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Relatos Ardientes

La noche en que perdí el control del juego

Mi marido y yo llevábamos un par de años con ese juego. Él traía amigos a cenar, yo me vestía para provocar, y durante la noche les hacía creer que podría pasar algo. Solo creer. Nunca pasaba. Esa era la regla: yo controlaba el juego, yo decidía hasta dónde llegar. Mi marido se excitaba viendo cómo yo manipulaba a sus amigos, y yo me excitaba con el poder que eso me daba. Funcionaba perfectamente. Hasta la noche en que dejó de funcionar.

Fue un viernes de otoño. Mi marido llegó a casa con Damián, un colega suyo al que yo había visto un par de veces en reuniones de empresa sin prestarle demasiada atención. Verlo en el umbral de mi puerta fue otra cosa. Era un hombre grande, de hombros anchos y manos que parecían capaces de abarcar cualquier objeto. Treinta y tantos años, moreno, con una sonrisa tranquila que contrastaba con su tamaño. Mientras lo saludaba me pregunté si sería fácil de manejar o si tendría que trabajar más de lo habitual esa noche.

Para la ocasión me puse un vestido negro de tirantes que me llegaba a mitad del muslo. Ceñido. Deliberadamente ceñido. Debajo, solo una tanga de encaje que mi marido había elegido esa tarde con una sonrisa que yo conocía bien. Las reglas eran las de siempre: coquetear, rozar, insinuar. Ver cuánto aguantaba sin perder la compostura.

Damián aguantó bastante. Durante la cena fue correcto, casi formal, aunque noté que sus ojos seguían cada uno de mis movimientos. Cuando me levanté a buscar más vino me agaché más de lo necesario para recoger una servilleta del suelo. Lo escuché cambiar de postura en la silla.

—¿Todo bien? —le pregunté al volver, con mi voz más inocente.

—Perfectamente —respondió él. Pero no me miraba a los ojos.

Después de cenar, con las copas a medias y la música puesta, lo invité a bailar. Fue entonces cuando el juego cobró velocidad. Pegué mi espalda contra su pecho, moví las caderas contra él con lentitud, y noté exactamente lo que quería notar. Damián puso las manos en mis caderas con más firmeza de la esperada, pero no dijo nada. Seguí el ritmo. Miré a mi marido desde el otro extremo de la sala: nos observaba desde el sillón con la copa en la mano y esa expresión que yo reconocía bien. Encendido. Satisfecho. Esperando.

Me separé de Damián con una sonrisa y fui a servirme otra copa a la cocina. Los escuché hablar en voz baja en el salón. Distinguí el tono, aunque no las palabras exactas. Cuando volví, Damián me miraba de otra manera.

Se levantó del sofá y caminó hacia mí.

***

No dijo nada. Me tomó por la cintura con las dos manos y me acercó a él. No fue brusco, pero sí decidido. Esa tranquilidad que yo había leído como mansedumbre no era mansedumbre: era control. Y en ese momento el control lo tenía él, no yo.

Me besó despacio al principio, tanteando, y cuando notó que yo correspondía, la cosa cambió. Su lengua era directa, sin titubeos. Me tenía sujeta de la cintura y yo había dejado la copa sobre la mesa sin recordar haberlo hecho. Cuando empezó a quitarme el vestido lo dejé. Cuando deslizó la tanga por mis piernas lo dejé también. Me quedé desnuda frente a él en el centro del salón mientras mi marido nos miraba sin moverse desde el sillón.

Damián se desnudó sin apartar los ojos de mí. Primero la camisa, luego el pantalón. Cuando se bajó el bóxer me preparé mentalmente para lo que imaginaba, pero la realidad superó el cálculo. Era grueso, largo, con las venas marcadas de quien está completamente excitado. No era algo que hubiera visto antes, y yo no soy de sorprenderme fácilmente. Solo de verlo noté que me había mojado.

—Ven —dijo. Solo eso.

Me tomó otra vez, me besó con más urgencia, y sus manos recorrieron mi cuerpo sin pedir permiso. No con violencia, pero sin contemplaciones. Me apretó el trasero, me acarició los pechos, me mordió el cuello con una presión que estuvo justo en el límite. Cada contacto era preciso, como si supiera exactamente dónde tocar y cuánto tiempo mantenerlo. Yo había dejado de pensar en el juego, en las reglas, en quién llevaba las riendas. Solo pensaba en eso.

Me empujó suavemente hacia el sofá, me tumbó de espaldas y se colocó entre mis piernas. Lo sentí en la entrada un momento antes de que entrara, y cuando lo hizo solté un sonido que no había planeado. No era dolor, o no solo dolor. Era la sorpresa del cuerpo ante algo que excede lo habitual.

Empezó despacio, midiendo mi reacción. Luego encontró el ritmo. Con cada movimiento sentía que mi cabeza se iba vaciando de todo lo que no era eso: el peso de su cuerpo sobre el mío, la fricción, la presión exacta en el lugar exacto. Me aferré al borde del cojín y cerré los ojos. Oí a mi marido cambiar de posición en el sillón.

Cuando ya estaba cerca, Damián se detuvo.

El vacío fue inmediato e insoportable. Me quedé un segundo sin entender, con el cuerpo en suspenso. Entonces me tomó por las caderas, me dio vuelta y me dejó a cuatro patas en el borde del sofá. Levanté la cabeza y vi a mi marido frente a mí, en el sillón pequeño, con los ojos clavados en nosotros.

