Confesiones de un escort: clientes que prefiero olvidar
En este trabajo aprendes rápido que no hay dos clientes iguales. A veces la sorpresa es buena: alguien amable, generoso, que te trata con consideración y se va sin dejar rastro de tensión. Pero la mayoría de las veces las sorpresas son malas, y algunas son tan malas que tardas años en quitártelas de la cabeza. Pasé casi tres años trabajando como escort masculino, y lo que voy a contar son las experiencias que nunca le cuento a nadie, las que prefiero olvidar y sin embargo nunca consigo del todo.
Empecé casi por accidente. Un conocido me habló de plataformas donde podías anunciarte como acompañante y ganar en una noche lo que a otros les costaba una semana de trabajo. Tenía veintitrés años, un alquiler que pagar y pocas opciones encima de la mesa. Me dije que lo probaría una vez, solo para ver. Una vez se convirtió en tres años.
No voy a romantizar nada. El trabajo tiene momentos que funcionan: clientes que son casi agradables, una independencia económica que no encontraba en otro sitio, la sensación de control sobre tu propio tiempo. Pero también tiene momentos que te remueven por dentro, que te hacen preguntarte qué estás haciendo y dónde pusiste el límite. Esta es la historia de esos momentos.
***
El primero que voy a mencionar se llamaba Rodrigo, aunque yo le decía mentalmente el gordo de los martes porque eso es exactamente lo que era. Venía cada dos semanas, siempre por la tarde, siempre puntual. Era un hombre de mediana edad con el cuerpo de alguien que llevaba décadas sin moverse demasiado. No es que el peso sea un problema en sí mismo, pero Rodrigo sudaba de una manera que yo no había visto en nadie antes ni he vuelto a ver después. No bien empezábamos, su cuerpo parecía activar algún mecanismo de emergencia: el sudor brotaba de él como si hubiera estado corriendo durante una hora, aunque no hubiera hecho otra cosa que quitarse la camisa.
Le exigía a todos mis clientes que se ducharan antes de empezar. Rodrigo lo hacía, sin rechistar, con buena disposición. Pero daba igual. A los diez minutos de contacto tenía el cuerpo empapado y un olor que se pegaba a las sábanas, al ambiente, a mis manos. Cuando me pedía que se la chupara, tenía que hacer maniobras para acceder a él, porque la masa de su cuerpo complicaba cualquier posición. Terminaba arrodillado entre sus muslos abiertos, apartando con las dos manos la panza que le colgaba sobre la ingle para poder llegarle a la polla. La tenía corta y gorda, escondida entre pliegues de carne húmeda, y cada vez que la sacaba de ahí me daba una bocanada de olor a sudor rancio mezclado con el jabón de la ducha que no había servido de nada.
—Chúpamela entera, cabrón, hasta el fondo —jadeaba él mientras me clavaba una mano en la nuca—. Trágamela, que para eso te pago.
Me la metía en la boca y él empezaba a empujar la cadera hacia arriba, con esos pequeños envites cortos que solo puede hacer alguien tan pesado. Yo le chupaba la punta, se la lamía por debajo, le tragaba los huevos uno a uno mientras él soltaba una letanía de gemidos ahogados y me llamaba puto, guarro, mamón. Le encantaba el vocabulario y yo se lo daba: gemía con la boca llena, dejaba caer el hilo de saliva por la barbilla, se lo untaba en la polla y volvía a metérmela hasta que la garganta se me cerraba. El sudor le caía por la barriga y me goteaba en la frente, en la mejilla, en los labios. Aprendí a desarrollar una distancia mental, una especie de lugar interior al que me iba mientras le seguía chupando y él me follaba la boca a su ritmo.
Cuando se cansaba de la boca, me pedía que me pusiera a cuatro patas al borde de la cama. Ahí tenía que colocarme yo con la cadera bien empinada, porque si él intentaba montarme desde arriba se ahogaba a los treinta segundos. Se acercaba de pie, con la polla gorda ya babeando semen anticipado, y me la clavaba de golpe. No preparaba nada, no había paciencia: escupía dos veces sobre el agujero, se untaba la punta, y me la metía entera hasta que yo se lo notaba latir en las tripas. Me agarraba las nalgas con las dos manos, me las abría hasta que dolía y empezaba a bombear, resoplando, sudando encima de mi espalda hasta empaparme la columna.
