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Relatos Ardientes

Me ataron al techo, después cambiaron los papeles

Volví en mí despacio, con la cabeza pesada y un sabor metálico en la boca. Tardé en entender que estaba sentado en un suelo de cemento frío, las muñecas atadas a la espalda y los tobillos sujetos con cuerda gruesa. La oscuridad era absoluta. Lo último que recordaba era un reservado en un bar de la calle Aragón, una copa de whisky con hielo y una mujer joven que decía llamarse Daniela.

Soy periodista de investigación. Llevaba tres semanas detrás de Beatriz Solano y su marido Iván, una pareja conocida en los círculos benéficos de la ciudad y, según un confidente, dueños de una red de prostitución forzada. El soplo me había llegado en forma de copias de transferencias, contratos falsos y fotografías de los pisos donde retenían a las chicas.

Daniela me contactó al día siguiente. Decía haber escapado. Decía tener pruebas que cerrarían el caso.

Decía la verdad solo en lo de haber estado allí. Lo demás era el cebo.

Una puerta crujió y la luz entró con violencia. Cerré los ojos por instinto. Cuando los abrí, Beatriz Solano me miraba desde arriba con la satisfacción serena de quien acaba de cazar un faisán. Su marido estaba detrás, abrochándose el reloj.

—Aquí lo tienes —dijo él sin mirarme—. Yo me voy a Panamá esta noche. Cuando vuelva el viernes, espero el archivo en mi mesa.

—Cariño, ya me conoces.

—Diviértete.

La puerta se cerró tras él. Beatriz se puso en cuclillas a mi altura y me sostuvo la barbilla con dos dedos.

—Vas a decirme dónde guardas los documentos. No me obligues a quitarte las ganas de callarte.

—No sé de qué me hablas.

Sonrió. Era una mujer de cuarenta años bien llevados, rubia, con esa clase fría de quien nunca ha tenido que pedir permiso para nada. Pasó la lengua por el interior de la mejilla, saboreando lo que vendría.

—Entonces te lo voy a sacar despacio. Tenemos toda la semana.

***

Levanté la vista y entendí dónde estaba. Una sala insonorizada, paredes forradas de corcho, argollas de hierro empotradas en el suelo y en las paredes. Un panel con látigos, fustas, máscaras, esposas, mordazas. Un gancho metálico colgaba del techo justo encima de mi cabeza. Aquí grababan las películas que después usaban como reclamo, supuse. El olor a desinfectante industrial confirmaba que el suelo se fregaba a menudo.

Daniela apareció desde un rincón con una bandeja, sin mirarme. Entre las dos manipularon mis ataduras, pasaron la cuerda por el gancho y accionaron una palanca. Sentí el tirón en los hombros antes de entender que me estaban poniendo de pie a la fuerza.

—Mi marido vuelve el viernes —repitió Beatriz mientras Daniela tensaba—. Tú decides cuánto tarda esto.

La primera bofetada me giró la cara. La segunda me partió la comisura del labio. Sentí el sabor de la sangre.

—¿Sigues sin recordar?

—No te conozco. No sé de qué me hablas.

Hizo un gesto con la cabeza y Daniela me cortó la camiseta con unas tijeras de podar. Después me desabrochó el cinturón, soltó el botón, bajó los pantalones. Beatriz se arrodilló frente a mí y enganchó los pulgares en la cintura del bóxer.

—A ver qué tenemos.

Tiró hacia abajo. El aire frío del sótano me recorrió de golpe. Quedé colgado, desnudo, con los pies apenas rozando el cemento. Daniela soltó una risa breve, contenida, y eso fue lo peor del momento. La humillación pesaba más que el dolor.

—Vamos a empezar suave.

El primer latigazo me cruzó la espalda. El segundo cayó en los glúteos. Beatriz alternaba con método, sin prisa, contando entre golpe y golpe. Yo apretaba los dientes para no gritar. Cuando grité, ella sonrió.

—Eso está mejor. Me gusta cuando me hablan.

Perdí la cuenta a los doce. La piel me ardía como si tuviera brasas pegadas al cuerpo.

—Daniela. Sepárale las piernas.

La joven obedeció. Pasó cuerdas por dos argollas del suelo y tiró hasta que mis piernas formaron una uve invertida. Después accionó el gancho del techo. El cuerpo entero se elevó. Mis pies dejaron de tocar el suelo. Quedé suspendido, completamente abierto, indefenso.

