La lección que me dio el chico al que humillaba
Lo último que recordaba era el ruido del bar y la risa de Sofía contándome no sé qué chiste. Había bebido dos copas, no más. Me acuerdo de Adrián acercándose con su sonrisa torcida, ofreciéndome un trago de su vaso «para quitarte el frío». Me reí en su cara, como hacía siempre. Y entonces el suelo empezó a moverse.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba en el bar.
Tenía la cabeza pesada y la lengua de trapo, con un sabor metálico raro. Intenté moverme y descubrí que no podía: las muñecas me colgaban de una barra de acero atornillada al techo, y los pies apenas rozaban un suelo de cemento frío. Bajé la mirada y se me heló la sangre.
Estaba completamente desnuda.
—Buenas noches, princesa.
La voz venía de mi espalda. Tiré de las cuerdas para girarme y lo vi sentado en una silla plegable, con las piernas abiertas y un vaso de whisky en la mano. Adrián. El mismo Adrián al que llevaba dos años llamando «el patito feo» del grupo. El que se reía cuando me reía de él. El que una noche se me declaró borracho y al que mandé a paseo delante de todos en un karaoke.
—¿Qué cojones me has hecho? —le escupí—. ¡Suéltame ahora mismo o te juro que te mato!
Iba de farol. Tenía que ir de farol. Adrián era un don nadie, un tipo sin presencia, sin atractivo, sin agallas. Estaba intentando darme un susto. En cuanto me viera resistirme, iba a aflojar y a llamar a un taxi.
Se levantó sin prisa. Empezó a rodearme despacio, mirándome de arriba abajo como quien evalúa un coche de segunda mano. Me giré con él todo lo que las cuerdas me dejaban, dispuesta a enseñarle muy clarito en qué liga jugaba cada uno.
—Hoy te voy a enseñar modales, Mariana —dijo desde detrás.
—¡Cerdo!
Sentí una palmada seca en una nalga y después dos manos que buscaban mis pechos por la espalda. Reaccioné como un animal: bajé la cabeza y le mordí el antebrazo derecho con toda la fuerza que pude. Noté el sabor de su piel, oí su grito, y supe que si las cuerdas me hubieran dejado un par de centímetros más, le habría arrancado la carne hasta el hueso.
Adrián retrocedió hasta donde yo no llegaba. Cuando volvió a mi campo de visión, llevaba algo en la mano que antes no tenía: un látigo largo, de cuero trenzado, con la punta más fina que un dedo.
—Así que esas tenemos —dijo, y se sopló la marca de mis dientes—. Cambio de planes.
—Como me toques con eso te juro que…
—Voy a darte tantos latigazos como hagan falta para que entiendas dónde estás y quién manda. No voy a parar hasta que seas una niña buena. ¿Me has oído?
—Eres incapaz, gilipollas.
Lo perdí de vista por la espalda. Oí el chasquido del cuero cortando el aire una décima de segundo antes de notar el latigazo cruzándome las nalgas. Fue un dolor que no había sentido en mi vida: una línea de fuego de un lado al otro. Antes de poder reaccionar, ya estaba cayendo el segundo.
—¡Aaah! ¡Hijo de puta!
—Te he avisado.
—¡Para!
—Para nada.
El tercero me cogió en el mismo sitio. El cuarto un poco más abajo. El quinto subió hasta los riñones y me arrancó un grito que me sorprendió a mí misma. Yo, que en el gimnasio aguantaba la sauna media hora, no podía con cinco golpes de cuerda.
—Voy a quitarte esa boca a latigazos, Mariana.
—¡Animal!
—Y esa mirada de niña pija, también.
Cada golpe caía sobre piel que ya estaba ardiendo del anterior. El cuero se me clavaba como si fueran cristales calientes. Quise resistirme, quise escupirle, quise convencerme de que iba a aflojar pronto. Pero a los diez latigazos, las lágrimas me caían solas y no las podía parar.