—Aprieta el culo, hijo de puta, apriétamelo —gruñía—. Que sienta cómo te la clavo, que no soy uno más.
Yo apretaba y él soltaba una risa gorda, satisfecha. Me follaba durante veinte o treinta minutos seguidos, sin cambiar de postura, con la única variación de acelerar o frenar cuando notaba que se iba a correr y quería aguantar. Le encantaba retrasarlo. Se salía, me daba dos palmadas en el culo, me metía tres dedos gordos para mantenerme abierto y volvía a entrar. Cuando por fin se rendía, me clavaba la polla hasta el fondo, se pegaba a mi espalda con todo su peso y se corría dentro, en chorros largos, gruñendo un “ah, mierda, mierda, mierda” que le duraba lo que le duraba la corrida. Yo notaba el semen caliente llenándome por dentro y todavía él seguía dando envites lentos, exprimiéndose hasta la última gota.
Lo que más recuerdo de él no es el olor ni el esfuerzo físico. Lo que más recuerdo es la cara de satisfacción que ponía después, esa expresión de quien acaba de resolver algo fundamental. Me pagaba puntual, se vestía sin prisa y se iba sin decir gran cosa. Durante meses fue exactamente así, sin variaciones. En cierto modo, Rodrigo era de los más predecibles que tuve, y eso tenía su valor.
***
Diferente fue la experiencia de lo que me anunciaron como un espectáculo privado. Así lo llamaron cuando me contactaron: un espectáculo. Me explicaron que habría otros hombres, que mi trabajo consistiría en participar activamente mientras algunos observaban desde fuera. Me lo presentaron como algo muy bien pagado, y en aquel momento eso era lo que más pesaba en la balanza.
Éramos cinco en total: yo y cuatro tipos que no había visto antes. Había además tres o cuatro personas sentadas alrededor que solo miraban, en silencio, como en un teatro. Me hicieron desnudarme primero, delante de todos, mientras ellos seguían vestidos. Me pusieron de rodillas en el centro de la habitación y los cuatro se me acercaron con las pollas ya fuera. Empecé por el que tenía enfrente: un tipo alto, con la verga larga y curvada, que me la puso contra los labios y esperó a que abriera la boca. Se la chupé despacio al principio, saboreándola, dejando que se sintiera bienvenido, y él enseguida me agarró la cabeza con las dos manos y empezó a follarme la boca sin ninguna consideración.
—Así, tráguensela toda —dijo uno de los espectadores desde la penumbra—. Que no le sobre un centímetro.
Los otros tres se me habían puesto alrededor y se iban acercando por turnos. Uno me metía la polla en la boca hasta que se me saltaban las lágrimas, salía, y el de al lado me la clavaba antes de que pudiera respirar. Los alternaba, los mamaba a los cuatro, les lamía los huevos, les chupaba el glande y les enseñaba la lengua llena de baba entre polla y polla. Uno de ellos, un moreno bajito con una verga gruesísima, se aburrió del turno y se me pegó a la cara mientras yo tenía a otro dentro de la boca: se corrió ahí, sin avisar, con las primeras cuerdas de semen cayéndome sobre los pómulos, sobre los párpados, sobre los labios que seguían sellados alrededor de la polla del otro. Los espectadores aplaudieron flojo, como en una función.
Después me hicieron levantarme y ponerme a cuatro patas sobre una mesa baja que habían dispuesto en el centro. El primero que me montó fue el alto de la polla curvada. Me escupió en el culo, se puso condón —a los otros no les habían pedido, pero él se puso por su cuenta— y me la clavó de una sola embestida. Me follaba mirando a los que miraban, como si les estuviera dedicando el espectáculo a ellos y no a mí. A los cinco minutos se salió, se quitó el condón, se corrió en mi espalda y le hizo un gesto al siguiente. Vino otro y me penetró sin condón, ese sí, agarrándome de las caderas con dos manos duras y follándome con una violencia seca, rítmica, contando en voz baja las embestidas como si estuviera haciendo un ejercicio. Cuando se corrió dentro, se quedó pegado a mí y se rio.
