizo con un gruñido bajo y los dedos apretando mis caderas tan fuerte que supe que tendría marcas al día siguiente. Sentí los chorros calientes reventar dentro de mí, uno tras otro, llenándome, y un espasmo suyo que se propagó por todo mi cuerpo.
Se quedó dentro un momento, con la frente apoyada en mi nuca, respirando fuerte. Después se apartó despacio. Sentí el semen escurrirme por la cara interna de los muslos, caliente, viscoso, y no hice nada por limpiarlo. Yo me quedé apoyada en la pared un momento, con las rodillas un poco flojas y algo dentro de mí completamente revuelto y completamente en paz al mismo tiempo.
—¿Estás bien? —preguntó, y en su voz había una suavidad que no había estado ahí antes.
—Sí —dije.
Y era verdad.
***
Volví a la fiesta sola. Me arreglé lo mejor que pude en el baño, me retoqué los labios, me coloqué la peluca. Me limpié como pude entre los muslos con papel, sabiendo que el semen me acompañaría hasta casa. Me miré al espejo y me vi diferente a como me había visto antes de salir de casa. No más entera, exactamente, pero sí más honesta.
Bailé otra hora más. Bebí agua. Me despedí de Nicolás y de un par de amigos. Pedí un taxi.
En el trayecto a casa, con la ciudad pasando por la ventanilla y las medias rotas en el bolso, fui procesando todo lo que había pasado. El deseo de esos hombres. La corrida del primero todavía en la memoria del paladar. La polla del segundo abriéndome contra el ladrillo. La oscuridad de la jardinera. El dolor que no quise que parara. La manera en que mi cuerpo, disfrazado de algo que tal vez no era un disfraz, había respondido a todo eso con una intensidad que no recordaba haber sentido antes.
Hay cosas que no puedo analizar demasiado sin que se me escapen entre los dedos. Sé lo que me gustó. Sé lo que necesité esa noche. Y sé que volvería a hacerlo.
Eso es suficiente por ahora.