Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La fantasía que rompió a mi marido aquella noche

Llevaba meses observándolo derrumbarse en silencio y aquella tarde decidí que la reconciliación sería sólo un decorado.

Andrés volvió del trabajo con esa expresión de perro apaleado que se le había instalado desde la confesión. Yo le había contado, tres semanas antes, que me había acostado con un colega de la oficina durante un viaje de empresa. Una sola noche, le dije. Un error de copas, le dije. Lloré lo justo, prometí lo conveniente y dejé que él me perdonara con la solemnidad de quien firma su propia condena.

Lo que Andrés no sabía era que aquella noche en el hotel no había sido la única. Y que, mientras él se aferraba a la idea de que el matrimonio podía repararse, yo había descubierto algo muchísimo más interesante: el placer de verlo arrodillado por dentro.

Esta noche le voy a enseñar lo que es perderme.

Cenamos en silencio. Pasta y vino tinto, una de esas botellas que él guarda para ocasiones especiales. La descorchó como si celebráramos algo. Yo lo miraba masticar y pensaba en lo dócil que se había vuelto, en cómo había aprendido a tragar humillación con la misma cortesía con la que tragaba la comida que yo le ponía delante.

Cuando recogí los platos, le pedí que se sentara en el sillón. Le dije que tenía algo que contarle.

—¿Algo bueno? —preguntó, y su voz sonó como la de un niño esperando una caricia.

—Algo nuevo —respondí.

Me serví otra copa, me solté el pelo y me senté a horcajadas sobre sus piernas. Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba, cómo intentaba aguantar la respiración para que yo no notara el efecto inmediato que mi peso tenía sobre él. Patético. Tierno. Mío. Bajo la falda no llevaba nada, y al acomodarme sobre su regazo dejé que el calor húmedo de mi coño le mojara la tela del pantalón. Él lo notó. Por supuesto que lo notó. Se le escapó un jadeo minúsculo, ese sonido de rendición que llevaba semanas practicando sin saberlo.

—Tengo una fantasía —le susurré contra la oreja—. Una fantasía nueva. Pero esta vez no quiero que hagamos nada. Sólo quiero contártela. Quiero que la escuches entera. Quiero que la veas mientras te la digo. ¿De acuerdo?

Asintió. Por supuesto que asintió.

—Pero hay una condición —añadí, mordiéndole el lóbulo—. No puedes tocarme. No puedes tocarte la polla. No puedes moverte. Si te corres, será sólo con mi voz. ¿Lo entiendes?

Otro asentimiento. Le pasé los dedos por el cuello, por la garganta, lo justo para que sintiera la presión. Le sonreí.

—Buen chico.

***

—Imagina que es martes por la tarde —empecé—. Tú estás en la oficina, atrapado en una reunión interminable. Te imagino con esa camisa azul que te queda grande, mirando el reloj cada cinco minutos, pensando en mí. Y mientras tanto, yo entro al gimnasio.

Me incliné hacia atrás, apoyando las manos en sus rodillas, y dejé que él mirara cómo el escote se me abría. Los pezones se me marcaban duros contra la tela, y él no podía dejar de mirarlos.

—Llevo unos leggings negros, los que me regalaste por mi cumpleaños. Los que me marcan todo. Sin ropa interior. Llevo todo el día sin ropa interior, Andrés. Mientras tú firmabas papeles, yo iba al supermercado, al banco, al café de la esquina, con el coño desnudo bajo la tela. Sintiéndome la costura clavada entre los labios a cada paso. Mojándome sola en la cola de la caja, mi amor. Y nadie lo sabía, excepto yo.

Lo sentí estremecerse.

—En el gimnasio hay un hombre que llevo semanas observando. No es nada del otro mundo. Más bajo que tú. Más mayor. Pero tiene unos brazos enormes y una mirada que no parpadea. Se llama Diego. Lo sé porque una vez le pregunté la hora y me la contestó sin dejar de mirarme la boca. ¿Te imaginas a Diego, mi amor? ¿Te lo imaginas con la polla dura debajo del short, disimulando mientras me habla de la hora?

—Sí —murmuró Andrés. La voz le salió rota.

—Repítelo. Quiero oírlo.

—Sí, me imagino a Diego.

—Buen chico.

Le acaricié la mandíbula con la punta del dedo. Estaba ardiendo.

—Hago sentadillas frente al espejo. Sé que Diego me está mirando. Sé que cada vez que bajo, los leggings se me clavan en el culo y se me marca el surco, la raja del coño perfectamente dibujada en la lycra. Sé que él lo está viendo. Sé que se le está haciendo la boca agua. Y eso me gusta. Me gusta que un desconocido me desee mientras tú trabajas para pagar la casa, las vacaciones, este sillón en el que estás temblando. ¿Me sigues, Andrés?