El tercero quiso otra cosa. Me pidió que me pusiera de espaldas, con las piernas contra el pecho, y me miró a los ojos mientras me follaba. Fue el más lento, el más profundo, el que más me arrancó gemidos reales aunque yo no quisiera dárselos. Me pellizcaba los pezones, me escupía en la boca, me obligaba a lamerle el pulgar mientras me embestía. Cuando estaba a punto de correrse me sacó la polla y me la puso contra la lengua, y me llenó la boca hasta que rebosó por las comisuras.
Y luego llegó el momento en el que dos me montaron a la vez. Nunca lo había hecho con dos pollas dentro y se lo dije. Uno de ellos, el moreno bajito que ya se había corrido en la cara, se acostó bocarriba en la mesa y me pidió que me sentara encima. Me clavé en su verga gruesa despacio, aguantando el ardor, y cuando ya estaba abajo del todo el otro se acercó por detrás. Me agarró de los hombros para inclinarme hacia adelante, se untó saliva y semen de los que ya estaban dentro de mí, y empezó a empujar al lado de la otra polla. Me abrí como pude, apretando los dientes, sintiendo el estiramiento hasta un punto que no había sentido nunca. Cuando entró del todo, se quedaron quietos los dos unos segundos y después empezaron a moverse alternados: uno subía cuando el otro bajaba, y yo estaba en medio, ensartado, gimiendo sin ser capaz de decir si era placer o era simple supervivencia. Se corrieron uno tras otro, casi seguidos, y me dejaron chorreando semen por el culo hasta las rodillas.
Lo que siguió duró casi dos horas. Me los chupé a todos otra vez para cerrar, me penetraron de nuevo de uno en uno cuando se les recuperó la erección, y en dos ocasiones más volvieron los dos a la vez. Tenía experiencia, sabía lo que hacía, pero la acumulación de cuerpos y exigencias a lo largo de dos horas tiene un desgaste que no es únicamente físico. Hay algo que se consume además del cuerpo.
Al final, cuando todos habían terminado y yo pensaba que lo peor ya había pasado, el ambiente tomó un giro que no había formado parte de ningún acuerdo. Los que habían estado mirando se pusieron de pie y se acercaron. No para participar en ningún sentido convencional. Para orinar encima de mí, uno tras otro, con la calma de quien hace algo perfectamente normal.
Cobré lo acordado. No dije nada en ese momento. Esa noche me duché cuatro veces seguidas y tardé en dormirme. El olor tardó más en irse de la memoria que de la piel.
***
Hubo un cliente cuyo único interés era la orina, pero de una manera más contenida, si es que eso puede decirse así. Se llamaba Gustavo, tenía cerca de sesenta años y era, paradójicamente, uno de los más educados que pasaron por mi puerta. Traje gris, modales impecables, llegaba con una puntualidad casi formal, como si fuera a una reunión de trabajo. Me contó en la primera cita que tenía ese deseo desde los veinte años y que nunca había encontrado la manera de sacárselo de la cabeza.
Lo que quería era simple en su mecánica: que le orinara encima mientras él estaba tumbado en el suelo. Después él hacía lo mismo conmigo. No había más. No pedía sexo en ningún otro sentido, no agregaba peticiones extra, no intentaba cambiar las condiciones en el último momento. Solo aquello, y luego se duchaba con calma, se ponía el traje y se iba dando las gracias.
De todos los clientes extraños que tuve, Gustavo era paradójicamente el más fácil de gestionar. Nunca me faltó el respeto, nunca intentó añadir algo que no habíamos acordado, siempre pagó exactamente lo pactado. Tenía un fetiche que a la mayoría le parecería perturbador y sin embargo lo gestionaba con más dignidad que muchos otros que llegaban con peticiones que sonaban mucho más convencionales.
***
No todos los que venían con peticiones extremas eran tan civilizados. Había un hombre al que voy a llamar Mauricio que era exactamente el tipo al que no le verías esto venir. Era empresario, o al menos así se presentaba. Hablaba de sus conquistas con mujeres en los primeros cinco minutos de conversación, tenía esa manera de presentarse que le grita a todo el mundo que él manda. Sin embargo lo que quería, una vez cerrada la puerta, era ponerse a cuatro patas y recibir. Le iba la dureza, los golpes con la mano abierta, la correa. Me pedía que no tuviera consideración y yo cumplía lo acordado.
