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Relatos Ardientes

Confesiones de un escort: clientes que prefiero olvidar

En este trabajo aprendes rápido que no hay dos clientes iguales. A veces la sorpresa es buena: alguien amable, generoso, que te trata con consideración y se va sin dejar rastro de tensión. Pero la mayoría de las veces las sorpresas son malas, y algunas son tan malas que tardas años en quitártelas de la cabeza. Pasé casi tres años trabajando como escort masculino, y lo que voy a contar son las experiencias que nunca le cuento a nadie, las que prefiero olvidar y sin embargo nunca consigo del todo.

Empecé casi por accidente. Un conocido me habló de plataformas donde podías anunciarte como acompañante y ganar en una noche lo que a otros les costaba una semana de trabajo. Tenía veintitrés años, un alquiler que pagar y pocas opciones encima de la mesa. Me dije que lo probaría una vez, solo para ver. Una vez se convirtió en tres años.

No voy a romantizar nada. El trabajo tiene momentos que funcionan: clientes que son casi agradables, una independencia económica que no encontraba en otro sitio, la sensación de control sobre tu propio tiempo. Pero también tiene momentos que te remueven por dentro, que te hacen preguntarte qué estás haciendo y dónde pusiste el límite. Esta es la historia de esos momentos.

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El primero que voy a mencionar se llamaba Rodrigo, aunque yo le decía mentalmente el gordo de los martes porque eso es exactamente lo que era. Venía cada dos semanas, siempre por la tarde, siempre puntual. Era un hombre de mediana edad con el cuerpo de alguien que llevaba décadas sin moverse demasiado. No es que el peso sea un problema en sí mismo, pero Rodrigo sudaba de una manera que yo no había visto en nadie antes ni he vuelto a ver después. No bien empezábamos, su cuerpo parecía activar algún mecanismo de emergencia: el sudor brotaba de él como si hubiera estado corriendo durante una hora, aunque no hubiera hecho otra cosa que quitarse la camisa.

Le exigía a todos mis clientes que se ducharan antes de empezar. Rodrigo lo hacía, sin rechistar, con buena disposición. Pero daba igual. A los diez minutos de contacto tenía el cuerpo empapado y un olor que se pegaba a las sábanas, al ambiente, a mis manos. Cuando me pedía que se la chupara, tenía que hacer maniobras para acceder a él, porque la masa de su cuerpo complicaba cualquier posición. Aprendí a desarrollar una distancia mental, una especie de lugar interior al que me iba mientras hacía lo que habíamos acordado.

Lo que más recuerdo de él no es el olor ni el esfuerzo físico. Lo que más recuerdo es la cara de satisfacción que ponía después, esa expresión de quien acaba de resolver algo fundamental. Me pagaba puntual, se vestía sin prisa y se iba sin decir gran cosa. Durante meses fue exactamente así, sin variaciones. En cierto modo, Rodrigo era de los más predecibles que tuve, y eso tenía su valor.

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Diferente fue la experiencia de lo que me anunciaron como un espectáculo privado. Así lo llamaron cuando me contactaron: un espectáculo. Me explicaron que habría otros hombres, que mi trabajo consistiría en participar activamente mientras algunos observaban desde fuera. Me lo presentaron como algo muy bien pagado, y en aquel momento eso era lo que más pesaba en la balanza.

Éramos cinco en total: yo y cuatro tipos que no había visto antes. Había además tres o cuatro personas sentadas alrededor que solo miraban, en silencio, como en un teatro. Lo que siguió duró casi dos horas. Me los chupé a todos, me penetraron de uno en uno, y en un momento determinado dos al mismo tiempo. Tenía experiencia, sabía lo que hacía, pero la acumulación de cuerpos y exigencias a lo largo de dos horas tiene un desgaste que no es únicamente físico. Hay algo que se consume además del cuerpo.

Al final, cuando todos habían terminado y yo pensaba que lo peor ya había pasado, el ambiente tomó un giro que no había formado parte de ningún acuerdo. Los que habían estado mirando se pusieron de pie y se acercaron. No para participar en ningún sentido convencional. Para orinar encima de mí, uno tras otro, con la calma de quien hace algo perfectamente normal.