—Sí —dijo, y su voz era casi un suspiro.

—Termino la rutina. Voy al vestuario. Está vacío. Lo está siempre a esa hora. Y entonces lo oigo entrar. Pasos lentos, deliberados. Sé que es él antes de darme la vuelta.

Me incliné hacia delante, hasta que mi boca quedó a un dedo de la suya. No lo besé.

—Diego no dice nada. Camina hasta donde estoy, me coge por la muñeca y me empuja contra la pared. Sin pedir permiso. Sin preguntar. Me apoya el antebrazo en la garganta, no para hacerme daño, sólo para recordarme que él decide. Y me dice una sola cosa al oído: «Llevas todo el día provocándome, ¿verdad, zorra?». Y yo no lo niego, mi amor. No lo niego porque es verdad.

Andrés cerró los ojos.

—No los cierres —le ordené—. Mírame.

Los abrió. Los tenía húmedos.

—Diego me mete la mano por debajo del top y me agarra una teta entera. La aprieta. Me pellizca el pezón hasta que me arranca un gemido. Y con la otra mano me busca entre las piernas por encima de los leggings. Los siente empapados. Se ríe en mi oreja. «Estás chorreando, cerda», me dice. Y hunde los dedos, dos, hasta el nudillo, aunque la tela se lo impida. Me estruja el coño a través de la lycra. Yo me abro más, mi amor. Me abro más para él. Como una perra en celo.

Andrés apretaba los puños sobre los reposabrazos del sillón.

—Después me da la vuelta. Me apoya las dos manos en los omóplatos y me obliga a inclinarme contra los lockers. Me baja los leggings de un tirón hasta los tobillos. No me los quita. Me los deja como una correa. Yo no me resisto, mi amor. Yo no me resisto porque llevo semanas esperando este momento. Y entonces me da una bofetada en el culo. Una sola. Tan fuerte que la marca de su mano me queda dibujada como un tatuaje rojo sobre la piel.

—«¿Te gusta?», me pregunta. Y yo le digo que sí. «Más fuerte», le pido. Y él me da otra. Y otra. Hasta que el ardor se convierte en un calor que me sube por toda la espalda. Hasta que se me llenan los ojos de lágrimas. Hasta que pierdo la noción de cuántas son. Y entre azote y azote, me clava tres dedos en el coño de golpe. Sin ceremonia. Los mueve dentro de mí revolviéndome las tripas, y yo babeo contra el metal frío de los lockers. Y con el pulgar me raspa el clítoris, sin ritmo, sin ternura, como quien enciende un mechero, hasta que me hace correrme de pie, temblando, con los leggings todavía atrapados en los tobillos y su mano libre apretándome la nuca contra el metal. Y mientras tanto, Andrés, ¿sabes lo que no he hecho?

Negó con la cabeza, incapaz de hablar.

—No le he pedido que pare. Ni una sola vez.

***

Me levanté un poco para soltarme el cinturón del pantalón. Se lo enseñé. Lo doblé en dos y golpeé la palma de mi mano con él. El chasquido sonó seco en el silencio del salón. Andrés tragó saliva.

—Diego se quita el cinturón también, pero no para pegarme. Lo usa para atarme las muñecas a la espalda. Aprieta el cuero hasta que duele. Comprueba el nudo con un tirón seco. Y entonces me arrodilla en el suelo. El suelo del vestuario está frío y sucio, mi amor. Huele a humedad, a sudor de otros, a desinfectante barato. Yo tengo la mejilla pegada a las baldosas y él me agarra del pelo.

—No sigas —susurró Andrés. Pero no era una orden. Era una súplica.

—Sí sigo. Y tú vas a escuchar.

Le puse el cinturón doblado bajo la barbilla y le levanté la cara con él.

—Diego se baja los pantalones. No se los quita. Sólo se baja la cremallera. Y le sale la polla, mi amor. Una polla gruesa, oscura, con las venas marcadas y el glande brillante ya, goteando por mí. Más grande que la tuya, Andrés. Bastante más grande. Y entonces hace algo que tú nunca te has atrevido a hacer. Me agarra de la nuca, me acerca la cara a su verga y me dice: «Bésala». No «chúpala». «Bésala». Como si fuera un altar. Como si yo tuviera que rendirle culto. Y yo lo hago, Andrés. Yo la beso con devoción. La recorro entera con los labios cerrados, despacio, desde los huevos hasta la punta, como si rezara. Le lamo los cojones uno por uno. Le meto la lengua por debajo del glande. Le hago cosquillas con la punta de la nariz en el prepucio. Y él sólo respira hondo, dejándome hacer, como un rey al que su súbdita adora.

Andrés temblaba. Me di cuenta de que estaba a punto de llorar.