La primera sesión con él fue larga y sucia. Me esperaba de rodillas junto a la cama, en calzoncillos, con la cabeza gacha. Me hizo entrar en el personaje enseguida: quería que le hablara como un cerdo, que le llamara puta, guarra, perra, todo lo que se me ocurriera. Le agarré del pelo, se lo tiré hacia atrás y le escupí en la boca.
—Abre, zorra —le dije—. Que se te vea la lengua.
Y él la sacaba, obediente, esperando la siguiente escupida. Le di dos bofetadas cruzadas que le dejaron la mejilla roja y le bajé los calzoncillos de un tirón. Ya tenía la polla dura, apuntando hacia arriba, y le colgaba un hilo de precorrida. Le hice ponerse a cuatro patas en la alfombra y le empecé a azotar el culo con la mano abierta, primero fuerte, luego más fuerte, hasta que se le marcaron las huellas de mis dedos. Contaba en voz alta: uno, dos, tres, y él tenía que agradecerlas.
—Gracias, señor, otra más, por favor, señor —repetía con voz temblorosa, ya cachondo, moviendo el culo hacia atrás para pedir más.
Cambié la mano por la correa. Se la crucé por las nalgas y él soltó un aullido bajo, mordiéndose el labio. Le dejé la piel roja, cruzada de marcas rectas, y cuando estaba a punto de rogar que parara, le metí tres dedos en el culo de una sola vez. Se abrió como una fruta madura, apretando alrededor de mis dedos, gimiendo un “aaay, joder, más” con la cara pegada a la alfombra. Le follé el culo con la mano un rato largo, girando los dedos, sacándolos y clavándoselos de golpe, hasta que él mismo empezó a follarse la mano moviendo la cadera atrás y adelante.
Cuando ya estaba bien abierto, me puse un condón y se la metí de una embestida. Se la clavé hasta los huevos, sin cuidado, y él soltó ese gemido gutural que no se puede fingir. Le monté con fuerza, agarrándole del pelo y de la cadera al mismo tiempo, tirándole la cabeza hacia atrás mientras le decía al oído todo lo que él quería oír: puta empresario, señor importante que en cuanto cierra la puerta se pone a cuatro patas, guarra, perra, mi perra. Le agarré del cuello por detrás, no apretando, solo controlando, y él se dejó llevar como muñeca. Se corrió dos veces, una tocándose la polla mientras yo se la metía, otra sin tocarse, solo de tanto follársela. Cuando yo acabé, me salí y me corrí en condón, y él me pidió que le vaciara el semen en la boca. Se lo tragó todo, agradeciéndolo, como un perro al que se le premia con un trozo de carne.
Todo eso estaba dentro de lo que yo aceptaba. El problema llegó en la segunda sesión, ya hacia el final. Tenía una propiedad en las afueras, me dijo, con caballos. Y quería incorporar a uno de esos animales a lo que hacíamos.
Pensé que lo decía como fantasía, como algo que verbalizaba sin esperar que se cumpliera. Pero no. Lo dijo con la misma calma con que uno pide que le cambien el canal. Lo dijo en serio.
Me levanté, me vestí y me fui sin terminar la sesión. No volví a responder sus mensajes.
Hay límites que tienen que ver con el gusto y los hay que tienen que ver con la seguridad y con la integridad física. Lo que Mauricio proponía cruzaba todos a la vez. Ninguna cantidad de dinero cambia eso.
***
Hubo dos peticiones más que me hicieron entender hasta dónde puede llegar la mente humana cuando se libera de cualquier freno.
La primera fue la de un tipo que quería algo que yo pensaba que solo existía como rumor, como leyenda de los círculos más oscuros de este trabajo. No voy a describirlo en detalle. Basta con decir que involucraba sus propias heces y que él quería recibirlas. Me lo planteó con total normalidad, con la misma entonación con que uno pide que le traigan el postre. Le dije que no. Se encogió de hombros y no insistió.