—Pobrecitas —dijo Beatriz acariciando con el dorso de la mano lo que colgaba entre mis muslos—. Pobrecitas pelotas.

El primer rodillazo me partió por dentro. No grité. No pude. Solo emití un sonido seco que no reconocí como mío. La segunda patada acertó de lleno en los testículos y todo lo demás se volvió blanco. Creo que perdí la conciencia un par de segundos.

—Daniela, ahora tú —oí desde muy lejos.

Sentí una mano pequeña, cálida, en mi sexo. Me masajeaba con una técnica práctica, casi clínica. Pese al dolor, mi cuerpo respondió. La traición de la carne, supongo.

—Suficiente —cortó Beatriz—. No queremos que se le suba a la cabeza.

Apareció con una fusta más fina. El primer golpe acertó la base. El segundo me alcanzó la punta y supe en ese instante que iba a hablar. Iba a decirles dónde tenía las pruebas, iba a firmar mi sentencia, iba a hacer cualquier cosa por que aquello acabara.

Y entonces se me ocurrió algo más útil que hablar.

Dejé caer la cabeza. Aflojé el cuerpo. Cerré los ojos.

***

—Mierda. Se nos va.

—No me toques los huevos. Lo necesitamos vivo.

Sentí que el gancho descendía. Mis pies tocaron el cemento. Daniela soltó las cuerdas de los tobillos. Las dos se alejaron a buscar agua o sales o lo que fuera para reanimarme. Abrí un ojo. Estaban de espaldas, junto al panel de instrumentos, discutiendo en voz baja.

Calculé la distancia. Calculé el tiempo. Calculé el dolor que iba a costarme moverme. Saltar. Liberar las muñecas del gancho que ya no estaba tenso. Avanzar con todo lo que me quedaba.

Beatriz se giró cuando ya estaba sobre ella. El cabezazo en la nuca con las manos atadas no fue elegante, pero fue suficiente. Cayó como un saco. Daniela quiso reaccionar y le clavé el codo en el plexo. Se dobló sin aire, los ojos muy abiertos, gimiendo en silencio.

Le saqué de la riñonera el inmovilizador eléctrico. Se lo apoyé en el cuello.

—Desátame.

Las manos le temblaban tanto que tardó tres minutos en deshacer los nudos.

***

Recogí mis vaqueros del suelo y me los puse despacio, con la zona dolorida palpitando en cada movimiento. Las dos mujeres seguían en el suelo, una inconsciente, la otra arrodillada y aterrada. Pensé en buscar el móvil que guardaban en el cajón y marcar el 112 sin más. Pensé también en lo que me habían hecho.

Esperé a que Beatriz volviera en sí. Cuando abrió los ojos, le mostré el inmovilizador.

—Levantaos. Las dos. Contra la pared.

—No vas a salir de aquí —dijo ella con el orgullo aún intacto.

Apreté el botón. La descarga la dobló en el suelo, convulsionándose. Cuando se recuperó, ya no me discutía.

—Quitaos la ropa.

Daniela obedeció primero. Camiseta, vaqueros, zapatillas. Quedó en sujetador negro y un tanga del mismo color. Beatriz la miró un segundo y la imitó. Encaje blanco, braguita semitransparente, un cuerpo que sabía todo lo que hacía mientras se desnudaba.

—Todo —dije.

El sujetador de Daniela cayó. Pechos medianos, redondos, areolas oscuras, pezones tensos por el frío. Beatriz tardó más. Cuando se quitó el suyo, las tetas grandes y firmes le cayeron apenas un dedo. Las braguitas siguieron. Daniela depilada por completo. Beatriz con un triángulo rubio, cuidado, casi heráldico. Las dos se taparon el sexo con una mano y los pechos con la otra.

—Las manos a la espalda.

Obedecieron. Las esposé contra una barra que recorría la pared. Me tomé un minuto para mirarlas. Para que ellas notaran que las miraba. Para que entendieran que ahora la sala era mía.

***

Empecé por Beatriz.

La llevé al centro y la obligué a sentarse en el suelo. Le até los tobillos a una barra separadora hasta que las piernas le quedaron abiertas en uve. Pasé el gancho del techo por la argolla central de la barra y accioné el motor. Sus piernas se elevaron. La espalda quedó pegada al suelo. Subí más, hasta que solo los hombros tocaban el cemento. Subí más todavía, hasta que su cuerpo entero quedó suspendido boca abajo, la cabeza colgando a un palmo del suelo, las tetas invertidas, el sexo expuesto al techo.

—Por favor —susurró.