—¡Para, joder, para!
—Aún no te he oído pedir perdón por el mordisco.
—¡Vete a la mierda!
Sentí cómo daba la vuelta para colocarse delante. Pensé en lanzarle otro mordisco y se notó: las cuerdas no llegaban. Adrián sonrió.
—Las niñas buenas no muerden. Vamos a seguir.
El siguiente golpe me cruzó los muslos, justo debajo del culo, donde la piel es más fina. Grité tan fuerte que me dolió la garganta. El siguiente me lamió la cadera y la punta del látigo me golpeó dos centímetros por encima del sexo. Me quedé sin aire.
—¡Cuidado, joder! —jadeé—. ¡Casi me das ahí!
—Pues más te vale empezar a portarte bien.
—¡Aaah!
—Sigo esperando.
No sé cuántos cayeron después. Solo sé que en algún punto, mi orgullo se rompió como una rama seca. Tragué saliva con sabor a sal y dije, con la voz hecha trizas:
—Lo… lo siento.
El siguiente latigazo me dijo que no había sido suficiente.
—Más alto. Más claro.
—¡Adrián, lo siento, perdóname por el mordisco, por favor!
El látigo se detuvo.
***
Lo escuché caminar despacio hasta colocarse a mi espalda. Sentí sus manos en mis nalgas castigadas y casi me desmayo del dolor. Pero sus manos no me hacían más daño, solo me sobaban, casi con suavidad, como si midieran su trabajo. Después subieron por mi cintura, rozaron el contorno de mis pechos por debajo y se alejaron.
—Bien. Ya pides perdón. Eso es el primer paso.
—Suéltame, por favor.
—No.
—Adrián…
—Te dije que no iba a parar hasta que fueras una niña buena. Pedir perdón solo es el principio.
Oí el chasquido otra vez. Esta vez el golpe me cayó en mitad de la espalda y mi torso se disparó hacia adelante como si me hubieran metido un cable de la luz. Mis pechos rebotaron, libres y expuestos. Antes de recuperarme, otro golpe en el culo me empujó al revés.
—¡Ya te he pedido perdón!
—El segundo paso es humillarte.
—¿Qué?
—Humillarte, Mariana. Hasta el fondo. Hasta sitios donde tú sola nunca te habrías metido.
—¡Ow!
—Tenemos toda la noche. Cuando se te ocurra algo lo bastante humillante, paro un rato.
El golpe siguiente me alcanzó en la espalda y la punta del látigo se enroscó hacia el frente. La punta me golpeó de lleno en el pecho derecho, justo en el pezón. Vi blanco. Grité y me retorcí como si me hubieran clavado una aguja.
—¡Ahí no! ¡Por favor, ahí no!
—Pues date prisa.
Tenía que decir algo. Cualquier cosa. Mi cabeza no funcionaba con el dolor, pero entendía la regla del juego: él quería que me ofreciera. Quería que la chica que se reía de él le pidiera, con su propia voz, lo que en el bar nunca le habría dejado.
Tragué.
—Adrián… tócame las tetas. Por favor.
—¿Cómo me has dicho?
—¡Adrián, por favor, tócame las tetas! Tócame los pezones. Hazlo tú con las manos. Haz lo que quieras con ellas.
El látigo se detuvo otra vez.
Adrián se acercó y me rodeó la cintura con un brazo. Su otra mano subió por mi vientre y me cogió un pecho entero, con calma, sin prisa. Me apretó. Me pellizcó el pezón hasta hacerme doler, pero después aflojó. Jugó con los dos a su antojo, mientras yo, atada como estaba, no podía hacer otra cosa que respirar entrecortada y notar cómo mi cuerpo, traidor, empezaba a reaccionar a un manoseo que no había pedido pero que había suplicado.
—Muy bien. Vas aprendiendo.
—¿Ya está? ¿Me sueltas?
—No.