—«Ahora di que eres mía», me ordena. «Soy tuya», le digo. «Di que tu marido no sabe follarte». Y yo lo digo, mi amor. Lo digo con la boca pegada a su polla. «Mi marido no sabe follarme». «Repítelo». «Mi marido no sabe follarme». «Más alto». «¡MI MARIDO NO SABE FOLLARME!». Y mi voz rebota contra los azulejos del vestuario. Y me da igual quién pueda escucharla.

Andrés dejó escapar un gemido. Un gemido roto, infantil, miserable.

—Y entonces, sólo entonces, me deja chuparla. Pero no me deja decidir el ritmo. Me agarra del pelo con las dos manos y me usa la boca como si fuera un coño más, como si fuera un agujero cualquiera. Sin compasión. Hasta el fondo de la garganta. Me la mete entera, hasta que la punta me golpea contra la campanilla y me dan arcadas. Y no me suelta. Me mantiene ahí, con la polla clavada en la garganta, hasta que se me saltan las lágrimas, hasta que se me corre el rímel en dos churretes negros, hasta que babeo un hilo espeso que me cuelga hasta las tetas. Y sólo entonces me suelta, para dejarme respirar un segundo, antes de embestirme la boca otra vez. Y otra. Y otra. Follándome la cara con las dos manos aferradas a mi cráneo, mientras yo, atada, no puedo hacer más que abrir la boca y aguantar.

—Y mientras me usa, me dice cosas. Cosas que tú nunca me dirías. Me llama «zorra», «esposa traidora», «agujero alquilado», «puta del marido pagador». Y cada palabra que me dice me hace gotear más, mi amor. Cada palabra me baja un hilo de mí propia por la cara interna del muslo. Se lo digo, con la polla en la boca lo puedo balbucear igual, y él se ríe y me la mete más adentro. «¿Tu marido oye esto? ¿Tu marido oye cómo su mujercita se atraganta con la polla de otro?». Y yo asiento, con los ojos en blanco, tragando saliva y su carne al mismo tiempo.

***

Me bajé del sillón y di dos pasos atrás. Lo miré desde arriba. Andrés tenía la respiración entrecortada y un bulto evidente en los pantalones. Un bulto que no se atrevía a tocar, porque yo se lo había prohibido.

—La parte favorita está por venir —le anuncié—. ¿Quieres oírla, mi cornudo?

Sólo respondió con un asentimiento mudo. Ya no podía hablar.

—Diego me pone de rodillas, todavía atada. Me da la vuelta. Me apoya el pecho contra el banco de madera del vestuario, ese banco lleno de astillas y manchas. Me separa las piernas con la rodilla. Me abre las nalgas con las dos manos y se queda mirando. «Qué coño más rosa tienes, casada», me dice. «Y qué culo más apretado. ¿Tu marido te lo folla? ¿No? Peor para él». Escupe. Escupe entre mis nalgas, y siento la saliva bajarme lenta por la raja. Y entonces me toma. Sin avisar. Sin delicadeza. De un solo empujón me encaja la polla en el coño hasta el fondo, hasta los huevos, y yo grito contra la madera del banco porque no me cabe, porque me estira, porque me parte en dos.

Vi cómo Andrés contenía un sollozo.

—Grito, mi amor. Pero no le digo que pare. Le digo que más. «Más fuerte», le pido. «Rómpeme el coño». «Hazme daño». Y él me lo hace. Me agarra de las muñecas atadas y me usa el cuerpo como una palanca, tirando de los brazos hacia atrás mientras me embiste. Cada empujón me golpea la cadera contra el borde del banco. Cada empujón le saca un plaf húmedo a mi coño empapado. Se oye desde el pasillo, Andrés. Se oye el chapoteo de sus huevos golpeándome el clítoris. Se oye mi voz suplicando más como una hembra en celo. Se oye todo.

—Y en un momento saca la polla. La saca entera, chorreando de mí, y me la restriega entre las nalgas. Me apunta al ojo del culo. «Aquí también», me dice. Y yo digo sí. Yo digo sí, mi amor, porque a esas alturas ya no soy una persona, soy una boca abierta que dice sí a todo. Y me la mete despacio, centímetro a centímetro, con mi propia lubricación por resbalón. Y duele. Me arde. Me quema. Pero le suplico que no pare. Le suplico que me destroce el culo mientras me mete dos dedos en el coño para que no me sienta vacía. Y cuando estoy a punto de correrme, saca los dedos, me los mete en la boca sin sacarme la polla del culo, y me obliga a chuparme a mí misma. Me obliga a saborear a la puta que soy.

—Y mientras me destroza, me sigue diciendo cosas. «Mírate, casada y ensartada por los dos lados. Mírate, suplicando como una furcia». Y yo le doy las gracias. Le doy las gracias por usarme. Le doy las gracias por darme lo que tú nunca podrías darme.

—Por favor —susurró Andrés.