Cobré lo acordado. No dije nada en ese momento. Esa noche me duché cuatro veces seguidas y tardé en dormirme. El olor tardó más en irse de la memoria que de la piel.

***

Hubo un cliente cuyo único interés era la orina, pero de una manera más contenida, si es que eso puede decirse así. Se llamaba Gustavo, tenía cerca de sesenta años y era, paradójicamente, uno de los más educados que pasaron por mi puerta. Traje gris, modales impecables, llegaba con una puntualidad casi formal, como si fuera a una reunión de trabajo. Me contó en la primera cita que tenía ese deseo desde los veinte años y que nunca había encontrado la manera de sacárselo de la cabeza.

Lo que quería era simple en su mecánica: que le orinara encima mientras él estaba tumbado en el suelo. Después él hacía lo mismo conmigo. No había más. No pedía sexo en ningún otro sentido, no agregaba peticiones extra, no intentaba cambiar las condiciones en el último momento. Solo aquello, y luego se duchaba con calma, se ponía el traje y se iba dando las gracias.

De todos los clientes extraños que tuve, Gustavo era paradójicamente el más fácil de gestionar. Nunca me faltó el respeto, nunca intentó añadir algo que no habíamos acordado, siempre pagó exactamente lo pactado. Tenía un fetiche que a la mayoría le parecería perturbador y sin embargo lo gestionaba con más dignidad que muchos otros que llegaban con peticiones que sonaban mucho más convencionales.

***

No todos los que venían con peticiones extremas eran tan civilizados. Había un hombre al que voy a llamar Mauricio que era exactamente el tipo al que no le verías esto venir. Era empresario, o al menos así se presentaba. Hablaba de sus conquistas con mujeres en los primeros cinco minutos de conversación, tenía esa manera de presentarse que le grita a todo el mundo que él manda. Sin embargo lo que quería, una vez cerrada la puerta, era ponerse a cuatro patas y recibir. Le iba la dureza, los golpes con la mano abierta, la correa. Me pedía que no tuviera consideración y yo cumplía lo acordado.

Todo eso estaba dentro de lo que yo aceptaba. El problema llegó en la segunda sesión, ya hacia el final. Tenía una propiedad en las afueras, me dijo, con caballos. Y quería incorporar a uno de esos animales a lo que hacíamos.

Pensé que lo decía como fantasía, como algo que verbalizaba sin esperar que se cumpliera. Pero no. Lo dijo con la misma calma con que uno pide que le cambien el canal. Lo dijo en serio.

Me levanté, me vestí y me fui sin terminar la sesión. No volví a responder sus mensajes.

Hay límites que tienen que ver con el gusto y los hay que tienen que ver con la seguridad y con la integridad física. Lo que Mauricio proponía cruzaba todos a la vez. Ninguna cantidad de dinero cambia eso.

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Hubo dos peticiones más que me hicieron entender hasta dónde puede llegar la mente humana cuando se libera de cualquier freno.

La primera fue la de un tipo que quería algo que yo pensaba que solo existía como rumor, como leyenda de los círculos más oscuros de este trabajo. No voy a describirlo en detalle. Basta con decir que involucraba sus propias heces y que él quería recibirlas. Me lo planteó con total normalidad, con la misma entonación con que uno pide que le traigan el postre. Le dije que no. Se encogió de hombros y no insistió.

La segunda fue diferente en su perturbación, más íntima de alguna manera. Este otro quería hacerme un corte pequeño en el antebrazo y lamerlo. Sangre. Le gustaba la sangre. Me lo explicó con más detalle del que yo habría querido escuchar, con una calma que resultaba más inquietante que cualquier alteración.

No.

Hay un momento en este trabajo en que aprendes a decir que no sin disculparte, sin dar explicaciones largas, sin sentirte obligado a justificarte ante nadie. Ese momento llegó para mí relativamente pronto, y fue una de las pocas cosas que me mantuvo entero durante esos tres años.

***

Una de las situaciones más extrañas que viví no tuvo nada de extremo en lo físico. Fue una mujer, algo poco habitual en mi clientela habitual. Me contactó una tarde, fue directa al tema: quería un encuentro, me dijo el precio que estaba dispuesta a pagar y quedamos.