—¿Por favor qué?

No supo qué responder. Una lágrima le bajó por la frente hasta el pelo.

Tomé el látigo de tiras finas. El primer golpe en el abdomen le arrancó un grito agudo. El segundo le cruzó un pecho. El tercero el otro. Beatriz aullaba palabras sueltas, mi nombre que había averiguado durante el interrogatorio, súplicas a un dios en el que no creía.

—Ahí no —gimió cuando vio que apuntaba más abajo—. Ahí no, te lo suplico.

—¿Aquí? —pregunté apoyando el mango entre sus labios separados.

El latigazo cayó plano contra el sexo entreabierto. El alarido reventó las paredes. Le siguieron otros dos, midiendo el dolor, dejando que se fuera disipando entre golpe y golpe. Cuando paré, ella respiraba como un perro al final de una carrera. Sudada, enrojecida, derrotada.

Le rodeé el cuerpo y me coloqué tras su trasero. Le metí un plug de tamaño medio con apenas un poco de saliva. Beatriz mordió el aire. No grité, no le hablé. La dejé colgada, plug dentro, sexo latiendo, y caminé hacia Daniela.

***

—Yo solo cumplía órdenes —dijo en cuanto me vio acercarme—. Por favor, yo no…

—Tú tienes un trato especial.

La llevé a un caballete con tablero en cuña. La obligué a montarse encima, una pierna a cada lado. Le até las muñecas a una argolla del techo. Después le levanté un pie y lo até detrás del muslo. El otro pie. El peso entero le cayó sobre el sexo.

Daniela soltó un grito largo, agudo, animal. La cuña se le clavaba entre los labios separados, con el clítoris justo en el filo. Cualquier intento de moverse hacia atrás aumentaba la presión. Cualquier intento de inclinarse hacia delante también. Estaba atrapada en su propio peso.

Cogí dos pinzas. Le pellizqué el pezón izquierdo y apreté hasta que gimió contra la mordaza que acababa de ponerle. La derecha igual. Pasé una cuerda por las pinzas y la até a una argolla baja del caballete. Si Daniela se echaba hacia atrás, tiraban los pezones. Si se echaba hacia delante, se aplastaba el clítoris. Ningún ángulo ofrecía descanso.

***

Me senté en una silla y las miré durante un rato. A una colgada del techo, gimiendo cada vez que el plug le rozaba alguna terminación. A la otra inmóvil sobre la cuña, con los ojos muy abiertos, llorando en silencio porque la mordaza no la dejaba hacerlo de otro modo.

Cuando entendí que ya bastaba —cuando entendí que mi venganza estaba completa, no tanto por lo que les había hecho como por la forma en que me miraban ahora— las bajé a las dos. Las esposé en lados opuestos de la sala, con grilletes en los tobillos asegurados con candado a sendas argollas del suelo. Les dejé un cuenco de agua a cada una.

—Vais a contestarle a la policía exactamente lo que os pregunten. Vais a entregar todos los nombres. Si no lo hacéis, este vídeo —señalé la cámara que llevaba grabando desde el primer minuto en una esquina del techo— se publica entero. La parte vuestra, claro. La mía me la guardo yo.

Beatriz cerró los ojos.

—Hijo de puta.

—Eso ya me lo habían dicho hoy.

***

Subí la escalera con el móvil de Iván en la mano. Marqué primero al confidente. Le pedí que sacara los archivos del apartado de correos donde los tenía guardados y los enviara a tres redacciones distintas antes del amanecer. Después marqué el 112.

El sol entraba ya por la ventana del descansillo. Olía a tierra mojada y en la calle alguien arrastraba una persiana metálica para abrir un bar. Me dolía todo el cuerpo. Caminé despacio, una mano apoyada en la pared, hasta que oí las primeras sirenas a lo lejos. Entonces me senté en el escalón, cerré los ojos y esperé.

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Comentarios (6)

Ferchu_BA

Tremendo!! no me esperaba ese giro para nada, quede sin palabras jaja

NightRider77

Por favor que haya segunda parte, esto no puede quedar asi!! quede con ganas de mas

Romi_cba

Nunca lei un relato de este tipo tan bien construido. Se nota el cuidado en cada detalle. Sigue asi!

Cachopo

buenisimo jaja

Gonzalo_87

se me hizo cortisimo, leer esto a la madrugada fue mala idea porque ahora no puedo dormir jeje

TomasPBA

Hay continuacion? quede con muchas ganas de saber como sigue, muy buen relato en serio

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