El siguiente latigazo me golpeó las nalgas otra vez, y entendí que el juego no había terminado. Solo había cambiado de fase.
***
—No me jodas, Adrián, no más, por favor…
—Sigues sin humillarte de verdad.
—¡Te he dejado tocarme las tetas!
—Cualquier tía borracha en una discoteca deja eso. Sigue.
—¡Ow! ¡Joder!
—Piensa.
Pensé. Mi mente, blanca de dolor, encontró el siguiente paso solo porque era obvio. Si lo de los pechos no era suficiente, lo siguiente eran los sitios que hasta entonces el látigo había dejado en paz.
—Adrián… —jadeé—. Tócame el coño. Tócamelo. Tócame los labios y el clítoris. Por favor.
—Otra vez.
—Por favor, Adrián, quiero que me toques el coño, que juegues con mi clítoris.
Me había oído decir muchas cosas en mi vida, pero esa frase no la reconocí ni yo. Adrián se acercó por detrás y deslizó la mano izquierda entre mis muslos. Sus dedos buscaron mis labios y los abrieron sin delicadeza. Con la otra mano me rodeó por delante y empezó a tocarme el clítoris en círculos pequeños, con una pericia que no le habría sospechado en un millón de años.
Mi cuerpo me traicionó otra vez. Empecé a moverme, apenas, despacio, contra su mano. Y él lo notó.
—Mira tú —murmuró contra mi oreja—. La princesa estaba mojada hace rato.
—Cállate.
—No, Mariana. Hoy hablamos. Eso es lo que hacemos hoy. Hablar.
Apartó las manos. Yo respiré. Y entonces volvió el látigo.
—¡Pero si ya he…!
—Falta lo último.
—¿Qué más quieres?
—Tú sabes qué quiero. Lo sabes desde que has abierto los ojos. Solo tienes que decirlo en voz alta.
Lo sabía. Claro que lo sabía. Y me aterraba. No por el sexo, sino por lo que iba a significar pedírselo a él, a Adrián, al patito feo del karaoke, al chico al que rechacé delante de toda la pandilla. Pero el dolor había hecho su trabajo. El orgullo se había ido por el desagüe junto con las lágrimas y los gritos.
—Adrián —dije, y la voz me salió ronca, casi de otra mujer—. Fóllame.
—Más detalle.
—Fóllame por detrás. Fóllame por el culo. Por favor.
—¿Por qué?
—Porque me lo merezco. Por puta. Por reírme de ti. Por haberte llamado lo que te llamé.
Eché las caderas hacia atrás todo lo que me dejaron las cuerdas. Mis pechos colgaron libres delante de mí, las piernas separadas, el culo ofrecido como nunca había ofrecido nada en mi vida. Cerré los ojos y me oí decir:
—Por favor, Adrián. Méteme tu polla en el culo y haz lo que quieras. No soy más que una puta que te debía esto desde hace dos años.
Oí la cremallera. Oí el clic del cinturón. Oí sus pasos colocándose detrás de mí, separándome los muslos un poco más. Y después oí algo, casi un suspiro, que no era de él sino mío: una mezcla de miedo, alivio y otra cosa que no quise nombrar.
Cuando me penetró, dolió. Dolió como si me partiera. Solté un grito que rebotó contra el cemento, pero él no aflojó. Me agarró la cintura con las dos manos y empezó a moverse despacio al principio, después más fuerte, hasta que mis pechos saltaban con cada embestida y la barra del techo crujía sobre mí.
No sé cuánto duró. Sé que cuando se vino dentro, yo tenía la frente contra el brazo y las mejillas mojadas, y que mi cuerpo, contra todo pronóstico, se había tensado en algo parecido a un orgasmo.
Adrián salió de mí despacio. Me besó la nuca con una ternura que no tenía ningún sentido. Y mi propia boca, la misma que dos horas antes le había escupido, dijo en voz baja:
—Gracias, Adrián. Me lo merecía.