Lo que no me dijo hasta que llegué es que quería fotografiar todo. No para su consumo privado, o al menos no solo para eso. Mientras estábamos juntos sacó el teléfono en varios momentos, tomando fotos con una frialdad que no cuadraba con lo que estábamos haciendo, como alguien que documenta algo más que lo que vive.

Cuando terminamos le pregunté directamente qué iba a hacer con esas imágenes. Me lo dijo sin rodeos: las iba a mandar. A quién, no me lo precisó, pero el contexto era evidente. Había alguien que las iba a recibir y no iba a recibir bien recibirlas.

No era yo el objetivo. Era otra persona. Yo había sido el instrumento de una venganza que no entendía del todo y en la que no había consentido participar de esa manera. No había nada ilegal en lo que yo había hecho, pero la sensación de haber sido usado para algo que iba más allá del servicio acordado me dejó un sabor que tardé tiempo en quitarme.

***

El último que voy a contar fue el que me hizo salir del trabajo.

Se llamaba Ernesto. Era más joven que la mayoría de mis clientes, tal vez cuarenta y pocos, y llegó con una energía que al principio leí como entusiasmo. Me enteré durante la sesión, cuando ya no había marcha atrás, que tomaba medicación para mantener la erección durante mucho más tiempo del habitual. No me lo había dicho antes. Si lo hubiera sabido, habría puesto condiciones diferentes.

La sesión duró mucho más de lo normal. Ernesto tenía una resistencia que no registraba mis señales de que necesitaba parar o cambiar el ritmo. Era grande, lo hacía con fuerza, y había algo en su manera de estar que no dejaba espacio para que yo marcara el tempo. No era violencia en el sentido estricto: en ningún momento hubo amenaza, en ningún momento se negó explícitamente a algo. Pero había una insistencia sorda que ignoraba lo que yo expresaba con el cuerpo.

Al día siguiente me costaba andar. Al segundo fui al médico. El diagnóstico fue un desgarro interno, no grave en el sentido de que pusiera en riesgo mi vida, pero sí doloroso y que tardó semanas en sanar del todo. Estuve más de diez días con un dolor constante que me acompañaba en cada movimiento, en cada postura, incluso tumbado.

Mientras estaba en casa recuperándome, con tiempo de sobra para pensar, fui haciendo un repaso de todo lo acumulado en esos años. Rodrigo y su sudor. La habitación que olía a orina después del espectáculo. Mauricio y sus propuestas imposibles. La mujer que fotografiaba para herir a alguien que no era yo. Ernesto y la semana entera que pasé sin poder sentarme bien.

Decidí que era suficiente. No con drama ni con una gran declaración. Simplemente cerré los perfiles, dejé de responder mensajes y no volví a abrir ese capítulo.

***

Lo que me llevo de esos tres años es algo que parece simple pero que mucha gente no entiende: cuando contratas a alguien para que te dé un servicio, esa persona sigue siendo una persona. Tiene límites físicos, tiene dignidad, tiene el derecho de decir que no y de que ese no se respete. El dinero compra el servicio acordado. No compra al ser humano que lo presta.

Hay gente que lo entiende. Gustavo, con todo su fetiche extraño, lo entendía perfectamente. Había otros también, clientes que llegaban con claridad sobre lo que querían y respeto sobre lo que yo ofrecía. Pero hay demasiados que no lo entienden, o que lo entienden y deciden ignorarlo, y eso es lo que hace que este trabajo sea agotador de maneras que van mucho más allá del cansancio del cuerpo.

Si alguna vez contratas a alguien, trátalo como lo que es: una persona que está haciendo un trabajo. Nada más y nada menos que eso.

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Comentarios (6)

RobertoOK

Impresionante. Se nota que esto es real, no un cuento inventado.

NicoFromBsAs

Esperando la segunda parte! Quede con ganas de saber mas de esos clientes que mencionas al principio

Marcos86

Tremendo relato, me dejo pensando un rato largo. Escribis muy bien.

Celeste_MDQ

Por fin alguien que lo cuenta con honestidad y sin adornos. Gracias por compartirlo :)

PatricioSur

jajaja hay de todo en este mundo no?? excelente

Leo_Cba

Me recordo a algunas situaciones que viví yo tambien en otro rubro de servicios. La gente se cree que porque paga puede todo. Buenisimo el relato.

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