—«Por favor» qué.

—Por favor, para.

—No.

Le acerqué la boca al oído. Le mordí el lóbulo hasta hacerle daño.

—Vuelve al coño. Me embiste tan fuerte que el banco se mueve. Y me corro, Andrés. Me corro con su polla dentro, con las muñecas atadas, con la cara pegada a la madera sucia, gritando como no he gritado nunca contigo. Y cuando todavía me estoy corriendo, cuando aún tengo el coño palpitando alrededor de él, se corre él. Dentro. Sin preguntar. Sin permiso. Siento su semen espeso llenándome, chorros calientes uno detrás de otro, tantos que me desbordan y me bajan por la cara interna de los muslos. Y él se queda quieto, hundido hasta el fondo, respirando en mi nuca, marcándome como territorio suyo. Y entonces hace lo último. Lo más bonito. Sale despacio, y con la polla todavía goteando me pinta los labios del coño con lo suyo, como quien firma un cuadro. Me suelta las muñecas. Se pone de pie. Se sube los pantalones. Me agarra del pelo y me obliga a mirarlo desde el suelo, con el semen chorreándome por los muslos y la boca abierta. Y me dice: «Vete a casa con tu marido. Y la próxima vez que te toque, piensa en mí». Y yo, mi amor, me quedo un rato más ahí, arrodillada, dejando que su corrida se me escurra sobre las baldosas, saboreando lo que soy.

***

Me aparté. Me serví la última copa de vino. La bebí entera de un trago. Andrés estaba inmóvil, con los ojos cerrados, con la mano izquierda crispada sobre el muslo. Y entonces vi la mancha. Una mancha oscura extendiéndose por la entrepierna del pantalón. No se había tocado. No le había hecho falta. Se había corrido en los pantalones como un adolescente, sólo con mi voz.

Me senté a su lado. Le pasé el brazo por los hombros con la ternura de una madre que consuela a un hijo después de una caída. Le besé la sien.

—Pobrecito —murmuré—. Te he excitado demasiado, ¿verdad?

No respondió. Tenía la mirada perdida en algún punto del techo.

—Es sólo una fantasía, mi amor —le dije—. Sólo un cuento para distraernos. Yo te quiero. Yo nunca haría algo así. Te lo prometo.

Me incliné, le di un beso largo en la boca —dejándole probar el vino y la humedad de mis labios— y me levanté.

—Ve a cambiarte, anda. Pareces un niño que se ha hecho pis encima.

Subí las escaleras con la copa vacía en la mano. Entré al baño. Me desvestí despacio frente al espejo. Y me miré.

Tenía el pelo revuelto, los ojos brillantes, las mejillas rojas de vino y de poder. Me toqué el cuello, donde mi propia mano había dibujado un trayecto imaginario unos minutos antes. Me toqué los pechos, me pellizqué los pezones hasta que se pusieron duros como piedras. Me bajé la mano entre las piernas y descubrí que estaba empapada, con los labios hinchados y resbaladizos. Metí dos dedos y me los saqué brillantes, los miré a contraluz, me los llevé a la boca y me chupé a mí misma pensando en la cara de mi marido llorando en el sillón. Me corrí de pie, mordiéndome el labio para no gritar, con la mano libre agarrada al lavabo.

Me metí en la ducha. Y mientras el agua caliente me caía por la espalda, pensé en Diego. En el Diego de verdad, no en el inventado. En el colega de la oficina con el que llevaba seis meses follando cada vez que él tenía un viaje de trabajo. En el que mañana, a las dos, me esperaría en la habitación trescientos doce de un hotel cualquiera, con la polla ya dura esperándome. En el que iba a hacerme exactamente lo que le había contado a mi marido con todo lujo de detalles. Sin censura. Sin ficción. Con el semen de verdad chorreándome por los muslos mientras a esa misma hora Andrés estaría firmando papeles en su oficina, con esa camisa azul que le queda grande.

Sólo era una fantasía, mi amor.

Cerré los ojos bajo el agua y sonreí.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios(10)

CarlaM77

increible!!!

Rodrigo_mza

La ultima frase me heló. No esperaba ese giro al final, muy bien narrado

LuchoRdN

genail relato, sigue asi que engancha

Tomas_2k

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo

noche_cba

me recordó algo que viví hace un tiempo aunque muy distinto jaja. El tono que le das es buenisimo

DarioMza

Lo que mas me gusto es que no necesita ser explícito para que te llegue. Eso es saber escribir bien

NachoBaires

Escribís desde experiencia propia? porque se siente muy real. Saludos

MaximoLector

Tremendo. La tension que se va construyendo de a poco hace que no puedas parar de leer

PamelaOk

cortito pero intenso, quiero mas!!!

SolDeVerano_

jaja el titulo ya te avisa que viene algo fuerte y no decepciona

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.