La segunda fue diferente en su perturbación, más íntima de alguna manera. Este otro quería hacerme un corte pequeño en el antebrazo y lamerlo. Sangre. Le gustaba la sangre. Me lo explicó con más detalle del que yo habría querido escuchar, con una calma que resultaba más inquietante que cualquier alteración.
No.
Hay un momento en este trabajo en que aprendes a decir que no sin disculparte, sin dar explicaciones largas, sin sentirte obligado a justificarte ante nadie. Ese momento llegó para mí relativamente pronto, y fue una de las pocas cosas que me mantuvo entero durante esos tres años.
***
Una de las situaciones más extrañas que viví no tuvo nada de extremo en lo físico. Fue una mujer, algo poco habitual en mi clientela habitual. Me contactó una tarde, fue directa al tema: quería un encuentro, me dijo el precio que estaba dispuesta a pagar y quedamos.
Cuando llegué a la habitación del hotel me abrió en bata, con el pelo mojado, y me hizo pasar sin muchas ceremonias. Se dejó caer la bata en el suelo y se puso de espaldas contra la ventana, desnuda, mirándome como si me pusiera a prueba. Tenía las tetas grandes, con los pezones oscuros y duros, y un coño depilado que ya brillaba de lo mojado que estaba. Me pidió que me desnudara despacio, mirándola. Me la fui sacando mientras me quitaba la ropa y ella se mordía el labio, pasándose una mano entre las piernas, abriéndose los labios del coño con dos dedos para que le viera bien lo rosa que tenía todo por dentro.
Me arrodillé delante de ella y le enterré la cara ahí. Empecé lamiéndole los muslos, subiendo despacio, hasta llegar al coño. Le pasé la lengua entera por la raja, de abajo hacia arriba, y me detuve en el clítoris para chupárselo despacio, con los labios apretados alrededor. Ella soltó el primer gemido de verdad y me hundió los dedos en el pelo. Le metí la lengua todo lo profundo que pude, se la moví adentro, se la saqué y volví al clítoris. Le metí dos dedos mientras seguía chupándole, curvándolos hacia arriba para tocarle ese punto que le sacaba respiraciones cortas y agudas. Le llené la cara interna de los muslos de saliva y de sus propios jugos, y ella se corrió así, apretándome la cabeza contra el coño, empujando la pelvis contra mi boca.
Antes de recuperarse me subió y me empujó hacia la cama. Se puso encima, se agarró la polla con una mano y se la metió entera de un solo movimiento. Se quedó quieta ahí arriba, con los ojos cerrados, sintiéndomela dentro, y después empezó a montarme con un ritmo lento y firme. Se inclinó hacia adelante para que yo pudiera chuparle las tetas, y yo se las chupé una por una, mordisqueándole los pezones mientras ella se movía cada vez más rápido. Cambiamos de postura varias veces: la puse a cuatro patas y le follé el coño por detrás, agarrándola del pelo, mirando cómo se le sacudía todo con cada embestida; después la puse bocarriba con las piernas contra el pecho y le entré tan profundo que golpeaba algo dentro con cada envite.
Lo que no me dijo hasta que ya estábamos en medio es que quería fotografiar todo. No para su consumo privado, o al menos no solo para eso. Mientras estábamos juntos sacó el teléfono en varios momentos, tomando fotos con una frialdad que no cuadraba con lo que estábamos haciendo, como alguien que documenta algo más que lo que vive. Sacó imágenes de mi polla entrando en su coño, de mi cara enterrada entre sus piernas, de ella mamándomela mirando al objetivo, de mi semen en sus tetas cuando terminé.
Cuando terminamos le pregunté directamente qué iba a hacer con esas imágenes. Me lo dijo sin rodeos: las iba a mandar. A quién, no me lo precisó, pero el contexto era evidente. Había alguien que las iba a recibir y no iba a recibir bien recibirlas.
No era yo el objetivo. Era otra persona. Yo había sido el instrumento de una venganza que no entendía del todo y en la que no había consentido participar de esa manera. No había nada ilegal en lo que yo había hecho, pero la sensación de haber sido usado para algo que iba más allá del servicio acordado me dejó un sabor que tardé tiempo en quitarme.
***
El último que voy a contar fue el que me hizo salir del trabajo.