—¿Así querías verme? —le pregunté. Me salió la voz más ronca de lo habitual.

—Sí —respondió él, sin apartar la mirada—. Disfrútalo todo, mi amor.

***

Sentí la mano de Damián en mi espalda baja, presionando hacia abajo con suavidad. No era una pregunta: era una indicación. Lo escuché humedecerse los dedos. Entendí lo que venía.

Había tenido sexo anal antes, con mi marido, y lo disfrutaba. Pero mi marido no tenía las dimensiones de Damián. Giré la cabeza para mirarlo.

—Dámelo todo —dije. Fue más calentura que cálculo. Lo sé ahora, lo sabía entonces.

Se tomó su tiempo. Un dedo primero, luego dos, expandiendo con paciencia lo que tendría que recibir algo bastante menos paciente. Cuando por fin se apoyó en la entrada y empezó a entrar, me mordí el labio y no dije nada. Dolió. Claro que dolió. Era demasiado para esa entrada y él lo sabía, pero tampoco se detuvo del todo: solo redujo la velocidad hasta que mi cuerpo fue cediendo, centímetro a centímetro.

El dolor era real. No voy a romantizarlo. Pero debajo del dolor había otra cosa que me mantenía quieta y con las manos aferradas al cojín: la sensación de estar siendo abierta por algo que no iba a caber y que sin embargo estaba cabiendo. La mezcla era difícil de describir. Placer no era la palabra correcta, o no solo esa palabra.

Cuando estuvo dentro del todo se quedó un momento inmóvil. Yo respiré. Mi marido, desde el sillón, me miraba con una intensidad que no le había visto antes. Me estaba masturbando lentamente mientras observaba la escena que le estábamos dando.

Entonces Damián empezó a moverse.

Al principio lento, midiendo. Luego con más profundidad, encontrando el ritmo que mi cuerpo fue aceptando de mala gana primero, y luego de buena gana. El dolor no desapareció, pero se transformó en algo más complejo, algo que tenía temperatura y peso y que me hacía gemir sin quererlo. Me sujetó la cadera con firmeza para que no me desplazara hacia delante. Yo no estaba intentando escapar. Estaba recibiendo todo lo que me estaba dando.

No sé cuánto tiempo pasó. Escuché mi propia respiración hacerse más corta, escuché a Damián respirar más fuerte detrás de mí, sentí cómo el ritmo se aceleraba sin aviso. Cuando llegó al final lo anunció con un sonido grave y profundo que sentí más que oí, y lo que vino después fue una sensación de calor y abundancia que se extendió hasta los muslos. Fue ese exceso, esa señal inequívoca de que algo había llegado a su límite, lo que me hizo llegar a mí también. Un orgasmo que empezó en el centro de mi cuerpo y se propagó hasta las puntas de los dedos.

Me quedé apoyada en el sofá sin moverme. Damián se retiró despacio. Oí a mi marido exhalar desde el sillón.

***

La noche no terminó ahí.

Después de unos minutos, Damián volvió con la misma calma de siempre, como si nada de lo anterior le hubiera costado demasiado. Me cogió de la mano y me llevó al centro de la sala. Me tumbó de espaldas sobre la alfombra, me levantó las piernas y las apoyó en sus hombros. Desde esa posición me vi reflejada en el espejo del pasillo, que había quedado abierto en el ángulo exacto. Me vi exactamente como estaba: abierta, entregada, con la respiración todavía entrecortada del orgasmo anterior.

—Mírate —dijo él, con voz baja. No supe si era una orden o una observación.

Me miré. Y empecé a masturbarme mientras él volvía a penetrarme, esta vez con menos urgencia y más método. Llegué dos veces más en esa posición. La primera con un sonido que me sorprendió a mí misma. La segunda en silencio absoluto, apretando los dientes, con los ojos fijos en mi propio reflejo.

Cuando todo terminó me quedé tendida en la alfombra. Mi marido se sentó a mi lado y me pasó una mano por el pelo sin decir nada. Damián se vistió despacio, nos dio las buenas noches con la misma tranquilidad con que había llegado, y se fue. El apartamento quedó en silencio.

***

Al día siguiente el dolor era real y constante. No insoportable, pero sí presente con cada movimiento: un recordatorio físico de que la noche anterior había ocurrido de verdad. Me duró varios días. Cada vez que me sentaba, cada vez que subía escaleras, ahí estaba.

Lo que también me duró fue otra cosa más difícil de nombrar: la sensación de haber sido, por primera vez en mucho tiempo, completamente la que recibía en lugar de la que decidía. Yo había construido ese juego con cuidado. Yo elegía las reglas, el ritmo, el límite. Esa noche alguien más había puesto las suyas, y yo las había aceptado sin dudar ni un segundo.

Semanas después le pedí a mi marido que volviera a llamar a Damián.

—¿Estás segura? —me preguntó.

—Más que segura —le dije.

Y esa vez no fui yo quien eligió el vestido.

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Comentarios (6)

LucasNocturno

Buenisimo!!! Quede con ganas de mas

ClaraM_85

Que final tan inesperado, no me lo esperaba para nada. Muy bien escrito, se siente real.

Rolando_Baires

excelente relato!!

Nestor_G

Me atrapo desde el principio. Esperando la segunda parte si es que hay jaja

MartinaRosario

Me encanto como describiste ese momento en que todo cambia. Se hizo corto, queremos mas :)

dimerfodonte

Increible, de los mejores que lei en esta categoria. Seguí así!

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