Se llamaba Ernesto. Era más joven que la mayoría de mis clientes, tal vez cuarenta y pocos, y llegó con una energía que al principio leí como entusiasmo. Me enteré durante la sesión, cuando ya no había marcha atrás, que tomaba medicación para mantener la erección durante mucho más tiempo del habitual. No me lo había dicho antes. Si lo hubiera sabido, habría puesto condiciones diferentes.
Empezó de manera normal, o eso parecía. Nos desnudamos, me arrodillé y se la chupé un rato. Tenía la polla larga, ancha en la base, y muy dura. Se la mamé bien, mirándolo desde abajo, chupándole los huevos, dejándome coger de la nuca para que me follara la boca a su ritmo. Después me hizo tumbarme bocabajo y me la metió despacio, con paciencia, jugando a entrar y salir hasta que estuve del todo abierto. En ese primer tramo pensé que iba a ser una sesión larga pero manejable.
Los primeros veinte minutos no fueron malos. El problema es que a los cuarenta seguía igual de duro, y a la hora también, y a la hora y media ya no había manera de que aflojara. Le pedí que cambiáramos, que descansáramos un poco, que fuéramos más despacio. Él asentía, cambiaba de postura, pero no bajaba el ritmo. Me puso a cuatro patas y me embestía largo y profundo, agarrándome de los hombros como si fuera una palanca. Me puso de espaldas y me follaba con las piernas apoyadas en sus hombros, con la cara pegada a la mía, respirándome encima. Me sentó a horcajadas sobre él y me hizo cabalgar hasta que las piernas me temblaban tanto que no podía sostener el ritmo, y entonces me agarraba de la cadera y me subía y bajaba él, usándome como si yo pesara diez kilos.
Ernesto tenía una resistencia que no registraba mis señales de que necesitaba parar o cambiar el ritmo. Era grande, lo hacía con fuerza, y había algo en su manera de estar que no dejaba espacio para que yo marcara el tempo. No era violencia en el sentido estricto: en ningún momento hubo amenaza, en ningún momento se negó explícitamente a algo. Pero había una insistencia sorda que ignoraba lo que yo expresaba con el cuerpo. Cuando por fin se corrió, después de más de dos horas, me clavó la polla hasta el fondo y se quedó ahí, apretado contra mí, vaciándose durante un tiempo que parecía no terminar. Cuando se salió, yo notaba el culo abierto, hinchado, con un ardor sordo que no se parecía al de otras veces.
Al día siguiente me costaba andar. Al segundo fui al médico. El diagnóstico fue un desgarro interno, no grave en el sentido de que pusiera en riesgo mi vida, pero sí doloroso y que tardó semanas en sanar del todo. Estuve más de diez días con un dolor constante que me acompañaba en cada movimiento, en cada postura, incluso tumbado.
Mientras estaba en casa recuperándome, con tiempo de sobra para pensar, fui haciendo un repaso de todo lo acumulado en esos años. Rodrigo y su sudor. La habitación que olía a orina después del espectáculo. Mauricio y sus propuestas imposibles. La mujer que fotografiaba para herir a alguien que no era yo. Ernesto y la semana entera que pasé sin poder sentarme bien.
Decidí que era suficiente. No con drama ni con una gran declaración. Simplemente cerré los perfiles, dejé de responder mensajes y no volví a abrir ese capítulo.
***
Lo que me llevo de esos tres años es algo que parece simple pero que mucha gente no entiende: cuando contratas a alguien para que te dé un servicio, esa persona sigue siendo una persona. Tiene límites físicos, tiene dignidad, tiene el derecho de decir que no y de que ese no se respete. El dinero compra el servicio acordado. No compra al ser humano que lo presta.
Hay gente que lo entiende. Gustavo, con todo su fetiche extraño, lo entendía perfectamente. Había otros también, clientes que llegaban con claridad sobre lo que querían y respeto sobre lo que yo ofrecía. Pero hay demasiados que no lo entienden, o que lo entienden y deciden ignorarlo, y eso es lo que hace que este trabajo sea agotador de maneras que van mucho más allá del cansancio del cuerpo.
Si alguna vez contratas a alguien, trátalo como lo que es: una persona que está haciendo un trabajo. Nada más y nada menos que eso.